personajes reales y esculturas de divinidades en los sellos de - www.oscuramente.hostzi.com

www.oscuramente.hostzi.com
noticias informacion diario informacion diaria entrevistas problematica cnn

         

 


personajes reales y esculturas de divinidades en los sellos de

 

 





Descripcion:
Nació en el seno de una familia hidalga del muy antiguo linaje de Feijoo, en el pazo de Casdemiro, parroquia de Santa María de Melias. Sus padres fueron D. Antonio Feijoo Montenegro y Sanjurjo y Da. María de Puga Sandoval Novoa y Feijoo. Cursó sus estudios primarios en el Real Colegio de San Esteban de Rivas de Sil. En 1690 ingresó en la Orden Benedictina, por lo cual debió renunciar a los derechos que le correspondían al mayorazgo de su casa. Estudió en Salamanca y ganó por oposición una cátedra de Teología en la Universidad de Oviedo, en donde residió desde 1709 hasta el fin de sus días, si bien se había ordenado sacerdote en el monasterio de San Juan de Samos (Lugo). Desde muy joven perteneció a la orden de San Benito de Nursia o benedictina y había dado clases en Galicia, en León y en Salamanca. Feijoo es considerado el primer ensayista de la literatura española y uno de los más famosos miembros (junto con Mayans) de la que es considerada la Primera Ilustración Española (desde 1737 hasta poco después de la muerte de Fernando VI), tras una primera etapa de pre-ilustración representada por los novatores: un grupo constituido fundamentalmente por médicos y cuyas obras se reimprimieron sin pausa a lo largo de todo el siglo XVIII.

Hasta 1725, Feijoo no comenzó a publicar sus obras, casi todas ellas colecciones de opúsculos polémicos que llamó discursos (de discurrir, esto es, disertar libremente), verdaderos ensayos si la libertad de su pensamiento hubiera sido absoluta. Su obra en este género está integrada, por una parte, por los ocho volúmenes (118 discursos), más uno adicional (suplemento) de su Teatro crítico universal, publicados entre 1726 y 1739 (el título teatro ha de entenderse con la acepción, hoy olvidada, de «panorama» o visión general de conjunto), y, por otra, por los cinco de las Cartas eruditas y curiosas (166 ensayos, más cortos), publicadas entre 1742 y 1760. A estas obras hay que agregar también un tomo extra de Adiciones que fue publicado en 1783 y su copiosa correspondencia privada, que continúa inédita hasta el día de hoy.

Los temas sobre los que versan estas disertaciones son muy diversos, pero todos se hallan presididos por el vigoroso afán patriótico de acabar con toda superstición y su empeño en divulgar toda suerte de novedades científicas para erradicar lo que él llamaba «errores comunes», lo que hizo con toda dureza y determinación, como Christian Thomasius en Alemania, o Thomas Browne en Inglaterra. Se denominaba a sí mismo «ciudadano libre de la república de las letras», si bien sometía todos sus juicios a la ortodoxia católica, y poseía una incurable curiosidad, a la par que un estilo muy llano y atractivo, libre de los juegos de ingenio y las oscuridades postbarrocas, que abominaba, si bien se le deslizan frecuentemente los galicismos. Se mantenía al tanto de todas las novedades europeas en ciencias experimentales y humanas y las divulgaba en sus ensayos, pero rara vez se propuso teorizar reformas concretas en línea con su implícito progresismo. En cuestión de estética fue singularmente moderno (véase por ejemplo su artículo «El nosequé») y adelanta posturas que defenderá el Romanticismo, pero critica sin piedad las supersticiones que contradicen la razón, la experiencia empírica y la observación rigurosa y documentada.

Sus discursos suscitaron una auténtica tempestad de rechazos, protestas e impugnaciones, sobre todo entre los frailes tomistas y escolásticos. Las más importantes fueron las de Ignacio de Armesto Osorio, autor de un Teatro anticrítico (1735) en dos volúmenes, fray Francisco de Soto Marne, que publicó en su contra dos volúmenes de Reflexiones crítico-apologéticas en 1748; Salvador José Mañer, quien publicó un Antiteatro crítico (1729); Diego de Torres Villarroel y otros muchos. Le defendieron el doctor Martín Martínez y los padres Isla y Martín Sarmiento y el mismo rey Fernando VI, quien, por un real decreto de 1750, prohibió que se le atacara.

La primera reseña en la que aparece el relato del hombre pez es en el volumen VI del Teatro Crítico Universal de Fray Benito Jerónimo Feijoo. Posteriormente José María Herrán escribió un libro titulado El hombre-pez de Liérganes (Santander, 1877). Basado en esta historia tradicional popular.

Según ha llegado hasta nosotros a través de los escritos y la tradición oral, el relato dice así: a mediados del siglo XVII en el pueblo de Liérganes, en Cantabria había una pareja, Francisco de la Vega y María de Casar, que tenían cuatro hijos. Francisco falleció y la viuda mandó a su hijo Francisco a Bilbao a aprender del oficio de carpintero.

Estando en Bilbao, Francisco se fue a nadar el día antes de San Juan, en el año 1674, con unos amigos pero llevado por la corriente, éste desapareció y no se volvió a saber mas él. Solo cinco años después, en 1679, en Cádiz, unos pescadores afirmaron ver un ser acuático pero con apariencia humana que desapareció rápidamente. Esta aparición se repitió constantemente hasta atrapar a la criatura con trozos de pan y unas redes. Una vez capturado pudieron constatar que se trataba de un hombre, con escamas y forma de pez.

Entonces fue llevado al convento de San Francisco donde fue interrogado para saber de quien se trataba y al cabo de un tiempo consiguió tartamudear una palabra: Liérganes. Nadie sabía que significaba, hasta que una persona de Cantabria que estaba trabajando en Cádiz, comentó que en Cantabria había un pueblo que se llamaba así. También Domingo de la Cantolla, secretario del Santo Oficio de la Inquisición, confirmó dicha afirmación ya que él era de allí.

A continuación, llegó la noticia a Liérganes para averiguar si había pasado algo extraño en los últimos años y desde Liérganes respondieron que únicamente se había registrado la desaparición de Francisco de la Vega, cinco años atrás. Entonces Juan Rosendo, un fraile del convento, acompañó a Francisco hasta Liérganes para comprobar si era cierto que era de allí y a la altura del Monte de la Dehesa, Francisco se adelantó y fue directamente hasta la casa de María de Casar, que rápidamente lo reconoció como su hijo.

Ya en casa de su madre, Francisco vivió tranquilo sin mostrar ningún interés por nada. Iba descalzo y a veces desnudo y no hablaba apenas. A veces estaba varios días sin comer pero no mostraba entusiasmo por nada. Después de nueve años en casa de su madre, desapareció en el mar sin volver a saberse nada sobre él.

), abad de Senones, destacado exégeta francés que escribió Historia del Antiguo y Nuevo Testamento y de los judíos, también publicó en 1746 un libro titulado El mundo de los fantasmas, en el cual se incluye un ensayo sobre los vampiros, citado por Benito Jerónimo Feijoo y Voltaire.

Fue educado en el Priorato Benedictino de Breuil, profesando como monje benedictino en la abadía de St-Mansuy en Toul el 23 de octubre de 1688 tras unirse a la orden el año anterior. Fue ordenado sacerdote el 17 de marzo de 1696 y pasó a enseñar filosofía y teología en la Abadía de Moyenmoutier. Comenzó allí a recopilar el material para su comentario de la Biblia que completó durante su estancia como sub-prior y profesor de exégesis en Münster, Alsacia. Entre 1707 y 1716 publicó 23 tomos de su principal obra Commentaire littéral sur tous les livres de l'Ancien et du Nouveau Testament, realizando dos ediciones más entre 1714-20 y 1724-26. Dicha obra tuvo una primera traducción entre 1730-38 al latín de la que se publicaron tres ediciones y una segunda traducción con al menos una edición en 1730.

En reconocimiento a sus cualidades como hombre instruido y pío, fue elegido prior de Lay-Saint-Christophe en 1715, abad de St-Léopold en Nancy en 1719, y de Senones en 1729. Así mismo, se le eligió dos veces como Superior General de la congregación y, aunque el Papa Benedicto XIII deseó ordenarle obispo, rechazó el cargo.

La Iglesia de Santa María La Real de La Corte es una iglesia y parroquia de la ciudad de Oviedo, Principado de Asturias, España, situada en la calle de San Vicente, frente a la plaza de Feijoo. Comparte medianeras con el claustro y edificio del monasterio de San Vicente —hoy Museo Arqueológico de Asturias—, al que perteneció, y con la iglesia del monasterio de benedictinas de San Pelayo. Contigua a su cabecera se encuentra la catedral.

A mediados del siglo XVI, el maestro cántabro Juan de Cerecedo, el viejo, dio las trazas de la galería alta del actual claustro monástico y del templo de San Vicente, sustitutos de los viejos edificios de fábrica románica. Muerto en 1568, dirigió las obras de la iglesia, entre 1570-1572, su sobrino Juan de Cerecedo, el joven. Interrumpidas por problemas económicos, fueron retomadas en 1587 por el arquitecto trasmerano Juan del Ribero Rada, quien le dio su definitivo carácter clasicista. Fue consagrada en 1592. Tras la desamortización eclesiástica de 1836, se instaló en el edificio, en 1845, la parroquia de Santa María la Real de la Corte, que adquirió su propiedad en 1859.

La iglesia sigue el modelo de las iglesias monásticas del siglo XVI, con una única y amplia nave y capillas-hornacinas laterales, dispuestas entre los contrafuertes y abiertas al crucero mediante sendos arcos de medio punto. El crucero está formado por un espacio central cuadrado y dos brazos rectangulares. En el brazo izquierdo se abren dos vanos: el de salida al claustro —cegado y con portada en el claustro— y el de entrada a la sacristía vieja, un arco de medio punto, que se repite en el brazo derecho, donde se cerró. El presbiterio, plano y profundo, podría deberse a la reforma de Ribero. Dos puertas en su pared frontal, debajo del retablo, dan paso a la antesacristía, una capilla, hoy destinada a sacristía, desde la que se accede a la sacristía vieja, ahora sala-capilla, a través de un arco de medio punto sostenido por capiteles impostas y jambas de decoración cajeada.

La fachada del templo, inconclusa, oculta el pórtico de entrada y el coro, sobreelevado sobre el pórtico y el tramo de los pies de la nave. Presenta una calle central y dos torres laterales, de las que sólo se levantó la izquierda. En su piso bajo se abre la portada, un gran arco de medio punto y doble derrame, cajeado, que apea en capiteles-imposta y jambas. Tiene una puerta cancel de 1666. En el segundo piso de la calle central, enmarcada por dos contrafuertes, se abre un vano cuadrado, ahora cegado, que está partido por una pilastra y flanqueado por dos recuadros y dos hornacinas coronadas por veneras, entre pilastrillas. El conjunto descansa en una imposta sobre ménsulas. En el tercer piso se abre un gran óculo clasicista, vano practicado también en el muro frontal de la cabecera, donde recoge un tondo con la imagen del Pantocrátor, y en la sacristía vieja.

A Ribero se debe la ordenación interior de los muros, las cubiertas y la portada del vestíbulo, así como el remate de la fachada y de todo el templo. Siguiendo las premisas del clasicismo de inspiración paladina, los muros se revistieron con pilastras estriadas, poco resaltadas, de capiteles jónicos. Sobre ellas corre un entablamento jónico completo, con arquitrabe de tres molduras horizontales, friso corrido liso y convexo, faja de denticulado y cornisa. Se cubre con bóvedas de cañón con lunetos en la nave con arcos fajones, los brazos del crucero, la cabecera, la antesacristía y el cuerpo central del pórtico; bóveda vaída en el cuerpo central del crucero, decorada con cuatro relieves policromados de los Evangelistas y el escudo de la iglesia; medios cañones con decoración cajeada en las capillas laterales y sin fajas en los tramos laterales del pórtico; bóveda de arista en el sotocoro; y cúpula sobre pechinas en la sacristía vieja. La plementería de las cubiertas —a excepción de las capillas— se decora con dibujos geométricos.

Las tribunas o pisos superiores de las naves laterales —hoy salones parroquiales— se asoman al crucero a través de dos balcones con balaustres de piedra. La tribuna izquierda —adosada al monasterio— era la utilizada por el padre Feijóo para escuchar la misa y estaba comunicada con su celda. La portada del pórtico, a modo de arco de triunfo, consta de tres calles separadas por columnas jónicas sobre plintos. En la calle central, la más ancha, se sitúa un arco de medio punto moldurado sobre capiteles-imposta, con una ménsula en la clave. Las calles laterales están formadas por dos rectángulos superpuestos y dos hornacinas rectangulares. Sostienen el entablamento, idéntico al del interior. La cornisa tiene un gran vuelo y descansa en ménsulas. Sobre ella se apoyan cuatro bolas. Remata la portada un frontón curvo. Otra portada en arco, hoy cegado, con pilastras y entablamento jónico daba acceso desde el claustro a la vieja sacristía.

Las trazas del retablo mayor, de estilo manierista, se atribuyen al monje benedictino fray Juan Andrés Ricci. Fue realizado, entre 1638 y 1641, por Luis Fernández de la Vega, Pedro García y Francisco González. Es el único retablo asturiano formado por lienzos: San Vicente, en el centro, Santa Escolástica y San Benito. Fueron pintados en 1641 por el vallisoletano Diego Valentín Díaz y repintados por el ovetense Francisco Reiter en 1779. En su cuerpo ático, desmontado en 1976, estaba el cuadro de la Inmaculada, de autoría desconocida y ahora colocado en el crucero sur, y las tallas de San Juan Evangelista, perdida, y San Juan Bautista (en el baptisterio), de Fernández de la Vega (1601-1675).

A este escultor barroco asturiano se deben también las imágenes de Santa Ana con la Virgen Niña (crucero sur) y la Virgen con el Niño (presbiterio). Antonio Borja (Sigüenza, 1661-1719) hizo en 1703, para la iglesia de La Corte, el Cristo Crucificado (segunda capilla de la derecha) y las tallas de San Roque y San Isidro Labrador (crucero norte). El crucero norte acoge el retablo de la Virgen patrona de la feligresía, obra rococó del siglo XVIII, procedente de la iglesia de La Corte, a donde se trasladó en 1802 del Colegio de Jesuitas. En la tercera capilla de la derecha está la Virgen de la Piedad, una talla en piedra policromada del hospital ovetense de los Remedios. El órgano, considerado el mejor de Asturias, es una pieza barroca de fines del XVII. En la sacristía se expone la valiosa orfebrería del templo, con piezas de los siglos XVI-XIX. En el crucero está la sepultura de fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), profesor y abad del monasterio de San Vicente y preclaro escritor. En el crucero norte reposan los restos de don Rodrigo Alvarez de las Asturias, señor de Noreña y de Gijón, fallecido en 1332.

La iglesia de San María La Real de La Corte, antiguo templo de San Vicente, es uno de los mejores exponentes del Clasicismo asturiano. Atesora un valioso conjunto de arte mueble (retablo mayor manierista, imaginería barroca de Luis Fernández de la Vega y Antonio de Borja y orfebrería religiosa).

Fue el cuarto de los diez hijos extramatrimoniales de Alfonso XI el Justiciero y de doña Leonor Núñez de Guzmán Ponce de León (tataranieta de Alfonso IX de León). Producto de un embarazo gemelar, fue el primero de los hijos de la pareja en llegar a la vida adulta al igual que su hermano, al que sobrevivió.

Prohijado en su nacimiento por D. Rodrigo Álvarez de las Asturias heredó al año siguiente, a la muerte de éste, su señorío de Noreña. Su padre le concedió más tarde el condado de Trastámara y los señoríos sobre Lemos y Sarria, en Galicia, y las villas de Cabrera y Ribera con lo que le constituyó un grandísimo e importante patrimonio en el noroeste de la Península. Es la cabeza de la nueva dinastía que surge de la rama principal de la de Borgoña-Ivrea, la dinastía Trastámara.

Mientras vivió Alfonso XI, su amante Leonor consiguió títulos y privilegios en número exagerado para sus hijos tenidos con el rey. Ello fue la causa del descontento de numerosos nobles, y sobre todo de la reina legítima, doña María de Portugal, y del infante heredero, Pedro, más conocido como Pedro I el Cruel o el Justiciero. Éstos tuvieron ocasión para la revancha cuando Alfonso XI murió inesperadamente de peste en el asedio de Gibraltar, en marzo de 1350. Ni siquiera habían enterrado al rey y ya muchos seguidores de Leonor y de sus hijos les dieron de lado, y Enrique y sus hermanos huyeron y se desperdigaron, temerosos de las medidas que pudiera tomar su hermanastro, el nuevo rey.

Aunque Leonor y sus hijos llegaron a un acuerdo con Pedro I para integrarse pacíficamente en su corte, la situación siguió siendo inestable. Enrique y sus hermanos Fadrique, Tello y Sancho protagonizaron numerosas rebeliones desde el inicio del reinado. Además, para afianzar su posición y conseguir aliados, Enrique contrajo matrimonio con

En 1351 el monarca (o su consejero Juan Alfonso de Alburquerque, hombre de confianza de María de Portugal), convencido de que la amante de su padre era la instigadora de las sublevaciones, ordenó que Leonor fuera encarcelada y finalmente ejecutada en Talavera.

Después de esto Enrique huyó a Portugal. Perdonado por Pedro I y vuelto a Castilla, se sublevó en Asturias (1352). Se reconcilió con su hermano sólo para rebelarse contra él en una guerra larga e intermitente que terminó con la huida del Conde de Trastámara a Francia, donde entró al servicio de Juan II el Bueno.

Poco después Enrique y sus hombres pasaron a militar en las filas de Pedro IV el Ceremonioso de Aragón, en la guerra que éste mantuvo contra Castilla (1358). Durante este conflicto fue vencido y apresado en Nájera (1360), pero fue liberado (con la ayuda de Juan Ramírez de Arellano, entre otros) y se exilió en Francia.

Atacado Aragón de nuevo, Enrique acudió en su ayuda, pero a cambio de que se le apoyara para destronar a su hermano Pedro. El ataque combinado de Enrique y de sus aliados castellanos, aragoneses y franceses (las compañías de mercenarios de Bertrand Du Guesclin consiguieron expulsar a Pedro, que se refugió en Guyena). Enrique fue proclamado rey (1366), pero a cambio tuvo que conceder a sus aliados títulos y riquezas sin medida, como pago por la ayuda recibida. Ello le valió el sobrenombre de el de las Mercedes.

Mientras tanto, Pedro I organizó una invasión de Castilla desde los dominios ingleses al norte de los Pirineos. Eduardo, príncipe de Gales (conocido como el Príncipe Negro), puso a su disposición un gran ejército de caballeros y de arqueros.

Pedro derrotó a Enrique en la Batalla de Nájera el 3 de abril de 1367. Enrique retornó a Francia, protegido por Carlos V el Sabio. Desde el castillo de Peyrepertuse reorganizó sus ejércitos, y ayudado por los sublevados de numerosas ciudades castellanas y por los franceses de Bertrand Du Guesclin venció a Pedro en la Batalla de Montiel (14 de marzo de 1369). El Rey Cruel, ya prisionero, fue asesinado a manos de Enrique, que subió definitivamente al trono de Castilla con el nombre de Enrique II.

y después a Juan de Gante, duque de Lancaster, casado con la infanta Constanza de Castilla (hija de Pedro I). En su conflicto con los ingleses, Enrique fue aliado de Carlos V el Sabio, a cuya disposición puso la flota castellana, pieza fundamental en la conquista gala del puerto de La Rochelle, en cuya primera fase el almirante Bocanegra anuló por completo a la escuadra inglesa.

Enrique recompensó a sus aliados, pero supo también defender los intereses de Castilla. Así, negó al rey de Aragón todas las cesiones territoriales que le había prometido en los tiempos difíciles. En política interior, inició la reconstrucción del reino; protegió a los judíos que él mismo había perseguido en la guerra civil; aceleró la transformación de la administración regia; y convocó numerosas Cortes. Asimismo incorporó definitivamente al patrimonio real el Señorío de Vizcaya, tras la muerte de su titular, su hermano Tello. En política exterior, fue favorable a Francia frente a Inglaterra.

Capilla de Reyes Nuevos de Toledo es la segunda capilla sepulcral que construyeron los reyes de Castilla en la catedral de Toledo. Fue iniciada por Enrique II, primer rey de la casa de Trastámara, que buscó el marco legitimador que ofrecía la catedral toledana al albergar la Capilla de Reyes Viejos, donde estaban enterrados los reyes Sancho IV y Alfonso XI, objeto este último de su atención legitimadora.

Hoy día no se encuentra en su emplazamiento original, habiendo sido trasladada en el siglo XVI por el obstáculo que suponía a las procesiones en el interior de la catedral. Para solucionarlo se trasladaron los sepulcros de los reyes y reinas y parte de los ornamentos.

La actual capilla está situada entre el lado norte de la de Santiago y la de Santa Leocadia, en la cabecera, en el lado norte. Tiene un acceso raro y difícil, solucionado por el arquitecto Alonso de Covarrubias. Antes de ser trasladada a este espacio se llamaba Capilla Real y se encontraba a los pies de la catedral, en la nave lateral del lado norte (lado del Evangelio), apropiándose el último tramo, por lo que cortaba e impedía el paso por el final de esta nave. El Cabildo quiso cambiar el lugar de esta capilla para despejar la nave y el arzobispo Alfonso de Fonseca y Acevedo pidió el permiso correspondiente al Emperador. Pero lo difícil era buscar un sitio idóneo, lo cual por fin se solucionó gracias al ingenio y habilidad de su arquitecto.

Más que una capilla puede considerarse como una pequeña iglesia, de una nave con dos tramos y un ábside poligonal, más una sacristía y un vestíbulo de entrada, solución original de Covarrubias. Se construyó entre 1531 y 1534. Es la primera gran obra de Covarrubias en Toledo.

Los dos tramos de la nave tienen bóveda de crucería gótica pero toda la ornamentación y labra de los sepulcros son renacentistas. Están separados por la reja de Domingo de Céspedes. El primer tramo forma el cuerpo de la pequeña iglesia con algunos altares y en el segundo tramo es donde se encuentran los enterramientos reales trasladados y metidos en arcosolios renacentistas, obra de Covarrubias. En un costado se encuentran Enrique II y su esposa Juana Manuel y frente a ellos y en lucillos, Enrique III el Doliente y Catalina de Lancaster. También está la estatua orante de Juan II, cuyo enterramiento se encuentra en la Cartuja de Miraflores de Burgos.

Tras el arco que da acceso al presbiterio se encuentran dos altares pequeños, obra neoclásica. El altar mayor es de Mateo Medina; tiene una pintura de Maella con el tema de la Descensión, enmarcada por dos columnas corintias. A ambos lados de este altar están los enterramientos con las respectivas estatuas orantes de Juan I y su esposa Leonor de Aragón.

Como recuerdo histórico se conserva en esta capilla el arnés del alférez Duarte de Almeida que luchó en la Batalla de Toro (donde perdió los dos brazos siendo hecho prisionero por las tropas de los Reyes Católicos en 1476).

Su hermana mayor, Constanza, se casó con el infante heredero del reino de Portugal, don Pedro, pero murió antes de que éste se coronase rey. Tuvo un hijo que fue rey de Portugal con el nombre de Fernando I.

El 27 de julio de 1350, Juana se casó en el palacio real de Sevilla en secreto con Enrique de Trastámara, hijo ilegítimo de Alfonso XI de Castilla, y de doña Leonor de Guzmán. Este en 1369 se convirtió en soberano castellano al matar a su hermanastro Pedro I tras la batalla de Montiel.

Don Juan Manuel (Escalona, 5 de mayo de 1282 – Córdoba, 13 de junio de 1348) fue un político y escritor en lengua castellana. Se trata de uno de los principales representantes de la prosa medieval de ficción, sobre todo gracias a su obra El conde Lucanor, conjunto de cuentos moralizantes (exempla) que se entremezclan con varias modalidades de literatura sapiencial.

A los 8 años perdió a sus padres y pudo disponer del amplio patrimonio de su familia; a los 12 años participó en la guerra para repeler el ataque de los moros de Granada a Murcia. En la lucha dinástica suscitada en Castilla a raíz de la muerte de don Fernando de la Cerda, primogénito de Alfonso X el Sabio, don Juan Manuel se puso siempre del lado de Sancho IV, como también lo había estado su padre, y el rey correspondió a esta lealtad otorgándole su protección.

Se casó tres veces, eligiendo a sus esposas por conveniencia política y económica y, cuando tuvo hijos, se esforzó por emparejarlos con personas pertenecientes a la realeza. La primera de sus esposas fue la infanta de Mallorca doña Isabel, con la que se casó en 1299; sin embargo falleció dos años más tarde. Al morir Sancho IV, incumplió su promesa de proteger a la reina regente María de Molina en la minoría de edad del futuro Fernando IV el Emplazado: los agobió con todo tipo de exigencias y se mostró poco fiel, buscando la alianza de Jaime II de Aragón, para lo cual le pidió en 1303 la mano de su hija Constanza, que aún era niña; se casó con ella en 1311, cuando ella tenía 12 años. Durante la minoría de edad de Alfonso XI fue corregente del reino hasta que el propio monarca le obligó a dejar el cargo; también en su reinado dio muestras de su carácter inquieto y levantisco, por ejemplo cuando se enojó porque el rey no quiso casarse con su hija Constanza y le declaró la guerra con la ayuda del rey de Granada; hechas las paces, recobró el cargo de adelantado de Murcia que había perdido con esa situación y, viudo, se volvió a casar, en terceras nupcias, con doña Blanca Núñez de Lara, volviéndose a enfrentar con el rey Alfonso XI, a quien no quiso aportar sus tropas para cercar Gibraltar; tras una nueva reconciliación, volvió a encontrar un motivo de queja laboriosamente inventado y acusó al rey de no permitir que su hija Constanza se casara con don Pedro de Portugal, futuro rey con el nombre de Pedro I; recobró la gracia real a tiempo para participar en la importante Batalla del Salado contra los benimerines y en la ulterior conquista de Algeciras.

El término adelantado (calco del árabe almuqaddám, en castellano almocadén) referido a oficiales del rey y de los concejos comienza a aparecer por primera vez en documentos navarros y castellanos del siglo XI, aunque se ignora qué competencias tenían exactamente aquellos primeros oficiales. No será hasta el reinado de Alfonso X el Sabio cuando, en el contexto de la profunda reorganización política y administrativa impulsada por este soberano en el reino de Castilla y León, el oficio de adelantado se extienda y adquiera importancia en la administración de justicia. Se trató de una de las muchas medidas dirigidas a aumentar el poder de la burocracia regia frente a concejos, nobleza e Iglesia.

El primer adelantado fue nombrado en La Frontera (Andalucía) en 1253, tierra recién conquistada a los musulmanes durante las dos décadas anteriores. En plena época de repartición de tierras entre los nuevos pobladores cristianos, fundación de concejos y concesión de fueros, el monarca necesitaba, para gobernar más eficazmente Andalucía, un subalterno en el que delegar determinadas funciones gubernativas y judiciales. De este modo, se definió en el compendio normativo de Las Siete Partidas un nuevo oficial, el adelantado mayor, un juez territorial que constituía la instancia intermedia entre los tribunales de la corte y los jueces locales, pero que también ejecutaba las órdenes del monarca y lo representaba en la demarcación.

Después de la experiencia satisfactoria en el Sur, el cargo se extendió en 1258 a las merindades mayores de Castilla, León, Galicia y Murcia. Sustituía así a otros oficiales, los merinos mayores, que sólo tenían competencias ejecutivas, pero no podían juzgar. En los años siguientes, merino mayor se convirtió en sinónimo de adelantado mayor en el norte peninsular, mientras que en Andalucía y Murcia siempre se les llamó adelantados mayores. A lo largo del siglo siguiente los adelantados de Andalucía y, sobre todo, de Murcia, fueron adquiriendo cada vez más competencias militares, que más tarde serían consideradas como las esenciales del cargo. Esta concepción bélica del oficio fue heredada por los adelantados americanos.

A partir de 1258, los adelantados mayores fueron nombrados casi siempre entre los miembros de la alta nobleza (ricoshombres) y de la familia real. Fue llamativo el caso de Murcia, donde don Juan Manuel, sobrino de Alfonso X, monopolizó el adelantamiento durante la primera mitad del siglo XIV. A tal punto llegó el dominio de las grandes familias, que después del reinado de Enrique II de Trastámara ciertos linajes consiguieron en propiedad el título de adelantado: los Manrique en Castilla, los Quiñones en León, los Fajardo en Murcia, los Ribera-Enríquez en Andalucía y los duques de Maqueda en el reino de Granada. Paralelamente a este proceso, el oficio fue despojado poco a poco por la monarquía de todo su contenido, pues sus funciones pasaron a ser gestionadas por otras instituciones (Audiencias, corregidores, etc.). Aunque hubo algún intento de recuperar las competencias tradicionales del oficio (por ejemplo, Pedro Enríquez en Andalucía), lo cierto es que a fines de la Edad Media el de adelantado había pasado a ser un título meramente honorífico.

El reino de Murcia fue una jurisdicción territorial de la Corona de Castilla desde su reconquista en el siglo XIII hasta la división provincial de 1833, acometida por Javier de Burgos. Se extendía aproximadamente por el territorio de la actual Región de Murcia, la parte sur-este de la provincia de Albacete, Villena y Sax en Alicante y por algunas localidades de la actual provincia de Jaén. Véase Anexo:Localidades del Reino de Murcia (Corona de Castilla).

En 1243, el emir de la taifa de Murcia (Ibn Hud al-Dawla) firmó las capitulaciones de Alcaraz con Fernando III, aceptando ser un protectorado de los reinos de Castilla y de León. De esta manera Murcia ganaba una fuerte alianza para repeler a los aragoneses (de Jaime I) y a los granadinos (de Ibn al-Ahmar). Castilla, en contrapartida, conseguía una salida al Mar Mediterráneo.

Sin embargo, diversos núcleos de la antigua taifa no aceptaron el tratado, tales como Orihuela (que lo acató poco después) Mula, Cartagena y Lorca. Esta sublevación permitió aplicar a las tropas de Castilla (dirigidas por el infante Alfonso; futuro Alfonso X) el derecho de conquista sobre ellas (Mula cayó en 1244 y Cartagena en 1245) a excepción de Lorca que finalmente pactó. Este conflicto generó que todo el territorio murciano fuera un protectorado semi-autónomo de los musulmanes (al respetar el pacto), a excepción de los núcleos de Mula y Cartagena, las únicas poblaciones plenamente cristianas por su sublevación.

Sin embargo, en 1250 Castilla decidió crear la diócesis de Cartagena, y en 1258 el adelantamiento mayor del reino de Murcia. Esto se debió al paulatino incremento de la intervención cristiana en el protectorado, más evidente a partir de 1257, cuando el rey Alfonso X fue plenamente consciente de que si cumplía lo acordado en Alcaraz en nada avanzaría la tranformación cristiana del reino y su jurisdicción en la zona seguiría estando limitada indefinidamente. Los sucesivos incumplimientos de lo pactado llevaron a la sublevación de los musulmanes murcianos en 1264.

La revuelta contra la Corona de Castilla fue dirigida por el miembro de la familia real musulmana Al-Watiq, consiguiendo el apoyo de Granada y los gobernantes del Norte de África. El conflicto fue sofocado gracias a la intervención aragonesa. La reina de Castilla Violante de Aragón y Hungría (esposa de Alfonso X el Sabio) pidió ayuda a su padre Jaime I. Tropas aragonesas comandadas por el infante Pedro (el futuro Pedro III el Grande) y el propio Jaime I sofocaron la revuelta entre finales de 1265 y principios de 1266, dejando a más de 10.000 aragoneses en Murcia. Aunque según las condiciones del tratado de Almizra (1244), Murcia fue devuelta a Castilla.

Fue entonces (a partir de 1266) cuando se dio por finalizado el protectorado y comenzó plenamente la construcción del nuevo reino de Murcia como un ente político articulado dentro de la Corona de Castilla.

Tras el fin de la revuelta en 1266 y hasta 1272, el reino de Murcia se vio sometido a una repartición y colonización (a través de los repartimientos) por parte de gentes venidas de toda la Península y ciertas zonas de Europa. Se formaron concejos de realengo a través de la concesión de fueros, además de señoríos laicos, esbozándose así los primeros términos municipales de la actual Región de Murcia. La estabilidad se vio favorecida por el establecimiento de órdenes militares tales como la de Santiago o la del Temple, evitando así las rebeliones internas, a los piratas de la costa y la conflictividad de la frontera con Granada. Esta última se fortificó con numerosos castillos y torres.

Alfonso X concedió a la ciudad de Murcia la representatividad de su reino en las Cortes castellanas. De especial importancia también fue la creación por parte del Rey Sabio del cargo de Adelantado Mayor del reino de Murcia en 1258 (anterior a la conquista definitiva de 1266), siendo nombrado como primer Adelantado Juan García de Villamayor. Tras el susodicho año de 1266, la sede del cargo se establecería en la ciudad de Murcia.

Aunque este cargo sólo era efectivo en la zona de realengo, pronto fue copado por miembros de la familia Manuel, como el Infante Don Manuel, pasando posteriormente a su hijo Don Juan Manuel, que además eran poseedores de la principal jurisdicción nobiliaria del reino: el señorío de Villena, por lo que su poder en todo el reino de Murcia llegaría a ser indiscutible.

De los reinos creados por la Corona de Castilla en la reconquista del siglo XIII, sólo el de Murcia llegó a tener instituciones propias. De hecho, Alfonso X el Sabio estableció en su testamento que su hijo el infante don Jaime de Castilla y Aragón heredara el reino de Murcia como premio por haber vuelto a su servicio en la guerra que mantenía contra el infante Sancho, con la condición de que fuese vasallo del reino de Castilla y León, que legaba a su nieto Alfonso de la Cerda; disposición que hubiera supuesto la independencia del reino de Murcia frente a la Corona castellana. Sin embargo, el testamento del rey quedó sin valor al heredar finalmente el trono de Castilla Sancho IV el Bravo.

El rey Jaime II el Justo de Aragón inició en 1296 la conquista del Reino de Murcia debido a que Alfonso de la Cerda (candidato al trono de Castilla) se lo ofreció a cambio del apoyo aragonés contra el infante heredero al trono de Castilla, el menor de edad Fernando IV.

Establecida esta alianza, Alicante fue conquistada en abril, tras una dura resistencia en el castillo de Santa Bárbara de su alcaide Nicolás Pérez. Jaime II tomó posteriormente Guardamar con el apoyo de la flota, negoció con Don Juan Manuel, señor de Elche, prosiguiendo hacia Orihuela y Murcia, que capitularon, igual que el resto de la huerta murciana.

La conquista se vio facilitada por la numerosa población de origen aragonés que habitaba en el reino, aunque tuvo la oposición de las guarniciones castellanas de los castillos y del obispo de Cartagena.

Por aquel entonces Jaime II pensó en articular el reino de Murcia como uno más de los territorios de la Corona de Aragón al concederle Fueros, los llamados Constitutiones Regni Murcie de 1301. Sin embargo, tras la mayoría de edad de Fernando IV la crisis política de Castilla llegó a su fin, por lo que ambas coronas prefirieron llegar a un acuerdo, tanto Castilla como Aragón necesitaban la paz, firmándose el Tratado de Torrellas (1304) y la modificación expresada en el Tratado de Elche (1305), que devolvían el reino a la jurisdicción castellana y cambiaban definitivamente las fronteras entre Castilla y Aragón fijadas en el Tratado de Almizra (1244), incorporando a la Corona de Aragón, en concreto al Reino de Valencia, las comarcas del Valle del Vinalopó, el Campo de Alicante y la Vega Baja del Segura. Sin embargo, estas comarcas continuarían perteneciendo a la diócesis de Cartagena hasta el siglo XVI.

Durante gran parte del siglo XIV y la primera mitad del siglo XV el reino de Murcia vivió una profunda crisis que quedó reflejada en su economía y demografía, motivada no sólo por las epidemias, como la peste que apareció en diversos momentos, sino por las continuas incursiones de tropas musulmanas provenientes del reino de Granada que crearon una profunda inseguridad en todo el reino y favorecieron una importante despoblación.

Todo comenzó cuando en 1314, las localidades en aquel momento murcianas de Huescar, Orce y Galera cayeron en poder de los musulmanes granadinos, generando un peligro bélico omnipresente en todo el reino. A esto se unió la epidemia de peste de 1348, que fue aprovechada por las tropas granadinas para saquear el valle del Guadalentín. Las sucesivas pestes de 1372, 1379 y 1395 dejaron despobladas comarcas enteras, como las de Caravaca y Cehegín. La peste de 1395 generó en la ciudad de Murcia casi 6.000 víctimas.

La conocida Guerra de los dos Pedros (1356-1369) entre Castilla y Aragón; motivada por la ocupación murciana de algunas de las localidades perdidas tras la Sentencia de Torrellas, generó todavía mayor inestabilidad. Sin embargo supuso la reintegración en el reino de Jumilla, Villena, Sax, y Abanilla a través del Tratado de Almazán (1375).

El contexto de inseguridad y despoblación motivó el abandono de gran parte de las explotaciones agrarias, orientándose la economía del reino de Murcia hacia la ganadería. Los intentos repobladores fueron numerosos, entre ellos la bula de la Santa Sede de 1386 para atraer guerreros y pobladores a diversas fortalezas como las de Moratalla, Yeste, Caravaca, Cehegín y Aledo.

A comienzos del siglo XV, la crisis sucesoria que se vivía en Granada y la pacificación conseguida en el reino murciano por el adelantado Alfonso Yáñez Fajardo II permitieron iniciar un inédito periodo de acoso cristiano contra las poblaciones granadinas que dió excelentes resultados. En 1433 el adelantado conquistó Xiquena y Tirieza, y posteriormente avanzó hacia Los Vélez y Huescar, pero la reacción granadina en 1445 recuperó éstas últimas.

Los enfrentamientos entre miembros de la familia Fajardo favorecieron un nuevo periodo de acoso de Granada con el saqueo de Cieza en 1448, cuya población fue llevada cautiva. También se saquearon tierras del marquesado de Villena en la batalla de Hellín, recogiendo a su regreso a los habitantes de Letur (de mayoría mudéjar) dejando a la villa despoblada.

Durante el siglo XVI la población del reino de Murcia aumentó en un 40%. La ciudad de Murcia, la más poblada del reino, pasó de 11.000 a más de 16.000 habitantes. Lorca, la segunda más poblada, superó los 9.000 (cuando partía de los 6.500). La comarca del Noroeste vivió el proceso más ascendente, de hecho Caravaca llegó a convertirse en la tercera más populosa al alcanzar los 7.000 habitantes, superando a Albacete que rozaba los 6.000. Núcleos como Cartagena también ascendieron llegando a los 4.500 habitantes.

Una vez reconquistada la Península y tras la unificación de las Coronas de Castilla y Aragón, el reino de Murcia entró en un periodo de prosperidad que se tradujo en un aumento notable de su población. Los factores determinantes que propiciaron este desarrollo, además del final del peligro bélico de la frontera, fueron el auge de la industria de la seda, las minerías de Cartagena y Mazarrón y la mejora de las explotaciones agrícolas.

Durante el reinado de Felipe II, tropas murcianas bajo mando de Luis Fajardo, III marqués de los Vélez y adelantado del reino de Murcia, ayudaron a sofocar la rebelión morisca en el Reino de Granada. Este hecho hará que se le conceda a la ciudad de Murcia el título de Muy noble y muy leal. Otro de los problemas fue la piratería berberisca, que forzó a Felipe II a construir varias torres de vigilancia en la costa que aún en nuestros días se conservan.

En tiempos de Felipe III se produjo la expulsión de los moriscos murcianos. A principios del siglo XVII su volumen de población era de 12.500 individuos, un 15% del total del reino, siendo abrumadora mayoría en las tradicionales comarcas moriscas como el Valle de Ricote, la Vega Media del Segura y la mayoría de los municipios de la comarca del Río Mula, además de Abanilla y Fortuna y el pueblo del alto Segura de Socovos.

La población morisca estaba por lo general bien integrada en el reino de Murcia, sin embargo, la política anti-morisca diseñada en la lejana Corte se mostró indiferente a la realidad murciana y decretó la expulsión a finales de 1611. Un grupo de la nobleza murciana contrario a la misma intentó influir en la Corte, sin demasiado éxito. En octubre de 1613 Felipe III decretó la expulsión de los moriscos murcianos, aunque el grado de cumplimiento de la norma fue desigual según las comarcas.

Ya en pleno siglo XIX, tras la dura Guerra de Independencia que tuvo desastrosas consecuencias en la región, la reforma liberal de Javier de Burgos hizo desaparecer el reino de Murcia en 1833 dando lugar a la provincia de Murcia y a gran parte de la provincia de Albacete. A partir de aquí dió comienzo la denominada Región Murciana biprovincial, que duraría hasta 1982.

y de su esposa, la infanta Leonor de Aragón, y hermano mayor de Fernando, quien sería rey de Aragón. Su crianza fue encomendada a Inés Lasso de la Vega, esposa de Juan Niño; en su infancia fue educado por el obispo de Tuy Diego de Anaya Maldonado, que posteriormente sería arzobispo de Sevilla, y por Álvaro de Isorna, que lo sería de Santiago; fue su ayo Juan Hurtado de Mendoza y su confesor el dominico Alonso de Cusanza, que después llegaría a ser obispo de Salamanca y de León.

Poco después de su nacimiento fue prometido a la heredera del trono portugués Beatriz de Portugal en virtud de un tratado de paz que Castilla y Portugal firmaron durante una tregua en la guerra de los cien años, pero este matrimonio no llegó a a hacerse efectivo, pues al quedar viudo su padre en 1382, fue éste y no Enrique quien se casó con Beatriz.

, hija de Juan de Gante, duque de Lancaster, y de Constanza de Castilla, por lo tanto descendiente de Pedro I el Cruel; esto permitió culminar el conflicto dinástico, afianzar la Casa de Trastámara, y establecer la paz entre Inglaterra y Castilla.

, siendo el primero en llevar dicho título, pues anteriormente los primogénitos de los reyes castellanos se habían llamado infantes mayores. En 1390 su padre consideró la posibilidad de abdicar en su favor, pero fue disuadido de hacerlo por las Cortes de Guadalajara, habida cuenta de los daños que habían ocasionado en el reino anteriores decisiones similares; sin embargo, en octubre de ese mismo año el rey Juan murió en Alcalá como consecuencia de una caída del caballo, y Enrique fue proclamado rey.

Pudo pacificar a la nobleza y restaurar el poder real, apoyándose en los nobles de segunda fila y desplazando así a sus parientes más poderosos (como Alfonso Enríquez y Leonor de Navarra). Derogó privilegios antes concedidos a las Cortes, como la alcabala y el derecho a asistir al Consejo Real, impulsó la figura de los corregidores en las ciudades, y saneó la economía del Reino. Disminuyó las persecuciones contra los judíos, promulgando varios edictos contra la violencia, que había sido particularmente grave en 1391.

Durante su reinado, la flota castellana obtuvo varias victorias contra los ingleses; en 1400 envió una flota de guerra que destruyó la base pirata de Tetuán, en el África del Norte. En 1402 comenzó la colonización de las Islas Canarias, enviando al explorador francés Jean de Béthencourt. Detuvo una invasión portuguesa, iniciada en 1396 con un ataque a Badajoz, consolidando finalmente la paz con el acuerdo firmado con Juan I de Portugal el 15 de agosto de 1402. Apoyó las pretensiones pontificias de Benedicto XIII y reanudó la campaña contra Granada, alcanzando una importante victoria en Collejares, cerca de Úbeda (1406), aunque no pudo completarla porque le sobrevino la muerte. También envió a dos embajadas ante Tamerlán, la primera encabezada por Hernán Sánchez de Palazuelos y la segunda por Ruy González de Clavijo. De esta segunda tenemos la relación del viaje en un libro,

Segundo rey de la dinastía de Trastámara, hijo de Enrique II el de las Mercedes y de Juana, hija de Juan Manuel de Villena, cabeza de una rama más joven de la casa real de Castilla. Nació en Aragón durante el destierro de su padre que aún no era rey. Fue el último rey castellano coronado solemnemente. Después de él, los monarcas asumían la dignidad real por proclamación y aclamación.

Enrique II había recibido la ayuda de caballeros franceses dirigidos por el propio Bertrand Du Guesclin durante su enfrentamiento con Pedro I el Cruel o el Justiciero. La victoria final de Enrique en la Guerra Civil Castellana brindará a Francia un poderoso aliado en el plano naval. Tanto Enrique como su hijo Juan envían la Armada castellana, que destruye la escuadra inglesa en La Rochelle (1372) y saquea o incendia numerosos puertos ingleses (Rye, Rottingdean, Lewes, Folkestone, Plymouth, Portsmouth, Wight, Hastings) en 1374 y (tras la Tregua de Brujas) entre 1377 y 1380, año en que la flota combinada del almirante castellano Fernando Sánchez de Tovar y el francés Jean de Vienne llega incluso a amenazar Londres. Sir Ricardo Knolles en 1360 y el duque de Lancaster, Juan de Gante, en 1363 formaron cuerpos expedicionarios que atacaron el continente, pero fueron detenidos.

En el marco de la Guerra de los Cien Años, Inglaterra y Castilla se vieron involucradas en un conflicto dinástico: Las hijas de Pedro I el Justiciero/Cruel, Constanza e Isabel, se habían casado con Juan de Gante, duque de Lancaster y con Edmundo de Langley, duque de York, hijos del rey Eduardo III de Inglaterra (ambos hermanos del Príncipe Negro, Eduardo de Woodstock).

Con estas uniones, y considerándose, como lo eran, herederas legítimas de Pedro I, reclamaban el reino. En 1388 se puso fin a la lucha pactando el matrimonio de sus hijos Enrique, heredero de Juan I, con Catalina, hija de Constanza y de Juan de Gante, duque de Láncaster, a quienes se les otorgó la condición de Príncipes de Asturias por el acuerdo de Bayona.

Así quedaron unidas las dos ramas sucesorias de Alfonso XI e instaurado el título de Príncipe de Asturias, que siempre ostentará el heredero de la corona de Castilla y luego de España. Enrique, hijo de Juan I, fue el primer príncipe en poseer este título, junto con las rentas inherentes, pues el territorio asturiano les pertenecía como patrimonio.

Al año siguiente, 1385, Juan va a la guerra contra Juan de Avis, hijo bastardo del rey Pedro I de Portugal y, por tanto, hermanastro de Fernando I, guerra que acabó en la desastrosa derrota de Aljubarrota, donde, tras la desbandada de las tropas castellanas, consiguió salvar la vida gracias a su ayo, que falleció.

No se sabe si nació en Épila o en Tamarite de Litera. Por la fecha de su nacimiento, su padre había situado a su mujer en la villa de Épila, relativamente cerca de la frontera musulmana, para dar ejemplo de la política de ni un paso atrás. Pero Pedro el Cruel, que ya había matado a dos hermanastros de Juan, hizo una incursión que llegó a poner en peligro a Zaragoza, y Juan, supuestamente, decidió moverla en 1357 a Tamarite, una villa que le había sido cedida ese mismo año por Pedro el Ceremonioso. San Vicente de Ferrer, al hablar en favor de la candidatura de Fernando de Antequera, menciona Tamarite como lugar de nacimiento del padre. Jerónimo Zurita da Épila como lugar de nacimiento, aunque indicando que Pero López de Ayala daba Tamarite.

Al subir al trono, nombró a su ayo Pedro González de Mendoza, señor de Hita y de Buitrago, como Mayordomo Mayor, y al poco Capitán General de sus ejércitos. En 1383 le nombró señor de la mitad del Real de Manzanares (Madrid).

Murió en octubre de aquel mismo año junto a la puerta de Burgos, extramuros del palacio arzobispal de Alcalá de Henares, durante una demostración hípica y a consecuencia de la caída de un caballo que le habían regalado. Fue ocultada su muerte por el Cardenal don Pedro Tenorio durante varios días alegando que estaba herido, hasta arreglar todo lo relacionado con la regencia. Está enterrado en la Capilla de Reyes Nuevos de Toledo.

), reina consorte de Castilla, fue la mayor de los dos hijos del matrimonio entre Juan de Gante y su segunda esposa, Constanza de Castilla. Hermana del rey de Inglaterra Enrique IV haciendo a sus descendientes ser miembros por extensión de la rama Lancáster en la Guerra de las Rosas en que se debatiría Inglaterra durante el siglo XV obligando a apoyar a éstos, contra las políticas de yorkistas y franceses o aragoneses en el conflicto.

Contrajo matrimonio en marzo de 1388 en la catedral de San Antolín, en Palencia, a los 15 años de edad en virtud del tratado de Bayona. Su esposo era su primo Enrique, de apenas 9 años, futuro Enrique III de Castilla. Enrique descendía de los Trastámara, rama bastarda de la familia. Les fue otorgado a ambos el título de Príncipes de Asturias, siendo desde entonces usado por el heredero de la corona castellana y posteriormente de la corona española.

Al morir Enrique III, el 25 de diciembre de 1406 a los 27 años de edad, Catalina de Láncaster, junto con su cuñado Fernando de Antequera, futuro rey de Aragón, ejerce la regencia del reino por la minoría de edad de su hijo Juan II, de apenas un año.

Catalina coordina –con un consejo de nobles, eclesiásticos y autoridades municipales (milicias urbanas) de algunas ciudades– la administración de los actuales territorios de Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, Castilla la Vieja, León y partes de Castilla la Nueva (más o menos la actual Castilla-La Mancha), mientras que Fernando de Antequera, el hermano segundón del joven rey ya fallecido Enrique III, administra las zonas de Extremadura y los reinos cristianos de Andalucía, Jaén, Córdoba y Sevilla. Las tierras de Almería, Granada y Málaga constituían todavía el Reino Nazarí de Granada.

En 1412, el Infante castellano Fernando de Antequera se convertiría en Fernando I de Aragón por decisión razonada del Consejo Sucesor Aragonés (en el Compromiso de Caspe), pero con salud débil como su malogrado y valeroso hermano Enrique III murió en Igualada en 1416 con 36 años de edad, no sin antes hacer a su esposa, Leonor Sánchez de Albuquerque madre de cuatro varones, los Infantes de Aragón y de dos niñas, que llegarían a ser Reinas Consortes de Castilla y de Portugal.

Leonor López de Córdoba sería consejera astuta y muy íntima de la Reina Consorte y Reina Viuda Regente Catalina. Leonor era una noble cordobesa, hija del ajusticiado (por orden de Enrique II de Castilla) Maestre de la Orden Militar de Alcántara Martín López de Córdoba, (1364–1369), obstinado protector, tras las poderosas murallas de Carmona, cerca de Sevilla, de los hijos huérfanos del asesinado Rey Pedro I de Castilla.

Bajo la influencia del Obispo Pablo de Santa María, quien se encargaba de la educación del Príncipe heredero, Juan, así como de las ideas del predicador Vicente Ferrer, la política castellana tomó una dirección más intolerante contra los súbditos de clases judías y moriscas.

Un retrato que de ella hace Fernán Pérez de Guzmán antes de su muerte la describe como de semblante enfermizo y algo tullida, pero también con la veracidad de los rasgos que la herencia angevina y borgoñona que de su padre, el Duque de Lancáster y su abuelo, el Rey Pedro heredó. Siendo ella de gran estatura, muy rubia y sonrosada y de gran fortaleza corporal, mayor que la de muchos hombres pero cargada ya de sobrepeso por la edad, pero más por el ser muy dada a comer y beber en demasía. De personalidad llena de virtudes y muy generosa, pero con la debilidad de dejarse influenciar por los muchos menesterosos en la Corte, de tal forma que varias veces tuvo que exiliar de la Corte a su corrupto personal doméstico.

La Reina Catalina murió en la ciudad de Valladolid el 2 de junio de 1418, a los 45 años de edad resultado de una caída y probablemente de problemas del hígado relacionados con el alcoholismo. En su epitafio, en la Capilla de Reyes Nuevos de Toledo, indica que fue Reina de Castilla y que por ella fue puesta la paz en Castilla para siempre.

Príncipe de Asturias es el principal de los títulos que ostenta el heredero de la Corona Española. En la actualidad su titular es Felipe de Borbón y Grecia. Regulados por Real Decreto desde 1977, los títulos históricos de los herederos de los diferentes reinos hispanos son:

Los orígenes del Principado de Asturias se remontan a los primeros años del siglo XIV, cuando, en las llamadas Asturias de Oviedo, se constituyó el primer gran señorío nobiliario para don Rodrigo Álvarez, que pasó a llamarse don Rodrigo Álvarez de las Asturias (utilizando en ocasiones el apellido Álvarez-Nava, como equivalente al Álvarez de las Asturias, por proceder don Rodrigo del solar de Nava, villa del Principado de Asturias). Al morir sin sucesión, pasó a don Enrique de Trastámara que, a su vez, lo cedió a un hijo bastardo: Alonso Enríquez. Durante el reinado de Juan I, el conde de Noreña protagonizó una serie de revueltas que decidieron al Rey a confiscar el señorío e incorporarlo a la Corona.

En 1388, a raíz del matrimonio acordado por el rey Juan I de Castilla y por Juan de Gante, duque de Láncaster entre sus respectivos hijos, el Infante don Enrique y doña Catalina (acuerdo de Bayona), para poner así fin a las pretensiones de los Lancaster a la corona de Castilla (como descendientes de Pedro I), se decidió que, así como en Inglaterra el heredero del trono era titulado Príncipe de Gales y en Francia Delfín, en Castilla sería Príncipe de Asturias.

E otrosí pusieron e ordenaron los dichos rey don Juan e duque de Alencastre en sus tratos que el dicho infante don Enrique oviese titulo de se llamar principe de Asturias e la dicha infanta doña Catalina, princesa.

En los primeros tiempos de la institución de Príncipe de Asturias no fue un simple título de honor, pues el territorio asturiano les pertenecía como patrimonio. La persona a la que se le otorgaba este título podía nombrar jueces, alcaldes, etc., que gobernaban el Principado en representación de su Señor. Esta situación cambió con los Reyes Católicos, que redujeron el título de Príncipe de Asturias a una condición honorífica, carácter que se mantuvo con los reyes de la Casa de Austria y con la dinastía de los Borbones.

Embajada a Tamorlán es un libro de viajes medieval escrito en 1406 por Ruy González de Clavijo cuyo contenido es una relación completa y minuciosa de la embajada que este autor realizó, junto con el dominico Alfonso Páez de Santamaría a Samarcanda ante el rey Tamerlán por decisión diplomática del rey Enrique III de Castilla.

En 1403 el monarca Enrique III decidió enviar una embajada al poderoso emir (gobernador) turco-mongol Tamerlán el Grande, que perseguía estrechar relaciones diplomáticas con este gran conquistador para conjurar la amenaza turca, que occidente personificaba en la expansión del sultán del Imperio otomano, Bayaceto I. Al frente de esta expedición marchó Ruy González de Clavijo y un dominico experto en lenguas y culturas extranjeras, Alfonso Páez de Santamaría. El viaje se prolongó por espacio de tres años desde la salida de los embajadores. A su retorno en 1406 hubo de ser escrita la relación.

En el relato pudo haber intervenido —si no escribir el libro entero— su compañero de expedición Alfonso Páez de Santamaría, pues era Maestro en Teología y conocía el latín y probablemente el árabe. Además tendría dominio del italiano y acaso el griego o el persa. Tales conocimientos se reflejan, según López Estrada en los datos que se recogen sobre ritos bizantinos y armenios, en el hecho de aparecer como buen intérprete en varios lugares de la obra y en la cultura que demuestra al recoger noticias de la antigüedad grecolatina (Paris, Helena, Príamo, las amazonas, Virgilio, Alejandro y su batalla contra el rey indio Poros). La autoría de fray Alfonso Páez fue propuesta en 1961 por Cirac Estopiñán.

La obra, en cualquier caso, está escrita con un estilo claro y directo, que se hace más vivo y suelto en sus últimos capítulos, incluso buscando la complicidad del lector. La estructura está bien trabada y el relato de los hechos y lugares es de gran exactitud, algo poco habitual en los libros de viajes medievales.

Asimismo, el libro incluye interesantes descripciones de costumbres y personajes orientales perfectamente engarzadas en el hilo estrictamente cronológico de la embajada, lo que la hace una obra entretenida y rigurosa. Todo ello convierte a la Embajada a Tamorlán en uno de los libros de viajes más amenos e interesantes, al par que precisos, de la literatura medieval española.

, Fernando el Justo y Fernando el Honesto, fue Infante de Castilla, Rey de Aragón, de Valencia, de Mallorca, de Córcega, de Sicilia y de Cerdeña (nominal); duque de Neopatria y de Atenas (nominal); conde de Barcelona, del Rosellón, de Cerdaña; y regente de Castilla. Fue el primer monarca aragonés de la dinastía castellana de los Trastámara, si bien era Aragón por la rama materna, pues su madre Leonor de Aragón era hermana de Martín I de Aragón, llamado «el Humano».

Fernando era hijo segundo de Juan I de Castilla y de Leonor de Aragón, hermana del rey aragonés Martín el Humano, y nieto, por tanto, del rey Pedro IV el Ceremonioso por vía materna, y del rey Enrique II de Castilla, por la rama paterna. Tras estos antecedentes, y dada la posibilidad jurídica de transmisión de la Casa de Aragón por vía materna, el derecho aragonés le otorgaba un rango preferencial en sus aspiraciones a la corona de Aragón tras la muerte sin descendencia masculina de Martín I el Humano.

A pesar de que, dada su condición de hijo “segundón”, el trono de Castilla fue ocupado por su hermano el futuro Enrique III en 1390, la escasa salud de este (padeció enfermedades como el tifus y la viruela, lo que le valió ser apodado “el Doliente”) y el hecho de que no lograra concebir un varón que heredara el trono, permitió que Fernando albergara esperanzas de llegar a obtener el trono castellano, como demuestra el hecho de que se casara en 1393 con su tía Leonor de Alburquerque, con lo que reforzaba sus derechos dinásticos en el caso de que su hermano falleciera. Sin embargo, el nacimiento de un heredero varón, el futuro Juan II, en 1405, un año antes de la muerte de Enrique III, acabó con las esperanzas de Fernando a ocupar el trono de Castilla.

Al morir Enrique III el Doliente, en 1406, estableció en su testamento que durante la minoría de edad de su hijo Juan II asumirían la regencia del reino su viuda y madre de este, Catalina de Lancáster, y su hermano Fernando.

Las desavenencias entre ambos corregentes, instigadas por parte de la nobleza, no tardaron en aparecer, por lo que llegan al acuerdo de dividir el territorio en dos mitades, correspondiendo a Fernando la zona meridional del Reino, que se extiende por los territorios situados al sur de la Sierra de Guadarrama hasta el reino nazarí de Granada, lo que le permitirá reanudar la guerra contra dicho reino que la muerte de Enrique III había paralizado.

Con la reanudación de las acciones militares contra el reino nazarí de Granada, Fernando logra tomar Pruna y Zahara de la Sierra, pero fracasa en la conquista de Setenil, tras lo cual es obligado por el Consejo de Regencia a firmar la tregua que por dos años había ofrecido el rey nazarí Yusuf III.

En 1410, al morir su tío el rey Martín I de Aragón sin descendencia directa y legítima, Fernando presenta su candidatura a la sucesión del trono aragonés y, aunque en un principio se presentan hasta seis candidatos al trono, sólo Fernando y Jaime de Urgel tenían posibilidades reales de éxito.

El poderío económico de Fernando, su prestigio militar y su inteligencia política, que le permitió contar con el apoyo de la familia valenciana de los Centelles y de la familia aragonesa de los Urrea, unida a los errores de Jaime de Urgel, entre ellos la conspiración para asesinar al arzobispo de Zaragoza, García Fernández de Heredia, y al apoyo tanto de Benedicto XIII, como de su confesor, Vicente Ferrer, inclinarán la balanza hacia la candidatura de Fernando, que será refrendado, el 28 de junio de 1412, en el llamado Compromiso de Caspe al ser proclamado rey de Aragón y de los demás estados de la Corona de Aragón.

Tras jurar como rey el 5 de agosto en el Palacio de la Aljafería de Zaragoza, donde dos de sus antiguos rivales para ocupar el trono, Fadrique de Luna y Juan de Prades, le rendirán pleitesía, se dirigirá a Lérida, donde representantes de su gran rival, Jaime de Urgel, le rinden vasallaje, a cambio del ducado de Montblanch y de la concertación de un matrimonio entre sus hijos Enrique e Isabel.

A continuación, Fernando I se dirige a Tortosa para entrevistarse con su gran valedor Benedicto XIII quien, el 21 de noviembre de 1412, le invistió como rey de Sicilia, Córcega y Cerdeña a cambio del apoyo real en la disputa que Benedicto mantenía con los otros dos papas que simultáneamente gobernaban el orbe cristiano: Gregorio XII y Juan XXIII, en pleno Cisma de Occidente que dividía a la Iglesia Católica.

Una semana después, el 28 de noviembre, Fernando entraba en Barcelona, donde juró los privilegios catalanes. En 1413 durante la celebración de las Cortes Catalanas que él mismo había convocado, recibió la noticia de que Jaime de Urgel se había levantado en armas. Con la ayuda de los estamentos de la nobleza catalana sofoca la revuelta y sitia al conde de Urgel en el castillo de Balaguer, que es tomado el 31 de octubre, tras lo cual el antiguo pretendiente al trono de Aragón fue despojado de todos sus títulos y desterrado.

En las Cortes que había convocado en Barcelona, Fernando I tuvo que ceder al denominado pactismo catalán, doctrina que limitaba la autoridad real a favor de las Cortes y de la Generalidad de Cataluña. Este movimiento, encabezado por Joan Fivaller, manifestaba que privilegi atorgat tollent ley paccionada de dret, non val y que privilegi atorgat contra ben publich es nul, por lo que estaban Decididos a darle antes su vida que la libertad. A pesar de que Fernando tuvo que claudicar ante los consellers, su relación con Fillavert no tuvo que deteriorarse, ya que le nombró albacea de su testamento que otorgó el 10 de octubre de 1415 en Perpiñán.

Tras eliminar o neutralizar toda oposición interior, Fernando I se dirigió nuevamente a Zaragoza, donde será coronado en 1414 en el Palacio de la Aljafería, tras lo cual dirige su atención a la política exterior.

Normalizó la situación interna de Sicilia con el nombramiento en 1415 de su hijo Juan como virrey de Sicilia, logrando acabar con la guerra civil que desde el fallecimiento de Martín el Joven enfrentaba a la viuda de este, Blanca I de Navarra, con el hijo ilegítimo de aquel, Fadrique de Luna.

En la cuestión del cisma de Occidente, fue fiel a Benedicto XIII (el papa Luna o antipapa), su protector, aunque intentó que renunciase al pontificado, para lo cual se reunió con él en Morella (1414) y en Perpiñán (1415). La intransigencia de Benedicto, unida a la decisión tomada en el Concilio de Constanza que destituyó a los tres papas, hizo que Fernando le abandonara y le retirara la obediencia de sus reinos (1416).

Hijo de Fernando II de León y Urraca de Portugal, tuvo dificultades para hacerse con el poder debido a las intrigas de su madrastra Urraca López de Haro, que aspiraba a entronizar a su propio hijo, el infante Sancho. A lo largo de su reinado tuvo numerosos conflictos y tensiones con su primo Alfonso VIII de Castilla. Debido a estos, estuvo ausente en la Batalla de las Navas de Tolosa, pese a lo cual realizó una gran actividad de reconquista, recuperando para la Cristiandad las ciudades de Cáceres, Mérida y Badajoz.

, matrimonio que fue anulado por consanguinidad y luego (1198) con Berenguela de Castilla, de quien hubo al infante Fernando. Tras anularse también este matrimonio, Berenguela se llevó a su hijo a su tierra natal y logró convertirlo en rey de Castilla a la muerte de Enrique I en 1217. Debido a ello, padre e hijo se distanciaron y, al parecer, la animadversión de Alfonso IX hacia los castellanos le llevó a dejar el reino en manos de Sancha y Dulce, las hijas habidas con su primera esposa, Teresa de Portugal, en lugar de las de su primogénito. Sin embargo, la madre de Fernando negoció con Teresa de Portugal la entrega de una pensión vitalicia a Sancha y Dulce a cambio de sus derechos y Fernando —que había amenazado a sus hermanastras con atacar el reino si no se cumplían sus exigencias— sucedió a su padre como rey de León, uniendo ambas coronas con la llamada

Alfonso IX halló enormes dificultades para acceder a un trono que por derecho de nacimiento le pertenecía. Por una parte, se encontraba su madrastra Urraca, la cual quería eliminarle, pues pretendía que su hijo Sancho fuera el que heredara el Reino, a pesar de haber nacido más tarde. Urraca argumentaba que Alfonso IX no tenía derecho al trono porque el matrimonio entre sus padres había sido anulado. A esto se le unía el deseo de los reinos vecinos de Portugal y Castilla de repartirse el Reino de León. No obstante, todo se resolvió a favor de Alfonso IX, debido a que Urraca no consiguió apoyo a sus fines entre los leoneses.

El inicio del reinado fue sumamente complicado, pues como ya se ha dicho antes, los portugueses y castellanos ambicionaban las tierras del Reino por el Este y por el Oeste, mientras que los almohades suponían un gran peligro por el Sur. Por si las amenazas extranjeras no bastaran, el nuevo monarca se encontró con que el Reino estaba en bancarrota por la política que había llevado su padre durante su reinado. Con esta situación, el monarca, que apenas contaba 17 años, convocó las famosas

, en las que fueron convocados por primera vez los representantes de las ciudades para intervenir en asuntos de Estado. Asistieron representantes de la nobleza, del clero y de las clases populares procedentes de León, Galicia, Asturias y Extremadura, siendo de esta manera,

Las Cortes de León fueron convocadas en la primavera de 1188, probablemente en la primera quincena de abril, ya que el 27 de este mismo mes, Alfonso IX confirmaba al Obispo de Oviedo todos sus privilegios. Las Cortes se reunieron en el claustro de San Isidoro bajo la presidencia del Rey leonés. Estaban presentes todos los obispos del reino, incluyendo al arzobispo de Santiago de Compostela, que era la máxima autoridad religiosa del Reino, además de los nobles y los representantes de las ciudades del Reino, que por primera vez eran convocados a un acto de estas características.

El motivo por el cual se convocó a los representantes de las ciudades fue sin duda la acuciante necesidad de solventar la grave situación económica que sufría el Reino. El hecho de que los habitantes de las ciudades gozaran de una gran prosperidad económica y de que la colaboración con la nobleza en este aspecto fuera demasiado complicada, motivó que rey llamase a los representantes de las ciudades para que asistieran a estas Cortes. Así, Alfonso IX consiguió, sin implicar a la nobleza, generar más recursos para el Reino, recursos cada vez más necesarios por el creciente gasto que ocasionaban las guerras con los vecinos; a cambio se comprometió a mejorar la administración de justicia y eliminar los abusos de poder de la nobleza.

Recién coronado Alfonso IX, se reunió con su primo Alfonso VIII, Rey de Castilla, en Carrión, con la intención de iniciar unas buenas relaciones con Castilla que permitieran una paz duradera. La reunión consistía en una ceremonia para investir a Alfonso IX caballero, y como era costumbre en estos casos, Alfonso IX besó la mano del rey castellano, recibiendo por parte de éste la espada y el cinturón propios de un caballero. Cabe destacar que en la misma ceremonia fue armado caballero el Príncipe Conrado de Suabia, hijo del Emperador Federico Barbarroja de Alemania. El príncipe había venido con el objetivo de desposar la Infanta Doña Berenguela, hija de Alfonso VIII, algo que no pudo hacer debido a la oposición de ésta.

Alfonso VIII de Castilla, más tarde, rompiendo el pacto entró con sus tropas en territorio leonés y se apoderó de varias plazas que nunca habían pertenecido a Castilla, entre ellas, Valencia de Don Juan y Valderas. Rompía así las hostilidades con el Reino de León, invadiendo unos territorios que marcarían la política exterior de Alfonso IX.

Sancho I de Portugal al Oeste penetró en territorio leonés con el mismo objeto que Castilla: apoderarse de las tierras del Reino de León. Así, el Reino se vio cercado entre dos frentes que amenazaban con su destrucción.

La liga de Huesca se fraguó en la ciudad del mismo nombre.Alfonso IX, viendo la situación, se dio cuenta del grave peligro que corría su Reino. De este modo, para buscar una solución, utilizó la diplomacia y se puso de inmediato a buscar apoyos en Portugal. Primero se entrevistó con Sancho I de Portugal y concertó el matrimonio con la

hija del Rey de Portugal. Como ambos eran nietos de Alfonso Enríquez, primer rey de Portugal, el matrimonio entre ambos estaba prohibido. No obstante, el matrimonio duró tres años, en los cuales tuvieron tres hijos: Dulce, Fernando y Sancha. Fernando, por desgracia, murió muy joven, en 1214.

, que había sido consagrado Papa recientemente, el día 14 de abril de 1191, siendo este uno de los primeros casos con los que inauguró el pontificado. Celestino se mostró implacable y tildó el matrimonio de incesto, pronunciando más tarde una sentencia de excomunión y entredicho. La excomunión afectaba a los reyes de León y de Portugal, mientras que el entredicho afectaba a ambos Reinos.

En un tiempo convulso, el Rey de Portugal propuso a su homólogo aragonés un pacto para defenderse de Castilla. El Rey de Aragón, temeroso de Castilla, propuso al rey portugués que el pacto se extendiera al Reino de Navarra y al Reino de León. El pacto entre estos cuatro reinos fue llamado la Liga de Huesca. El pacto consistía en un compromiso por el cual ninguno de los monarcas firmantes entraría en guerra sin el mutuo consentimiento. Alfonso IX, por su parte, firmó el tratado por la poca confianza que tenía en Alfonso VIII, Rey de Castilla, quien a pesar del convenio de Carrión seguía sin devolverle las plazas leonesas que aún retenía.

no tardó en reaccionar ante este pacto. De esta manera, excomulgó al Rey de León para castigarle por su pacto con los almohades. E incluso hizo más: procedió a conceder las mismas gracias a aquellos que lucharan contra León que las que recibían los que participaban en las Cruzadas, dejando así relevados de obediencia al Rey a los súbditos leoneses.

Así pues, Portugal, creyendo que el final del Reino de León estaba cerca, aprovechó la oportunidad para atacar a León, esperando, como años atrás, ampliar sus dominios a costa del Reino de León. Invadió Galicia con ayuda de varios nobles gallegos, tomando Tuy y Pontevedra, poblaciones que pasaron de nuevo al Reino de León más tarde.

Astorga resistió los ataques de Alfonso VIII cuando éste intentó conquistarla.Alfonso VIII de Castilla, por su parte, con la ayuda de Portugal y Aragón, aprovechó la bula para atacar también el Reino. Penetró por el Sur y atacó Benavente, fracasando en su conquista. Avanzó más tarde hacia el Norte hasta Astorga, ciudad que también ataca fracasando en el intento de nuevo. Después de dejar un sendero de destrucción a su paso, llega a las puertas de la ciudad de León, a la cual tan siquiera es capaz de acceder, contentándose con la toma de Puente Castro, localidad cercana a la ciudad, tras varios días de brutales ataques. Después de ocupar esta localidad, el rey castellano redujo a cenizas el barrio judío y su sinagoga, esclavizando a los moradores.

Cuando Alfonso IX recibe en 1195 ayuda de los árabes en forma de dinero y tropas, se decide a contraatacar a Castilla, llegando hasta Carrión. De este modo y considerando Alfonso IX que se repara la humillación sufrida por el acto de besar la mano del Monarca castellano y para confirmar la anulación de aquello, se hace nombrar caballero nuevamente.

El Rey de Castilla, Alfonso VIII, hizo también un pacto con los almohades para evitar males mayores. Y aunque lo correcto hubiera sido que este nuevo pacto hubiera sido motivo de escándalo como el leonés y motivo de excomunión, no sucedió tal cosa.

, provincia de Valladolid, firmando un tratado de paz el 20 de abril de 1194, en el cual se obligaba al rey castellano a devolver las plazas leonesas en su poder, algo que por supuesto no hizo en su totalidad, pues devolvió unas pero no otras. En el tratado,

Alfonso IX se comprometió a casarse con Doña Berenguela, hija mayor del Rey de Castilla. La boda se celebró con gran esplendor en la iglesia Santa María de Valladolid, a principios de diciembre de 1197.

El peligro que corrían los reinos cristianos desde el Sur era evidente, y se veía con suma inquietud cualquier movimiento que llevaran a cabo los almohades. Era una prioridad eliminar de una vez por todas esta amenaza. Así, Alfonso VIII de Castilla pidió ayuda a Alfonso IX para eliminar esta amenaza, pero sin contemplar la devolución de las plazas leonesas que aún retenía en su poder. Entonces el monarca leonés le negó tal apoyo. Así esperaba derrotar sólo a los almohades y no compartir su gloria con el monarca leonés. De esta manera, los ejércitos cristiano y musulmán se encontraron el 19 de julio de 1195 en Alarcos (Ciudad Real). La batalla terminó con una estrepitosa derrota del ejército cristiano.

Alfonso IX se encontraba muy cerca de la batalla cuando el rey castellano decidió atacar, pero no lo suficiente para que las tropas leonesas pudieran intervenir en el combate y hacer algo por derrotar a los musulmanes. No obstante, una vez consumada la derrota, Alfonso IX se citó en Toledo con su primo el rey castellano para demandarle que cumpliera el acuerdo y le devolviera las plazas leonesas en su poder. Alfonso VIII se negó, y el rey leonés abandonó la reunión indignado.

Una vez más, los almohades representaban una amenaza que debía ser eliminada para asegurar la supervivencia de los reinos cristianos peninsulares. Ello motivó al arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, a informar al nuevo papa Inocencio III, quien inició unas gestiones. Con fecha 16 de febrero de 1212, el Papa envió una bula al Rey de Castilla para informarle de la conveniencia de iniciar una guerra contra los almohades. El monarca castellano contestó que haría una cruzada contra los mahometanos.

La iniciativa pasaba, pues, al Reino de Castilla. El monarca castellano, que había sufrido la grave derrota de Alarcos, sabía que necesitaba la colaboración de los otros reinos cristianos de la península si quería salir victorioso en esta empresa. De esta forma, mientras Alfonso VIII se encontraba en Madrid preparando la batalla junto a su hijo, que moriría antes de que se librara la batalla, se enviaron mensajeros a Navarra, Aragón y León.

En Castilla, se temía el poder del Reino de León, ya que hacía poco había demostrado su poder, derrotando a los portugueses en batalla. Y además, en la conciencia del rey castellano preocupaba el hecho de lo que haría el rey leonés para recuperar los territorios leoneses, que pese a todos los pactos, mantenía todavía en su poder. Temía que Alfonso IX pusiera como condición para participar en la batalla la devolución de todos los territorios usurpados, o que, en el caso de que el rey leonés no acudiera a la batalla, aprovecharía su ausencia para recuperarlos.

Por ello, Alfonso VIII pidió la mediación del Papa, para evitar cualquier ataque leonés. Inocencio III accedió y amenazó con la excomunión a todo aquel que se atreviera a violar la paz mientras los castellanos lucharan contra los musulmanes. Este hecho contrasta con lo sucedido años atrás, cuando el mismo Papa había obligado al monarca castellano, sin éxito, a devolver esos castillos a Alfonso IX.

El Rey de León, que ansiaba acudir a la batalla, convocó una Curia Regia que le recomendó que exigiera condiciones para participar en la campaña, y así, Alfonso IX respondió a su homólogo castellano que acudiría gustoso en cuanto se le devolvieran los territorios que le pertenecían.

Entretanto, Alfonso VIII de Castilla fijó en Toledo la reunión de las tropas como punto de partida. A las tropas castellanas se les unieron las de Aragón y Navarra, así como un gran número de caballeros franceses, italianos y de otros países europeos. A la batalla no acudieron los reyes de León ni de Portugal, pero permitieron que sus vasallos se incorporaran a la batalla. De este modo, muchos leoneses, asturianos y gallegos participaron en la batalla.

Y tal como había temido Alfonso VIII, el rey leonés procedió a recuperar lo que era suyo. Pero no romper el edicto del Papa y evitar la excomunión, se dedicó a recuperar sólo aquellas plazas que estaban dentro de las fronteras de León, evitando así el enfrentamiento en tierras castellanas. Cuando Alfonso VIII volvió de la batalla y se encontró con los hechos consumados, no pudo hacer nada. Es más, invitó a los reyes de León y de Portugal a firmar un tratado de paz, el cual se firmó en

Finalizadas las luchas con Castilla después de la muerte de Alfonso VIII, Alfonso IX reemprendió sus planes de reconquista. Es en el año de 1218 cuando el monarca leonés prepara una expedición a tierras musulmanas con la intención de conquistar Cáceres; no obstante, la ciudad estaba bien defendida y el intento fracasa.

En una segunda incursión a tierras musulmanas, Alfonso IX se encuentra con un nuevo enemigo, el cual no era otro que el Reino de Portugal, que ansiaba las mismas tierras que el monarca leonés quería para el Reino de León. De esta manera, los portugueses atacan a las tropas leonesas en Braga y Guimarães, siendo derrotadas en ambas ocasiones. El 13 de junio de 1219, ambos reinos firman un nuevo tratado de paz para poner fin a las hostilidades. Después de estas victorias contra los portugueses, Alfonso IX realiza una incursión por tierras musulmanas hasta Sevilla, donde derrota a los musulmanes y recoge un gran botín.

Tomada la ciudad de Cáceres, Alfonso IX reemprende la reconquista del resto de Extremadura en 1229, ocupando primero Montánchez y después de cercarla, Mérida cae en 1230. La caída de Mérida ocasionó que los musulmanes de estas tierras huyeran hacia lugares más seguros, favoreciendo de esta manera que Alfonso IX entrara en Badajoz en abril de 1230. Después de Badajoz, caería Baldala, que hoy se llama Talavera la Real.

Después de esta gloriosa campaña, Alfonso IX se dirigió a Santiago de Compostela a visitar al Apóstol Santiago, por el cual sentía gran devoción. En el camino, enfermó gravemente en Villanueva de Sarria, muriendo poco después, el 24 de septiembre de 1230. Después de su muerte, fue enterrado en la catedral de Santiago, al lado de su padre, según se recogía en su testamento.

Alfonso IX aplicó una política de repoblación basada en el conocimiento de las actuaciones que sus predecesores habían hecho, eligiendo así la que había resultado más conveniente. Aplica sobre todo técnicas parecidas a las que en su día siguen Alfonso III y Ramiro II. Es destacable que no sólo se dedicó a repoblar zonas nuevas, sino que también potenció las ya pobladas mediante Fueros para mejorar el gobierno y el desarrollo de las villas y ciudades del Reino de León.

Concedió así fueros a Tuy, Lobera y Puentecaldelas y repobló Mellid, Monforte de Lemos y Villanueva de Sarria en Galicia. En Asturias concedió fueros a Llanes después de repoblarla y eximió del pago del portazgo a Oviedo desde Oviedo a León, además repobló Tineo. Por último, en León concedió fueros a Carracedelo, Villafranca del Bierzo, Bembibre y a Puebla de Sanabria y repobló Villalpando.

La base de la economía del Reino se basaba en la agricultura y la ganadería, y conocedor de esto, Alfonso IX promulgó varias leyes en el principio de su reinado para favorecer la actividad vitivinícola y la maderera, así como las vacas y otros animales de labor, con el fin de impulsar las actividades existentes y diversificar en cierto modo la economía del Reino. Durante su reinado, en la zonas húmedas del Reino, como Asturias y Galicia, florece la ganadería, mientras que en la zona del Duero florece la agricultura.

La producción de cereal, bastante abundante en la zona del Duero, era insignificante en Asturias y Galicia, teniendo problemas estos territorios incluso para abastecer de trigo a las iglesias, las cuales lo necesitaban para hacer la consagración religiosa. Ante esta escasez, no es de extrañar que se considerara un gran lujo comer pan de trigo en dichos territorios, especialmente en las ciudades. La producción de cereales en todo el reino se ceñía sobre todo a trigo y centeno, aunque también se producían otros productos como hortalizas, lino y legumbres. Los animales empleados en la agricultura eran vacas y bueyes, sustituyéndose en las llanuras de Tierra de Campos por mulas, conocidas como bestias por los lugareños.

La Universidad de Salamanca debe su existencia al Rey leonés.El vino se producía en todo el Reino; aun así, destacan algunos puntos de producción: la Comarca de Ribadavia en Orense, Villafranca en la provincia de León, Toro en la provincia de Zamora y la Ribera de Duero y Tierra de Campos. La pesca también era un recurso importante en todo el reino, pues mucha gente se dedicaba a la pesca tanto de mar como de río.

En Asturias, la producción de manzana era enorme, y como normalmente había un gran excedente, éste era usado para producir sidra. Alfonso IX llegó a sorprenderse cuando le comunicaron que varias comunidades monásticas asturianas cosechaban las manzanas para después elaborar sidra para todo el año.

Uno de los grandes logros de la gestión de Alfonso IX fue el acusado descenso del poder que ostentaban los nobles respecto a épocas anteriores y a otros Reinos, debido a la política seguida por el Monarca leonés.

Uno de los actos más importantes y destacables de Alfonso IX en el Reino de León fue la creación del Estudio General de Salamanca, a partir de las escuelas catedralicias que ya llevaban funcionando casi un siglo. En aquellos tiempos eran normales las escuelas en las Catedrales de los reinos de España.

En 1208, el obispo Tello Téllez de Meneses había creado un Estudio general en Palencia (que acabó convirtiéndose en Universidad en 1263, cuando estaba a punto de desaparecer), un estudio donde los leoneses tenían difícil acudir debido a los continuos choques entre León y Castilla. Por eso, Alfonso IX decidió, en 1218, crear otro Estudio General en Salamanca. Años más tarde, Fernando III el Santo le daría un gran impulso y Alfonso X el Sabio finalmente la convertiría en la primera Universidad que, en Europa, ostentaba ese título, el 6 de mayo de 1254.

La temprana muerte del infante Fernando, hijo de Alfonso IX con la Reina Teresa, trastocó los planes del monarca leonés. Alfonso IX, que se había casado dos veces, tuvo dos hijos varones. Muerto el primero, quedaba otro, llamado también Fernando, que había tenido con la Reina Berenguela. Su nombramiento como Rey de Castilla cambió las cosas de nuevo.

Después de ello, Alfonso IX pensó en sus hijas, las infantas Sancha y Dulce, habidas de su primer matrimonio con la reina Teresa. Así pues, se hacía depositarias a su viuda y a sus hijas Sancha y Dulce de los derechos del reino. Actuaría como garante del testamento la Orden de Santiago, creada por los monarcas leoneses. Sin embargo, Fernando III reclamó los derechos que decía tener por su condición de hijo del anterior matrimonio. Amenazó con invadir el Reino de Léon y pactó una cuantiosa suma con las herederas legales para que renunciasen a sus derechos. Es la llamada

Fue sepultado en la Catedral de Santiago de Compostela, donde había sido enterrado su padre, el rey Fernando II. El sepulcro del rey Alfonso se encuentra colocado en la Capilla de las Reliquias de la Catedral de Santiago de Compostela, donde se halla el Panteón Real de la seo compostelana. Sobre un sepulcro de piedra liso se halla colocada la estatua yacente que representa al difunto rey, que aparece ataviado con túnica y manto, ceñida la frente con corona real, y su cabeza aparece representada con cabello rizado y con barba, hallándose el brazo derecho del soberano levantado y colocado a la altura de su cabeza, mientras que su mano izquierda reposa sobre su pecho.

La estatua yacente del rey es similar a la de su padre, el rey Fernando II de León, lo que ha llevado a numerosos historiadores a dudar sobre cuál de los dos sepulcros asignar a cada uno de los dos monarcas.

Su matrimonio fue anulado por el papa Celestino III por razones de parentesco, pues ambos contrayentes eran nietos de los reyes de Portugal Alfonso y Mafalda. Separada de su marido regresó a Portugal, donde vivió el resto de su vida enclaustrada en el monasterio de Lorvão.

De nombre Giacinto Bobone, nació en el seno de la familia Orsini, una caracterizada familia noble romana y durante 47 años sirvió a la Iglesia en calidad de Cardenal Diácono hasta que en 1191, a la edad de 85 años, subió al solio para lo que tuvo que tomar las órdenes sacerdotales el día antes de su consagración.

Al día siguiente coronó al emperador Enrique VI en una ceremonia que simbolizó la supremacía absoluta del emperador que se pondrá de manifiesto en las futuras relaciones entre ambos. Así, cuando Enrique VI ordenó asesinar al obsipo de Lieja, Alberto di Lovanio, el papa no osó ni tan siquiera recriminarlo; y cuando mantuvo prisionero al rey inglés Ricardo Corazón de León, que por orden suya había capturado el duque de Austria Leopoldo V mientras regresaba de la Tercera Cruzada, sólo se atrevió a excomulgar a este, y Ricardo sólo recuperó la libertad tras el pago de un cuantioso rescate a Enrique.

Las profecías de San Malaquías se refieren a este papa como De rure bovensi (De campo de bueyes), cita que hace referencia tanto a su familia, los Bovis (bueyes), y a que era originario de la campiña romana.

Puente Castro es un barrio de León. Está situado a las afueras de la ciudad, en la carretera de Madrid. Está situado en el otro lado del río Torío que separa al barrio del resto de la ciudad. El Camino de Santiago y los accesos a León desde la Ronda Sur y la autovía León-Valladolid, hacen de Puente Castro la Puerta de León. La barriada tiene un equipo de fútbol en división de honor juvenil.Para el buen desarrollo de este equipo el barrio cuenta con una área deportiva en la que se entrena a menudo la Cultural y Deportiva Leonesa y también el equipo de rugby de la zona. También este barrio alberga una iglesia que data del S.XIV, de gran belleza e importancia cultural.

Conocido como Castrum Iudeorum (Castro de los Judíos), la judería o aljama de Puente Castro fue la más antigua e importante de la ciudad de León en la Edad Media, siendo destruida por los castellanos y aragoneses en 1196, provocando que los Judíos abandonaran Puente Castro para instalarse en el barrio de Santa Ana.

Sus orígenes se remontan a la época vaccea tal y como atestiguan diversos restos arqueológicos encontrados alrededor del castillo. En el interior del castillo se ha llegado a encontrar tégulas romanas y en la ladera cerámicas celtibéricas, a los pies de la muralla se encontraron algunas monedas romanas y un denario entregado al Museo Arqueológico de Valladolid, fechable entre el 133 a. C. y el 126 a. C.

Los primeros documentos escritos sobre Tordehumos se remontan al siglo X, pues una escritura fechada en el año 974 en la ciudad de Astorga, menciona Oter de Fumos, refiriéndose a la localidad de Tordehumos.

El día 20 de abril de 1194 se firmó en el municipio de Tordehumos el Tratado de Tordehumos, que puso término a la guerra que mantenían los reyes Alfonso VIII de Castilla y Alfonso IX de León, padre éste último de Fernando III el Santo, rey de Castilla y León.

Durante la Edad Media estaba integrada en la Merindad del Infantazgo de Valladolid (en castellano antiguo citada como: Meryndat del Infantadgo de Ualladolid) una división administrativa de la Corona de Castilla, cuya descripción figura en el libro Becerro de las Behetrías de Castilla, redactado por las Cortes de Valladolid de 1351, cuando el estamento de los hidalgos solicitó al rey Pedro I la desaparición de las behetrías mediante su conversión en tierras solariegas.

En 1260, la comunidad judía de Toledo obtuvo un permiso extraordinario del rey Alfonso X para reconstruir la mayor y más hermosa sinagoga de España, siendo esto opuesto a una bula del papa Inocencio IV. El edificio fue erigido en territorio cristiano (Reino de Castilla) por constructores moros y tuvo como comitente y financista a la comunidad judía de Toledo, representada por don Yosef ben Shoshan. Una vez acabado, el edificio fue denominado Sinagoga Mayor pues era el principal centro de culto hebreo en Toledo. Ya desde sus inicios, ese templo formaba parte de las diez sinagogas toledanas consideras por Yehuda ben Shlomo al-Jarizi en sus escritos del siglo XII:

Vine a la extensa ciudad de Toledo, capital del reino, que está revestida del encanto de la dominación y ornada con las ciencias, mostrando a los pueblos y príncipes su belleza. ¡Cuántas sinagogas hay en ella de belleza incomparable! Allí toda el alma alaba al Señor.

Durante años los hebreos acudieron a la Sinagoga Mayor para orar y estudiar la Biblia, mas esto fue interrumpido por el asalto al barrio judío en 1355 y matanzas en 1391, ocasionados por los incendiarios discursos de Ferrán Martínez, Arcediano de Écija.

En el contexto de la campaña de predicación de San Vicente Ferrer el edificio fue convertido en iglesia de la Orden de Calatrava bajo la advocación de la Virgen en 1411 y, desde entonces, se lo denominó Iglesia de Santa María la Blanca.

En 1550, el cardenal Siliceo la transformó en un beaterio para mujeres públicas arrepentidas. De entonces data el retablo de la escuela de Berruguete, obra de Juan Bautista Vázquez el Viejo y Nicolás Vergara el Viejo. Las transformaciones en la cabecera del edificio son de esta época y estuvieron a cargo del arquitecto Alonso de Covarrubias. Entre 1600 y 1701 el edificio permaneció desocupado. Durante el siglo XVIII fue cuartel de las tropas de la guarnición de Toledo. Con la invasión napoleónica de principios del siglo XIX fue convertido en depósito. A mediados del mismo siglo se lo declaró monumento nacional y, tras la guerra civil española, un real decreto del gobierno lo cedió a la Iglesia Católica. Con todo, no es para nada inusual referirse a dicho edificio como la Sinagoga de Santa María la Blanca.

Todos los pueblos tienen su Historia, y Jumilla tiene una gran Historia. Uno de los acontecimientos importante de la forma de ser de sus habitantes, tiene que ver mucho con la presencia en Jumilla de un religioso, que pertenece a la orden de los dominicos. Ese fraile se llamaba Vicente Ferrer, y nació en Valencia el 23 de enero de 1350. En 1370, a los veinte años, Vicente Ferrer se incorporó a la Orden de Santo Domingo. Era un joven de inteligencia prodigiosa, viva imaginación e ingenio penetrante.

Entró a formar parte de la hustoria de Jumilla, cuando durante los día 18, 19 y 20 de abril de 1411 realizó una visita. En esta época, se vivía dentro de las murallas de la Fortaleza. Las casas de los jumillanos estaban cerca del Castillo y de la Ermita de Santa María de Gracia, todas dentro, de las murallas. Entonces el Castillo estaba rodeado de una muralla que protegía a los habitantes de posibles ataques. Por donde ahora están las actuales casas no había ninguna, ya que todas estaban dentro de la Fortaleza. Por lo tanto San Vicente Ferrer, tuvo que subir hasta el Castillo, en donde estuvo los mencionados días. En este tiempo, ocurrió, que vino a dar unos pregones a sus habitantes. Era el domingo siguiente al de Resurrección. Como se ve una semana después de ese día tan especial como es la Resurrección de Jesucristo. Habló sobre la Resurrección y de cómo ocurrió ese momento. De cómo enseñó las heridas de sus pies y sus manos, y otros temas muy importantes que ayudaron a los jumillanos aumentar sus creencias. Antes de marcharse fundo la Cofradía del Rosario.

Tras su marcha, el pueblo supo recoger el fruto sembrado por el San Vicente Ferrer, y a partir de ese momento, todos los años, en los mismos días que estuvo aquí, celebraban en su honor una serie de actos en su recuerdo. Esos actos no sólo se hicieron desde 1412, sino que permanecieron celebrándose hasta bien entrado el siglo XIX, cuando la Ermita de Santa María de Gracia fue abandonada. En su recuerdo, también hacían procesiones por la fechas de Semana Santa con la Virgen del Rosario, lo que hizo que esa tradición haya llegado hasta la actualidad con nuevas Cofradías, y muchas más imágenes que son las que desfilan ahora por sus calles en la Semana Santa.

También se hicieron gracias a su predicación en Jumilla, la Iglesia de Santa María del Rosario, o del Rabal, de la que ahora sólo queda la Torre, así como el pueblo edificó una pequeña Ermita dedicada a San Cristóbal, en mitad de la cuesta de subida al Castillo, sobre un peñasco que debajo tiene una gran cueva, llamada de la pólvora.

Cuando ya el pueblo dejó de estar dentro de las murallas de la Fortaleza y se empezaron a edificar las casas en lo que ahora es Jumilla, poco a poco fue creciendo la población, y se hacían más casas, así cada año se iba haciendo más grande el pueblo. Pero todos los años en ese día de la octava de la Resurrección (ocho días después de resucitar), se hacía una gran procesión desde la Iglesia de Santiago en honor a San Vicente, y para ello se subía hasta el Castillo, llevando una imagen del santo, que estaba en la Ermita de San Cristóbal, y se celebraba una serie de actos en lo alto del cerro, destacando la bendición de los campos, para que el pueblo tuviera buenas cosechas.

Como San Vicente fue el que puso la semilla de la Semana Santa en Jumilla en el año 1411, durante el año año 2011, se celebrará el 600 aniversario de la presencia del santo en este pueblo, y para ello se celebrarán una serie de actos importantes, para seguir recordando que San Vicente Ferrer estuvo en Jumilla en la lejanía de los tiempos, como son los 600 años que hacen que estuvo aquí.

Ese año los jumillanos han de participar en todos los actos que se hagan para recordar ese momento histórico y dejar constancia de ello para que dentro de cien años, los que les precedan vuelvan a recordar ese momento que forma parte de la Historia de Jumilla.

La Asociación del Rosario de Santo Domingo El Real, que incorpora la Cofradía del Rosario, es un movimiento católico de la Orden de Predicadores que promueve la oración del Santo Rosario, como medio de santificar a los miembros mediante la contemplación de los Misterios de Cristo bajo la guía de la Virgen María.

). Príncipe de Asturias, príncipe de Gerona, duque de Montblanc, conde de Cervera, señor de Balaguer, príncipe de Viana, y heredero universal de todos los reinos, estados y señoríos de la Monarquía Hispánica hasta su muerte.

Hijo del rey Felipe IV de España y de su primera esposa Isabel de Francia. Fue bautizado el 4 de noviembre de 1629 en la madrileña Parroquia de San Juan. Los padrinos fueron la infanta doña María, futura reina de Hungría, y el infante don Carlos, tíos del recién nacido, a quien llevó en brazos doña Inés de Zúñiga y Velasco, condesa de Olivares (esposa del conde-duque de Olivares), en una silla de cristal de roca, que se dice era la alhaja más preciosa que hasta entonces se hubiese visto

La propia condesa de Olivares, que también era Camarera Mayor de la reina Isabel, ejerció como aya del príncipe, lo que dió lugar a comentarios sobre el control que el conde-duque de Olivares ejercía sobre el heredero.

El 7 de marzo de 1632 fue jurado ante la nobleza y las Cortes de Castilla como Heredero de su Majestad y Príncipe destos Reinos de Castilla y León, i los demás de esta Corona a ellos sujetos, unidos, e incorporados, i pertenecientes en una ceremonia que tuvo lugar en el monasterio de San Jerónimo el Real de Madrid.

Pronto se iniciaron gestiones diplomáticas encaminadas a buscarle una futura esposa, siendo la elegida la archiduquesa Mariana de Austria, hija del emperador Fernando III y de su tía paterna, la infanta María Ana de Austria, y, por tanto, prima hermana suya.

Tras la revuelta catalana de 1640 Felipe IV trató de ganarse a los aragoneses para conseguir dinero y hombres para el nuevo frente de guerra. Una de las medidas adoptadas encaminadas a este fin fue traer al príncipe Baltasar Carlos para ser jurado como príncipe heredero del Reino de Aragón. El juramento se realizó el 20 de agosto de 1645, cuando el príncipe contaba con dieciséis años de edad, en la iglesia de La Seo de Zaragoza. Así Baltasar Carlos pasaba a ser príncipe de Gerona, Gobernador General de Aragón, duque de Montblanc, conde de Cervera y señor de la ciudad de Balaguer. Por su parte, el 13 de noviembre de ese mismo año, Baltasar Carlos fue jurado heredero por las Cortes de Valencia.

En abril de 1646, deseoso Felipe IV de que su hijo fuese jurado heredero de la Corona por los navarros, como el año anterior lo había sido por los aragoneses, se trasladó junto a éste desde Madrid a Pamplona, donde, después de reconocerse los fueros del reino navarro, se celebró solemnemente aquella ceremonia el día 3 de mayo.

Finalizado el acto, la familia real, se trasladó a Zaragoza. El día 5 de octubre, víspera del segundo aniversario de la muerte de la reina Isabel de Borbón, Felipe IV y Baltasar Carlos asistieron a las vísperas y nocturno en su memoria. Aquella misma tarde el príncipe se sintió enfermo y al día siguiente, sábado 6 de octubre, tuvo que quedarse en cama mientras el rey acudía al funeral. La enfermedad, viruelas, fue fulminante, así, el martes 9 de octubre, a las ocho de mañana, el arzobispo de Zaragoza le administraba el viático. Se dice que el Santísimo se expuso hasta las tres de la tarde, cuando se hizo una procesión general al convento de Jesús, donde se había llevado a la Virgen de Cogullada y se la trajo procesionalmente al altar de La Seo donde se rodeó de velas y oraciones.

A las nueve de la noche de ese mismo día 9 de octubre, moría el príncipe Baltasar Carlos. Sus restos permanecieron en Zaragoza hasta la noche del 16 de octubre, cuando fueron trasladados al Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Las oraciones no movieron el ánimo de Nuestro Señor por la salud de mi hijo que goza de su gloria. No le debió de convenir a él ni a nosotros otra cosa. Yo quedo en el estado que podéis juzgar, pues he perdido un solo hijo que tenía, tal que vos le visteis, que verdaderamente me alentaba mucho el verle en medio de todos mis cuidados, he ofrecido a Dios este golpe, que os confieso me tiene traspasado el corazón y en este estado que no sé si es sueño o verdad lo que pasa por mí.

De esta carta se desprende el dolor y la desesperación de Felipe IV que, en apenas cinco años, había perdido a su hermano menor, el cardenal-infante don Fernando; a su mujer, Isabel de Borbón; y a su único hijo varón y heredero universal, el príncipe Baltasar Carlos.

Tras la muerte de Baltasar Carlos, Felipe IV estaba obligado a casarse de nuevo para dar continuidad a la dinastía. La elegida fue la prometida del fallecido príncipe y sobrina suya, en cuanto hija de su hermana María Ana, la archiduquesa Mariana de Austria.

Los discursos sobre la conveniencia de una u otra esposa para Felipe IV comenzaron desde la misma muerte de Baltasar Carlos, dada la urgencia que presentaba la cuestión sucesoria. Razones políticas y de Estado, así como físicas o naturales, y que podrían resumirse en el capital dinástico y en la madurez sexual, determinaron que la nueva esposa del rey debía ser la joven archiduquesa, que por esas fechas contaba tan solo doce años de edad.

En enero de 1647 Felipe IV emitió un decreto con la resolución de casarse con la archiduquesa Mariana de Austria. El matrimonio se celebró el 7 de octubre de 1649 en Navalcarnero. De este matrimonio nacerían varios vástagos, de los que solo sobrevivirían la infanta Margarita Teresa, casada con el emperador Leopoldo I, y el futuro Carlos II.

La figura del príncipe Baltasar Carlos ha perdurado en el tiempo gracias a los retratos que de él realizaron SUBLEVACIÓN DE CATALUÑA El príncipe Baltasar Carlos con un enano en el Museo de Bellas Artes de Boston, o El príncipe Baltasar Carlos en el picadero, de la colección particular del duque de Westminster (Londres), entre otros) o Juan Bautista Martínez del Mazo, del que el príncipe fue un gran protector (Retrato del príncipe Baltasar Carlos, fechado en 1635 (Museo de Bellas Artes de Budapest) o El príncipe Baltasar Carlos con 16 años (Museo del Prado), que encabeza este artículo).

Por otra parte, numerosos autores dedicaron sus obras al joven príncipe. Así, por ejemplo, Diego Saavedra Fajardo dirige a Baltasar Carlos su más famosa obra, Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas (1640); mientras Baltasar Gracián le dedica su obra El Discreto (1646):

EL DISCRETO / DE / LORENZO GRACIAN, / Que publica / DON VINCENCIO IVAN / DE LASTANOSA./ Y / LO DEDICA / AL / Serenissimo Señor, / DON BALTASAR CARLOS /Principe de las Españas. / Y / Del Nuevo Mundo. / Con licencia. /Impresso en Huesca, por Iuan / Nogues, Año 1646.]

Por su parte, Quevedo dedicó al malogrado príncipe su Jura del Serenísimo Príncipe don Baltasar Carlos, incluido en la Musa Clío de la edición de 1648 del Parnaso español. El poema fue escrito con motivo de la jura del Príncipe Baltasar Carlos el 7 de marzo de 1632 y aunque parece inacabado, es un poema muy interesante por las circunstancias y técnica con la que está escrito.

La Sublevación de Cataluña, Revuelta de los catalanes, Guerra de Cataluña o Guerra de los Segadores (Guerra dels Segadors, en catalán) afectó a gran parte de Cataluña entre los años 1640 y 1652. Tuvo como efecto más duradero la firma de la Paz de los Pirineos entre la monarquía hispánica y el rey de Francia, pasando el condado del Rosellón y la mitad del de la Cerdaña, hasta aquel momento partes integrantes del principado de Cataluña, uno de los territorios de la monarquía hispánica, a soberanía francesa.

La guerra comienza a raíz del malestar que generaba en la sociedad catalana la presencia de tropas, fundamentalmente castellanas, durante las guerras entre Francia y España, enmarcadas dentro de la Guerra de los Treinta Años (1618–1648). Los hechos del Corpus de Sangre de 1640, desencadenados por el amotinamiento de un grupo de unos 400 o 500 segadores que entraron en Barcelona y que conducirían a la muerte del conde de Santa Coloma, noble catalán y virrey de Cataluña, marcan el inicio del conflicto.

La capacidad de Castilla para defender los intereses de la monarquía en Europa y el resto del mundo estaba llegando a un colapso con Felipe III y Felipe IV. Castilla llevaba ya un periodo de larga recesión desde finales del reinado de Felipe II que se agravó con sus sucesores, siendo la guerra de los Treinta Años una carga ya imposible de soportar. Por otra parte, el comercio con América estaba en crisis, llegando a una gran caída en 1631 y 1641. Los ingresos de la Corona de los que habían sido tradicionalmente su soporte: Castilla y América, estaban bajo mínimos, lo que llevó a buscarlos en las otras partes del reino.

Ya desde algo antes de 1620, el Consejo de Finanzas, las Cortes castellanas y muchos economistas castellanos pedían un reparto más equitativo de la carga del imperio. Consideraban que Castilla contribuía en exceso a los gastos de defensa y pedían que el resto de reinos y provincias (corona de Aragón, Portugal, Navarra, Guipúzcoa y Vizcaya principalmente) contribuyeran al menos a sufragar sus propios gastos de defensa. En este panorama, los dominios italianos contribuían a su defensa al igual que los Países Bajos, si bien en menor medida. Aragón y Valencia contribuían ocasionalmente. Portugal y Cataluña contribuían a su defensa, pero se negaban a financiar las guerras de la Corona, pues consideraban que lo que ocurría fuera de sus fronteras no era de su incumbencia.

En este estado de cosas llega al poder el conde-duque de Olivares con Felipe IV en 1621 e incorpora las ideas de reparto y uniformidad fiscal en su idea de gobierno. En los planes de Olivares estaba una mayor unión del Imperio bajo leyes uniformes, lo cual supondría un recorte de los derechos forales del resto de reinos y provincias. Como contrapunto ofrecía repartir los dudosos beneficios del Imperio, junto con sus cargas, hasta entonces reservados principalmente a la Corona de Castilla.

Olivares era tan impaciente como ambicioso por naturaleza, pero su primer plan (repartir cargas a cambio de privilegios y oportunidades) requería paciencia por ser a largo plazo. Por lo tanto, propuso otra vía: La Unión de Armas, que proponía la creación de un ejército de 140.000 reservas reclutados y mantenidos por las diferentes provincias, reinos y virreinatos de acuerdo con sus necesidades y posibilidades. Con ello pretendía conseguir una mayor unión generalizada por medio de una unión militar. Una decisión unilateral no era posible, y tampoco un acuerdo de las Cortes castellanas (de competencias más restringidas y a las que no acudían los estamentos privilegiados) habría tenido validez alguna en la Corona de Aragón (Aragón, Valencia, Cataluña y Mallorca, sin olvidar los demás territorios de ultramar en el Mediterráneo).

La intransigencia de los representantes de las Cortes en el Principado de Cataluña fue algo con lo que Olivares ya contaba, por lo que el 28 de marzo de 1626 el clima era muy tenso durante las primeras sesiones (las Cortes no se reunían en Cataluña desde el reinado de Felipe III).

Como cualquier otra institución parlamentaria del Antiguo Régimen (incluyendo la de mayor entidad competencial, como era el Parlamento de Inglaterra), las Cortes catalanas no representaban a la totalidad de la población del Principado; ni eran democráticas ni soberanas según los conceptos liberal de representación del pueblo (soberanía popular) o de la nación (soberanía nacional). Jugaban un papel importante en la elaboración de leyes, pero su poder principal residía en la negociación pactista de subsidios con su soberano, el conde de Barcelona, título que acumulaba el rey de Aragón desde el siglo XII. Después de la unión dinástica de Isabel y Fernando, ambos títulos correspondían a sus herederos, a los que la historiografía suele llamar Rey de España (o de la Monarquía Católica o de la Monarquía Hispánica o del Imperio español); era común en numismática el apelativo Rey de las Españas o de las Españas y las Indias (Hispaniarum Rex o Hispaniarum et Indiarum Rex, que aparecen en las monedas de la época), aunque la forma oficial de firmar cartas y decretos era una prolongada lista nominal de títulos de soberanía: ... Por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Menorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córcega, de Murcia, de Córdoba, de Jaén, del Algarve, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, de las Islas y Terrafirme del Continente Oceánico, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Atenas y Neopatria y de Milán, Conde de Absburg, de Flandes, del Tirol y de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina, etc.

Las Cortes del Antiguo Régimen estaban compuestas estamentalmente, mediante sistemas de representación que se limitaban a las familias más poderosas de la nobleza, al alto clero y a un número limitado de ciudades (a través de representantes del patriciado urbano de nobles y caballeros y -en el caso catalán-, ciutadans honrats o alta burguesía urbana). Todos estos factores contribuían a sumir en una grave problemática el desarrollo de las negociaciones, dado que Cataluña experimentaba una situación de crisis económica y política patente desde el reinado de Fernando II el Católico, pero agravada por lo menos desde 1630.

Los virreyes que se encargaban de la seguridad de los caminos y las rutas comerciales a duras penas podían contener los embates del bandolerismo al servicio de clanes o facciones nobiliarias que controlaban o estimulaban la actividad de bandas rivales de malhechores (en su mayoría campesinos y pastores afectados por la crisis económica de la zona, como Serrallonga, que pasaban por héroes populares al estilo de Robin Hood). Además de responder a una secular dinámica interna, tampoco desaprovecharon la oportunidad de intensificarla para desestabilizar el sistema de gobierno. Durante el mandato del duque de Lerma el orden público en el Principado estaba en situación muy precaria; entre 1611 y 1615, ya actuando como virrey el marqués de Almazán, incluso empeoró. Sin embargo, una acción más decidida de los dos siguientes virreyes (el duque de Alburquerque y el duque de Alcalá) mantuvo el orden a partir de 1616 por encima de una Generalidad que ni dominaba ni tenía capacidad de dominar la situación. La firme voluntad de estos virreyes de acabar con el bandolerismo (incluso prohibiendo la posesión de determinadas armas) levantó las susceptibilidades de las instituciones catalanas, que creían ver en ello una violación de sus prerrogativas en materia de gobierno autónomo, contribuyendo con clara intencionalidad política a la difusión del mito de la «conspiración castellana» que caló hondo entre las capas de la población.

Otros puntos de fricción frente a la Generalidad fueron: los intentos de cobrar el quinto de los ingresos municipales, que habían quedado en suspenso en 1599 y se reanudaron en 1611, afectando a Barcelona desde 1620 (aunque la Diputación amparaba la resistencia de los ayuntamientos contra el impuesto); y el apresamiento en 1623 por los argelinos de las dos galeras armadas por la institución catalana para la defensa de las costas (desde 1599) y que se empleaban en el transporte de tropas a Italia (de forma irregular según la interpretación de la Generalidad).

A partir de 1626 el rey fue convocando las distintas cortes: de las de Aragón y Valencia obtuvo el costear 2.000 y 1.000 soldados al año durante 15 años. Con las de Cataluña la negociación fue más ardua y al final, sin éxito (por parte del rey se solicitaban 16.000 soldados y por parte de los parlamentarios catalanes se insistía en los anteriores agravios y en la exigencia de nuevas leyes que reformaran la Observancia). Olivares publicó la Unión de Armas, a pesar de que Cataluña seguía fuera de ella. Un segundo intento terminó también sin éxito. Olivares, por su parte, creyó que podría llegar a un acuerdo concediendo ciertas ventajas a los oligarcas catalanes en cooperación militar por el Mediterráneo, pero no contó con la lentitud de las Cortes para sopesar su propuesta. El valido tenía prisa y su paciencia se agotó, por lo que el 4 de mayo el rey Felipe IV y su séquito salieron de Barcelona al entender que las negociaciones no llegaban a ninguna parte. Para colmo, un desaire protocolario a un principal noble catalán también influyó en aumentar el resentimiento de la facción más opuesta a Olivares (una disputa por la prelación a la hora de establecer los puestos en la comitiva del rey terminó sentando al almirante de Castilla en vez de el duque de Cardona, hasta entonces principal valedor del rey en Cataluña, que incluso había llegado al extremo de cruzar su espada en una sesión de las cortes con el conde de Santa Coloma). Al desentendimiento entre la élite catalana y el propio rey también había contribuido la muerte de un consejero real de origen catalán, el marqués de Aytona, que no llegó a Barcelona (murió durante la estancia previa en Barbastro, el 24 enero de 1626).

A esta situación enrarecida entre la Corona y el Principado hay que añadir la situación estratégica de Cataluña en la Guerra de los Treinta Años con la re-entrada de Francia en el conflicto en 1635, la cual cogió desprevenida a España y condujo a una mayor urgencia de tropas y dinero para mantenerlas, a lo cual el gobierno catalán se seguía oponiendo.

En 1638, tropas francesas sitiaron Fuenterrabía (Guipúzcoa), lo que supuso una rápida respuesta desde Castilla, las provincias vascas, Aragón y Valencia, pero la Diputación catalana mantuvo Cataluña al margen alegando su derecho a no intervenir fuera de sus fronteras.

En 1639 Olivares elige deliberadamente a Cataluña como frente para atacar a Francia e intentar que Cataluña contribuyese a los esfuerzos militares. Este esfuerzo militar estaba abocado al fracaso por la falta de apoyo, tanto desde Madrid como desde Barcelona, y Cataluña entera.

Un ejército de unos 9.000 soldados pasó el invierno en el frente catalán. Las leyes catalanas incluían un alojamiento de tropas que era insuficiente para el mantenimiento de las mismas. Las tropas infringieron estas leyes y se produjeron hacia la población unos excesos que el virrey, conde de Santa Coloma, se mostró incapaz de prevenir.

La paciencia de los campesinos que acogían a las tropas también estaba al límite ante la estancia de las mismas y, finalmente, la situación derivó en revuelta en mayo de 1640. El odio al virrey, a Olivares y a la administración virreinal crecieron en el Principado entre otoño e invierno de 1639, azuzados premeditadamente por las instituciones catalanas y un importante sector del clero (entre el que se destacaron el obispo de Gerona y un canónigo de la catedral de Urgel, Pau Claris). Al caer nuevamente en manos españolas la fortaleza de Salses, el 6 de enero de 1640, la situación distaba mucho de mejorar. La nobleza y la burguesía catalana odiaba por motivos personales al virrey, conde de Santa Coloma, por no haber defendido sus intereses de estamento por encima de la obediencia al gobierno de Madrid.

Los campesinos odiaban a la soldadesca de los tercios por las requisas de animales y los destrozos ocasionados a sus cosechas, amén de otros incidentes y afrentas derivadas del alojamiento forzoso de la soldadesca en sus casas, algunas de las cuales llegaron a quemar. El clero también lanzaba prédicas contra los soldados de los tercios, a los que llegaron a excomulgar.

En mayo de 1640, campesinos gerundenses atacaron a los tercios que acogían. A finales de ese mismo mes, los campesinos llegaban a Barcelona, y a ellos se unieron los segadores en junio, de modo que pronto la revuelta se encontró con la ciudad a su merced. Fueron asesinados funcionarios y jueces reales. Asimismo, el virrey Dalmau de Queralt fue asesinado en una playa barcelonesa cuando intentaba huir por mar. Estos sucesos tuvieron lugar durante la festividad del Corpus Christi, que se celebra 60 días después del Domingo de Pascua.

La situación cogió por sorpresa a Olivares, ya que la mayoría de sus ejércitos estaban localizados en otros frentes y no podían acudir a Cataluña. Pese a que Olivares optó por la prudencia a toda costa y trató de echar marcha atrás el 27 de mayo de 1640, la situación se le escapaba de las manos. El odio a los tercios y a los funcionarios reales pasó a generalizarse contra todos los hacendados y nobles situados cerca de la administración. Ni siquiera la Generalidad controlaba ya a los rebeldes, que lograron apoderarse del puerto de Tortosa.

Pau Claris, al frente de la Generalidad de Cataluña, proclama la República Catalana. Pero la revuelta también escapa a este primer y efímero control de la oligarquía catalana. La sublevación derivó en una revuelta de empobrecidos campesinos contra la nobleza y ricos de las ciudades que también fueron atacados. La oligarquía catalana se encontró en medio de una auténtica revolución social entre la autoridad del rey y el radicalismo de sus súbditos más pobres.

Conscientes de su incapacidad de reducir la revuelta y sus limitaciones para dirigir un estado independiente, los gobernantes catalanes se aliaron con el enemigo de Felipe IV: Luis XIII (pacto de Ceret). Richelieu no perdió una oportunidad tan buena para debilitar a la corona española. Olivares comienza a preparar un ejército para recuperar Cataluña con grandes dificultades ese mismo año de 1640 y, en septiembre, la Diputación catalana pide a Francia apoyo armamentístico.

En octubre de 1640 se permitió a los navíos franceses usar los puertos catalanes y Cataluña accedió a pagar un ejército francés inicial de 3.000 hombres que Francia enviaría al condado. En noviembre, un ejército de unos 20.000 soldados recuperó Tortosa para Felipe IV, en su camino hacia Barcelona; dicho ejército provocó sobre los prisioneros unos abusos que determinaron a los catalanes a oponer una mayor resistencia. Cuando el ejército del marqués de los Vélez se acercaba a Barcelona, estalló una revuelta popular el 24 de diciembre, con una intensidad superior a la del Corpus, por lo que Claris tuvo que decidirse por una salida sin retorno, que tampoco era la deseable: Pactar la alianza con Francia en contra de Felipe IV. El 16 de enero de 1641 anunció que Cataluña se constituía en república independiente bajo la protección de Francia. Pero el 23 del mismo mes pasó a anunciar que el nuevo conde de Barcelona sería Luis XIII de Borbón, rememorando el antiguo vasallaje de los condados catalanes con el Imperio Carolingio. En enero de 1641, Cataluña se sometió voluntariamente al gobierno del rey de Francia y la Generalidad proclama conde de Barcelona y soberano de Cataluña al rey Luis XIII de Francia como Luis I de Barcelona. Ese mismo año, el 26 de enero, un ejército franco-catalán defendió Barcelona con éxito. El ejército de Felipe IV se retiró y no volvería hasta diez años más tarde. Poco tiempo después de esta defensa victoriosa moriría Pau Claris.

Cataluña se encontró siendo el campo de batalla de la guerra entre Francia y España e, irónicamente, los catalanes padecieron la situación que durante tantas décadas habían intentado evitar: Sufragar el pago de un ejército y ceder parcialmente su administración a un poder extranjero, en este caso el francés. La política francesa respecto a Cataluña estaba dominada por la táctica militar y el propósito de atacar Valencia y Aragón.

Luis XIII nombró entonces un virrey francés y llenó la administración catalana de conocidos pro-franceses. El coste del ejército francés para Cataluña era cada vez mayor, y mostrándose cada vez más como un ejército de ocupación. Mercantes franceses comenzaron a competir con los locales, pero favorecidos por el gobierno francés, que convirtió a Cataluña en un nuevo mercado para Francia. Todo esto, junto a la situación de guerra, la consecuente inflación, plagas y enfermedades llevó a un descontento que iría a más en la población, consciente de que su situación había empeorado con Luis XIII respecto a la que soportaban con Felipe IV.

En 1643, el ejército francés de Luis XIII conquista el Rosellón, Monzón y Lérida. Un año después Felipe IV recupera Monzón y Lérida, donde el rey juró obediencia a las leyes catalanas. En 1648, con el Tratado de Westfalia y la retirada de sus aliados los Países Bajos de la guerra, Francia comienza a perder interés por Cataluña. Conocedor del descontento de la población catalana por la ocupación francesa, Felipe IV considera que es el momento de atacar y en 1651 un ejército dirigido por Juan José de Austria comienza un asedio a Barcelona. El ejército francocatalán de Barcelona se rinde en 1652 y se reconoce a Felipe IV como soberano y a Juan de Austria como virrey en Cataluña, si bien Francia conserva el control del Rosellón. Felipe IV por su parte firmó obediencia a las leyes catalanas. Esto da paso a la firma del Tratado de los Pirineos en 1659.

Esta inestabilidad interna y su resultado final fue dañino para España, pero mucho más para Cataluña. Por otra parte, Francia aprovechó la oportunidad para explotar una situación que le rindió grandes beneficios a un coste prácticamente nulo.

), fue reina de Castilla de 1504 a 1555 si bien desde 1506 no ejerció ningún poder efectivo y a partir de 1509 vivió encerrada en Tordesillas primero por orden de su padre Fernando el Católico y después por orden de su hijo el emperador Carlos V.

Fue primero infanta de Castilla y Aragón, luego archiduquesa de Austria, duquesa de Borgoña y Brabante y condesa de Flandes. Finalmente, reina propietaria de Castilla y de León, de Galicia, de Granada, de Sevilla, de Murcia, de Jaén, de Gibraltar, de las Islas Canarias y de las Indias Occidentales (1504 – 1555), de Navarra (1515 – 1555) y de Aragón, de Valencia, de Mallorca, de Nápoles y Sicilia (1516 – 1555), además de otros títulos como condesa de Barcelona y señora de Vizcaya, títulos heredados tras la muerte de sus padres, con lo cual unió definitivamente las coronas que conformaron España, a partir del 25 de enero de 1516, convirtiéndose así en la primera reina de España junto con su hijo Carlos I.

De la casa de Trastámara, la reina Juana fue la tercera hija de Fernando II de Aragón y de Isabel I de Castilla. El 6 de noviembre de 1479 nació en la antigua capital visigoda de Toledo y fue bautizada con el nombre del santo patrón de su familia, al igual que su hermano mayor, Juan.

Desde pequeña, recibió una esmerada educación propia de una infanta e improbable heredera de Castilla basada en la obediencia más que en el gobierno, a diferencia de la exposición pública y las enseñanzas del gobierno requeridos en la instrucción de un príncipe. En el estricto e itinerante ambiente de la Corte Castellana de su época, Juana fue alumna aventajada en comportamiento religioso, urbanidad, buenas maneras y manejo propios de la corte, sin desestimar artes como la danza y la música, entrenamiento como jinete y el conocimiento de lenguas romances propias de la península Ibérica además del francés y latín. Entre sus principales preceptores se encontraban el sacerdote dominico Andrés de Miranda, la amiga y tutora de la reina Isabel, Beatriz Galindo, apodada «la Latina», y, por supuesto, su madre. Aunque Isabel la Católica procuró vigilar la educación de sus hijos, sus deberes de gobierno no pudieron dejar mucho tiempo para ocuparse de una hija a la que, según T. de Azcona, «nunca llegó a entender y dirigir».

El manejo de la casa de la infanta y, por ende, de su ambiente inmediato estaba totalmente dominado por sus padres. La casa incluía personal religioso (confesor, sacristán, limosnero y capellanes), oficiales administrativos (mayordomos, camareros, caballerizos, todos estos con distinta graduación, además de un contador, un tesorero y un secretario), personal encargado de la alimentación (cocineros, ballesteros de maza, maestresala, panadero, repostero, coperos y catadores), personal preocupado de la salud y protección y personal de servicio (criadas y esclavas canarias), meticulosamente seleccionados por sus padres sin intervención de ella misma. A diferencia de Juana, su hermano, don Juan de Aragón, Príncipe de Asturias y de Gerona, comenzó a hacerse cargo de su casa y de posesiones territoriales como entrenamiento en el dominio de su futuro Reino.

Como ya era costumbre en la Europa de esos siglos, Isabel y Fernando negociaron los matrimonios de todos sus hijos con el fin de asegurar sus objetivos diplomáticos y estratégicos. Conscientes de las aptitudes de Juana y de su posible desempeño en otra corte, así como la necesidad de reforzar los lazos con el Sacro Emperador Romano Germánico, Maximiliano I de Habsburgo, contra los cada vez más hegemónicos monarcas franceses de la dinastía Valois, ofrecieron a Juana para su hijo, Felipe, archiduque de Austria, duque de Borgoña, Brabante, Limburgo y Luxemburgo, conde de Flandes, de Habsburgo, de Hainaut, de Holanda, de Zelanda, Tirol y Artois, y señor de Amberes y Malinas entre otras ciudades. A cambio de este enlace, los Reyes Católicos pedían la mano de la hija de Maximiliano, Margarita de Austria, como esposa para el príncipe Juan. Anecdóticamente, Juana ya había sido considerada por el Delfín Carlos, heredero del trono francés, de la Dinastía Valois, y en 1489 pedida en matrimonio por el rey de los escoceses, Jacobo IV, de la Dinastía Estuardo.

En agosto de 1496, la futura archiduquesa partió desde la playa de Laredo, Cantabria, en una de las carracas genovesas al mando del capitán Juan Pérez. Pero la flota también incluía, para demostrar el esplendor de la Corona Castellana a las tierras del norte y su poderío al hostil rey francés, otros 19 buques, desde naos a carabelas, con una tripulación de 3.500 hombres. Juana fue despedida por su madre y hermanos, e inició su rumbo hacia la lejana y desconocida tierra flamenca, hogar de su futuro esposo. La travesía tuvo algunos contratiempos que, en primer lugar, la obligaron a tomar refugio en Portland, Inglaterra, el 31 de agosto. Cuando finalmente la flota pudo acercarse a Middelburg, Zelanda, una carraca genovesa que transportaba a 700 hombres, las vestimentas de Juana y muchos de sus efectos personales, chocó contra un banco de piedras y arena y se hundió.

Juana, por fin en las tierras del norte, no fue recibida por su prometido. Ello se debía a la oposición de los consejeros francófilos de Felipe a las alianzas de matrimonio pactadas por su padre el Emperador. Aún en 1496, los consejeros albergaban la posibilidad de convencer a Maximiliano de la inconveniencia de una alianza con Castilla y las virtudes de una alianza con Francia. El ambiente de la corte con el que se encontró Juana era radicalmente opuesto al que ella vivió en su Castilla natal. Por un lado, la sobria, religiosa y familiar corte castellana contrastaba con la desinhibida y muy individualista corte borgoñona-flamenca muy festiva y opulenta gracias al comercio de tejidos que sus mercados dominaban desde hacia un siglo y medio. En efecto, a la muerte de la emperatriz María de Borgoña, la casa de Felipe, de 4 años, había sido rápidamente dominada por los grandes nobles borgoñones, principalmente a través de consejeros adeptos y fieles a sus intereses. A diferencia de Castilla, las grandes decisiones eran tomadas de acuerdo con los fines de estos importantes nobles a través del influenciable Felipe.

Aunque los futuros esposos no se conocían, se enamoraron locamente al verse. No obstante, Felipe pronto perdió el interés en la relación, lo cual hizo nacer en Juana unos celos patológicos. Al poco tiempo llegaron los hijos, que agudizaron los celos de Juana. El 24 de noviembre de 1498, en la ciudad de Lovaina, cerca de Bruselas, nació su primogénita, Leonor, llamada así en honor a la abuela paterna de Felipe, Leonor de Portugal. Juana vigilaba a su esposo todo el tiempo, y pese al avanzado estado de gestación de su segundo embarazo, del que nacería Carlos (llamado así en honor al abuelo materno de Felipe, Carlos el Temerario), el 24 de febrero de 1500, asistió a una fiesta en el palacio de Gante. Aquel mismo día tuvo a su hijo, según se dice, en los lavabos del palacio. Al año siguiente, el 18 de julio de 1501, en Bruselas, nació la tercera hija del matrimonio, llamada Isabel en honor a Isabel la Católica, madre de Juana.

Muertos sus hermanos Juan (1497) e Isabel (1498), así como el hijo de ésta, el infante portugués Miguel (1500), Juana se convirtió en heredera de Castilla y Aragón, siendo jurada junto a su esposo por las cortes castellas en la catedral de Toledo el 22 de mayo de 1502. Cuando en 1503 su marido, Felipe, se marchó a Flandes a resolver unos asuntos, dejando a Juana en plena gestación, parece ser que se agravó su estado mental. Decidió entonces partir a Castilla junto a sus padres, especialmente por petición de su madre, preocupada por su estado de salud, pues estaba encinta por cuarta vez. En Bruselas se quedaron sus tres hijos mayores. El 10 de marzo de 1503, en la ciudad de Alcalá de Henares, cerca a Madrid, dio a luz un hijo, al que se llamó Fernando en honor a su abuelo materno, Fernando el Católico.

Muerta la reina Isabel (26 de noviembre de 1504), se planteó el problema de la sucesión en Castilla. Su padre Fernando la proclamó reina de Castilla y tomó las riendas de la gobernación del reino acogiéndose a la última voluntad de Isabel la Católica.

Pero el marido de Juana, el archiduque Felipe no estaba por la labor de renunciar al poder y en la concordia de Salamanca (1505) se acordó el gobierno conjunto de Felipe, Fernando el Católico y la propia Juana. Juana resolvió retirarse temporalmente a la corte de Bruselas, donde el 15 de septiembre de 1505 dio a luz a su quinto hijo, una niña llamada María.

A la llegada del matrimonio de los Países Bajos, se manifestaron las malas relaciones entre el yerno (apoyado por la nobleza castellana) y el suegro de modo que por la concordia de Villafáfila (junio de 1506), Fernando se retiró a Aragón y Felipe fue proclamado rey de Castilla en las Cortes de Valladolid con el nombre de Felipe I. El 25 de septiembre de ese año muere Felipe I el Hermoso supuestamente envenenado, y entonces aumentan los rumores sobre el estado de locura de Juana. En ese momento Juana decidió trasladar el cuerpo de su esposo, desde Burgos, el lugar donde había muerto y en el que ya había recibido sepultura, hasta Granada, tal como él mismo lo había dispuesto viéndose morir (excepto su corazón que deseaba que se mandase a Bruselas, como así se hizo), viajando siempre de noche. La reina Juana no se separará ni un momento del féretro, y este traslado se prolongará durante ocho fríos meses por tierras castellanas. Acompañan al féretro gran número de personas entre las que hay religiosos, nobles, damas de compañía, soldados y sirvientes diversos que, cual procesión sirve ésta para que las murmuraciones sobre la locura de la reina aumenten cada día entre los habitantes de los pueblos que atraviesan. Después de unos meses, los nobles «obligados» por su posición a seguir a la reina, se quejan de estar perdiendo el tiempo en esa «locura» en lugar de ocuparse como debieran de sus tierras. En la ciudad de Torquemada (Palencia), el 14 de enero de 1507, da a luz a su sexto hijo y póstumo de su marido, una niña bautizada con el nombre de Catalina.

La demencia de la reina seguía agravándose. No quería cambiarse de ropa, no quería lavarse y finalmente, su padre decidió a encerrarla en Tordesillas el mes de febrero del año 1509, para evitar que se formase un partido nobiliario en torno de su hija, encierro que mantendría su hijo Carlos I más adelante.

pero varias instituciones de la Corona aragonesa no la reconocían como tal en virtud de la complejidad institucional de los fueros; entretanto su hijo Carlos se benefició de la coyuntura de la incapacidad de Juana para proclamarse rey, aprovechándose de la legitimidad que tenía su madre como heredera de los Reyes Católicos en Castilla y en Aragón, de forma que se añadió él mismo los títulos reales que le correspondían a su madre. Así oficialmente, ambos, Juana y Carlos, correinaron en Castilla y Aragón, de hecho, ella nunca fue declarada incapaz por las Cortes Castellanas ni se le retiró el título de Reina. Mientras vivió, en los documentos oficiales debía figurar en primer lugar el nombre de la reina Juana. A la muerte de Fernando el Católico, ejerció la regencia de Aragón el arzobispo de Zaragoza, don Alonso de Aragón, hijo natural de Fernando el Católico y en Castilla el Cardenal Cisneros hasta la llegada de Carlos desde Flandes.

Desde que su padre la recluyera en 1509, la reina Juana permaneció en una casona-palacio-cárcel de Tordesillas hasta que murió, el 12 de abril de 1555, después de 46 años de reclusión forzosa y siempre vestida de negro, con la única compañía de su última hija, Catalina (hasta que salió ésta en 1525 para casarse con Juan III de Portugal), ninguneadas y maltratadas física y psicológicamente por sus servidores. Especialmente duros fueron los largos años de servicio de los marqueses de Denia, Bernardo de Sandoval y Rojas y su esposa, que daban preferencia a sus propias hijas antes que a la reina Juana y a Catalina, hermana del emperador. El marqués cumplió su función con más celo y eficacia del que hubiera sido necesario, como parecía jactarse en carta dirigida al emperador y que comentaba N. Sanz y Ruiz de la Peña. En esa carta, el marqués aseguraba que, aunque doña Juana se lamentaba constantemente diciendo que la tenía encerrada «como presa» y que quería ver a los grandes, «porque se quiere quejar de cómo la tienen», el rey debía estar tranquilo, porque él controlaba la situación y sabía dar largas a esas peticiones. Todo ello demuestra, como señala Manuel Fernández Álvarez, que el confinamiento de doña Juana era cuestión de Estado, y así lo vieron tanto el Rey Católico como Carlos I. Si Juana no gobernaba era por incapacidad mental. Pero si se empezaba a rumorear que la reina estaba cuerda, los adversarios del nuevo rey afirmarían que era un usurpador. De ahí que la figura de doña Juana se convirtiera en una pieza clave para legitimar el movimiento de las Comunidades.

Nunca más se le permitió salir del palacio de Tordesillas, sólo para visitar la tumba de su esposo a escasa distancia de palacio durante un tiempo, antes de su traslado definitivo a Granada en 1525, ni a pesar de que en Tordesillas se declarara la peste. Su padre Fernando y, después, su hijo Carlos, siempre temieron que si el pueblo veía a la reina, la legítima soberana, se avivarían las voces que siempre hubo en contra de sus respectivos gobiernos.

Después del incendio de Medina del Campo, el gobierno del cardenal Adriano de Utrech se tambaleó. Muchas ciudades y villas se sumaron a la causa comunera, y los vecinos de Tordesillas asaltaron el palacio de la reina obligando al marqués de Denia a aceptar que una comisión de los asaltantes hablara con doña Juana. Entonces se enteró la reina de la muerte de su padre y de los acontecimientos que se habían producido en Castilla desde ese momento. Días más tarde Juan de Padilla se entrevistó con ella, explicándole que la Junta de Ávila se proponía acabar con los abusos cometidos por los flamencos y proteger a la reina de Castilla, devolviéndole el poder que le había sido arrebatado, si es que ella lo deseaba. A lo cual doña Juana respondió: «Sí, sí, estad aquí a mi servicio y avisadme de todo y castigad a los malos». El entusiasmo comunero, después de esas palabras, fue enorme. Su causa había de ser legitimada por el apoyo de la reina.

A partir de ahí el objetivo de los comuneros sería, en primer lugar demostrar que doña Juana no estaba loca y que todo había sido un complot, iniciado en 1506, para apartarla del poder; y después, que la reina, además de con sus palabras, avalara con su firma los acuerdos que se fueran tomando. Para ello, la Junta de Ávila se trasladó a Tordesillas, que se convertiría por algún tiempo en centro de actuación de los comuneros. Después de estos cambios, todos, incluso el cardenal, afirmaban que doña Juana «parece otra» porque se interesaba por las cosas, salía, conversaba, cuidaba de su personal y, por si fuera poco, pronunciaba unas atinadas y elocuentes palabras ante los procuradores de la Junta. Palabras que, una vez refrendadas, se comenzaron a difundir. La cuestión en este caso sería averiguar si esas afirmaciones las realizó la reina en la forma en que se recogieron por los notarios presentes, puesto que las expresiones —como señala J. Pérez— se parecen demasiado a las afirmaciones que formulaban los comuneros. Pero la Junta necesitaba algo más que palabras de la reina, necesitaba documentos, necesitaba la firma real para validar sus actuaciones. Una firma que podía suponer el final del reinado de Carlos, como recuerda a éste el cardenal Adriano: «si firmase su alteza, que sin duda alguna todo el Reino se perderá». Pero en esto los comuneros, como antes los partidarios del rey, tropezaron con la férrea negativa de doña Juana, a la que ni ruegos ni amenazas hicieron firmar papel alguno.

A finales de 1520, el ejército imperial entró en Tordesillas, restableciendo en su cargo al marqués de Denia. Juana volvió a ser una reina cautiva, como aseguraba su hija Catalina, cuando comunicaba al emperador que a su madre no la dejaban siquiera pasear por el corredor que daba al río: «y la encierran en su cámara que no tiene luz ninguna».

La vida de doña Juana se deterioró progresivamente, como testimoniaron los pocos que consiguieron visitarla. Sobre todo cuando su hija menor, que procuró protegerla frente al despótico trato del marqués de Denia, tuvo que abandonarla para contraer matrimonio con el rey de Portugal.

En los últimos años, a la enfermedad mental se unía la física, teniendo grandes dificultades en las piernas, las cuales finalmente se le paralizaron. Entonces volvió a hablarse de su indiferencia religiosa, llegándose incluso a comentar que podía estar endemoniada. Por ello, su nieto Felipe pidió a un jesuita, el futuro san Francisco de Borja, que la visitara y averiguara qué había de cierto en todo ello. Después de hablar con ella, el jesuita aseguró que las acusaciones carecían de fundamento y que, dado su estado mental, quizá la reina no había sido tratada adecuadamente. Algo después, tuvo que volver el santo a visitarla, pero en esta ocasión para confortarla en el momento de su muerte. Y lo hizo tan bien, que incluso se afirmó que la reina había recuperado la razón, por haber encontrado —dice san Francisco de Borja— «muy diferente sentido en las cosas de Dios del que hasta allí se había conocido en su Alteza». Falleció en Tordesillas (Valladolid) en 12 de abril de 1555, a los 75 años.

La figura de la reina Juana fue muy atractiva para el romanticismo, porque reunía una serie de características muy queridas por éste: la pasión arrebatadora de un amor no correspondido, la locura por desamor y los celos desmedidos. Tanto fue así, que numerosos artistas consagraron alguna de sus obras al personaje de Juana la Loca: Eusebio Asquerino y Gregorio Romero (Felipe el Hermoso), Manuel Tamayo y Baus (Locura de amor), Emilio Serrano (Doña Juana la Loca), Lorenzo Vallés (La demencia de doña Juana de Castilla), (Juana la Loca Tragedia en Cuatro Actos) por Santiago Sevilla. Pero, sin duda, la obra más famosa inspirada en la reina fue el cuadro Doña Juana la Loca (1877), de Francisco Pradilla y Ortiz, actualmente en el Museo del Prado.

La ciudad fue residencia de los Condes de Flandes, por lo que Carlos V emperador (Carlos I de España) nació en ella. Hoy día no queda rastro del castillo donde el emperador vio la luz, pero sí del Gravensteen o Castillo de los Condes, construido en el S. XII y reconstruido a finales del XIX y principios del XX. Se trata de una impresionante fortaleza en pleno centro de la ciudad, rodeada por un foso. A lo largo de la historia fue residencia de los Condes de Flandes, Casa de la Moneda, prisión e incluso fábrica de algodón. Desde lo alto de sus torres se divisa una gran vista panorámica de la ciudad.

Pedro Fajardo Chacón (fecha desconocida - 1542) fue un noble español perteneciente a la Casa de Fajardo, que ostentó las dignidades de Señor de Cartagena, I Marqués de los Vélez, Adelantado Mayor y Capitán General del Reino de Murcia, Alcaide de los Alcázares de las ciudades de Murcia y Lorca, Comendador de Caravaca, Comendador Mayor de León, Trece de la Orden de Santiago, miembro del Consejo de los Reyes Católicos y Continuo de su Casa, miembro del Consejo de Estado de Felipe II y Mayordomo mayor de la reina Ana de Austria.

Hijo de don Juan Chacón, Contador Mayor de Castilla, Adelantado de Murcia y Mayordomo Mayor de la reina Isabel I de Castilla, Trece de la Orden de Santiago y de su esposa doña Luisa Fajardo y Manrique de Lara, II Condesa y Señora de la Ciudad de Cartagena y Señora del Adelantazgo mayor del Reino de Murcia.

El 12 de septiembre (otros autores hablan del 15 de octubre de 1507, la Reina Juana I de Castilla le concedió el Marquesado de los Vélez en compensación por la incorporación del Señorío de Cartagena, propiedad de Don Pedro, a la Corona de Castilla.

Pedro Fajardo, Adelantado Mayor del reino de Murcia, y capitán general y alcaide de Lora en propiedad (esos 2 cargos se perpetuaron en esta casa juntamente), señor de Alhama, Mula,Molina, Seca, Lebrilla, señor de la ciudad de Cartagena (por gracia de Enrique IV, confirmada por los Reyes Católicos, Madrid 15.4.1477, por haberse distinguido en el sitio y toma de esta ciudad).

Luisa Fajardo, señora de Cartagena, señora del Adelantazgo mayor del Reino de Murcia, señora de la ciudad de Cartagena, señora de las villas de Alhama, Mula, Lebrilla, Molina Seca y la Puebla, y de los lugares de Alumbres y Fortuna.

(cap matr Madrid 16,4,1477) Juan Chacón, señor de las villas de Albox, Alborea, Oria, Maria, Benitagla, Albanchez, Contador mayor de Castilla, Adelantado de Murcia (jure uxoris), Mayordomo mayor y gran favorecido de la Reina Católica, comendador de Montemolín y Caravaca y Trece OStg, alcaide de los Alcázares de Murcia y Lorca.

Gonzalo Chacón y Fajardo, señor de Casarrubios del Monte, Arroyomolinos, Villamansa, El Alamo, Valmojado, El Guijo y otros lugares, alcaide del Alcázar y Cimborio de Ávila, comendador de Montiel, OStg, paje del principe don Juan, y contador mayor de su dispensa.

Francisca Pacheco de Guevara, hija de Alonso Téllez-Girón, 1. señor de la Puebla de Montalbán, comendador de Medina de las Torres, y Trece OStg, consejero de los Reyes Católicos, y de Marina de Guevara, con sucesión, los señores y condes de Casarrubios del Monte.

Don Pedro Fajardo, sucedió a su padre en su estado , en sus hechos y en el cargo de Adelantado Mayor del Reino, el cual se perpetuó en esta casa juntamente con el oficio de Capitán General. Casó con doña Leonor Manrique, hija de don Rodrigo Manrique, Maestre de Santiago y de doña Mencía de Figueroa. Hizo cosas notables en el cerco y toma de la ciudad de Chichilla y en otros lugares para restituir a la corona real el Marquesado de Villena contra el Marqués don Diego Lopez Pacheco en servcio de los Reyes Católicos. Se destacó en el sitio y toma de la ciudad de Cartagena, que la tenía don Beltran de la Cueva, y el rey don Enrique IV le hizo Señor de ella con el título de Conde, merced que confirmaron los Reyes don Fernando y doña Isabel, como parece por carta suya dada en Madrid a 15 de Abril de 1477. Hizo una acción digna de su grandeza, pues estando en Lorca vino a entregársele el Rey Zagal de Granada, hermano del Rey Muley Bulhacen por las guerras que había entre los dos y teniendole a su amparo, le ofrecío la Reina Horia, su madre, por cartas desde Almeria 60 mil doblas porque le defendiese y no lo entregase al rey Muley, y luego le escribió este ofreciéndole mayor cantidad porque no lo entregase y don Pedro no aceptó oferta alguna ni dió lugar a que reicbise daño, antes bien lo dejó ir libremente cuando fue tiempo, hospedandole entre tanto espléndidamente. Otro tanto hizo con el Rey Chique que se vino a su poder huyendo de su padre hasta que quiso volverse y entrando 1500 lanzas de la casa de Granada en el reino de Murcia tomar la villa de Caravaca, donde el se hallaba, salió contra ellos de improviso y cuerpo a cuerpo mató al valiente moro Zatorre y desbartó el campo y le hizo huir.

Don Pedro Fajardo, sucedió a su padre en su estado , en sus hechos y en el cargo de Adelantado Mayor del Reino, el cual se perpetuó en esta casa juntamente con el oficio de Capitán General. Casó con doña Leonor Manrique, hija de don Rodrigo Manrique, Maestre de Santiago y de doña Mencía de Figueroa. Hizo cosas notables en el cerco y toma de la ciudad de Chichilla y en otros lugares para restituir a la corona real el Marquesado de Villena contra el Marqués don Diego Lopez Pacheco en servcio de los Reyes Católicos. Se destacó en el sitio y toma de la ciudad de Cartagena, que la tenía don Beltran de la Cueva, y el rey don Enrique IV le hizo Señor de ella con el título de Conde, merced que confirmaron los Reyes don Fernando y doña Isabel, como parece por carta suya dada en Madrid a 15 de Abril de 1477. Hizo una acción digna de su grandeza, pues estando en Lorca vino a entregársele el Rey Zagal de Granada, hermano del Rey Muley Bulhacen por las guerras que había entre los dos y teniendole a su amparo, le ofrecío la Reina Horia, su madre, por cartas desde Almeria 60 mil doblas porque le defendiese y no lo entregase al rey Muley, y luego le escribió este ofreciéndole mayor cantidad porque no lo entregase y don Pedro no aceptó oferta alguna ni dió lugar a que reicbise daño, antes bien lo dejó ir libremente cuando fue tiempo, hospedandole entre tanto espléndidamente. Otro tanto hizo con el Rey Chique que se vino a su poder huyendo de su padre hasta que quiso volverse y entrando 1500 lanzas de la casa de Granada en el reino de Murcia tomar la villa de Caravaca, donde el se hallaba, salió contra ellos de improviso y cuerpo a cuerpo mató al valiente moro Zatorre y desbartó el campo y le hizo huir.

Luis Fajardo Hernández de la Cueva (s/1508-1574), II marqués de los Vélez y I de Molina, Adelantado mayor y capitán general de los Reinos de Murcia y Granada, alcaide de los alcázares de Murcia y Lorca, Adelantado mayor y capitán general del Reino de Valencia.

Gran Peleador contra los moros, que le temían y motaron como “el diablo de cabeza de hierro. “Terrible, por ser de naturaleza belicosa, membrudo y corpulento y de rostro feroz, que mirando ponía terror”, en palabras de Cascales. Estuvo en la guerra contra Solimán, en Hungría (1531); en la campaña de Provenza (1535), donde murió Garcilaso de la vega, el gran poeta; en la conquista de Túnez; en la expedición a Argel de 1541. Mostraba desdén por la tradición literaria de sus antecesores, pese a que había sido bien enseñado de letras y estudios.

“Pero he aquí que el 6 de enero, es decir, tres días después al del comienzo de la expedición de Mondéjar, nuestro Don Luis Fajardo, segundo Marqués de los Vélez, salía al frente de un ejército, desde su castillo de Vélez Blanco, para bajar por el lado de Almería y Almanzora, con el designio de amenazar a los moriscos de la Alpujarra y, además,- «saquear y enriquecer a la gente», que, por lo menos a la gente, le interesaba más que los problemas religiosos y nacionales. Las fuerzas de Vélez eran 2.000 infantes, 300 caballos «y seis piezas de artillería manejables»; a estas fuerzas se unieron luego las que envió la ciudad de Murcia. El atlético Adelantado, tras los años de inacción, respiraba euforia y proclamaba «que en el tiempo que siguió las imperiales banderas de su Señor el Emperador, no había visto tan lucida gente». (…)

El error de esta táctica característica de Felipe II era patente, pues la intromisión disimulada de Vélez en la campaña, como ya lo había censurado con escándalo el veterano Quijada, tenía el aire de una inquisición sobre la conducta de Mondéjar con mengua de su autoridad, sobre todo teniendo en cuenta que ya desde el tiempo de los padres hubo entre los dos marqueses «diferencias y alongamientos de voluntad». Los resultados fueron desastrosos, porque sin capitanes con autoridad nada podía ir bien, sobre todo si, como ocurrió, la soldadesca había perdido los nobles ideales, nacionales y religiosos, de los reinados precedentes. Salvo un pequeño número de caballeros y de viejos soldados, los ejércitos cristianos fueron «levantados sin pagas, sin el son de las cajas, con el robo por sueldo y la codicia por superior». Con frecuencia surgen en los papeles contemporáneos relatos como el citado del combate de las Albañuelas, donde unos jefes murieron «por estar ocupada la infantería quemando y robando».

«Comunicábase —dice Hurtado, que lo vio— el miedo de unos a otros que como sea el vicio más perjudicial en la guerra, así es el más contagioso; no se repartían las presas en común; era de cada uno lo que tomaba, y como tal lo guardaba; huían con ello, sin unión ni correspondencia; dejábanse matar abrazados o cargados con el robo; y donde no lo esperaban o no salían o en saliendo tornaban a casa»; «y los capitanes, algunos cansados de mandar, reprender, castigar y sufrir a los soldados, se daban a la misma costumbre». Unos arcabuceros amotinados en el campo del Marqués de los Vélez, acometieron al hijo de éste, Don Diego Fajardo, que quiso detenerlos, y le dieron un arcabuzazo en la mano y en el costado, grave, del que quedó manco. Eran los soldados «los mayores ladrones del mundo, desolladores y robadores, que no llevaban más pensamiento sino cómo habían de robar y matar y saquear los pueblos de los moriscos que estaban sosegados». Y desde luego en estos lamentables relatos, abundan los de las presas de esclavos y esclavas y niños, que se apropiaban y vendían, cuando no los mataban.

Claro que «algunos hombres hubo, entre los que vinieron enviados por las ciudades, a quienes la vergüenza y la hidalguía era freno». Pero en abrumadora mayoría predominó la corrupción vergonzosa, la cobardía de las gentes rurales, la ausencia del sentido de la responsabilidad militar y el no menor olvido, no nos cansaremos de decirlo, de las más elementales virtudes evangélicas. La decadencia austríaca estaba ya en completa y desdichada evolución, bajo la capa, todavía de la grandeza inigualada de sus comienzos; y el historiador tiene el deber de insistir sobre estos magnos errores que aniquilaron una nación que fue grande, pero que pudo ser maravillosa durante varios siglos.

El Marqués de los Vélez, así impuesto por una intriga, combatió al principio con la gran brillantez aparatosa y entusiasta propia del ímpetu caballeresco de la época imperial. Están muy circunstancialmente relatados estos primeros pasos en la citada Relación, rigurosamente contemporánea, de la Biblioteca Nacional de Madrid. Esta primera batalla de Félix, en enero-febrero de 1569, fue muy brillante. Hurtado de Mendoza, más propicio a alabar a su pariente Mondéjar que a Vélez, reconoce noblemente que el jefe murciano «rompió a los moriscos, a pesar del áspero terreno, no sin trabajo y como buen caballero». Pero desde las primeras jornadas la guerra de cruzado a que Vélez aspiraba se frustró por la anarquía que había de dar carácter tan siniestro a esta contienda. Los moros asesinaron a varios frailes agustinos, a los que quemaron vivos, en balsas de aceite hirviendo, horrible crueldad, en la que bárbaramente vengaban los bautismos forzados y colectivos. Y no acabaron aquí los crímenes. La soldadesca, enfurecida ante estos horrores, «se derramó demasiadamente, sin poderlo el Marqués excusar»; y tuvo que retirarse y llevar las moriscas a sus tierras para que estuvieran seguras; lo cual fue visto con malos ojos por la tropa, que dio el grito de «¡Santiago, y a ellos!» por su cuenta, y cometió espantosas crueldades, sobre todo el escuadrón de Lorca, que «con furia infernal», degolló «más de 600 personas entre hombres, mujeres y niños; desde un año hasta diez, más de 2.000». Pérez de Hita, que lo presenció, vio, expirando, a una mora con sus seis hijos degollados y otro de pecho, que seguía mamando envuelto en sangre; el gran soldado le salvó y llevó a casa de unas santas mujeres; y no fue él solo, pues «muchos soldados hubo nobles y de noble condición y misericordiosos que ampararon a muchas mujeres». A pesar de representar Vélez el partido iracundo, frente al templado de Mondéjar, era, dentro de la dureza de su tiempo, de la misma noble condición que aquél, «y lleno de mortal ira, bramaba como un león por tal desconcierto, y dando grandes voces, con grande furia, picó a su corcel Vayarte de tal suerte que un rayo parecía por do pasaba, haciendo temblar la tierra». Quiso ahorcar a los culpables, pero se opuso el tercio de Lorca, y Vélez hubo de ceder, con anuencia del Rey. Sólo se consiguió que los capitanes no se repartieran a las moras, que quedaron protegidas por el Adelantado. En esto paró la lucida cabalgata bélica que salió del castillo del Marqués, y aquí empezó el desprestigio de éste, desobedecido por sus soldados y desautorizado por el caótico mando supremo.

Los dos jefes marqueses, Mondéjar y Vélez, fracasaron, pues, rápida y paralelamente en los tres primeros meses de la campaña; y con este fracaso se afirmó la eficacia de los moriscos, que, aunque con menos medios militares, tenían un patriotismo ardiente, más unión, adaptación más fácil al abrupto terreno y una ayuda que no puede fijarse, pero que, sin duda, era considerable, de turcos y berberiscos; porque, como decía Hurtado de Mendoza, España, enzarzada en sus aventuras europeas y ultramarinas, prácticamente no tenía barcos en sus costas del Sur para evitar los desembarcos. Una carta del mismo gran historiador al Cardenal Espinosa decía esta dura verdad, que no pudo estampar en su libro, a pesar de guardarlo inédito: «Las profecías han comenzado a cumplirse, porque los moros van cada día mostrándose más soldados y los cristianos menos».

En Granada y en la Corte, los altos personajes, divididos, culpaban unos al Marqués de Mondéjar y otros al de los Vélez; y sobre el Rey llovían anónimos acusatorios para ambos. Era el más atacado el de Mondéjar, y al que con más facilidad aceptaban, la opinión y los jueces, los cargos que se le hacían. Venían estos cargos del partido clerical, y éste era particularmente escuchado por los regios oídos.

Pedro Fajardo Chacón, Primer Marqués de los Vélez, título con Grandeza de España, que le otorga la Reina Doña Juana I de Castilla el 12 de septiembre de 1507 desde Medina del Campo. Pedro fue Adelantado Mayor y Capitán General del Reino de Murcia. Señor de la ciudad de Cartagena, Alcaide de los Alcázares de las ciudades de Murcia y Lorca. Marqués de Villena, Comendador de Caravaca y Mayor de León. Trece de la Orden de Santiago, del Consejo de los Reyes Católicos, Continuo de su Casa, Mayordomo mayor de la reina Ana, del Consejo de Estado de Felipe II Usó en primer lugar el apellido materno por imposición de los mayorazgos que heredó de su madre en 1484 Casó con Magdalena Manrique, quien tras su separación matrimonial por no tener descendencia, profesó como religiosa, y fue Señora de la villa de San Román, (hija de Pedro Manrique de Lara, Segundo Conde de Paredes de Nava, y de Leonor Acuña). En segundas nupcias en Cuellar en febrero de 1508, casó con Mencia de la Cueva, (hija de Francisco Fernández de la Cueva, Segundo Duque de Alburquerque, Conde de Ledesma, y de Francisca de Mendoza y Toledo, hija de los Duques de Alba de Tormes). Casa por tercera vez en 1520 con Catalina de Silva, (hija de Juan de Silva, Tercer Conde de Cifuentes, Alférez Mayor de Castilla y Presidente de su Consejo, y de Catalina de Toledo, hija también de los Duques de Alba de Tormes). Pedro Fajardo concluye las obras y construcción de la Capilla de los Vélez en la catedral de Murcia en el año 1507, y que habia iniciado su padre. Fallece en 1542.

Francisco de Tassis provenía de la noble familia lombarda de los Tasso (Dachsen) de Cornello. En 1490 junto a su hermano Janetto y con su sobrino Juan Bautista estaba al servicio del Emperador Maximiliano I, el cual lo nombró Correo Mayor, pidiéndole que reformara el sistema de correos en el territorio de Borgoña y de los Países Bajos, que formaban parte de las posesiones del hijo de Maximiliano, Felipe el Hermoso, Duque de Borgoña. En 1512 Francesco contrajo matrimonio con Dorothea Luytvoldi.

Tras haber terminado su acuerdo con Maximiliano I, Francisco de Tassis llegó a un acuerdo con el tío de éste, Segismundo de Austria, el cual tenía su residencia en Innsbruck. De Felipe el Hermoso a Margarita de Austria y Parma, pronto todos se benficiaron el sistema postal, en particular para la correspondencia oficial, pero que poco a poco fue aumentando la importancia de la correspondencia privada. Tassis aprovechó la ocasión para, a través del servicio postal entre Maximiliano y el Papa, para ser un personaje importante en la corte papal.

A la muerte de la reina Isabel de Castilla el 26 de noviembre de 1504, Felipe heredó el trono castellano gracias a su matrimonio con Juana I de Castilla, hija de Fernando II de Aragón y de la difunta Isabel. Felipe, el 18 de enero de 1505, lo nombra Correo Mayor de España y permite a los Tassis fundar nuevas postas en Bruselas, Malinas, y en muchas otras ciudades de la zona, lo, que permitía el servicio de correos tanto en verano como en invierno.

Al heredar Carlos, hijo de Felipe el Hermoso, las posesiones de su abuelo Fernando II de Aragón, éstas entraron a formar parte de las rutas postales que ya eran parte del entramado creado por Francisco de Tassis.

Los Tassis eran una familia de origen italiano, cuyos miembros se extendieron por diversas partes de Europa, desde Flandes hasta España. El emperador Carlos V los nombró Maestros de Hostes y Postas. Así, Juan Bautista de Tassis fue Correo Mayor de Flandes. El mayor de sus 11 hijos, Raimundo de Tassis (hacia 1515-1579), pasó a España, donde se casó con Catalina de Acuña.

Durante el reinado de Felipe II, entró al servicio del Príncipe Don Carlos. Participó en la Guerra de Granada, en la Galera, en el Peñón y en Orán. Fue Caballero de la Orden de Santiago. Don Juan de Tassis acompañó en su condición de Correo Mayor al Duque de Alba en la toma de Lisboa el 29 de junio de 1581, donde nació su único hijo, Juan de Tassis y Peralta, Segundo Conde de Villamediana. En 1583 la familia regresó a Madrid con el rey.

Felipe III lo nombró Conde de Villamediana el 12 de octubre de 1603, confirmándole en el cargo de Correo Mayor General de todos sus estados. Se casó con Doña María de Peralta Muñatones. Juan de Tassis participó en las negociaciones de paz con Inglaterra. Fue presidente de la misión española, que salió de España, en junio de 1603, que consiguió firmar la paz en Londres, el 27 de agosto de 1604.

A su muerte, en 1607, fue enterrado en la Capilla Mayor del Convento de San Agustín de Valladolid. Su hijo, Juan de Tassis y Peralta, asesinado en 1622, heredó el título de 2º Conde de Villamediana así como el cargo de Correo Mayor.

Debido a su importancia en el desarrollo del servicio de comunicación postal, la figura de Francisco de Tassis a aparecido en sellos postales de diferentes países, como España en 1988 o la República Federal Alemana en 1967.

Juana I de Castilla, conocida como Juana la Loca (Toledo, 6 de noviembre de 1479 – Tordesillas, 12 de abril de 1555), fue reina de Castilla de 1504 a 1555 si bien desde 1506 no ejerció ningún poder efectivo y a partir de 1509 vivió encerrada en Tordesillas primero por orden de su padre Fernando el Católico y después por orden de su hijo el emperador Carlos V.

Fue primero infanta de Castilla y Aragón, luego archiduquesa de Austria, duquesa de Borgoña y Brabante y condesa de Flandes. Finalmente, reina propietaria de Castilla y de León, de Galicia, de Granada, de Sevilla,

, de Jaén, de Gibraltar, de las Islas Canarias y de las Indias Occidentales (1504 – 1555), de Navarra (1515 – 1555) y de Aragón, de Valencia, de Mallorca, de Nápoles y Sicilia (1516 – 1555), además de otros títulos como condesa de Barcelona y señora de Vizcaya, títulos heredados tras la muerte de sus padres, con lo cual unió definitivamente las coronas que conformaron España, a partir del 25 de enero de 1516, convirtiéndose así en la primera reina de España junto con su hijo Carlos I.

Infante también es un título de realeza que se otorga en España los hijos del Rey que no tengan la condición de Príncipe o Princesa de Asturias y los hijos de este Príncipe o Princesa, dentro de la denominada familia real.

El título nobiliario de Archiduque (femenino: Archiduquesa), (en alemán Erzherzog y en femenino Erzherzogin), implica un rango por encima del Duque y por debajo del Príncipe, pero es muy extraño como título autónomo y además tiene otros usos de los que se le daban en todo lo relacionado con el antiguo Sacro Imperio Romano Germánico del que una gran parte de Europa estaba excluida.

Duque es uno de los títulos nobiliarios europeos con que los monarcas muestran su gratitud a ciertas personas. Su forma femenina es duquesa. El señorío de un duque se llama ducado. Se suele conceder a hijos de la realeza que no son herederos. Este título, en España, lleva aparejada la dignidad de Grande de España.

El Ducado de Borgoña fue uno de los Estados más importantes de la Europa medieval, independiente entre 880 y 1482. El feudo del Duque de Borgoña correspondía aproximadamente con la región actual francesa de Borgoña. Gracias a su riqueza y vasto territorio, el ducado fue tanto política como económicamente muy importante. Técnicamente eran vasallos del rey de Francia, pero los duques de Borgoña supieron mantener una política propia.

La dinastía inicial de los Duques de Borgoña se extinguió en 1026, con la muerte sin descendientes del heredero de la casa, el duque Otón Guillermo de Borgoña. Pero el ducado ya había sido anexionado en 1016 por Enrique I, que se convirtió en duque en 1016. Enrique concedió el ducado a su hermano Roberto, que funda la rama de la Dinastía de los Capetos. De esta línea descendiente proviene Alfonso Enríquez, el primer rey de Portugal. El último representante de la casa fue Felipe de Rouvres, que murió de peste en 1361. El ducado pasó a la corona francesa y dos años más tarde Juan II de Francia le concedió el título a su hijo más pequeño, Felipe. Felipe se casó con Margarita III de Flandes y a través de esta unión el ducado de Borgoña se unió al Condado de Flandes, Artois, Nevers, Rethel y los ducados de Brabante y Limburgo.

La última duquesa de la Borgoña independiente fue María de Valois, que se casó con Maximiliano I de Austria. En las capitulaciones matrimoniales se estipuló que su segundo hijo sería quien heredase los territorios maternos, pero María falleció en un accidente de caballo antes de que eso aconteciese. Después de esta tragedia, el ducado de Borgoña fue incorporado a Francia, mientras que los Países Bajos pasaron a la Casa de Austria.

El Ducado de Brabante fue un antiguo ducado situado entre los Países Bajos y Bélgica. El ducado se extendía por las actuales provincias belgas de Brabante Flamenco, Brabante Valón, Amberes y la Región de Bruselas-Capital y la provincia neerlandesa de Brabante Septentrional. En la época romana, Brabante estaba repartido entre las provincias romanas de Gallia Belgica y Germania Inferior y habitada por tribus celtas hasta que pueblos germánicos los reemplazaron y terminaron con el Imperio romano.

Las principales ciudades del ducado fueron Bruselas, Amberes, Lovaina, Breda, Tilburg, Lier, Bolduque y Eindhoven. El nombre de la región proviene del ducado carolingio de pagus Bracbatensis, situado entre los ríos Escalda y Dijle, y que proviene de las palabras Bracha (Nuevo) y Bant (Región).

Se denomina Países Bajos Españoles a los territorios de los actuales países de Países Bajos, Luxemburgo y sobre todo Bélgica pertenecientes o gobernados por un monarca español. Este periodo y el de dominio austriaco se consideran dentro del periodo denominado Países Bajos de los Habsburgo.

Generalmente se suele fechar este período entre 1556, cuando Carlos I de España y V del Sacro Imperio Germánico cedió a su hijo Felipe II, Rey de España, estos territorios junto con los reinos hispánicos, y 1714 cuando España tras el Tratado de Utrecht perdió el domino de sus territorios europeos incluidos los Países Bajos que pasaron a dominio austriaco. Hay que señalar que también se pone como inicio de este período la fecha de la independencia de las Provincias Unidas en 1581.

Corona condal.Este reconocimiento suele llevar parejo un determinado tratamiento asociado al mismo pero actualmente no concede ningún tipo de privilegio, como antaño que recibían tierras o exenciones de impuestos, entre otras gracias.

Su origen está en los cómites (acompañantes del emperador) del Bajo Imperio Romano. Tenían un cargo político-administrativo con funciones militares, sobre todo en la defensa de las fronteras.

El Señorío de Vizcaya fue un territorio con organización política propia existente en la actual provincia de Vizcaya desde el siglo XI hasta 1876, en que fueron abolidas las Juntas Generales de Vizcaya y el régimen foral vizcaíno. En 1379 el rey Juan I de Castilla se convirtió en señor de Vizcaya, por herencia materna, quedando dicho territorio integrado definitivamente en la corona de Castilla y luego en el reino de España. Vizcaya tuvo bandera naval propia, casa de contratación y consulado en Brujas. También tuvo dos aduanas, en Valmaseda y Orduña.

Se discute si antes de 1379 el señorío de Vizcaya era un territorio independiente o si era vasallo del reino de Castilla. Se dice que los reyes de Castilla buscaron la amistad y colaboración de los señores de Vizcaya para sus empresas durante la Reconquista y que, en agradecimiento, estos reyes les otorgaban cargos, honores y estados en sus reinos. Por ello los señores de Vizcaya les rendían homenaje, como vasallos suyos y ricos hombres de su reino por los territorios que recibían en él, pero conservando su condición de soberanos independientes de Vizcaya, pues desde 1110 los señores de Vizcaya tenían total jurisdicción sobre su tierra, incluidos los casos reservados a la justicia real, e iniciando en 1199 una serie de fundaciones de villas que finalizó en 1376, cuando el infante don Juan de Castilla, señor de Vizcaya y futuro Juan I, fundó las villas Munguía, Larrabezúa y Rigoitia.

). Duque de Borgoña, Brabante, Limburgo y Luxemburgo, Conde de Flandes, Habsburgo, Henao, Holanda y Zelanda, Tirol y Artois, y señor de Amberes y Malinas, entre otras ciudades (1482–1506), y rey de Castilla y de León (1506) por su matrimonio con Juana, hija y heredera de los Reyes Católicos.

Fue quien introdujo la casa de los Habsburgo en territorios de la actual España. El apelativo el hermoso, se lo dio el rey Luis XII de Francia. En 1501, Felipe y Juana viajaban hacía Castilla para ser coronados y se detuvieron en Blois. Allí el rey los recibió, al verle exclamó: «He aquí un hermoso príncipe».

Era hijo de Maximiliano I, Sacro Emperador Romano y de María de Borgoña. Su padre pactó su matrimonio con Juana I de Castilla, la hija de los Reyes Católicos, en el marco de la Liga Santa que unió a la monarquía castellano-aragonesa con el Imperio, Inglaterra, Nápoles, la república de Génova y el ducado de Milán contra las pretensiones hegemónicas de Francia en Italia (1495).

En los Países Bajos (Bélgica y Holanda) fue un administrador competente y un soberano popular y amado, que supo conjugar los intereses de sus diversos territorios y demostró especial talento para plantear reformas y para dar tranquilidad y paz después de muchos años de convulsiones políticas.

Muertos los infantes castellano-aragoneses Juan (1497) e Isabel (1498), así como el hijo de ésta última, el infante Miguel de la Paz (1500), su esposa se convierte en heredera de Castilla y Aragón.

Muerta la reina Isabel I (26 de noviembre de 1504), se planteó el problema de la sucesión en Castilla. Su padre, Fernando, proclamó a Juana Reina de Castilla y tomó las riendas de la gobernación del reino acogiéndose a la última voluntad de la reina Isabel.

Pero el marido de Juana, el archiduque Felipe, no estaba dispuesto a renunciar al poder y en la concordia de Salamanca (1505) se acordó el gobierno conjunto de Felipe, Fernando el Católico y la propia Juana. La situación cambió con la llegada del matrimonio a la península pues se manifestaron las malas relaciones entre el yerno (apoyado por la nobleza castellana) y el suegro, de modo que, por la concordia de Villafáfila (1506), Fernando se retiró a Aragón y Felipe fue proclamado rey de Castilla en las Cortes de Valladolid con el nombre de Felipe I.

Entretanto, Juana supuestamente enloqueció, según algunos por los celos que le producían las infidelidades de su marido, hacia el que sentía un amor tan apasionado como poco correspondido. Aunque las Cortes reunidas en Valladolid se negaron a declarar la incapacidad de la reina Juana, Felipe «el Hermoso» ejerció el poder efectivo sin contar con ella. Tradicionalmente se le ha censurado por el favoritismo que demostró a sus coterráneos flamencos, así como por haber repartido dádivas y prebendas entre los nobles castellanos para buscar su apoyo; pero es posible que eso haya respondido a una estrategia dirigida a afianzar el poder real y a poner coto a la injerencia de su suegro en los asuntos castellanos. La figura que alcanzó mayor preeminencia en su breve etapa de gobierno (aunque no hasta el punto de poder considerársele un valido) fue un oscuro noble, el señor de Belmonte, de nombre Juan Manuel.

Su muerte, acaecida en la burgalesa Casa del Cordón, fue tan súbita que corrió el rumor de que su suegro lo había envenenado. Según parece se encontraba Felipe en Burgos jugando a pelota cuando, tras el juego, sudando todavía, bebió abundante agua fría, por lo cual cayó enfermo con alta fiebre y murió unos días después. Sin embargo, los investigadores más recientes y autorizados atribuyen su muerte a la peste. Como quiera que fuese,

A su muerte, el cardenal Cisneros asumió su primera regencia del Reino de Castilla, esperando la llegada del rey Fernando. Su primogénito, Carlos, se encontraría con una herencia grandiosa: los reinos de sus cuatro abuelos, que lo convertirían en uno de los más importantes monarcas que han existido.

Carlos (Gante, 24 de febrero de 1500 – Cuacos de Yuste, 21 de septiembre de 1558). Rey de España (1516–1556) y de Nápoles (1516–1554), bajo el nombre de Carlos I; y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1519–1558), bajo el nombre de Carlos V.

Fernando (Alcalá de Henares, 10 de marzo de 1503 – Viena, 27 de julio de 1564). Archiduque de Austria, Rey de Bohemia (1526–1564), de Hungría (1526–1538, 1540–1564) y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1558–1564)

En diciembre de 1506 una mujer embarazada de ocho meses anda de noche, a pie, por los campos de Castilla. Va detrás de un cortejo silencioso que a la luz de las antorchas porta un ataúd. En él van los restos de su joven marido, muerto tres meses antes. La mujer lleva al cuello, colgada de una cinta negra, la llave del féretro. El cortejo no para en las ciudades, ni en los pueblos, ni en las posadas, ni en los conventos de monjas, ni en ningún lugar donde pueda encontrarse una joven. A la viuda la acompañan hombres armados y con antorchas, algún fraile y mujeres mayores. Ella lleva el rostro cubierto por un velo, pero todos saben que esa mujer que se esocnde tras un velo negro es la más rica y poderosa del mundo. Es doña Juana I de Castilla que, huyendo de la peste declarada en Burgos, lleva a su marido don Felipe I a enterrar a Granada, junto a la reina Isabel la Católica.

La imagen, rigurosamente histórica, ha cautivado la imaginación de las generacionnes durante siglos. Es como si la desdichada heredera de los Reyes Católicos llevara a cuestas todo el dolor y la muerte que acompañan la gigantesca construcción política de sus padres. Como si en el ataúd fueran las víctimas de tanto poder ganado a sangre y fuego: quizás el cadáver de Jimeno Gordo, al que Fernando, por orden de su padre Juan II, mandó ahorcar ante él en una sacristía y negándole el derecho de Manifestación que había jurado respetar como Príncipe de Aragón; quizá va también el cadáver del primer judío quemado en Sevilla por la Inquisición durante el reinado de su madre Isabel; o el del último moro de Granada muerto al pie de las muralllas; o el de un supuesto ladrón al que no se halló botín, pero que la Santa Hermandad ahorcó en un camino para aterrorizar a los malhechores. En ese ataúd va también su razón, incapaz de entender las cosas sin sufrirlas. Va todo el peso del mundo, cerrado con una pequeña llave.

, Vizcaya y Alava; los ducados de Atenas y Neopatria; heredará las plazas del Norte de Africa y las inmensas Indias hasta entonces descubiertas. Pero como si toda la gloria política y militar que alumbraba el nacimiento de la Casa de España debiera tener su contrapartida maldita, los herederos de Isabel y Fernando han ido muriendo uno a uno, hasta llegar a esta mujer que se niega a ayudar al nacimiento de su propia hija porque su padre ya no podrá verla. Ya no le importan los vivos. Y tampoco sus hermanos muertos.

El primero en morir fue el príncipe Juan, con 19 años, recién casado con Margarita de Austria y a la que dejó embarazada, pero abortó. La mayor de las hijas de los reyes, Isabel, reina de Portugal tras su matrimonio con Manuel I, heredaba automáticamente la Corona de Castilla, pero no la de Aragón, donde regía la Ley Sálica. Fernando estaba a punto de cambiarla cuando María tuvo un hijo, Miguel, que se convertía en heredero de las tres coronas: Castilla, Aragón y Portugal. Pero Isabel murió un año después, en el segundo parto y poco después murió también el príncipe Miguel en Granada, donde lo habían llevado sus abuelos Isabel y Fernando parra cuidarlo.

Después de Juan, Miguel e Isabel, la primera en la línea de sucesión de la Corona de Castilla -y de Aragón, si su padre Fernando así lo decidía- era Juana, casada con Felipe de Habsburgo, llamado El Hermoso, primogénito del emperador de Alemania. Sin embargo, a Isabel, que nunca se recuperaría de la muerte del príncipe Juan, al que desde niño llamaba «mi ángel», y a su esposo, el aún vigoroso y astuto Fernando, le producía horror que su inmenso legado terminara en las manos de Juana, porque su estado mental la incapacitaba para el ejercicio de la función regia. Y así como el príncipe Juan habría sido tutelado por los reyes, lo mismo que el principito Miguel e, incluso, Manuel de Portugal, al que muerta Isabel dieron en feliz matrimonio a su hija María, el marido de Juana no iba a dejar reinar a su mujer ni a sus suegros.

La madre portuguesa de Isabel se volvió loca y su hermano Enrique solía meterse en los bosques a hablar solo para tranquilizar su espíritu. Paradójicamente, Juana nació clavada a su abuela paterna, Juana I de Aragón, de la familia de los Enríquez, Almirantes de Castilla. Cuenta González-Doria que, bromeando con el parecido, Fernando le llamaba «madre» e Isabel «suegra». Sin ser una gran belleza, resultaba atractiva por sus ojos verdes y rasgados, su rostro fino y su talle gentil. Pero dentro de una inteligencia notable acechaba la locura.

De niña fue muy estudiosa -hablaba latín, afición tardía de su madre- y entregada a la devoción. Era muy extremosa en sus penitencias y hasta quiso meterse a monja. Sus padres la casaron a los 16 años con Fellipe, hijo mayor de Maximiliano I de Alemania y de María de Borgoña, que acababa de morir convirtiéndolo en soberano de Flandes. No tenían los Habsburgo ni una pequeña parte de las posesiones españolas pero eran muy ricos y vivían con un lujo que a los Reyes Católicos, austeros tirando a tacaños, les parecía exagerado y hasta repulsivo.

Fue casarse y empezar el escándalo. Apenas se conocieron, el 21 de agosto de 1496 en Lille, quisieron meterse en la cama, así que hubo que buscar a un cura y adelantar la boda. Felipe era muy mujeriego y al principio la pasión de su joven esposa le divirtió; luego le cansó y finalmente le horrorizó, porque incluía unos celos morbosos que sólo calmaba el tálamo. Juana abandonó sus prácticas religiosas.

Por vigilar al marido, ya fuera de cuentas, tuvo a su primogénito Carlos en un retrete. Antes de nacer su segundo hijo, Fernando, llegaron a España como príncipes de Asturias y se manifestó el desdén de Felipe por sus suegros. Tras el parto, quisieron sus padres cuidarla algún tiempo en el Castillo de la Mota, por apartarla de quien tan loca la volvía, pero escapó descalza tras su marido en plena noche, insultó a su madre e hizo tales disparates que tuvieron que dejarla ir. Murió Isabel en 1504, dejándola como heredera. Volvieron a España y Felipe se apresuró en mostrarla como loca a los nobles castellanos para incapacitarla. La forzó a recibirlos casi a oscuras, con una caperuza negra ocultándole el rostro, pero tuvo uno de sus raptos de lucidez y los reconoció a todos, hablando muy cuerdamente. De ahí viene la leyenda de que su locura era un ardid para quitarle el trono. Caló en el pueblo pero no en quienes la conocían.

Pronto se dividió el reino entre los partidarios de Felipe y Fernando, como rey o regente. Juana encadenaba embarazos y depresiones. Felipe se apoyó en Francia para aislar a Fernando pero éste rompió el cerco casándose con Germana de Foix, sobrina carnal del rey francés. Durante un tiempo, Fernando le dio a su yerno cuerda donde ahorcarse y cuando ya los nobles suspiraban por su autoridad, Felipe murió tras beberse un cántaro de agua helada en un frontón. Fernando volvió como regente y los nobles acudieron a rendirle pleitesía. También Juana, con su féretro, acudió a besarle la mano.

No había forma de apartarla del muerto. La dejaron por imposible pero entró en una de sus crisis de suciedad y tuvieron que recluirla en el castillo de Tordesillas, con el ataúd de Felipe a la vista en una iglesia cercana. Así fueron pasando los años, murió su padre en Madrigalejo, en 1516. Vino su hijo Carlos y también le prestó acatamiento, pero nadie pensó en rescatarla de su oscura vida hasta la rebelión de los comuneros, que trataron de reponerla en el trono como reina legítima. Pero entre sus viejas manías estaba la de no firmar ningún papel y no consiguieron su autorización para nada serio. Probablemente, eso evitó una larga guerra civil.

Carlos se dio cuenta entonces del peligro y ya no hizo nada por sacarla de la reclusión. Rara vez la visitaban sus hijos y alternaba periodos de lucidez sombría y de arrebato, en los que tenían que asearla a viva fuerza. Dormía vestida, con la llave del ataúd al cuello, por si alguien quería sorprenderla. Pasaron hasta 46 años de encierro, pero en la Semana Santa de 1555 recobró la lucidez, como hizo su abuela también antes de morir.

Mandó que la enterraran con Felipe en Granada y dejó este mundo reconciliada con todo y con todos. En la memoria popular quedó el nombre de Juana la Loca y los románticos pintaron su desvarío junto al ataúd. Después de la Guerra Civil se rescató en el cine su Locura de Amor, con un éxito bárbaro. pero casi nadie recuerda ya que fue la primera reina de España. Una historia muy triste.Es de todos los españoles

Vélez Rubio, Mula, Mazarrón, Cuevas de Almanzora, Alhama de Murcia y en otras muchas construcciones de la época, especialmente en la comarca de los Vélez provincia de Almería al sur de España, y en la provincia de Murcia.

El 12 de septiembre de 1507, doña Juana I de Castilla, hija de los Reyes Católicos, concedió a don Pedro Chacón y Fajardo el título de Primer Marqués de los Vélez, por los servicios y fidelidad que su familia había prestado y mantenido hacia la corona de Castilla. Por imposición de los mayorazgos heredados de su madre, y por la misma expresa exigencia para todos los primogénitos que se sucedieran en este marquesado, era obligado anteponer el apellido Fajardo al de Chacón. Tal concesión del marquesado, tiene como antecedentes otras dispensas reales, otorgadas por la dinastía de los Trastamara. Según los textos de Juan Fernández Franco, incluidos en la Gran Enciclopedia de la Región de Murcia, Alonso Yáñez Fajardo es el primer miembro de este linaje que obtuvo la concesión de tierras de señorío. En 1387 se le otorgó por Real Cédula la villa de Alhama, aunque ya en 1381 había comprado la villa de Librilla al marqués de Villena. Alonso Yáñez Fajardo II sumó a estas posesiones Molina Seca, y, en 1439, Juan II le concedió la villa de Mula. El segundo de los Fajardo, fue un destacado militar, y, como adelantado del Reino de Murcia, conquistó para la corona de Castilla numerosos pueblos de Almería, que pertenecían al Reino de Granada, entre ellos Vélez Blanco, Vélez Rubio, Albox y otros. Las propiedades fueron incrementadas en 1466 con el señorío de la ciudad de Cartagena. En 1486, los Reyes Católicos otorgaron a Pedro Fajardo y a su hija Luisa, casada con Juan Chacón, la villa de Oria, en Almería. Por su parte, Juan Chacón compró al duque de Nájera, Albox, Benitabla, Albánchez y Alboreas. En 1501 se adquirió al duque del Infantado Cantoria y Cartaloba. Es el momento de mayor extensión del señorío de los Fajardo, pero, en 1503, por la importancia que adquiere Cartagena en la franja mediterránea, se revocó la posesión de la ciudad, y para compensarlo, se le concedió Vélez Blanco y Vélez Rubio. Todos los citados territorios (menos la revocada Cartagena) conforman, por reconocimiento real, el marquesado de los Vélez. Además, en 1535, el Rey Carlos I otorga al segundo titular del marquesado de los Vélez, el nuevo marquesado de Molina en el que se convierte el Señorio de Molina Seca, también de propiedad de los Vélez, y donde hoy se le conoce como Molina de Segura en la provincia de Murcia.

La titulación y la amplitud de terrenos en la provincia el Almería se imponen en la decisión de los marqueses de desplazar su residencia desde Murcia hacia tierra andaluzas. Y es en Vélez Blanco, donde levantan el que está considerado como uno de los palacios más sobresalientes del Renacimiento europeo. (Contaba con un patio interior de mármol, que en 1904 fue adquirido por el anticuario Goldberg, quien lo vendió a George Blumentan y lo instaló en su domicilio particular, en Nueva York. Actualmente se encuentra en el Metropolitan Museum de dicha ciudad).

El eclipse de la noble familia en el territorio murciano se inicia en torno a 1520, cuando Pedro Fajardo decide someter por medios pacíficos, y sin contar con las oligarquías entonces imperantes, las ciudades que se habían levantado contra la corona de Castilla. Aún así, el segundo marqués, Luis Fajardo, continuó ejerciendo la dirección del orden público y de los asuntos militares y la administración de los territorios pertenecientes a su señorío. Puso un gran interés en las villas de Alhama y Mula, y es en ésta donde comienzan los litigios con los vecinos, que se oponen a su dominio; pero logró que la justicia lo reconociera como dueño de sus señoríos, aunque le puso freno en cuestiones de derechos políticos, económicos y personales sobre la villa y sus habitantes.

El tercer marqués de los Vélez ya prefirió la política cortesana, y, a lo largo del XVII, los marqueses se despreocuparon prácticamente de sus posesiones, cuando falleció sin hijos Joaquín Fajardo y Toledo. En el orden sucesorio, ha sido hasta fallecer hace pocas fechas, doña Isabel Álvarez de Toledo y Maura, de setenta años, XXI duquesa de Medina Sidonia, la que ha ocupado, asimismo, el título de XVIII marquesa de los Vélez, en el puesto número XVIII. Conocida también como la ‘Duquesa Roja’, se enfrentó al régimen franquista, con motivo de una manifestación de los vecinos de Palomares, donde cayó, el 16 de enero de 1966, una bomba atómica sin llegar a estallar, de un avión norteamericano. Fue detenida y condenada a un año de prisión. Tras salir de la cárcel, se exilió durante seis años. Fallece el 7 de marzo de 2008 en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). Le ha sucedido su hijo Leoncio González de Gregorio y Álvarez de Toledo.

El Marquesado de Molina es el título nobiliario castellano que el Emperador Carlos V otorgó como dignidad para los herederos al Marquesado de los Vélez. Esta concesión se produjo en la persona de Luis Fajardo y de la Cueva, II Marqués de los Vélez.

Esta merced no aportó nuevos feudos al mayorazgo familiar, pues sólo supuso una elevación de rango del Señorío de Molina Seca, propiedad de los Fajardo desde 1387. Fueron miembros de este clan murciano los que ostentaron el título hasta 1713, para que en 1779, tras diversas alianzas matrimoniales, entrara en la Casa de Medina-Sidonia.

La importancio histórica de este Marquesado no es muy amplia, ya que se trataba de uno de los muchos títulos incluidos en el mayorazgo de la Casa de Fajardo, cuya jefatura ostetentaban los Marqueses de los Vélez. No obstante, en tanto que fuesen herederos de su Casa, todas sus acciones tanto políticas como militares quedarían asociadas al Marquesado de Molina.

Esta situación se produjo hasta 1693, cuando la sucesión del Estado de los Vélez recayó en María Teresa Fajardo, Duquesa consorte de Montalto, que incluyó el Marquesado en una Casa poseedora de vastos estados y un inmenso conglomerado de títulos nobiliarios. En 1713, se produjo la misma eventualidad al heredar Don Fadrique Álvarez de Toledo las Casas de Montalto y los Vélez, para unirlas a sus títulos de Marqués de Villafranca, Duque de Fernandina, Marqués de Villanueva de Valdueza y Príncipe de Montalbán.

En 1779, la Casa de Medina-Sidonia recayó en el XI Marqués de Villafranca, que al ser uno de los 25 linajes que poseían la Grandeza Inmemorial, detentaba un rango superior a los demás Estados en posesión del Marqués. Esto supuso que el Condado de Niebla, junto al Ducado de Fernandina que usaban los herederos a la Casa de Villafranca, fuese la titulación propia del primogénito.

) fue Rey de España con el nombre de Carlos I (1516 -1556), el primero que unió en su persona las coronas de Castilla, Aragón y Navarra, y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V (1520-1558), llamado César, el César Carlos o Su Majestad Cesárea.

Hijo de Juana I de Castilla y Felipe el Hermoso, y nieto por vía paterna de Maximiliano I de Austria (Habsburgo) y María de Borgoña (de quienes heredó los Países Bajos, los territorios austríacos y derecho al trono imperial) y por vía materna de los Reyes Católicos, de quienes heredó Castilla, Navarra, las Islas Canarias, las Indias, Nápoles, Sicilia y Aragón.

Durante la celebración de un baile en el palacio Casa del Príncipe (Prinsenhof) de Gante, Flandes, la embarazada archiduquesa Juana comenzó a sentir fuertes dolores en el vientre. Creyendo que se debían a una mala digestión, acudió al baño y allí, sin ayuda de nadie, dio a luz a su segundo hijo a las 3:30 de la madrugada del martes 24 de febrero de 1500. Ella quería ponerle el nombre de Juan en recuerdo de su fallecido hermano, pero finalmente fue bautizado como Carlos por deseo de su padre y en recuerdo de su bisabuelo, Carlos el Temerario, quien murió en la Batalla de Nancy en 1477. El bautizo, celebrado el 7 de marzo, fue oficiado por el obispo de Tournai, Pierre Quick, en la iglesia de San Bavón. A él acudieron como madrinas Margarita de Austria, esposa del fallecido príncipe Juan, y Margarita de York, esposa de Carlos el Temerario, y como padrinos Carlos de Croy, príncipe de Chimay, y el señor de Vergás.

. El 16 de noviembre de 1501 Felipe y Juana partieron hacia España para ser jurados en las Cortes como sucesores de los Reyes Católicos y dejaron a Carlos al cuidado de Margarita de York. Durante su paso por Francia, Felipe se reunió con el rey Luis XII y acordó el matrimonio entre su hija Claudia y Carlos, trato que se renovó con la firma del Tratado de Blois años después. Tras el regreso de Felipe a Flandes y debido a la avanzada edad de Margarita de York, dejó a Carlos al cuidado de

; además nombró gentilhombre de la cámara de Carlos a su padrino, Carlos de Croy, y encomendó su educación a maestros borgoñones que le enseñaron la historia del ducado. Fernando el Católico, consciente de que Carlos podría ocupar algún día su trono, envió a Luis de Vaca a Flandes para que le enseñara castellano y las costumbres españolas, aunque cuando el príncipe llegó a España años después aún no dominaba esta lengua.

A principios de 1506 Felipe y Juana parten de nuevo hacia España para reclamar la corona de Castilla tras la muerte de Isabel la Católica, pero su reinado duró poco, ya que él murió de forma prematura en septiembre y ella, presa de la locura, fue encerrada por Fernando en un convento de Tordesillas. Debido a la minoría de edad de Carlos, su abuelo Maximiliano I asumió la regencia de los Países Bajos, aunque poco después le cedió el puesto a su hija Margarita de Austria, junto con la tutela de Carlos y sus hermanos. Toda la educación del joven príncipe se desarrolló en Flandes y fue colmada de cultura flamenca. En 1509 el emperador dispuso que Guillermo de Croy, señor de Chiévres, sustituyese a su primo Carlos de Croy como gentilhombre de cámara del príncipe y

El 5 de enero de 1515, después de que Guillermo de Croy consiguiera que el emperador declarara la mayoría de edad de Carlos, los Estados Generales nombraron a éste Señor de los Países Bajos. De esta forma finalizó la regencia de su tía Margarita, pero el joven soberano aún no tenía voluntad propia para gobernar y el señor de Chièvres, al ser de su total confianza, manejaba todo el poder. Ese mismo año, Adriano de Utrech viajó a España para asegurarse de que Fernando el Católico no quitara a Carlos la herencia de Castilla y Aragón en favor de su hermano Fernando, quien se había criado junto a él y era su nieto favorito. Si bien se comprometió a nombrar a Carlos como sucesor, los consejeros del rey tuvieron que convencerle poco antes de su muerte para que no designara a Fernando.

El 22 de enero de 1516, su abuelo Fernando II de Aragón redactaba su último testamento. En él, nombraba a Carlos Gobernador y Administrador de los Reinos de Castilla y León, en nombre de la reina Juana I, incapacitada por su enfermedad. En lo concerniente a la Corona de Aragón, el rey Fernando dejaba todos sus estados a su hija Juana, nombrando, también en este caso, Gobernador General a Carlos en nombre de su madre. Hasta que Carlos llegara, en Castilla gobernaría el

El 23 de enero moría el rey Fernando en Madrigalejo (actual provincia de Cáceres). A partir de entonces, Carlos comenzó a pensar en tomar el título de Rey, aconsejado por sus consejeros flamencos. Esta decisión no era bien vista en la Península. El Consejo de Castilla le envió una carta el 4 de marzo en la que le pedía que respetase los títulos de su madre, ya que «aquello sería quitar el hijo al padre en vida el honor». Pero, diez días después las honras fúnebres por el rey Fernando terminaron con gritos de:

El 21 de marzo Carlos envió una carta a Castilla en el que informaba de su decisión de titularse Rey. Tras largas deliberaciones del Consejo, el 3 de abril el cardenal Cisneros informó al Reino de la decisión de Carlos. El 13 del mismo mes se informó de la nueva intitulación real:

Doña Juana y don Carlos su hijo, reina y rey de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas de Canaria, de las Islas, Indias y Tierra Firme del mar Océano, condes de Barcelona, señores de Vizcaya y de Molina, duques de Atenas y Neopatria, condes de Ruisellón y de Cerdaña, marqueses de Oristán y de Gociano, archiduques de Austria, duques de Borgoña y de Bravante, condes de Flandes, de Tirol, etc.

Mientras tanto, en la Corona de Aragón la situación era caótica. El Justicia de Aragón impidió gobernar al arzobispo Alonso de Aragón alegando que, según las leyes aragonesas, el cargo de gobernador sólo podía ser ejercido por el heredero al Trono. La Audiencia Real de Aragón dio la razón al Justicia, pero sentenció que el arzobispo podía gobernar en calidad de curador de la reina Juana. Pero el Justicia tampoco lo permitió entonces, alegando que Juana ya no era la heredera, ya que cuando se la juró como tal, se incluyó que si el rey tenía un hijo varón, éste pasaría a convertirse en el heredero. Y, por tanto, como en 1509 Fernando había tenido un hijo con Germana de Foix, el juramento de Juana quedaba anulado (a pesar de que el niño había muerto a las pocas horas). El 13 de mayo Carlos reconoció los poderes del arzobispo, como curador de la reina Juana, pero, aun así, se rechazó prestarle juramento. Por otro lado, la Diputación del Reino de Aragón reconoció a Juana como heredera de la Corona, pero como por su enfermedad no podía reinar, debía ser apartada del gobierno para que reinara su hijo. A todo ello se añadía el que ninguna institución de la Corona de Aragón le reconocía a Carlos el título de Rey hasta que no jurara los fueros y libertades de los Reinos.

. Además, los Estados Generales acordaron concederle 800.000 coronas para los gastos del viaje. Tras los preparativos para la travesía, el 8 de septiembre de 1517 Carlos embarcó hacia España. Aunque estaba previsto que desembarcara en Santander, la armada llegó a Tazones, en Asturias, por el mal tiempo, lo que retrasó aún más el viaje.

El 9 de febrero de 1518 las Cortes de Castilla, reunidas en Valladolid, juraron como Rey a Carlos. También le concedieron 600.000 ducados. Además, las Cortes hicieron una serie de peticiones al rey, entre ellas:

En Aragón la situación seguía siendo complicada. Carlos llegó a Zaragoza el 9 de mayo. Las sesiones de las Cortes de Aragón comenzaron el 20 de mayo y tras largas discusiones, el 29 de julio Carlos era jurado como Rey de Aragón. Juana era reconocida como Reina, pero por su incapacidad para gobernar, sus títulos quedaban sólo como nominales. Además le fueron entregadas 200.000 libras.

El 15 de febrero de 1519 Carlos entraba en Barcelona, convocando a las Cortes catalanas el día siguiente. Tras un discurso muy parecido al que dio en Aragón, y las correspondientes deliberaciones, Carlos fue jurado junto a Juana el 16 de abril. La cuestión del dinero que debían aportar las Cortes se alargó hasta principios de enero de 1520, cuando finalmente le otorgaron 300.000 libras.

Mientras, el emperador Maximiliano I moría el 12 de enero de 1519. El 28 de junio Carlos era elegido como nuevo Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en Fráncfort, y por ello decidió suspender el viaje hacia Valencia para ir a Alemania, convocando previamente Cortes castellanas en Santiago de Compostela para el 20 de marzo de 1520. De esta manera, Carlos envió a Adriano de Utrecht para que a través de él le juraran como rey y pudiera convocar Cortes en Valencia, pese a la ilegalidad, lo que provocó malestar entre los estamentos privilegiados; sin embargo debido a la querellas entre el brazo nobiliario (militar) y eclesiástico contra las Germanías, las Cortes no llegaron a celebrarse, y ante los disturbios, el rey envió un documento el 30 de abril de 1520 ofreciéndose guardar sus fueros y privilegios. Finalmente, el rey cumplió la legalidad foral y antes de ir a las

La llegada de Carlos a Castilla supuso la llegada de un joven inexperto que desconocía las costumbres e idioma de su reino, dado lo cual depositó su confianza en sus colaboradores borgoñones que le habían acompañado desde los Países Bajos, a los que le procuró altas dignidades y acceso a rentas y riquezas. Esto molestó a los castellanos y así se lo hicieron saber en las Cortes de Valladolid de 1518, lo cual fue ignorado por el rey. Inmediatamente pasó el rey a Aragón, y a la larga, esto molestó a los castellanos ya que en Castilla había permanecido bastante menos tiempo, así que cuando conoció en Barcelona que había sido electo Rey de Romanos convocó Cortes en Santiago de Compostela para conseguir subsidios para sufragar sus gastos en el extranjero, las ciudades se opusieron puesto que no entendían la preferencia de los intereses en Alemania frente a los castellanos y requerían su presencia en el reino. Finalmente el servicio se aceptó y Carlos embarcó para Alemania, nombrando como regente al cardenal Adriano de Utrecht. El malestar se fue extendiendo por Castilla, y el incendio de Medina del Campo extendió el foco de la rebelión comunera por Castilla. Las revueltas antiseñoriales provocaron que la nobleza apoyara al emperador, y el movimiento fue perdiendo aceptación en las ciudades. Finalmente los comuneros, al mando de Juan de Padilla, fueron vencidos en la batalla de Villalar (Valladolid), y la vuelta del rey realizó cambios organizativos en el reino que se manifiestan sobre todo tras las Cortes de Valladolid de 1523.

En los territorios de Levante se produjo el movimiento de las Germanías. Los artesanos de Valencia poseían el privilegio del reinado de Fernando el Católico para formar unas milicias en caso de necesidad de lucha contra las flotas berberiscas. En 1519 Carlos V permitió la formación de esas milicias y se pusieron al mando de Joan Llorenç.

En 1520 cuando se produjo una epidemia de peste en Valencia y los nobles abandonaron la zona, la milicias se hicieron con el poder y desobedecieron la orden de Adriano de Utrecht de su inmediata disolución. En pocos días el movimiento llegó a las islas Baleares en donde duró hasta 1523.

Con el regreso del rey a Castilla en septiembre de 1522, se emprendieron una serie de reformas para integrar a las élites sociales en el gobierno y administración de la Monarquía, que serían completadas por su hijo el rey Felipe II constituyendo el sistema polisinodial de Consejos. La estructura del régimen polisinodial de los Consejos puede hallarse en el Curia Regis que en 1385 se constituyó en el Consejo Real, o Consejo de Castilla, con los cometidos de asesoramiento al rey, tramitación de asuntos administrativos ordinarios y ejercicio de justicia. Debido al incremento y diversidad de asuntos a tratar, en tiempos de los Reyes Católicos se había dividido el Consejo en secciones que se convertirían en Consejos independientes,en 1494 se instituyó el Consejo de Aragón, en 1483 el Consejo de la Inquisición, en 1498 el Consejo de Órdenes, y en 1509 el Consejo de Cruzada, pero sería Carlos I quien dio el impulso al sistema de Consejos.

Una vez sometido el levantamiento armado de los comuneros y asegurada la supremacía del poder real, el Gran Canciller Gattinara propuso a Carlos I un Consejo Secreto de Estado que tendría la supremacía sobre los demás Consejos y sería el eje regulador y supervisor de la política global, en el que él mismo sería el presidente; para tal objetivo emprendió en 1522 la racionalización de la administración española con la reforma de los Consejos existentes y la creación del Consejo de Hacienda en 1523, pero el rey no quiso depender de un solo ministro y tal proyecto de centralizar en un solo Consejo fue desestimado, por lo que la influencia del Gran Canciller, que a fin de cuentas era un cargo de origen borgoñón,se fue eclipsando frente a Francisco de los Cobos, y en consecuencia se mostró crítico por la planificación administrativa colegiada y fraccionada que fue llevada a cabo en esos años de 1523-1529. En 1524 se constituyó el Consejo de Indias y en 1526, el Consejo de Estado, no como lo había ideado Gattinara sino como un consejo privado del monarca, de ahí que no tuviera presidente ni residencia fija en época de Carlos. Los demás consejos se establecieron en Valladolid, que se convirtió en la capital administrativa hasta 1561.

Los Consejos estaban compuestos por personas escogidas personalmente por el Rey (cumpliéndose una serie de reglas no escritas a la hora de escogerlos) que, bajo la presidencia del mismo Rey o de algún representante suyo (la mayoría de las veces) discutían sobre algún tema. El Rey siempre tenía la última palabra, pero no es imposible comprender el poder que acumulaban: primero, porque el Consejo era el lugar donde el Rey pulsaba las posiciones de diversas facciones nobiliarias, eclesiásticas o cortesanas. Segundo, porque en épocas en las que el monarca no estaba capacitado (enfermedad, guerra, etc.), ellos eran los verdaderos gobernantes en su área de acción. Tercero, porque, en aquella época, el poder legislativo, ejecutivo o judicial no estaban estrictamente separados, por lo que los Consejos se convirtieron en una especie de Tribunales de Apelación; cuarto, porque, ciertos Consejos tenían unidas tareas mundanales y espirituales, por lo que solían tener las llaves del prestigio social (Consejo de Órdenes, por nombrar el caso más claro), de importantes ingresos económicos (Consejo de Cruzadas) o de clave política (Consejo de la Inquisición).

En este orden destaca la importante labor de los secretarios. Al margen de la Cancillería, que desapareció con el fallecimiento de Gattinara en 1530, el rey despachaba con sus secretarios, que de ordinario ocupaban las secretarías en los Consejos, puesto que al fin y al cabo, los secretarios eran los encargados de trasladar al Rey las deliberaciones de los Consejos y de trasladar a los miembros del Consejo las decisiones y resoluciones del Rey, lo que evitó una parálisis en el gobierno , permitiendo que funcionara el sistema.No obstante, su poder iba más allá de esto, pues se convirtieron en los verdaderos gestores de la voluntad Real: de sus transcripciones dependía la exactitud con que el monarca percibía las declaraciones de los miembros de los Consejos, aceleraban o retrasaban la entrega de las deliberaciones al Monarca, controlaban la correspondencia ordinaria y tomaban las decisiones preparando los documentos para la firma y traficaban con la información privilegiada que tenían y con su capacidad de acceso al monarca.

Durante su reinado, Hernán Cortés conquistó Nueva España (México), Francisco Pizarro conquistó el Imperio Incaico formando el Virreinato del Perú y Gonzalo Jiménez de Quesada conquistó el pueblo de los Chibcha, en la actual Colombia. Los capitanes españoles Sebastián de Benalcázar y Francisco de Orellana, partieron del Reino de Quito en busca del mítico El Dorado. Benalcázar fundó en 1534 la ciudad de San Francisco de Quito mientras que Orellana, tras fundar Guayaquil, se internó en la Amazonía y descubrió el río Amazonas. Juan Sebastián Elcano dio la primera vuelta al mundo (1522), terminando el viaje que comenzó Fernando de Magallanes y sentando las primeras bases de la soberanía española en Filipinas y las Marianas.

Pedro de Mendoza, por su parte, concretó la primera fundación de Buenos Aires en la margen derecha del Río de la Plata. Poco tiempo después Juan de Salazar y Gonzalo de Mendoza fundaban Asunción que se convertiría en el centro motor de la conquista de la cuenca rioplatense y Pedro de Valdivia fundaba Santiago. Todo esto contribuiría a sentar el primer imperio global de la Historia bajo el reinado de su sucesor, Felipe II, donde se decía que «no se ponía el sol».

La mayoría de expediciones fueron empresas privadas, realizadas con el permiso de Carlos V, pero declarando siempre la soberanía de la Corona española sobre todos los territorios conquistados, si bien estos se consideraron desde 1492 parte de la Corona de Castilla, al haber impulsado ese reino las primeras expediciones de exploración y conquista de las Indias y la Tierra Firme, término que engloba a las islas del Caribe y a toda Sudamérica.

Aprovechando la Guerra de las Comunidades de Castilla con una parcial desmilitarización del Reino de Navarra se produjo la tercera contraofensiva de los navarros para recuperar el reino en 1521. En esta ocasión, Enrique II de Navarra con apoyo del rey francés Francisco I, y con una sublevación casi unánime de los habitantes de Navarra, que consiguió la recuperación en poco tiempo. Posteriormente los errores estratégicos del general francés André de Foix y la recomposición rápida del ejército español llevó a que tras una cruenta Batalla de Noáin fuera controlado de nuevo por parte de las tropas de Carlos I. Aun así se mantuvieron focos de resistencia en la zona del Baztán-Bidasoa produciéndose históricos enfrentamientos y asedios como en el Castillo de Maya, en la batalla del monte Aldabe o en el Asedio de la fortaleza de Fuenterrabía. Finalmente la vía diplomática, concediendo una amplia amnistía, y la renuncia de la Baja Navarra, que no llegó a controlar militarmente, llevó a conseguir el control de la Alta Navarra por el Emperador.

Entre 1508 y 1523 los Papas debieron conceder prerrogativas a los reyes de España o de la Monarquía Hispánica; pero ya en 1516 se habían concedido privilegios semejantes al rey de Francia (por el Papa León X) y antes aún al rey de Portugal (por la bula Dudum cupientes del Papa Julio II, en 1506). Ahora bien, estas prerrogativas «se extendían solo a obispados y beneficios consistoriales».

Más tarde, los monarcas lograron el ejercicio de todas o la mayoría de facultades atribuidas a la Iglesia en el gobierno de los fieles, convirtiéndose, de hecho y de derecho, en la máxima autoridad eclesiástica en los territorios bajo su dominio (lo que se denominaba Patronato regio strictu sensu).

Las disposiciones emanadas del Papa, de la Nunciatura apostólica y de los Concilios debían obtener el Pase Regio (regium exequator) antes de ser publicados en España y sus dominios. Si eran perjudiciales para el Estado se aplicaba el derecho de retención y se impedía su difusión.

Tras el fallecimiento de su abuelo el emperador Maximiliano I en enero de 1519, reunió en su persona los territorios procedentes de la cuádruple herencia de sus abuelos: habsburguesa (Maximiliano I), borgoñona (María de Borgoña), aragonesa (Fernando el Católico) y castellana (Isabel la Católica), aunque pocos años después renunció en su hermano Fernando los territorios de Austria.

Fue elegido Rey de Romanos en octubre de ese año, en competencia con el rey de Francia Francisco I, lo que supuso un gasto enorme al que hizo frente buscando dinero en Castilla y en banqueros alemanes, como Jacobo Fugger. Fue a Alemania para ser coronado estando ausente de España hasta 1522. El 23 de octubre de 1520 fue coronado rey de Romanos en Aquisgrán y tres días después fue reconocido emperador electo.

El ideal del Emperador fue el ideal humanista de la Universitas Christiana, la supremacía de la autoridad imperial sobre todos los reyes de la Cristiandad, y la defensa de la cristiandad. Esta concepción imperial fue obra de mentes españolas como Pedro Ruiz de la Mota, Hugo de Moncada o Alfonso de Valdés. Frente a estos ideales universalistas mostraron su desacuerdo el rey francés Francisco I y el Papa. De ahí que estuviera constantemente en lucha con ambos durante su imperio.

En 1516, el príncipe Selim de Argel pidió ayuda al corsario Baba Aruj, más conocido como Barbarroja, para deshacerse del sometimiento de Castilla. Aruj acudió en calidad de amigo, pero tras atacar Argel y expulsar a los españoles de la ciudad, mató a Selim y se autonombró rey. El cardenal Cisneros, regente de Castilla hasta la llegada de Carlos al reino, envió a una tropa de 8.000 hombres al mando de Diego de Vera para reconquistar la ciudad, pero su falta de instrucción militar provocó que fueran derrotados.

En 1517 Aruj se apoderó de Tremecén, ciudad tributaria del gobernador español de Orán, el marqués de Comares Diego Fernández de Córdoba. Al año siguiente, éste derrotó y mató al corsario y su hermano Jeireddín se proclamó rey de Argel. Tras enterarse de la noticia, Carlos decidió reconquistar inmediatamente la ciudad, enviando a Hugo de Moncada al mando de una expedición formada por 7.500 soldados. El consejo de guerra celebrado el 17 de agosto decidió esperar la ayuda ofrecida por el rey de Tremecén, pero una fuerte tempestad asoló la flota española siete días después y Hugo de Moncada se vio obligado a retirarse.

De esta manera, con la ayuda de los príncipes alemanes protestantes y de buena parte de la nobleza castellana, Carlos acudió en 1532 en ayuda de su hermano Fernando de Habsburgo para defender Viena del ataque de Solimán, pero Francisco I de Francia, quien temía que el emperador derrotara a los turcos y así se centrara en la guerra contra él, aconsejó al sultán que no atacara al ejército imperial y éste acabó retirando sin ofrecer apenas batalla.

Ese mismo año Jeireddín Barbarroja logró expulsar a los españoles del Peñón de Argel y en 1533 se alió con Solimán, quien le nombró almirante de flota. Al año siguiente el corsario tomó Túnez y, ante esta situación, Carlos organizó dos operaciones de diferente fortuna. La primera fue la conocida como la Jornada de Túnez, en 1535, por la que se le arrebató Túnez a Barbarroja y la segunda, la Jornada de Argel, en 1541, que fracasó debido al mal tiempo.

En la primera guerra (1521–1526), Francia, se apoderó del Milanesado y ayudó a Enrique II a recuperar el Reino de Navarra, tras su conquista en 1512. Sin embargo el monarca francés fue derrotado y hecho prisionero, junto al monarca navarro, en la batalla de Pavía (1525). Francisco fue llevado a Madrid en donde firmó el Tratado de Madrid (1526), por el cual no volvería a ocupar ni el Milanesado ni apoyaría al rey de Navarra (pacto que renunció meses después por firmarlo bajo coacción) y entregaría Borgoña a Carlos, además de renunciar a Flandes e Italia.

En la segunda guerra (1526–1529) las tropas imperiales asaltaron y saquearon Roma (Saco de Roma), obligando al papa Clemente VII, aliado de Francisco I —tras la Liga de Cognac—, a refugiarse en el castillo de Sant´Angelo. Mediante la Paz de Cambrai, España renunció a Borgoña a cambio de que Francisco I renunciara a Italia, Flandes y el Artois, además de entregar la ciudad de Tournay. Coronado por el papa como emperador del Sacro Imperio Romano (1530), Carlos I continuó sus luchas contra Francia.

La tercera (1535–1538) se produjo por la invasión francesa del ducado de Saboya, aliado de España, con la intención de continuar hacia Milán. Acabó con la firma de la tregua de Niza debido al agotamiento de ambos contendientes.

La cuarta (1542–1544) concluyó debido a la reanudación del conflicto con los protestantes en Alemania. Agotados, los dos monarcas firmaron la Paz de Crépy, mediante la cual España perdió territorios del norte de Francia —como Verdún, etc.— y próximos a Flandes; una vez más Francia renunciaba a Italia y Países Bajos, entrando Milán en la política matrimonial mediante un previsible enlace hispano-francés.

Como Soberano, después de la imposición de la Corona Imperial por mano del pontífice (1530), Carlos se sentía obligado a dedicarse completamente a la solución de los problemas que el luteranismo había creado en Europa y en Alemania en particular, con el fin de salvaguardar la unidad de la fe cristiana contra el embate de los turcos. Antes, en 1523 había cedido las islas de Malta y Gozo, así como Trípoli a la Orden de Malta.

En el mismo año 1530 convocó la Dieta de Augsburgo, en la cual se enfrentaron luteranos y católicos sobre las llamadas Confesiones de Augsburgo. Carlos confirmó el Edicto de Worms de 1521, es decir la excomunión para los luteranos, amenazando la reconstitución de la propiedad eclesiástica. Como respuesta, los luteranos, representados por las llamadas «órdenes reformadas», actuaron dando vida a la Liga de Esmalcalda (1531). Tal coalición, dotada de un ejército y de una caja común, fue llamada también la «liga de los protestantes».

Es claro que los seguidores de la doctrina de Lutero asumieron la denominación «protestantes» en cuanto ellos, reunidos en «órdenes reformadas», en el curso de la segunda Dieta de Espira de 1529, protestaron contra la decisión del Emperador de restablecer el Edicto de Worms: edicto que había sido suspendido en la precedente Dieta de Espira (1526).

Reconociendo que era necesaria una reforma y para intentar resolver el problema, el pontífice Pablo III convocó un Concilio ecuménico en la ciudad de Trento, cuyos trabajos comenzaron oficialmente el 5 de diciembre de 1545. Concilio del que ni el Rey ni el emperador vieron la conclusión, así como tampoco el papa que lo había convocado.

Tras la negativa de los protestantes a reconocer el Concilio de Trento, el emperador comenzó la guerra en el mes de junio de 1546, con un ejército armado por el pontífice, al mando de Octavio Farnesio, otro austríaco mandado por Fernando de Austria y otro de los soldados de los Países Bajos al mando del Conde de Buren. También apoyaba al Emperador, Mauricio de Sajonia que había sido hábilmente apartado de la Liga de Esmalcalda. Carlos V consiguió una contundente victoria en la batalla de Mühlberg en el 1547, poco después los príncipes alemanes se retiraron y se subordinaron al Emperador.

por medio del cual se reconocía el inalienable derecho de los alemanes de adherirse a la confesión católica o al luteranismo. Dando fin, aunque sea de manera temporal, al largo conflicto surgido por la Reforma.

Después de tantas guerras y conflictos, Carlos V entró en una fase de reflexión: sobre sí mismo, sobre la vida y sus vivencias y, además, sobre el estado de Europa. La vida terrenal de Carlos estaba llegando a su conclusión.

Los grandes protagonistas que junto con él habían trazado la escena europea en la primera mitad del siglo XVI habían fallecido: Enrique VIII de Inglaterra y Francisco I de Francia en 1547, Martín Lutero en 1546, Erasmo de Rotterdam diez años antes y el papa Pablo III en 1549.

El balance de su vida y de aquello que había completado no era del todo positivo, sobre todo en relación con los objetivos que se había fijado. Su sueño de un Imperio universal bajo los Habsburgo había fracasado; así como su objetivo de reconquistar Borgoña. Él mismo, aunque autonombrándose el primer y más ferviente defensor de la Iglesia Romana, no había conseguido impedir el asentamiento de la doctrina luterana. Sus posesiones de ultramar se habían acrecentado enormemente pero sin que sus gobernadores hubiesen podido implantar estructuras administrativas estables. Pero tenía consolidado el dominio español sobre Italia, que se aseguraría después de su muerte con la Paz de Cateau-Cambrésis en 1559 y duraría ciento cincuenta años.

Carlos V comenzaba a tener conciencia de que Europa se encaminaba a ser gobernada por nuevos príncipes, los cuales, en nombre del mantenimiento de los propios Estados, no intentaban mínimamente alterar el equilibrio político-religioso al interior de cada uno de ellos. Su concepción del Imperio había pasado y se consolidaba España como potencia hegemónica.

En las abdicaciones de Bruselas (1555–1556), Carlos I deja el gobierno imperial a su hermano, el rey de romanos Fernando (aunque los electores no aceptaron su renuncia formalmente hasta el 24 de febrero de 1558 ) y la de España y las Indias a su hijo Felipe. Regresó a España en una travesía en barco desde Flandes hasta Laredo, con el propósito de curar la enfermedad de la gota en una comarca de la que le habían hablado por su buen clima y alejada de las grandes ciudades, la comarca extremeña de La Vera. Tardó 1 mes y 3 semanas en llegar a Jarandilla de la Vera, lugar donde se hospedó gracias a la hospitalidad de los Condes de Oropesa que cedieron su castillo en dicha villa al Rey Carlos I. Allí esperó desde noviembre de 1556 hasta el día 3 de febrero de 1557, a la espera de que finalizaran las obras de la casa palacio que mandó construir junto al Monasterio de Yuste. En este plácido lugar permaneció un año y medio en retiro, alejado de las ciudades y de la vida política, y acompañado por la orden de los Jerónimos, quienes guiaron espiritualmente al monarca hasta sus últimos días. Finalmente, un 21 de septiembre de 1558 falleció de paludismo tras un mes de agonía y fiebres, causado por la picadura de un mosquito proveniente de las aguas estancadas de uno de los estanques construidos por el experto en relojes e ingeniero hidrográfico Torriani.

En su testamento reconoció a Juan de Austria como hijo suyo nacido de la relación extramatrimonial que tuvo con Bárbara Blomberg en 1545. Lo conoció por primera vez en una de las habitaciones de la casa palacio del Monasterio de Yuste.

Es de estatura mediana, mas no muy grande, ni pequeño, blanco, de color más bien pálido que rubicundo; del cuerpo, bien proporcionado, bellísima pierna, buen brazo, la nariz un poco aguileña, pero poco; los ojos ávidos, el aspecto grave, pero no cruel ni severo; ni en él otra parte del cuerpo se puede inculpar, excepto el mentón y también toda su faz interior, la cual es tan ancha y tan larga, que no parece natural de aquel cuerpo; pero parece postiza, donde ocurre que no puede, cerrando la boca, unir los dientes inferiores con los superiores; pero los separa un espacio del grosor de un diente, donde en el hablar, máxime en el acabar de la cláusula, balbucea alguna palabra, la cual por eso no se entiende muy bien.

El 11 de marzo de 1526 Carlos I se casó en los Reales Alcázares de Sevilla con su prima Isabel de Portugal y Aragón, hermana de Juan III de Portugal (quien en 1525 se había casado con la hermana de Carlos I, Catalina de Austria). Con ella tuvo los siguientes hijos:

María de Austria (21 de junio de 1528 – 26 de febrero de 1603), quien en 1548 se casó con su primo hermano, el que sería más adelante el emperador Maximiliano II, con el que tendría quince hijos.

La Insigne Orden del Toisón de Oro es una orden de caballería fundada en 1429 por el duque de Borgoña y conde de Flandes, Felipe III de Borgoña, para celebrar su matrimonio con la princesa portuguesa Isabel de Avis, hija del rey de Portugal Juan I, en la ciudad de Brujas. Fue creada siguiendo el modelo de la Orden de la Jarretera inglesa, de la que Felipe había sido elegido miembro en 1422, pero dedicada a San Andrés (Felipe había rechazado la elección para no ofender al rey de Francia).

Al igual que su modelo inglés, la orden estaba restringida a un número limitado de caballeros, primero 24 pero incrementado a 30 en 1433 y a 51 en 1516. Los miembros de la orden no podían ser «herejes» y por tanto se convirtió en una distinción exclusivamente católica durante la Reforma. La insignia consiste en un collar de eslabones entrelazados de pedernales o piedras centelleantes inflamadas de fuego con esmalte azul y rayos de rojo rematando con un cordero y el toisón todo de oro esmaltado. Existen dos versiones sobre el significado del vellón, una alude al mito de Jasón y el vellocino de oro, mientras que la otra ve su origen en el relato bíblico de Gedeón y el cordero que ofreció a Dios en sacrificio y acción de gracias por la victoria conseguida contra los madianitas. Los eslabones y piedras de fuego aluden a la divisa que el mismo duque traía siempre en sus armas, que era un eslabón con su pedernal y un epígrafe que decía: «Ante ferit quam flamma micet» («Hiere antes de que se vea la llama»).

La bula de confirmación de la Orden y de aprobación de sus constituciones y ordenanzas la dio el papa Eugenio IV el 7 de septiembre de 1433, siendo las dignidades de la Orden cuatro: el canciller, el tesorero, el rey de armas y el secretario. El gran maestrazgo correspondía al rey de España por bulas de los pontífices Gregorio XIII, de 1574, y de Clemente VIII, de 1600. Al casar la heredera de la corona borgoñona, María con el archiduque Maximiliano I de Austria, la orden quedó vinculada a la Casa de Austria, y posteriormente a los Austrias españoles.

El primer Tratado de Blois, firmado el 22 de septiembre de 1504, contenía cláusulas públicas y secretas concertadas entre Luis XII de Francia y Felipe el Hermoso. En él se acordó el matrimonio entre Carlos de Luxemburgo, hijo de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, futuro Carlos I de España y Claudia de Francia, hija de Luis XII y Ana de Bretaña.

Además del enlace, se pactaba que si el rey francés moría sin descendencia masculina que le sucediera, la pareja recibiría como dote el ducado de Milán, de Génova y sus territorios, los condados de Asti y Blois, el ducado de Borgoña, los vizcondados de Auxonne, Auxerrois, Mâconnais y Bar-sur-Seine.

Asimismo, Luis XII se comprometía a respaldar las demandas que pretendía hacer Felipe el Hermoso sobre el trono de Castilla, con lo que conseguía un enfrentamiento entre Fernando el Católico y su yerno y una posición ventajosa para Francia si se llegaba a romper la unión entre los reinos de Castilla y Aragón.

Los Estados Generales reunidos en Tours ante la probable situación de que tales territorios pasaran a la corona española pidieron a Luis XII que lo anulara, por lo que se canceló dicho matrimonio, casándose Claudia de Francia, con su primo y sucesor de su padre, Francisco I de Francia.

Lejos de la avidez, las maniobras y la larga espera de anteriores aspirantes al trono de San Pedro en su afán por conseguirlo, Adriano se mostró indiferente al cargo, no hizo nada por alcanzarlo y, sumergido como estaba en las intrincadas tareas de la regencia de España, ni siquiera asistió al cónclave en el que se produjo su designación. De todos modos, su aparente desidia por erigirse en la máxima autoridad de la iglesia estaba plenamente compensada con el interés de su egregio discípulo que presionó cuanto fue necesario en tal sentido: la larga mano del Emperador Carlos V se hizo notar en el encumbramiento al solio pontificio de su antiguo preceptor.

Nació en 1459 en Utrecht (Países Bajos). Hijo de un ebanista, fue educado en la devotio moderna en el amor a la virtud y a la ciencia. En 1479 ingresó en la Universidad de Lovaina. Durante toda su vida fue conocido por su sobriedad y su piedad.

. Cardenal, Arzobispo de Toledo y Primado de España, perteneciente a la Orden Franciscana, tercer Inquisidor General de Castilla y regente de la misma a la muerte de Fernando el Católico. A la muerte de Felipe el Hermoso presidió también el Consejo de Regencia que asumió el gobierno sin consentimiento de la reina Juana, hasta la llegada de Fernando el Católico.

Nació en Torrelaguna en 1436, hijo de hidalgos pobres. Posiblemente fue enviado a la cercana villa de Alcalá de Henares en su adolescencia a hacer estudios de gramática; los continuó en el Colegio Mayor de San Bartolomé en Salamanca; de allí pasó a Roma en donde fue ordenado sacerdote.

Tras el fallecimiento de su padre regresa a España y consigue el arciprestazgo de Uceda, enfrentándose con el arzobispo de Toledo, lo que significó el encarcelamiento de don Gonzalo por el arzobispo Carrillo durante algunos años. A pesar de su reclusión, Cisneros no renunció a su cargo, en el que fue mantenido por el cardenal Gónzalez de Mendoza, aunque el encierro debió de durar poco tiempo según se deduce en algunas biografías, pues poco después, en 1478, Cisneros era capellán mayor de la catedral de Sigüenza.

Sufrió una profunda crisis espiritual que le llevó a entrar en la orden de los franciscanos; fue entonces cuando sustituyó su nombre de Gonzalo por el de Francisco en honor a San Francisco de Asís. Se encerró en el convento de la Salceda y durante siete años llevó una vida monacal.

De allí lo sacó la Reina Isabel (Isabel la Católica) en el año 1492, tras convencerle de que aceptara ser su confesor, siguiendo los consejos del entonces arzobispo de Toledo, el cardenal González de Mendoza, primer protector de Cisneros.

Isabel la Católica tuvo en Cisneros no sólo un confesor, también un consejero. Al morir la reina, Juana I de Castilla y su esposo Felipe de Habsburgo fueron nombrados reyes de Castilla. El 24 de septiembre, un día antes de la muerte de Felipe I, los nobles acordaron formar un Consejo de Regencia interina para gobernar provisionalmente el reino presidido por Cisneros y formado por el Almirante de Castilla, el Condestable de Castilla, Pedro Manrique de Lara y Sandoval duque de Nájera, Diego Hurtado de Mendoza y Luna duque del Infantado, Andrés del Burgo embajador del Emperador, y Filiberto de Vere, mayordomo mayor del rey Felipe. La nobleza y las ciudades contendieron acerca de quien debiera desempeñar la Regencia pues unos querían al emperador Maximiliano y otros a Fernando el Católico. Sin embargo la reina Juana trató de gobernar por sí misma, revocó e invalidó las mercedes otorgadas por su marido, para lo cual intentó restaurar el Consejo Real de época de su madre.

Sin consultar a Juana, Cisneros acudió a Fernando el Católico para que regresara a Castilla. Pero a pesar de los intentos de Cisneros, nobles y prelados, la reina no reclamó a su padre para gobernar y de hecho llegó a prohibir la entrada del arzobispo a palacio. Para dar legalidad al nombramiento de regente a Fernando el Católico, el Consejo Real y Cisneros buscaron encauzar el vacío de poder con la convocatoria de Cortes, pero la reina se negó a convocarlas, y los procuradores abandonaron Burgos sin haberse constituido como tales.

Tras regresar de tomar posesión del Reino de Nápoles, Fernando el Católico se entrevistó con su hija el 28 de agosto de 1507, y volvió a asumir el gobierno de Castilla. En diciembre de 1509 pactó con el emperador la renuncia de las pretensiones imperiales de regencia en Castilla, y en las Cortes de 1510 le ratificaron como regente.

Agradecido con Cisneros, el Rey Católico le consiguió el capelo cardenalicio. Entre 1507 y 1516, aun con extremadas dificultades, Cisneros y el rey Fernando consiguieron devolver un tanto el prestigio que la monarquía había perdido. Se renovó el entusiasmo conquistador, desempeñando Cisneros un papel importante en conquista de Orán, al igual que en los tiempos de Isabel la Católica había participado de manera activa en la conquista de Granada.

Muerto Fernando el Católico, por disposición testamentaria, Cisneros queda constituido nuevamente como Regente del Reino de Castilla hasta que el joven príncipe Carlos, que se encontraba entonces en Flandes, viniera a España para ocupar el trono. En esta etapa de casi dos años, Cisneros, que contaba ya con ochenta años, mostró de unas dotes políticas y una habilidad para gobernar extraordinarias. Supo hacer frente a un clima interior extremadamente inestable, con los nobles castellanos ávidos de recuperar el poder perdido, así como a las intrigas de los que pretendían sustituir en el trono español a Carlos por su hermano Fernando, que había sido educado en España por Fernando el Católico. Los acontecimientos se desbordaron y Carlos fue proclamado en Bruselas rey de Castilla y Aragón en un acto que se podría asemejar a un golpe de Estado, pues la reina legítima era Juana y nadie había proclamado su destitución. Sin embargo, Cisneros se advino a los hechos de Bruselas y envió emisarios a Flandes urgiendo la inmediata presencia de Carlos como único medio de parar las inquietudes de rebelión que corrían por el reino. Así pues, de facto había dos gobiernos: el de la corte de Bruselas y el de Cisneros en Castilla.

Durante su vida participó, en mayor o menor medida, en todo lo que se hizo durante el reinado de los Reyes Católicos y contribuyó de forma decisiva a la configuración del nuevo estado. Reformó la vida religiosa que había caído en una gran relajación moral y una variedad intelectual. Supo ver que toda renovación empezaba por la educación y, sin ser un erudito, fundó en Alcalá de Henares una de las instituciones que más ha influido en la cultura española: la Universidad Complutense de Madrid.

La universidad fue fundada en el año 1499 a partir del antiguo Studium Generale de Alcalá de Henares, del que Cisneros fue alumno. La Universidad Complutense fue la primera universidad renacentista, humanista y universal. Cisneros fue consciente de la transcendencia de su fundación y no escatimó esfuerzos para dotar a su Colegio del marco urbanístico adecuado, de una buena financiación y de los mejores maestros de la época, por lo que la villa de Alcalá de Henares se vio enormemente beneficiada con ello. La primera piedra del edificio que lo albergaría la puso Cisneros el 14 de marzo de 1501; en 1508 comenzaron las clases y en 1510 dotó a su fundación de unas Constituciones. Cisneros dotó a la nueva Universidad de Alcalá con una magnífica biblioteca, donde un elevado porcentaje de libros versaba sobre ciencias naturales.

Además sustituyó el deteriorado templo medieval de San Justo por un bello edificio gótico. Se trata de la Iglesia Magistral de Alcalá de Henares (actualmente Catedral Magistral) situada en pleno centro de la ciudad, en la que se encuentra actualmente enterrado. No obstante, su rica sepultura obra de Domenico Fancelli se encuentra hoy día en la capilla de San Ildefonso, adscrita al antiguo Colegio Mayor del mismo nombre.

En 1501 el cardenal Cisneros instituyó la obligatoriedad de la identificación de las personas con un apellido fijo. Hasta entonces las personas se identificaban con su nombre y un apellido o mote que reflejaba el lugar de procedencia, el oficio o alguna característica de la persona, por lo que miembros de una misma familia, incluso hermanos, podían tener diferente apellido. Este sistema producía un tremendo caos administrativo para poder identificar a las personas por familias. A partir de la ordenanza de Cisneros, el apellido del padre quedaba fijado y pasaría a ser el de todos sus descendientes.

Como curiosidad, actualmente existen dos iglesias magistrales, una en Alcalá de Henares y otra en Lovaina. ¿Por qué magistral? El título, actualmente poco más que honorífico, significaba entonces que una parte importante del cabildo de la iglesia debía estar formado por maestros (magister) de la Universidad. Con esta disposición, el Cardenal solucionaba otra de sus preocupaciones: dotar de jubilación a sus profesores eméritos, dado que al entrar a formar parte del cabildo estarían percibiendo una pensión vitalicia de las rentas eclesiásticas. De otra manera, al cesar por edad en sus funciones docentes en la universidad, no tendrían más sustento que el que hubieran podido ahorrar durante su vida activa. En su leyenda cuenta que fue un hombre justo.

Durante la época en la que el Sáhara Occidental pertenecía a España, estaba dividido en dos provincias, y la capital de Río de Oro recibió en honor de este cardenal el nombre de Villa Cisneros, que hoy también se denomina Dajla.

) fue el primer gobernador español de Florida. Fundó la ciudad de San Agustín el 28 de agosto de 1565, el primer gran asentamiento europeo en los actuales Estados Unidos y fue Gobernador de la isla de Cuba desde 1567 hasta 1574. Hermano de los también marinos Alvar Sánchez de Avilés y Bartolomé Menéndez de Avilés.

A los 14 años se escapa de su casa para alistarse como grumete en una flota española encargada de la persecución de corsarios. Comenzó su carrera como marino corsario en el mar Cantábrico, luchando principalmente contra los franceses y piratas que actuaban contra España por dicho mar.

Tras dos años de aventuras en el mar regresa a su casa donde su familia le obliga a casarse con Ana María de Solis de tan solo diez años de edad. La vida de casado no le mantiene en su casa y vuelve al mar. Arma un barco con cincuenta hombres y captura dos navíos franceses, tiene 19 años y es su primera acción de mérito.

En 1544 una escuadra francesa mandada por Jean Alphonse de Saintoge captura en Finisterre 18 naves vizcainas, Menéndez de Avilés le persigue hasta el puerto de La Rochela donde se ha refugiado y recupera cinco de las naves, aborda la capitana y personalmente da muerte a Jean Alphonse de Saintoge. A pesar de las fuerzas francesas del puerto de La Rochela, Pedro Menéndez de Avilés logra salir de allí con sus presas. El emperador Carlos V, le autoriza a continuar con sus acciones contra los franceses, siendo el marino asturiano el principal responsable de que finalizasen las correrías francesas por las costas gallegas y asturianas. Su fama es tal que el emperador le encarga en 1554 que le traslade a Flandes.

En 1552 comienza sus viajes a América, como comandante de distintos barcos, para dos años más tarde cuanto tiene 35 años fue nombrado Capitán General de la flota de Indias por Felipe II, cargo que ocupará en nueve ocasiones desde 1555 hasta 1574. Tenía 46 años cuando alcanzó el máximo rango dentro de la Armada española.

En 1555 estuvo al mando de la flota del Virrey del Perú Andrés Hurtado de Mendoza. Salida en Sanlúcar de Barrameda el 15 de octubre con setenta y ocho navíos mercantes, dos galeones de armada y tres carabelas grandes.

En 1556 fue nombrado capitán general de la Armada de Indias, y al año siguiente participó en la Batalla de San Quintín. En 1561 dirigió una gran flota de galeones que trasportaban metales preciosos desde México hasta España. Cuando llegó a su destino en España, pidió permiso para regresar en busca de un buque perdido, pero el permiso le fue denegado. Este era el buque donde viajaba su hijo y otros familiares y amigos.

Al regresar a España para pedir permiso para buscar a su hijo es detenido por la Casa de la Contratación de Sevilla junto con su hermano el también marino Bartolomé Menéndez de Avilés, que le había acompañado en aquel viaje. Dos años está encarcelado por razones poco claras, hasta que consigue salir apelando al rey, que hace que lo juzguen siendo condenados los hermanos a pagar una exigua multa.

Una vez fuera de la cárcel consigue que le permitan buscar a su hijo que cree naufrago en la Florida bajo la condición de que debería explorar y colonizar La Florida como adelantado del rey Felipe II. Para tal propósito financió de su propio bolsillo una expedición. Cuando estaba a punto de zarpar, llegaron órdenes de que debía eliminar a todos los intrusos protestantes que se encontraran allí o en cualquier rincón de las Indias.

Llegó a su destino el 28 de agosto de 1565, día de San Agustín. Allí se encontró con una colonia de protestantes franceses en St. Johns, a la que combatió y venció, iniciando el dominio español en esos territorios. Después de estos hechos recorrió el Caribe persiguiendo piratas y regresó a España en 1567. En 1568 regresa a España para pedir ayuda al rey por serle negada este por el gobernador de Cuba para ayudar a los colonos de La Florida, el rey no solo escuchó su petición sino que le nombró gobernador de Cuba. Una vez toma posesión de su cargo regresa a la Florida para socorrer a los españoles de aquella colonia que habían quedado en malas condiciones. Como gobernador de Cuba mandó levantar su primera carta geográfica, además recorre las costas de los actuales estados de Florida, Georgia, Carolina del Sur y el Canal de Bahamas, capturando y eliminado a los corsarios de aquella zona.

La Orden de Santiago fue una orden religiosa y militar surgida en el siglo XII en el Reino de León. Debe su nombre al patrón nacional de España, Santiago el Mayor. Su objetivo inicial era proteger a los peregrinos del Camino de Santiago y hacer retroceder a los musulmanes de la península Ibérica.

Tras la muerte del gran maestre Alonso de Cárdenas en 1493, los Reyes Católicos incorporaron la Orden a la Corona de España y el papa Adriano VI unió para siempre el maestrazgo de Santiago a la corona en 1523.

La I República suprimió la Orden en 1873 y, aunque en la Restauración fue nuevamente restablecida, quedó reducida a un instituto nobiliario de carácter honorífico regido por un Consejo Superior dependiente del Ministerio de la Guerra, que quedó a su vez extinguido tras la proclamación de la II República en 1931.

La Orden de Santiago, junto con las de Calatrava, Alcántara y Montesa, fue reinstaurada como una asociación civil en el reinado de Juan Carlos I con el carácter de organización nobiliaria honorífica y religiosa y como tal permanece en la actualidad.

Entre 1157 y 1230, la dinastía real se dividió en dos ramas opuestas, por lo que la rivalidad tiende a oscurecer los inicios de la Orden. Aunque Santiago de Compostela, en Galicia, es el centro de la devoción a este apóstol, no es ni la cuna ni la principal sede de la Orden. Dos ciudades lucharon por tener el honor de ser la sede de la Orden, León, en el reino de ese nombre, y Uclés en el antiguo reino de Castilla.

Algunas fuentes apuntan a que la Orden de Santiago fue creada a raíz de la victoria en la batalla de Clavijo (La Rioja, año 844). Aunque la atribución a la creación de la Orden tras dicha batalla se debe a la devoción hacia el Apóstol, a quien los cristianos creyeron ver combatiendo en su favor en dicha batalla, pese a que la representación de esta batalla se repite constantemente en cuadros, esculturas, miniaturas y relieves pertenecientes a la Orden.

Ana María de Solís, contrajo matrimonio con el futuro Adelantado de La Florida, Pedro Menéndez de Avilés, no tuvieron descendencia. Para estrechar todavía más el parentesco con el Adelantado, de quien era primo en cuarto grado, Gonzalo de Solís se casó a su vez con Francisca de Quirós, sobrina de aquél.

Al parecer, Gonzalo de Solís estaba en posesión del grado de doctor, concedido por la universidad de Salamanca o por la de Alcalá de Henares. Fallecida su esposa, recibió ordenes sacerdotales antes de 1565, año en que fue a La Florida con su cuñado y su hijo Pedro de Merás.

Cronista de la expedición, Solís de Merás escribió sobre el terreno un extenso libro donde narró los sucesos de la conquista y colonización de La Florida, centrándose sobre todo en la vida y gestas de Pedro Menéndez de Avilés. A este tratado le puso por título Memorial que hizo el Dr. Gonzalo Solís de Merás de todas las jornadas y sucesos del Adelantado Pedro Menéndez de Avilés, su cuñado, y de la conquista de la Florida, y justicia que hizo en Juan Ribao y otros franceses, obra que fue publicada por primera vez por Eugenio Ruidíaz y Caravia en 1893.

En opinión de diversos autores, el dicho Solís de Merás es el mismo Gonzalo Solís que figuró en el cabildo de la Iglesia de Oviedo como Arcediano de Benavente y que en noviembre de 1591 sufragó todos los gastos del traslado del cadáver de Pedro Menéndez de Avilés desde Llanes a la iglesia parroquial de San Nicolás, en Avilés.

De ascendencia noble, fue paje en la corte de Fernando el Católico y combatió en la conquista del reino de Granada. Se duda si su primer viaje a América lo hizo con Cristóbal Colón en 1493, o con Ovando en 1502. En todo caso, colaboró con éste en la conquista de La Española y recibió de él el encargo de conquistar la cercana isla de San Juan Bautista o Borinquén (Puerto Rico) en 1508.

; Ponce de León pudo dedicarse a la fundación de ciudades y a la explotación de oro. Pero, tras la muerte del cacique, los amerindios se sublevaron contra la dominación castellana y el régimen de encomiendas al que se les había sometido a trabajos forzados. Tras una dura lucha, Ponce de León se impuso a los nativos y tomó sangrientas represalias.

Más tarde descubrió una zona al norte a la que llamó La Florida, ya que fue descubierta el día de Domingo de Resurrección, llamado en España «Pascua Florida», por tocar siempre en el principio de la primavera.

Es probable que Ponce de León arribara por primera vez al Nuevo Mundo donde actualmente se halla Cockburn Town, en la isla Gran Turca, en las Turcas y Caicos, pero pronto se instaló en La Española.

Colaboró en la conquista del pueblo taíno, en la zona oriental de La Española. Por dicha participación, fue recompensado con el cargo de gobernador de la recién creada provincia de Higüey. En su estadía, escuchó las historias de las riquezas existentes en Borinquén. A partir de ese momento, concentró todos sus empeños en poder acudir a ese sitio, siéndole concedido el permiso necesario.

En 1508, Ponce de León fundó el primer asentamiento en Puerto Rico, Caparra, actual San Juan. Fue recibido con los brazos abiertos por Agüeybaná, cacique taíno, y tomó rápidamente el control de la isla. Por este hecho, Ponce de León fue nombrado Gobernador de Puerto Rico en 1509. Ponce de León, junto con otros conquistadores, forzó a los taínos a trabajar en las minas y a construir fortalezas. Fallecieron un gran número de taínos a causa de la exposición a las enfermedades traídas por los marineros europeos y por la carencia de inmunidad ante esas enfermedades. Ponce de León, sin embargo, se hizo rico sirviendo como gobernador.

En 1506, tras la muerte en el Convento de San Francisco de Valladolid de Cristóbal Colón —que había sido designado gobernador militar de sus descubrimientos—, las autoridades españolas rechazaron conceder el mismo privilegio a su hijo Diego. La Corona para entonces había seleccionado a Ponce de León para colonizar y gobernar la isla de Puerto Rico. Mientras tanto, Diego Colón había presentado una reclamación en el tribunal superior de Madrid y había ganado sus derechos: Ponce de León fue retirado de la oficina en 1511.

Según una leyenda, Ponce de León descubrió Florida buscando la fuente de la juventud. Aunque se conocían las historias de aguas que devolvían la vitalidad en ambos lados del Atlántico, mucho antes de su llegada, la historia de que él buscaba estas fuentes no le fue atribuida hasta su muerte. En su Historia General y Natural de las Indias, de 1535, Gonzalo Fernández de Oviedo escribió que el conquistador buscaba las aguas de Bimini para curar su impotencia sexual. Algo similar aparece escrito por Francisco López de Gómara en la Historia General de las Indias de 1551.

En 1575, Hernando de Escalante Fontaneda, un superviviente de un naufragio que había vivido con los amerindios de Florida durante diecisiete años, había publicado su memoria, en la cual localizó la fuente en Florida, y dijo que Ponce de León, como se suponía, la había buscado allí. Aunque Fontaneda dudara que el castellano realmente hubiera ido a Florida en busca de las aguas, la historia fue incluida en la Historia general de los hechos de los Castellanos de Antonio de Herrera en 1615.

Ponce de León equipó tres barcos, corriendo él con los gastos, y salió en su viaje de descubrimiento y conquista en 1513. Sobre el 27 de marzo avistó una isla, pero no hubo posibilidad de atraque. El 2 de abril arribó a la costa oriental de la tierra recién descubierta en un punto que es disputado, pero que se encuentra en algún lugar de la costa noreste del actual Estado de Florida. La reclamó para España y la llamó la tierra «Florida», debido a la vegetación en flor que vio, o porque llegó allí durante la Pascua.

Navegó entonces hacia el sur a lo largo de la costa este, rebasando los ríos que encontró a su paso, bordeando los actuales cayos de Florida y remontando la costa occidental hasta el Cabo Romano. Retornó a La Habana y luego volvió de nuevo, deteniéndose en la Bahía de «Chequesta» (Bahía Vizcaína) antes de regresar a Puerto Rico.

No debió de ser el primer europeo que arribó a esa tierra. Encontró al menos un nativo en 1513, que podía hablar castellano, aunque históricamente Ponce de León figura como descubridor de Florida.

En 1514 volvió a España y recibió comisiones para conquistar el Caribe, la isla de Guadalupe y la supuesta «Isla de Florida». Su expedición a Guadalupe en 1515 no fue acertada, y regresó a Puerto Rico donde se quedó hasta 1521.

En 1521 organizó una expedición de colonización con dos barcos. Esta consistía en aproximadamente 200 hombres, incluyendo a sacerdotes, agricultores y artesanos, 50 caballos y otros animales domésticos además de instrumentos de labranza. La expedición recorrió la costa suroeste de Florida, en alguna parte de los alrededores del Caloosahatchee River o Charlotte Harbor. Los colonos pronto fueron atacados por los Calusa y Ponce de León fue herido por una flecha envenenada en el hombro.

El año 2011 se celebra el Quinto Centenario de la Gobernación de Puerto Rico -Juan Ponce de Léon fue el primer gobernador- con diversos actos tanto en España como en Puerto Rico y Estados Unidos (en Washington D. C.).

Agüeybaná, cuyo nombre significa el gran sol, vivió con su tribu en Guaynia (Guayanilla), localizada cerca del río del mismo nombre, en el sur de la Isla. Los demás caciques tenían que obedecer las órdenes de Agüeybaná, incluso él gobernaba las tribus de ellos.

Agüeybaná creyó que los españoles eran deidades, por lo que recibió a Juan Ponce de León y sus hombres con los brazos abiertos a su llegada en 1508. De acuerdo a una vieja tradición de los taínos, Agüeybaná practicó el Guatiao, un viejo ritual de esta tribu, en la que él y Ponce de León se volverían amigos. Ponce de León convirtió a la madre del cacique al Cristianismo y la bautizó como Inés. La hospitalidad y el tratamiento amistoso que los españoles recibieron de Agüeybaná hicieron más fácil la conquista de la Isla. El cacique se unió a Ponce de León en la exploración de la Isla. Después de haberse convertido en aliados, Agüeybaná condujo a Ponce de León a La Española (Que hoy comprende a Haití y a la República Dominicana). Las acciones del Cacique ayudaron a mantener la alianza entre taínos y españoles la cual, no obstante, fue muy corta. Los taínos fueron forzados a trabajar como esclavos en las Minas de oro de la Isla y en la construcción de Fuertes. Muchos taínos murieron a causa de un trato cruel.

El Viejo San Juan es el nombre con el que se le conoce al distrito histórico de San Juan, Puerto Rico. Está localizado en la Isleta de San Juan que esta conectada a la isla principal de Puerto Rico por puentes. La ciudad se caracteriza por sus calles de adoquines y edificios coloridos que se remontan al siglo XVI y XVII, cuando la isla era una colonia española. El distrito se caracteriza también por la gran cantidad de plazas públicas e iglesias, que incluyen la Catedral Metropolitana de San Juan, donde se alberga la tumba del explorador español Juan Ponce de León.

En 1508, Juan Ponce de León fundó la ciudad de Cáparra (llamada así por la provincia de Cáceres en España, lugar de nacimiento del entonces gobernador de los territorios españoles en el Caribe, Nicolás de Ovando). Las ruinas de Caparra se conocen como el sector Pueblo Viejo en Guaynabo. En 1509, Caparra fue abandonada y mudada a un lugar al que se le llamó en ese momento Puerto Rico, un nombre que evocaba el de un puerto similar en las Islas Canarias. En 1521, el nombre San Juan se añadió, y al establecimiento original se le dio el nombre formal de San Juan Bautista de Puerto Rico, siguiendo la tradición de bautizar las ciudades con un nombre formal y con el nombre original que le dio Cristóbal Colón, honrando a Juan el Bautista.

) fue un conquistador y explorador español. Viajó a América y participó en la expedición de Gaspar de Espinosa que descubrió la costa de Nicaragua, y luego en la conquista de este territorio, a las órdenes de Hernández de Córdoba, en 1523. Fue Gobernador de la isla de Cuba entre 1538 y 1539, año en que parte a la conquista de la Florida.

Los padres de Hernando de Soto eran hidalgos de la región de Extremadura, una región donde abundaba la pobreza y por lo cual mucha gente joven buscó maneras de hacer fortuna en otros lugares. Existe una disputa sobre el lugar de nacimiento entre las localidades de Barcarrota o Jerez de los Caballeros. En su niñez vivió en ambas ciudades y estipuló que su cuerpo fuera sepultado en Jerez de los Caballeros porque era allí donde se encontraban enterrados ya otros miembros de su familia.

En 1514, de Soto acompañó a Pedro Arias Dávila a las colonias españolas, desembarcando en Panamá. Sus posesiones en aquel tiempo eran solamente un escudo y su espada. En 1516, se hizo líder de una unidad de la caballería y fue con Francisco Hernández de Córdoba en su viaje de descubrimiento y colonización a través de Nicaragua y de Honduras.

Soto ganó fama como jinete, y como combatiente de tácticas excelentes. En un conflicto por la supremacía de Nicaragua, Soto luchó para Pedro Arias Dávila Pedrarias contra Gil González Dávila; González, oficial de Pedrarias, había intentado separarse del grupo para explorar y conquistar por su cuenta. Hernando de Soto denunció la traición y derrotó al ejército de González.

En 1528 de Soto condujo su propia expedición a lo largo de la costa de Yucatán, esperando encontrar la conexión por el mar directa, entre el Océano Atlántico y el Pacífico. A tal efecto, acompañó a Francisco Pizarro como representante directo de él, en su empresa en Perú y exploró el país. De Soto descubrió la ciudad de Cajas. Con un grupo de cincuenta hombres, también encontró un camino hacia Cuzco, la capital del Imperio inca, y fue el primer europeo en hablar con el Emperador inca Atahualpa cuando precedió a Pizarro en la invasión de Cajamarca.

Después de que Atahualpa hubiera sido arrestado durante la Batalla de Cajamarca en 1532, de Soto lo visitó a menudo durante el confinamiento, y allí emergió una amistad entre los dos hombres. Él se separó de Pizarro cuando los Andes debían ser redistribuidos entre los conquistadores, y cuando Atahualpa fue ejecutado a pesar de cumplir su promesa de llenar el cuarto del Rescate, una vez de oro y dos de plata.

Volvió a España en 1536, llevando con él aproximadamente 100.000 pesos de oro — su parte de la conquista del Imperio Inca. En este tiempo, De Soto era famoso por ser el héroe de la Batalla de Cuzco. Fue a Sevilla, donde se casó, en 1537, con Inés de Bobadilla, la hija de Dávila, que pertenecía a una de las familias más respetables de Castilla, con influencia en la corte española, bajo Carlos I. Este período era el ápice de la reputación y de la abundancia de Soto.

De Soto, viendo los legendarios recursos en Perú y leído un informe escrito por Álvar Núñez Cabeza de Vaca, sospechó de una riqueza similar en Florida. Cabeza de Vaca era uno de cuatro sobrevivientes de la desastrosa tentativa de Pánfilo de Narváez para conquistar la Florida. De Soto vio su ocasión para realizar una conquista famosa como las de Pizarro y las de Cortés. Fue nombrado gobernador de Cuba por Carlos I. De Soto vendió gran parte de sus bienes y se equipó para la expedición en aquellas tierras inexploradas. Su misión era conquistar, situarse, y «pacificar» los territorios desconocidos.

En mayo de 1539, con entre 600 y 700 hombres, veinticuatro sacerdotes, nueve naves, y 220 caballos, llegó a la costa occidental de la Florida, qué se convertiría en Bradenton, y sur de Tampa, Florida. Nombró al lugar Espíritu Santo. El objetivo de Hernando de Soto era colonizar el área, preferiblemente buscando una ciudad como Cuzco o ciudad de Méjico. Por lo tanto, trajo varias toneladas de equipo distribuidos en herramientas, armas, cañones, perros, y cerdos. Además de los marineros, las naves trajeron a sacerdotes, herreros, artesanos, ingenieros, granjeros y comerciantes. Pocas de ellos habían viajado antes fuera de España, o peor aún, fuera de sus aldeas.

Comenzando en el Espíritu Santo, de Soto exploró la Florida y gran parte de los Estados Unidos meridionales. Ya en Florida, comenzó su desgracia . En vez de estar lleno de oro, el país estaba circundado de pantanos y de mosquitos, y era extremadamente cálido y húmedo. También los indios hicieron su labor complicada.

Los nativos habían tenido malas experiencias con la expedición anterior de Pánfilo de Narváez. Las tropas de De Soto fueron mucho menos brutales. No capturaron a indios para utilizarlos como trabajadores y guías, no violaron mujeres y no saquearon aldeas en búsqueda de alimento para sus hombres y caballos como lo hizo Narváez. Instaló cruces cristianas en los lugares sagrados de los indios. Para asegurar el desarrollo de la expedición, los españoles capturaron, a menudo, a caciques de las tribus lugareñas.

El ayudante más importante de las tropas fue Juan Ortiz, que vino a la Florida en busca de la expedición de Narváez y fue capturado por los Uzica, una tribu de Calusa. La hija del jefe Hirrihigua sirvió como precursora de Pocahontas pidiendo por la vida de Ortiz, ya que su padre había ordenado que Ortiz fuese quemado vivo. Ortiz sobrevivió al cautiverio y a la tortura, y se unió en la primera oportunidad, a la nueva expedición de Hernando de Soto.

Ortiz conocía el terreno y también ayudó como intérprete. Como guía para la expedición de de Soto, Ortiz estableció un método único para dirigir la expedición y para comunicarse en los diferentes dialectos tribales. Las guías de Paracoxi fueron reclutadas de cada tribu a lo largo de la ruta.

El primer campamento de invierno de la expedición se asentó en Anhaica, cerca del Lago Tallahas. El sitio está también cerca de «Bahía de Caballos», donde los miembros de la tropa de Narváez se vieron forzados a comer caballos para sobrevivir. Éste es el único lugar toda de la ruta en el cual los arqueólogos han podido establecer con exactitud que estuvo la expedición de Hernando de Soto.

La expedición se aventuró a lo largo de las montañas apalaches del este y estuvieron a un paso de la aniquilación. Los miembros de la avanzada conquistadora tuvieron que negociar, a veces, los cerdos que traían para obtener alimentos y en otras ocasiones debieron conseguir, por la fuerza, lo que necesitaban. Cruzaron Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte y Tenesí.

Oyendo hablar del famoso tesoro del oro del Cofitachequi, y acompañado por sus amigos, los Ocute, la expedición continuó por las Carolinas. Durante semanas de marcha, con hambre y sed, con porteadores que no sabían la manera de atravesar los territorios de Cofitachequi. No obstante, a mitad de mayo, la expedición descubrió el capital de la tribu, situada en el sitio que hoy se conoce como Columbia, en Carolina del Sur.

Recibieron a los españoles con una bienvenida relativamente amistosa. Los peninsulares exigieron ver el oro de la ciudad inmediatamente. Tras un examen más detenido el «oro» resultó ser simple cobre. Encontraron algunas perlas y armas en la ciudad y continuaron después tras su búsqueda de riqueza a través de las Carolinas, Georgia, y Alabama.

Posteriormente siguieron con la idea de conseguir más metal precioso, lo que los condujo a las supuestas reservas gigantes de oro en el este. En el norte de Alabama, encontraron la ciudad de Mauvila (o de Mabila). La tribu de Choctaw, bajo el liderazgo del cacique Tascalusa, defendió la ciudad fuertemente fortificada. Los españoles aguantaron un tiempo, pero luego la ciudad fue atacada repetidamente, una y otra vez. En una batalla de nueve horas, murieron veinte españoles, el resto resultó casi todo herido, y veinte más murieron en los días posteriores. Todos los guerreros de Choctaw, de esa área —entre 2.000 y 6.000— murieron peleando o fueron ejectuados o se suicidaron. Mauvila fue incendiada.

Aunque los españoles ganaron la batalla, perdieron la mayor parte de sus posesiones y cuarenta caballos. Fueron heridos, enfermaron, y se encontraron sin equipo apropiado en un territorio desconocido, rodeados de enemigos. Con la batalla de Mauvila, la cantidad de nativos también disminuyó en la tropa en marcha. Durante la travesía los españoles fueron atacados, cada vez más, por un sistema intermitente de guerrillas.

Mientras que los hombres de la tropa de de Soto perdieron las esperanzas y de allí en adelante sólo deseaban volver a la costa, abordar sus naves y regresar a Cuba, de Soto soñaba todavía, ilusoriamente, con hacer nuevos descubrimientos.

donde de Soto le exigió a la comunidad indígena que le entregara doscientos hombres para servir de porteadores. Ellos se negaron a aceptar esta demanda y, en cambio, atacaron el asentamiento español durante la noche. Los españoles perdieron cerca de cuarenta hombres y el resto de su equipo. Según cronistas que participaban, la expedición estuvo a punto de ser destruida completamente. Afortunadamente para la avanzada, los Chickasaw les permitieron irse, tal vez, intimidados por el éxito alcanzado.

De Soto se mostró muy poco interesado en este descubrimiento porque representaba, para él, un obstáculo a su misión. Él y 400 hombres tuvieron que cruzar un amplio y caudaloso río, que era patrullado constantemente por nativos hostiles. Después de casi un mes, y luego de la construcción de varias balsas, finalmente cruzó con su gente el Misisipi y continuó su recorrido hacia el oeste por la actual Arkansas, Oklahoma, y Tejas. En invierno se estableció en Autiamique, en el río Arkansas.

Después de un duro invierno, la expedición española se diluyó y siguió adelante de manera cada vez más irregular. Su fiel intérprete, Juan Ortiz, había muerto, haciendo más difícil la tarea de encontrar rutas, fuentes de alimento, y en general, entablar comunicación con los nativos. La expedición se dirigió hacia el interior del territorio conocido como el río Caddo, donde tomaron contacto con una tribu nativa a la que llamaron Tula, y a la que los españoles consideraron como la que disponía de los guerreros más expertos y peligrosos que jamás hubiesen hallado. El encuentro, entre europeos y nativos, posiblemente ocurrió en Caddo Gap (un monumento está en pie en aquella comunidad). Tomando como base los documentos del legado de de Soto y a lo que indica Garcilaso, los españoles volvieron posteriormente al río Misisipi.

En la orilla occidental del Misisipi, en el pueblo indígena de Guachoya muere Hernando de Soto el 21 de mayo de 1542 a causa de fiebre. Puesto que de Soto era considerado inmortal entre los nativos su cuerpo fue ocultado, en mantas lastradas con arena, por sus hombres, quienes después lo hundieron en medio del río Misisipi durante la noche.

son una tribu muskogi (del tronco hoka-sioux), cuyo nombre proviene posiblemente de chickasha rebelde, o quizás signifique “los descendientes de Chicsa”, personaje mítico del que dicen ser descendientes. Se dividían en dos grupos: Impsaktea y Intcukwalipa. Ocupaban el NE de las orillas de los ríos Misisipi y Alabama, cerca del actual Memphis (Tennessee) y Oklahoma. Están relacionados lingüísticamente con los creek y choctaw.

Fueron descubiertos en 1540 por Hernando de Soto, quien les llamaría chicaza y atacó sus campamentos. Hacia 1600 eran unos 5.000, contra unos 22.000 choctaw, unos 26.000 creek y 23.000 cherokee. En 1673 fueron visitados por el francés Jolliet y en 1682 por La Salle, quien pretendió aliarse con ellos, pero en 1698 los comerciantes británicos Thomas Welch y Anthony Dodsworth consiguieron que se aliasen con Inglaterra. Durante el siglo XVIII se vieron envueltos en los conflictos coloniales entre franceses e ingleses. En 1702 hicieron una guerra con los choctaw. En 1732 retaron a la Confederación Iroquesa y penetraron en su territorio. Enemigos tradicionales de los choctaw, cuando éstos se aliaron con los franceses, ellos lo hicieron con los ingleses. En 1736 les vencieron en Amalahta (Misuri), y también ayudaron a los supervivientes natchez, razón por la cual en 1739 fueron atacados por franceses, iroqueses y choctaws al mismo tiempo. Desde entonces vivían en fortificaciones y controlaban el comercio entre Luisiana e Illinois. Tanto hombres como mujeres luchaban a caballo.

En 1760 pactaron con los franceses de Luisiana, gracias a los oficios del jefe Piomingo, opuesto al jefe creek McGuillivray. En 1775, dirigidos por James Colbert, ayudaron a los británicos contra los colonos norteamericanos, hasta que se rindieron en junio de 1785. Y en noviembre de 1786, por el tratado de Hopewell, los EE.UU. reconocieron el territorio chickasaw con frontera al Norte del río Ohio, de manera que desde 1791 ayudaron a los norteamericanos. En 1801 su jefe Chinubbe Minko negoció la venta de tierras con los EE.UU., y hacia 1805 cedieron la mayor parte de Tennessee; en 1816 todas las tierras de Alabama, en 1818 el resto de Tennessee. En 1820 abrieron en el territorio numerosas escuelas metodistas, baptistas y presbiterianas, y hacia 1822 algunos comenzaron a ir al Oeste del Misisipi. Aun así, en 1828 un grupo, dirigido por Levi Colbert, marchó a Oklahoma. Finalmente, el 20 de octubre de 1830 les impusieron el tratado de Pontotoc Creek, por el cual habían de abandonar las tierras y marchar hacia Oklahoma.

Entre 1832 y 1834, tras vender las tierras del Misisipi, fueron trasladados a Territorio Indio (Oklahoma) con sus jefes Tishomingo (último jefe de guerra, quien murió en el camino), y los hermanos George y Levi Colbert, con un total de 4.914 indios y 1.154 esclavos. Allí recibieron 6.422.400 acres de tierra, pero en 1838 unos 500 indios murieron en una epidemia. En 1838 escogieron un Consejo Nacional; fundaron seis villas (Pontotoc, Fort Washita, Colbert, Fort Arbuckle, Burney y Tishomingo City) y dividieron el territorio en cuatro condados (Pontotoc, Panola, Pickens y Tishomingo). En 1841 los EEUU installaron en su territorio Fort Washsita, para defenderlos de los ataques comanches; así mismo, en 1851 hubieron de aceptar el arbitrio de los EEUU contra los choctaw por la frontera de tierras. En 1855 les fue concedido el territorio entre los ríos Canadian al Norte, y Texas al Sur, separados de los choctaw, y establecieron plantaciones bastante prósperas.

En 1856 fue elegido el primer gobernador xickasaw, Cyrus Harris (reelegido en 1866); en 1861 fueron atacados por la Confederación, a pesar de que uno de sus líderes, Winchester Colbert, luchaba con ellos, y les impusieron una especie de vasallaje; pero 225 indios no lo aceptaron y se exiliaron hacia Kansas. En 1866 firmaron un nuevo tratado con EEUU y en 1872 el ferrocarril pasó por su territorio. El gobernador William Leander Byrd (1888-1892) se vio obligado a negociar la parcelación de sus tierras desde 1887. Hasta 1893 no se llegaría a un acuerdo, por el cual se firmaría el Tratado de Atoka de 1896.

El 4 de marzo de 1906 fue disuelto el gobierno tribal chickasaw, y se hizo un censo de la tribu (1.538 chickasasw puros, 4.156 mestizos y 635 blancos casados con indios); en 1907 la reserva fue parcelada en propiedades individuales, y la tierra que “sobró” fue repartida entre los no indios; pero ellos siguieron escogiendo sus propios gobernadores: Douglas Johnston (1908-1939), quien dirigió numerosas protestas por las violaciones de los acuerdos de Atoka y conseguiría que entre 1916 y 1925 cada chickasaw recibiera 1.75 en compensación por las tierras arrebatadas; Floyd E. Maytebby (1939-1963), quien consiguió que en 1946 el Indian Claims Comission fallara que habían de recibir 3.489.843 por las tierras no vendidas, pero que no pudo evitar que les impusieran la Termination Bill de 1958, y Overton James (1963-1971).

) fue un conquistador español que exploró el golfo de México y los territorios del noroeste de México. Gobernador y Adelantado del Río de la Plata , nieto de uno de los conquistadores de la isla de Gran Canaria. Fue el primer europeo que describió

Nació en torno a 1492 en el seno de una familia hidalga. Huérfano de padre y madre, pronto entró al servicio de la Casa de Medina-Sidonia. Partió de Sanlúcar de Barrameda el 17 de junio de 1527 en la expedición que capitaneaba el Gobernador Pánfilo de Narváez. Participó en las campañas de la costa. Durante algún tiempo Cabeza de Vaca ejerció de mercader entre los indígenas del territorio comarcano a San Antonio y la costa tejana. Cabeza de Vaca logró escapar junto con sus compañeros Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Carranza y Estebanico, éste fue el primer hombre nacido en África en pisar territorio que hoy pertenece al sector norteamericano de Estados Unidos, y aunque se le describe como «negro» queda la duda de si era originario de la etnia bereber (moro o si era un hombre «negro» procedente del África Subsahariana).

Expedición de Álvar Núñez Cabeza de Vaca en América del Norte.Por temor a los aborígenes de la costa y creyendo que en esos territorios del norte encontrarían oro, remontaron el río Grande o Bravo, en vez de dirigirse al asentamiento español de Pánuco.

Durante el viaje hacia el noroeste de México, ejercieron de curanderos mediante la imposición de manos y el rezo de avemarías y padrenuestros en latín. Cuando Cabeza de Vaca extrajo con éxito la punta de una flecha que un indígena tenía clavada cerca del corazón, la fama de curanderos y gente de bien entre las tribus indígenas ya no les abandonó.

Se ganaron la voluntad de los nativos e hicieron varias exploraciones en busca de una ruta para regresar a la Nueva España por lo que hoy es el suroeste de Estados Unidos y norte de México. Tras deambular durante largo tiempo por la extensa zona que hoy es la frontera entre México y Estados Unidos llegaron a la zona del río Bravo o Grande, siguiendo el curso del río encontraron tribus dedicadas a la caza del bisonte con las que convivieron.

Finalmente a orillas del río Petatlán (hoy llamado río Sinaloa) restablecieron el contacto con un equipo de exploradores españoles en el año 1536 a pocas leguas de Culiacán, asentamiento español.

Durante aquel viaje recogió las primeras observaciones etnográficas sobre las poblaciones indígenas del golfo de México escribiendo una narración titulada Naufragios, considerada la primera narración histórica sobre los territorios que hoy corresponden a Estados Unidos, fue publicada en 1542 en Zamora y en 1555 en Valladolid, en la cual describe sus vivencias y las de sus tres compañeros quienes atravesaron a pie el suroeste de los actuales Estados Unidos y el norte de México.

Cabeza de Vaca regresó a España en 1537 y consiguió que se le otorgara el título de Segundo Adelantado del Río de la Plata. A finales de 1540 inició en Cádiz su segundo viaje que le llevaría al sur del continente americano. Arribó a la isla de Santa Catalina (actual Santa Catarina), en el territorio que entonces era llamado La Vera o Mbiazá y que correspondía a la Gobernación del Paraguay y actualmente es parte del estado brasileño de Santa Catarina.

Desde la mencionada isla de Santa Catalina arrancó en un viaje por tierra, a lo largo de casi cinco meses, con el propósito de llegar a la entonces villa y fuerte de Asunción del Paraguay, sede de la gobernación del Río de la Plata. Guiado por indígenas tupís-guaranís cruzó con su expedición por selvas, ríos y montañas. Fue el primer europeo que describió

: «el río da un salto por unas peñas abajo muy altas, y da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe que de muy lejos se oye; y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en alto dos lanzas y más». Pronto entró en conflicto con los capitanes y colonos españoles establecidos en Asunción que, alentados por Domingo Martínez de Irala, rechazaban la autoridad del gobernador y sus proyectos de organizar la colonización del territorio olvidándose de perseguir los quiméricos tesoros de los que hablaban los mitos indígenas.

Su propósito de erradicar la anarquía y domeñar a los insurgentes provocó que los descontentos se sublevaran en 1544 y enviaran a Cabeza de Vaca a España acusado de abusos de poder en la represión de los disidentes (como el incendio de Asunción en 1543). En realidad, por haber exigido el cumplimiento de las Leyes de Indias, las que protegían al indígena de los abusos de los conquistadores, entre otras medidas poco políticas. El Consejo de Indias le desterró a Orán en 1545. Pena que, quizá, no llegó a cumplir pues Cabeza de Vaca recurrió la sentencia y siguió peleando hasta el final de su vida con el propósito de ver restablecido su honor, ya no su hacienda.

Aunque los últimos años de su vida son una incógnita quizá, por los documentos encontrados por algunos historiadores cuyas obras se reflejan en la bibliografía, murió en Sevilla (o posiblemente en Jerez de la Frontera) hacia el año 1560. Es improbable, como han afirmado otros, que tuviera algún cargo de relevancia en sus últimos años. Aunque no consta, pudo haber tomado los hábitos y acabar sus días entre el silencio de un monasterio.

En el año 1542, mientras realizaba una travesía desde el océano Atlántico hasta Asunción del Paraguay, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, divisó las sorprendentes cataratas del río Iguazú y las bautizó como «saltos de Santa María», nombre que con el tiempo fue reemplazado por su primitiva denominación guaraní Iguazú (antigua ortografía de yguasu 'gran cantidad de agua', de y 'agua' y guazú 'grande').

Por entonces la región era habitada por indígenas de la etnia mbyá-guaraní, quienes alrededor de 1609 comenzaron el vivir el proceso evangelizador protagonizado por los sacerdotes jesuitas de la Compañía de Jesús, quienes desarrollaron en la región una experiencia única Latinoamérica: la conformación de un sistema reduccional que llegó a contar con 30 pueblos distribuidos en las regiones del Tapé y el Guayrá (actualmente sur de Brasil y Paraguay, toda la provincia argentina de Misiones y parte del norte de Corrientes).

Por diferencias políticas y económicas con la Corona de España los jesuitas fueron expulsados de la región en 1768. La zona de las cataratas pasó así al olvido hasta junio de 1881 —poco antes de la federalización de Misiones— momento en que la provincia de Corrientes, que ejercía la jurisdicción, vende 50 leguas cuadradas de tierras sobre los ríos Paraná, Iguazú y Uruguaí a Severo Fernández y Ernesto Arnadey. Éstos transfieren sus derechos en octubre de ese mismo año a Rafael Gallino quien vuelve a enajenarlos a favor de Gregorio Lezama.

En diciembre de 1881 Misiones se separa de Corrientes y en 1882 asume el primer gobernador Rudecindo Roca que divide el territorio en 5 departamentos. Uno de sus comandantes, Francisco Cruz, llega hasta la confluencia de los río Paraná y río Iguazú transportando una comisión científica alemana que busca tierras para colonizar. Esta expedición era costeada por Ledesma (propietario de las tierras de Iguazú) y dirigida por el explorador Carlos Bossetti. Entre los expedicionarios se encontraba también Jordan Hummell, que años más tarde organizaría el primer viaje turístico a las Cataratas. Así las cataratas son “descubiertas” nuevamente y vuelven a ser admiradas.

El 20 de septiembre de 1895, el gobernador Balestra divide la provincia en 14 departamentos. El departamento de Iguazú pasa a integrar el departamento Frontera junto a Manuel Belgrano, Eldorado y parte de San Pedro.

El 19 de julio de 1897, se designa juez de paz de la incipiente población de Iguazú a Alberto Mugica. Para entonces, Jordan Hummell, acompañado de los señores Nuñez y Gibaja ya habían realizado una nueva incursión hasta las Cataratas del Iguazú, pero por el lado Brasileño, ya que el lado Argentino la selva era impenetrable. De ese viaje llevaron al gobierno su interés en promover la llegada de turistas.

Nació en la casa de sus padres, el antiguo Palacio Menor de los Reyes de Aragón, llamado el Palacio Real, en la ciudad de Barcelona, en la cámara rica del parament, siendo bautizado el día 28 de agosto en la parroquia del mismo palacio. Aunque su nombre de pila hubiera debido ser Luis de Zúñiga y Requesens, en las capitulaciones matrimoniales de sus padres se especificaba que debía utilizar en primer lugar el apellido materno de

, señora de la Villa de Molins de Rey, de la Villa y Baronía de Martorell y de los lugares de San Esteban de Sasroviras, Castellbisbal y Castellví de Rosanes, en lugar del apellido de su padre, don Juan de Zúñiga e Avellaneda, segundo hijo del Conde de Miranda, para respetar y perpetuar el apellido materno, que estaba emparentado a la Casa de los Cardona. Compañero en vida de Miguel de Cervantes. Se crió como muy delicado y enfermizo. En una ocasión casi se le dio por fallecido, pero su madre lo llevó al altar de Nuestra Señora en Montserrat, donde al poco tiempo comenzó a recobrar la salud perdida. Se le nombró preceptor a don Juan de Arteaga e Avendaño, que había sido uno de los primeros discípulos de San Ignacio de Loyola.

Al ser nombrado su padre ayo del príncipe don Felipe a principios de 1535, Luis de Requesens fue nombrado paje del mismo, por lo que recibieron la misma educación, siendo designado para llevar el guión del Príncipe durante todo el tiempo en que permanecieron juntos. Ya en 1537, el emperador Carlos le hizo la merced de pertenecer, y por ello llevar, el hábito de la Real y Militar Orden de Santiago. Entre otros juegos, corría la sortija y justaba con el Príncipe y sus pajes, con lo que su carácter irritable y áspero se fue dulcificando.

En 1543, fue de los designados para acompañar al Príncipe de Asturias en su boda con María de Portugal, permaneciendo junto a los desposados todo el tiempo y ocupándose de su administración y custodia. Al fallecer María por sobreparto el día 12 de julio de 1545, el Príncipe, muy dolido por la pérdida de su esposa, se retiró por un tiempo al Monasterio del Abrojo, donde don Luis le acompañó como amigo y compañero de sufrimientos, ocupándose al mismo tiempo de que nada le faltara para aliviar los sinsabores por los que pasaba.

El 27 de junio de 1546 falleció su padre, por lo que el Emperador le concedió la Encomienda Mayor de Castilla, la cual había ostentado el padre hasta su muerte. El cuerpo del difunto fue trasladado de Madrid a Barcelona, por lo que viajó hasta esta ciudad para estar presente en su enterramiento, que se realizó en la Capilla del Palau, que por la ayuda de su madre y esposa del finado, en forma de supervisión de las obras, se había llevado a buen término.

En 1547, fue una vez más designado para acompañar al Príncipe a Monzón, pero en este viaje iba ya con capa y espada. Este viaje lo pudo realizar al haber salido de una más de sus muchas enfermedades sufridas, a parte de haber recibido una grave herida. Su madre le sugirió que, para pasar mejor esa mala temporada, se fuera a la Corte del rey Carlos I, que en esos momentos se encontraba en sus dominios de Emperador en el Sacro Imperio, por lo que partió de la ciudad de Barcelona el 11 de diciembre de 1547, llegando a Augusta donde en esos instantes se encontraba Carlos I, quien le recibió con todos los honores.

El Rey tenía que desplazarse a sus territorios de Flandes, por lo que le designó para acompañarle. A la llegada del Rey a sus dominios, en los que hallaba su hermana la reina de Francia, doña Leonor, entre los regalos que se prodigaron hubo una serie de fiestas y torneos entre los diferentes caballeros. En uno de los torneos, sacó por su cuenta a dos cuadrillas, una en la que él encabezaba el grupo, rodeado de caballeros amigos y deudos de él, pero montando caballos ligeros para escaramuzar, mientras que la otra cuadrilla estaba compuesta por criados vestidos a la húngara, lo que no dejó de ser una gran sorpresa para todos y muy aplaudida.

Siempre le distinguió su modestia, pues al llegar el príncipe Felipe y a pesar de tener el apoyo incondicional del Rey, Requesens no consintió que se le nombrara hombre de cámara de su Príncipe. Las fiestas continuaron a la llegada de la Corte a Bruselas. El Príncipe quiso justar con Requesens, éste accedió pero por ser la primera vez que se enfrentaba a su Alteza, en el momento del choque alzó la caña, por lo que el Príncipe no le alcanzó ni él tampoco. Pero unos momentos después le volvieron a retar, y don Luis no supo quién lo hacía, así que esta vez no levantó la caña, alcanzando en la celada al contrario, el cual fue desmontado y del golpe que recibió al caer en tierra se quedó adormecido. Al quitarle el yelmo, se dio cuenta que había sido engañado, pues el que yacía en tierra no era otro que el Príncipe Felipe.

Justo al siguiente día del encuentro con el Príncipe le llegó la noticia de que el 25 de abril de aquel año de 1549, su querida madre había fallecido en la ciudad de Barcelona, por lo que inmediatamente y con la aquiescencia del Rey se puso en camino hacia esta ciudad. Estando en Barcelona, el 12 de julio de 1551 fue a recibir al Príncipe que llegaba embarcado, al cual acompañaba el príncipe del Piamonte don Manuel Filiberto de Saboya, por lo que Requesens puso a disposición del piamontés su casa, el Palau, donde éste permaneció mientras estuvieron en la ciudad.

Se comenzó a tratar entonces de su matrimonio, cuya principal escogida era la hija del Maestro Racional de Barcelona, pero ni esta, doña Jerónima, ni su padre don Francisco Gralla y Desplá estaban muy de acuerdo. No así la madre, doña Guiomar de Estalrich, y aunque intervino el Príncipe, hubo tal disputa familiar, que Requesens prefirió dejar correr el tema, y abandonó Barcelona camino de Madrid. Ello casi obligó a que el Príncipe se pusiera igual que él en camino a Madrid, con la excusa de que ya el Rey había llegado a la capital, donde se convocó Capítulo General de la Orden de Santiago; en ella y por intermediación del propio monarca, Requesens fue elegido como uno de los trece caballeros de ella, a pesar de que sólo contaba con 23 años de edad.

En este capítulo se resolvió que el Rey entregaría cuatro galeras a ella y ésta debía mantenerlas durante tres años en perfecto estado para entrar en combate; y si todo funcionaba bien, se haría que la resolución continuase. Se realizó el asiento, con la firma del Rey y con la del Príncipe como Gobernador de España, siendo propuesto por todo el capítulo para el cargo de capitán general de ellas al Comendador Mayor de Castilla, por lo que el Príncipe le proveyó luego de todo lo necesario. Requesens aceptó por dos razones: la primera, porque había sido toda la Orden la que se lo demandó, y la segunda, porque al dejar la casa del Príncipe, quería cambiar de ambiente y conocimientos, y la mar no era una mala elección.

Por varios y diferente motivos, en mayo de 1552 aún estaban sin formarse los aprestos de las cuatro galeras. Por esta razón, los de la Orden le rogaron al Comendador que marchase al Sacro Imperio, donde se encontraba el Emperador Carlos y pusiera en su conocimiento lo que estaba ocurriendo.

Partió de Madrid con dirección a la Corte el 12 de junio de 1552, haciendo parada para embarcar en Barcelona. Aquí se encontró con doña Jerónima, que finalmente lo convenció, no sin usar todas sus dotes, de que se desposara con ella. Dado que las galeras ya habían partido y sólo una fragata quedaba dispuesta en el puerto para zarpar, a media noche se realizaron los capítulos matrimoniales y poco antes del amanecer contrajo el matrimonio. Apenas una hora después Requesens embarcó en el buque que debía trasportarlo a Génova.

De esta ciudad pasó a Milán, poniéndose en camino siguiendo al Rey, al que dio alcance al pararse éste para juntar al ejército que debía de combatir a los rebeldes luteranos del Sacro Imperio. Con el Rey pasó a Metz y posteriormente a Lorena a mediados de octubre, donde al Rey le entraron sus dolores de la gota, por lo que dejó de capitán general del ejército al Duque de Alba, al que el Comendador de Castilla siguió en todas las escaramuzas y combates que hubieron lugar.

En el sitio de Metz se declaró una epidemia que produjo graves pérdidas, y el mismo día de Navidad, al acabar de comulgar Requesens junto a los Caballeros de la Orden, le sobrevinieron unas fiebres; los facultativos llegaron a desahuciarlo. Antes de estar totalmente restablecido, se dio fin al asedio de Metz. Esto le obligó a realizar un penoso camino hasta llegar de nuevo a Bruselas, en donde ya se encontraba el Rey, con el que aprovechó para tratar los temas de la Orden. Volvió a partir hacia Génova, donde abordó una de las galeras del Duque de Alba y con la que retornaron a Barcelona. Al día siguiente de su llegada, se consumó su matrimonio.

Posteriormente vinieron unas herencias que le hicieron extraordinariamente rico, pues por azares de la vida concurrieron unas circunstancias que a los que les tocaban no las habían cumplido. Entre ellas estuvo la herencia de la duquesa de Calabria, que para hacerse con ella se vio obligado a mantener una serie de juicios, en los que su contrincante era el Conde de Saldaña, hijo mayor del Duque del Infantado. También ganó el pleito contra el cuarto marqués de Oliva, por lo que finalmente fue él también el único heredero.

, Requesens regresó a Barcelona para terminar de poner a punto sus galeras. Hubo un incidente en el que su galera fue abordada por el capitán general de las de España, hecho que provocó por primera vez en su vida la ira. Aclarado el tema por el propio Rey, renunció a su mando.

Se encontraba en Valladolid cuando recibió la visita de Juan de Vega, a la sazón Presidente del Consejo Real, que el nuevo rey Felipe II le había nombrado Asistente de Sevilla. Aunque el cargo era de mucha honra y autoridad, Requesens aún estaba resentido por la actuación del general de las Galeras de España, y se negó en redondo a aceptarlo.

En diciembre de 1561, recibió la visita de fray Bernaldo de Freneda, de la orden franciscana y confesor del Rey, quien le puso en conocimiento de haber sido nombrado por el monarca Embajador de España ante la Santa Sede, en cuyo solio pontificio se sentaba el Papa Pío IV. Fue informado al mismo tiempo de que se le asignaba un sueldo de 8.000 ducados de oro anuales, más otros 10.000 por una sola vez para cubrir los gastos del viaje. A pesar de tan lucrativo cargo, no dio su conformidad hasta que obtuvo el consentimiento, previa consulta a su mujer y su hermano.

Unos días después volvió a caer gravemente enfermo, por lo que no pudo partir de la capital hasta que no estuvo restablecido. Realizó la salida el 22 de diciembre de 1562 con dirección a Villarejo de Salvanes (Madrid),localidad en la que permaneció hasta la Pascua, y al terminar ésta se puso en camino hacía Valencia y de aquí a Barcelona.

Las primeras galeras que zarparon de este puerto fueron las de la Orden de San Juan junto a las del Duque de Florencia. Se embarcó en la capitana de las de San Juan, a cuyo mando estaba el capitán general don Juan Vicente de Gonzaga, el que más tarde sería el cardenal Gonzaga, y llegaron a Civitavecchia, de donde se dirigieron a Bracciano. Allí su hija cayó enferma, por lo que su mujer se quedó al cuidado de la niña, y él prosiguió viaje, realizando el 25 de septiembre de 1563 la solemne entrada, que estaba estipulada para el representante del Rey Católico, que era la máxima, en la ciudad de Roma.

La principal controversia que tuvo que sortear fue la de la preeminencia en los lugares sagrados que debían de ocupar el representante francés y el español, ya que después de varios enfrentamientos que llegaron a la violencia, el Papa había cedido, dando la preferencia al francés, con gran indignación de la legación española. Luis de Requesens puso los hechos en conocimiento del Rey y éste, en señal de la más enérgica protesta, ordenó al embajador que abandonara Roma, pero al mismo tiempo que hiciera saber al Sumo Pontífice que la revocación no era ante la Santa Sede, sino ante su persona. Pero Felipe II, por orden privada, le comunicó que bajo ningún concepto debía abandonar los Estados Pontificios, por lo que debía de ir entreteniéndose todo lo que pudiera, pues creía que Su Santidad no iba a durar mucho y debía estar presente para la elección del nuevo Papa, y para ello no debía de estar muy lejos.

Requesens fue haciendo el camino muy lentamente, pero aun así logró llegar a Génova. Estando ya en esta ciudad envió a su esposa a los baños de Luca, donde llegó a punto de morir. Precisamente por esta dolencia de la que era conocedor, había pedido en repetidas ocasiones al Rey su licencia, para retornar a España, y justo le llegó la autorización estando en Luca.

Asimismo le llegó la noticia esperada de que el Papa estaba enfermo, por lo que con gran discreción se encaminó hacia Roma, pero fue acercándose tan despacio que a su llegada, el cónclave ya se había cerrado para elegir al nuevo sustituto en el solio pontificio de Pío IV. Pero no se dio por vencido y se puso a trabajar, demostrando sus grandes dotes diplomáticas al ser quien más influyó en la elección del dominico e inquisidor Antonio Michele Ghiselieri como Papa, con el nombre de Pío V, que sería a la postre el impulsor de la Santa Liga contra el Turco.

El contento del Rey fue tan enorme por este nuevo nombramiento, que lo confirmó como Embajador de España ante la Santa Sede, logrando bajo su estancia en Roma que las cosas se discutieran pero siempre con un buen fin, por lo que tanto el Rey como el Papa estaban a su entera satisfacción con él. De todas las misiones encomendadas, la que más difícil le resultó fue el proceso al que la Inquisición sometió al cardenal-arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza. Se decidió que este problema lo resolviera el Papa por ser de su incumbencia, pero para ello tenía que sacarlo de la vigilancia de su Rey, lo cual no era de su total agrado por la confianza depositada en él por Felipe II. Lo logró con la promesa de que el Papa lo tendría preso hasta que se resolviera el proceso, con el voto decisivo de Su Santidad, pero con la admisión por los votos consultivos que el Rey enviase al Papa.

Por este tiempo llegó a Madrid el Capitán general de la Mar y virrey de Nápoles, García de Toledo, al que su majestad lo vio ya con poca salud, lo que le llevó a decidir relevarlo de sus funciones para tratar de que se recuperase. Por ello nombró a su hermanastro el príncipe don Juan de Austria como su sucesor en los cargos, pero al ser muy joven, le puso a Requesens de ayudante por ser persona de su entera confianza y conocedor de las cosas de la mar, lo cual puso en su conocimiento un documento con la firma Real, fechado en Madrid el 22 de marzo de 1568. En este documento se le concedían los más amplios poderes. Mientras, en la Embajada era sustituido por su hermano Juan de Zúñiga.

Por sus grandes dotes y capacidad de mando, así como sus habilidades marineras, fue ascendido y nombrado Capitán General de la Mar. Utilizando su poder, consiguió organizar unas fuerzas navales que lograron impedir los constantes saqueos a que los hermanos Barbarroja sometían a las costas del Levante español e islas de Baleares. Al poco tiempo se volvieron a resentir las relaciones entre el Rey y el Papa, lo que decidió a Felipe II a hacer regresar a don Luis a Roma, quien en poco tiempo resolvió las diferencias retornando la tranquilidad entrambos poderes. Al terminar este asunto, el Rey le volvió a ordenar que regresase junto a su hermano en la mar, pero antes de que las galeras pudieran estar listas, se produjo el levantamiento de

Por sus demostradas dotes fue elegido por el rey Felipe II como consejero de su hermanastro don Juan de Austria en la guerra contra los moriscos en las Alpujarras. Para ello, también recibió la orden de que fueran trasladados desde Nápoles y Milán varios tercios de la infantería, por lo que tuvo que volver a dejar a su mujer gravemente enferma. Salió de Roma el 23 de marzo de 1569 y se embarcó en la escuadra en el puerto de Civitavecchia. Mientras, en Liorna se alistaba parte de la flota, formada por las galeras del Duque de Florencia, que estaban a sueldo del Rey de España. Desde Génova partieron asimismo las que se pudieron juntar, que pertenecían a varios acaudalados particulares. En total contaba 24 galeras.

Al llegar a Marsella, se le reprodujeron unas fiebres, que otra vez a punto estuvieron de acabar con su vida. Por este motivo no desembarcaron tan siquiera y reanudaron viaje el 18 de abril. Les sorprendió un tremendo temporal que logró dividir a la escuadra, por lo que su galera llegó a Mahón y el resto a Cerdeña. Pero dos de ellas se fueron a pique antes de poder llegar, a otras cuatro más la mar las viró y les dio de través, mientras el resto pudo arribar en muy malas condiciones.

El 28 de abril llegó a Palamós y de allí pasó a Barcelona, volvió a embarcar y costeando llegaron a Vélez-Málaga el 3 de junio. Luego ordenó a su primo Miguel de Moncada ponerse a las órdenes de don Juan de Austria, que se encontraba en Granada. Por expresa decisión de Felipe II, Requesens actuó como mentor de don Juan, y éste debía seguir sus consejos sin apartarse de ellos.

Al terminar esta campaña, regresaron al mar, donde don Luis le siguió como lugarteniente general y con las mismas amplias facultades. Se le encomendó la preparación de la escuadra y ejército españoles que debían unirse a

Durante 1571 y 1572 fue el brazo derecho de don Juan de Austria, aunque en realidad y por carta firmada por el rey Felipe II, lo que ejercía era de segundo jefe de la Armada y como tutor del Príncipe. Por instrucciones secretas se le comunicaba que «por sus cualidades reunían, la prudencia, buen juicio, virtudes diplomáticas, experiencia marinera en este mar y una respetada condición nobiliar».

El padre March describe con todo el acierto la misión encomendada por el Rey a Requesens, pues se recibe un nuevo documento, en el mes de junio de 1571, el cual ratificaba al de 1568, lo cual era muy sintomático. Esta reafirmación en las recomendaciones, las cuales fijaban con toda claridad sus responsabilidades para la expedición de la Santa Liga contra los turcos, afirmaba que «todo lo que hubiera de despacharse por escrito, debía llevar la firma tanto del capitán general como la suya» y aún insistía más al decirle en esa instrucción reservada adjunta «todo lo que ordenare e hiciese debía ser de acuerdo, sin poder don Juan apartarse de él de ninguna manera y en caso de que se apartara alguna vez de su parecer, le facultaba para hacer discretamente las diligencias que creyera convenientes, para acudir a su regia autoridad, todo ello, sin demostraciones públicas y guardando la consideración que al príncipe se debía».

Por otra carta de junio del mismo año de 1571, se le designa como una de las tres personas, junto a don Álvaro de Bazán y don Juan Andrea Doria, que tienen que prestar su consentimiento a la decisión de presentar el combate, pero al mismo tiempo se mantiene la orden de que el «capitán general no podía expedir ni firmar disposición ninguna sin la previa revisión y aquiescencia de don Luis».

En la batalla de Lepanto combatió con gran vigor, y sus muy acertadas disposiciones contribuyeron enormemente al triunfo final. Guardó, no obstante, tal discreción y tacto que quedó en un segundo plano, tanto por seguir las recomendaciones de su Rey, como por el cariño y afecto que profesaba a don Juan de Austria. Al terminar el combate, dirigió la recuperación de todos los bajeles posibles, mandando a continuación su reparación, para con ellos comenzar una expedición contra Túnez, que se efectuó al año siguiente.

La efectividad de su mando queda reflejada en la carta que cuatro días después del combate, don Juan dirigía a su Rey, en la que entre otras cosas le decía «que honraba al Comendador Mayor pero que vivía muy desgraciado, por el exceso de celo y demasía severidad con que a su juicio ejercía su papel, pues los dos trataban las infinitas materias, que no resuelvo sin él y que ya no podía hacer más para darle gusto, sino dejarle todo el cargo».

De carácter afable pero firme, le acompañaba como gran virtud su gran modestia, la cual y sus sentimientos hacia don Juan de Austria, al que consideraba el mejor de sus amigos y el más grande jefe que nunca tuvo España, le llevaron incluso a ocultar sus extraordinarios servicios prestados, dándole siempre el buen hacer de ellos a su buen Príncipe.

Se dice que fue muy importante, casi totalmente decisiva, su intervención para que la imagen del Santísimo Cristo de Lepanto y varias de las banderas de aquel memorable encuentro fueran llevadas a Barcelona. Requesens prometió a la virgen que mandaría construir un convento en Villarejo de Salvanés en su nombre si ganaban la batalla. Tras ganarla, este convento se empezó a construir en 1573 y hoy día lo preside la patrona de Villarejo de Salvanes,

Después del combate de Lepanto, donde la victoria fue una demostración de sabiduría y fuerza de las armas contra la de los turcos, por expresa decisión de Felipe II se le nombró Gobernador del estado de Milán en 1572.

Al año siguiente se le encomendó el Gobierno de los Países Bajos, relevando en el mando al Duque de Alba, cuya política represiva y continuas victorias sobre los rebeldes no habían logrado pacificar el país. Requesens recibió instrucciones precisas de negociación: debía salvaguardar, a toda costa, la soberanía del legítimo gobernante de los Países Bajos y la ortodoxia católica. Pero todos los buenos oficios de Requesens no pudieron evitar la prosecución de la lucha, por la enconada oposición de los rebeldes. Ya antes de partir para Bruselas, Requesens publicó una amnistía general, la abolición del Conseil de Truobles y la derogación de las alcabalas. Pero si esta oferta de buena voluntad apenas tuvo eco en el sur, fue totalmente desoída en las provincias norteñas. Llegado a finales del otoño de 1573, Requesens tuvo que acudir a las armas para imponer su autoridad.

Aunque en febrero de 1574 se había perdido el importante puerto de Middelburg, Requesens logró una brillante victoria sobre las tropas de Luis de Nassau en Mook, en el valle del Mosa, en la que perdieron la vida otros dos hermanos de Guillermo de Orange, y pudo reducir bastante rápidamente la zona meridional. Ahora parecía el momento de anunciar su política de conciliación y de perdón, pero, falto de dinero para atender al pago de sus soldados, Requesens se hallaba en una situación comprometida. El Rey enviaba ingentes sumas de dinero (en 1574, concretamente, más del doble que en los dos años anteriores), pero los gastos del Ejército, que en esas fechas contaba con 86.000 hombres, superaban con creces las posibilidades económicas de la Hacienda regia.

Requesens se vio forzado a buscar un acuerdo con Orange utilizando la mediación del emperador Maximiliano II. Las conversaciones tuvieron lugar en Breda. El gobernador estaba dispuesto a retirar de Flandes las tropas españolas, pero con la condición de que el catolicismo sería la única religión autorizada; los protestantes tendrían un plazo de diez días para retirarse al extranjero. Esta exigencia imposibilitó el entendimiento. Los Estados de Holanda y Zelanda, debido a nuevas adhesiones al credo calvinista y a la emigración de otros de las provincias meridionales, contaban con la mayoría de la nueva religión y no estaban dispuestos a aceptar aquella imposición. Además, el calvinismo estaba plenamente identificado con la causa nacionalista y no podía ser dejado de lado.

Fracasadas estas negociaciones, Requesens reemprendió la lucha con mayor denuedo. Tropas españolas al mando del coronel Alonso de Mondragón, con el agua al cuello y soportando los disparos de los soldados y marinos holandeses, que les ocasionaron numerosas pérdidas, vadearon los bajos que separaban las islas de Duiveland y Schouwen y ocuparon gran parte de Zelanda. Pero cuando tenían los españoles una salida al océano y podían cortar las comunicaciones entre Walcheren y el sur de Holanda, surgió un motín general de las tropas. El 1 de septiembre de 1575, Felipe II declaró la suspensión de pagos de los intereses de la deuda pública de Castilla y la financiación del Ejército de Flandes quedó cortada. Se debían a las tropas, en algunos casos, casi dos meses de soldada, por un importe de 6.000.000 de escudos. Surgieron nuevos motines de las tropas, y durante cerca de un año estuvieron paralizadas las operaciones militares.

Por tal cúmulo de desgracias y su ya manifestada debilidad de su cuerpo don Luis de Requesens falleció en Bruselas el 5 de marzo de 1576, haciéndolo como un verdadero y ferviente católico, asistido por varios facultativos y clérigos. Fue sustituido en el gobierno de los Países Bajos, sumidos en el caos, por don Juan de Austria.

El 27 de septiembre de 1557 vino al mundo su primera hija, a la que le puso el nombre de Mencía de Mendoza, que era el mismo del de la Duquesa de Calabria, de quien por designio de don Luis sería la heredera de su fortuna y título. Se casó en 1582 con Juan Alonso Pimentel de Herrera, V duque de Benavente.

La Rebelión de las Alpujarras fue un conflicto acontecido en España entre 1568 a 1571 durante el reinado de Felipe II. La abundante población morisca del reino de Granada se alzó en protesta contra la Pragmática Sanción de 1567, que limitaba las libertades religiosas de dicha población. Cuando el poder real consiguió vencer a los sublevados, se decidió dispersar a más de 80.000 moriscos procedentes del reino de Granada por varios puntos de la península Ibérica, para evitar que su concentración provocara nuevas rebeliones. Por la gravedad y la intensidad de sus combates también se le conoce como la Guerra de las Alpujarras.

Pedro de Deza, presidente de la Audiencia de Granada, emitió un edicto proclamando la pragmática el primero de enero de 1567 y comenzó a hacerlo cumplir. En los meses siguientes los moriscos se dispusieron a negociar a través de Jorge de Baeza y Francisco Núñez Muley, sus representantes, quienes defendieron que las tradiciones perseguidas por el edicto no eran incompatibles con la doctrina cristiana y que el comercio, principal actividad económica de la población morisca después de la agricultura, se podía ver afectado, con la consiguiente disminución de ingresos reales. Estos argumentos, que habían funcionado en negociaciones similares en tiempos de Carlos I, no lo hicieron en esta ocasión.

Tras un año de infructuosas negociaciones, la población morisca granadina decidió levantarse en armas en 1568. No recibieron mucho apoyo en la capital, pero la rebelión se extendió rápidamente por la Alpujarra. A la cabeza del levantamiento morisco se situó Fernando de Córdoba y Válor, que fue proclamado rey cerca de Narila y que se hacía llamar en árabe Abén Humeya (o Abén Omeya), por declararse descendiente la dinastía del Califato de Córdoba. Farax Aben Farax, uno de sus seguidores, fue nombrado alguacil mayor del rey. En 1569 Abén Humeya fue asesinado, ocupando su puesto como rey su primo Abén Aboo. La rebelión fue apoyada militar y económicamente desde Argelia, con el objetivo de debilitar a Felipe II, pasando de los 4.000 insurgentes en 1569 a los 25.000 en 1570, incluyendo bereberes y turcos.

La guerra, que comenzó con incursiones y emboscadas, sorprendió a Felipe II con la mayoría de sus tercios en los Países Bajos. En 1570, ante el grave cariz que tomaba la revuelta, el rey destituyó al marqués de Mondéjar como Capitán General de Granada y nombró en su lugar a su hermanastro don Juan de Austria, quien comandó un ejército regular traído de Italia y del levante español, que sustituyó a la milicia local y que consiguió sofocar la revuelta en 1571. Entre los que pelearon contra los moriscos estuvo el escritor Inca Garcilaso de la Vega. Los últimos rebeldes, tras perder el Fuerte de Juviles, fueron asediados en sus cuevas, muriendo Aben Aboo, apuñalado por sus seguidores, en una cueva de Bérchules.

Los moriscos de Granada que sobrevivieron fueron dispersados hacia otros lugares de la Corona de Castilla, especialmente hacía Andalucía Occidental y Castilla, para evitar otra rebelión. Finalmente en 1609 Felipe III decretó la total Expulsión de los moriscos españoles.

En 1571 la cristiandad era amenazada por los turcos (musulmanes). El Papa San Pío V pidió a todos que rezaran, particularmente el rosario, para obtener la victoria. Una vez conseguida, instituyó la fiesta de Nuestra Señora del Rosario

Los musulmanes ya habían arrasado con la cristiandad en el norte de Africa, en el medio oriente y otras regiones. España y Portugal se había librado después 8 siglos de lucha. La amenaza se cernía una vez mas sobre toda Europa. Los turcos se preparaban para dominarla y acabar con el Cristianismo.

La situación para los cristianos era desesperada. Italia se encontraba desolada por una hambruna, el arsenal de Venecia estaba devastado por un incendio. Aprovechando esa situación los turcos invadieron a Chipre con un formidable ejército. Los defensores de Chipre fueron sometidos a las mas crueles torturas.

El Papa San Pío V trató de unificar a los cristianos para defender el continente pero contó con muy poco apoyo. Por fin se ratificó la alianza en mayo del 1571. La responsabilidad de defender el cristianismo cayó principalmente en Felipe II, rey de España, los venecianos y genoveses. Para evitar rencillas, se declaró al Papa como jefe de la liga, Marco Antonio Colonna como general de los galeones y Don Juan de Austria, generalísimo. El ejército contaba con 20,000 buenos soldados, además de marineros. La flota tenía 101 galeones y otros barcos mas pequeños. El Papa envió su bendición apostólica y predijo la victoria. Ordenó además que sacaran a cualquier soldado cuyo comportamiento pudiese ofender al Señor.

San Pío V, miembro de la Orden de Santo Domingo, y consciente del poder de la devoción al Rosario, pidió a toda la Cristiandad que lo rezara y que hiciera ayuno, suplicándole a la Santísima Virgen su auxilio ante aquel peligro.

Poco antes del amanecer del 7 de Octubre la Liga Cristiana encontró a la flota turca anclada en el puerto de Lepanto. Al ver los turcos a los cristianos, fortalecieron sus tropas y salieron en orden de batalla. Los turcos poseían la flota mas poderosa del mundo, contaban con 300 galeras, además tenían miles de cristianos esclavos de remeros. Los cristianos estaban en gran desventaja siendo su flota mucho mas pequeña, pero poseían un arma insuperable: el Santo Rosario. En la bandera de la nave capitana de la escuadra cristiana ondeaban la Santa Cruz y el Santo Rosario.

La línea de combate era de 2 kilómetros y medio. A la armada cristiana se le dificultaban los movimientos por las rocas y escollos que destacan de la costa y un viento fuerte que le era contrario. La mas numerosa escuadra turca, sin embargo tenía facilidad de movimiento en el ancho golfo y el viento la favorecía grandemente.

Don Juan mantuvo el centro y tuvo por segundos a Colonna y al general Veneciano, Venieri. Andrés Doria dirigía el ala derecha y Austin Barbarigo la izquierda. Pedro Justiniani, quien comandaba los galeones de Malta, y Pablo Jourdain estaban en cada extremo de la línea. El Marques de Santa Cruz estaba en reserva con 60 barcos listo para relevar a cualquier parte en peligro. Juan de Córdova con 8 barcos avanzaba para espiar y proveer información y 6 barcos Venecianos formaban la avanzada de la flota.

La flota turca, con 330 barcos de todos tipos, tenía casi el mismo orden de batalla, pero según su costumbre, en forma de creciente. No utilizaban un escuadrón de reserva por lo que su línea era mucho mas ancha y así tenían gran ventaja al comenzar la batalla. Hali estaba en el centro, frente a Don Juan de Austria; Petauch era su segundo; Louchali y Siroc capitaneaban las dos alas contra Doria y Barbarigo.

Don Juan dio la señal de batalla enarbolando la bandera enviada por el Papa con la imagen de Cristo crucificado y de la Virgen y se santiguó. Los generales cristianos animaron a sus soldados y dieron la señal para rezar. Los soldados cayeron de rodillas ante el crucifijo y continuaron en esa postura de oración ferviente hasta que las flotas se aproximaron. Los turcos se lanzaron sobre los cristianos con gran rapidez, pues el viento les era muy favorable, especialmente siendo superiores en número y en el ancho de su línea. Pero el viento que era muy fuerte, se calmó justo al comenzar la batalla. Pronto el viento comenzó en la otra dirección, ahora favorable a los cristianos. El humo y el fuego de la artillería se iba sobre el enemigo, casi cegándolos y al fin agotándolos.

La batalla fue terrible y sangrienta. Después de tres horas de lucha, el ala izquierda cristiana, bajo Barbarigo, logró hundir el galeón de Siroch. Su pérdida desanimó a su escuadrón y, presionado por los venecianos, se retiró hacia la costa. Don Juan, viendo esta ventaja, redobló el fuego, matando así a Hali, el general turco, abordó su galeón, bajó su bandera y gritó: ¡victoria!. Los cristianos procedieron a devastar el centro.

Louchali, el turco, con gran ventaja numérica y un frente mas ancho, mantenía a Doria y el ala derecha a distancia hasta que el Marqués de Santa Cruz vino en su ayuda. El turco entonces escapó con 30 galeones, el resto habiendo sido hundidos o capturados.

El Papa Pío V, desde el Vaticano, no cesó de pedirle a Dios, con manos elevadas como Moisés. Durante la batalla se hizo procesión del rosario en la iglesia de Minerva en la que se pedía por la victoria. El Papa estaba conversando con algunos cardenales pero, de repente los dejó, se quedó algún tiempo con sus ojos fijos en el cielo, cerrando el marco de la ventana dijo: No es hora de hablar mas sino de dar gracias a Dios por la victoria que ha concedido a las armas cristianas. Este hecho fue cuidadosamente atestado y auténticamente inscrito en aquel momento y después en el proceso de canonización de Pío V.

Las autoridades después compararon el preciso momento de las palabras del Papa Pio V con los registros de la batalla y encontraron que concordaban de forma precisa. Pero la mayor razón de reconocer el milagro de la victoria naval es por los testimonios de los prisioneros capturados en la batalla. Ellos testificaron con una convicción incuestionable de que habían visto a Jesucristo, San Pedro, San Pablo y a una gran multitud de ángeles, espadas en manos, luchando contra Selim y los turcos, cegándolos con humo.

En la batalla de Lepanto murieron unos 30,000 turcos junto con su general, Hali. 5,000 fueron tomados prisioneros, entre ellos oficiales de alto rango. 15,000 esclavos fueron encontrados encadenados en las galeras y fueron liberados. Perdieron mas de 200 barcos y galeones. Los cristianos recuperaron además un gran botín de tesoros que los turcos habían pirateado.

Villarejo de Salvanés es una localidad de la Comunidad de Madrid (España), situada en el Kilómetro 50 de la Autovía A-3 Madrid-Valencia. Se encuentra en la denominada comarca de Las Vegas.Pertenece a la Diócesis de Alcalá de Henares (Madrid). Tiene cómo patrona a la Santísima Virgen de la Victoria de Lepanto y cómo patrón a San Andrés Apóstol.

A finales del siglo XVI, Luis de Requesens y Zúñiga, hijo de Juan de Zúñiga Avellaneda y Velasco, Lugarteniente de Juan de Austria en la Batalla de Lepanto, mandó levantar un templo a la Imagen de Nuestra Señora de Lepanto, en memoria de la derrota que las armas cristianas inflingieron a los turcos y dio fin a la hegemonía turca en el Mediterráneo.

), conquistador español. Su nombre original era Sebastián Moyano, y cambió su apellido debido a que era oriundo de la población de Belalcázar (o Benalcázar), situada en Córdoba. El apellido Belalcázar está formado de las palabras árabes ben y alcázar que equivalen 'hijo del castillo' o 'hijo de la fortaleza'.

Pudo haber viajado al Nuevo Mundo con Cristóbal Colón en una fecha tan reciente como 1498, en el tercer viaje colombino a América, si bien José de Castellanos escribió que, habiendo matado un mulo en el año 1507, huyó de España hacia las Indias Occidentales por miedo al consiguiente castigo, y para poder escapar además de la pobreza en que vivía. Viajó con Pedrarias Dávila al Darién, en 1514, siendo nombrado capitán. Varios años más tarde, en 1524, Francisco Hernández de Córdoba lo llevó consigo a la conquista de Nicaragua, tras la cual fue nombrado alcalde de la ciudad de León. Permaneció en el cargo hasta 1527, viajando a Honduras debido a las disputas internas de los gobernadores españoles.

Tras un breve retorno a León, embarcó hacia las costas de Perú, donde se unió a la expedición que preparaba Francisco Pizarro contra el Imperio inca (1532). Tras haber ayudado a Pizarro a combatir a las tribus locales, completó en 1534 la conquista de Quito usando fondos obtenidos de sus campañas anteriores. Quito había sido la ciudad más septentrional del Imperio inca hasta ese momento, y antes de ser tomada por Belalcázar fue incendiada por el

, en honor a los misioneros franciscanos, por lo que en el escudo de la ciudad consta el tradicional cordón franciscano. Con fracaso intentó enviar a uno de sus colaboradores a fundar una villa en Puerto Viejo, ciudad que ya habia sido planeada fundar por Francisco Pacheco desde San Miguel de Piura.

Las campañas de conquista provocaron gran destrucción y hambruna, Belalcázar relató que hasta 100.000 nativos murieron de hambre y 50.000 fueron usados como alimento por los supervivientes, su cálculo es considerado exagerado.

y fundando varios núcleos como Ampudia, Santiago de Cali, Neiva, Popayán y Guayaquil (1536-1537). Cruzó el valle del río Magdalena en 1539, junto a Gonzalo Jiménez de Quesada y el alemán Nicolás Federmann, atravesando las alturas centrales colombianas y entrando en Bogotá.

En mayo de 1540, el rey Carlos I de España lo nombró adelantado de España, otorgándole el cargo de gobernador de Popayán y de un amplio territorio ubicado en las actuales Ecuador y Colombia. El Edicto Real que lo nombre así es el siguiente: El emperador Carlos V de Alemania y Carlos I de España le otorgaron la real cédula de 10 de marzo de 1540, que dice:

Don Carlos, por la Divina Clemencia, Emperador siempre Augusto Rey de Alemania; Doña Juana su madre, y el mismo Don Carlos, por la Gracia de Dios, Rey de Navarra, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, etc., por cuanto vos Capitán Sebastián de Belalcázar, continuando vuestros servicios con gente a pie y de a caballo, a vuestra costa habéis descubierto, conquistado y poblado las Ciudades de Popayán y Santiago de Cali y Villas de Anserma, Guanacas, Neiva y otras Provincias y tierras a ellas comarcanas, es nuestra merced y voluntad que de ahora y de aquí en adelante por todos los días de vuestra vida seáis nuestro Gobernador y Capitán General de dichas Ciudades.

Este nombramiento motivó disputas territoriales entre Belalcázar y un gobernador vecino, Pascual de Andagoya, algo muy habitual en los primeros años de la conquista. Belalcázar pudo frenar las pretensiones territoriales de su vecino, ocupando a su vez varias tierras de su rival.

, un gobernador provincial vecino, en otra disputa territorial. Fue enjuiciado in absentia por este crimen, hallado culpable y condenado a muerte por este asesinato, por malos tratos cometidos contra los indígenas y por participar en las luchas acaecidas entre los conquistadores.

Rumiñahui (quichua: Rumi Ñawi, 'Ojo de Piedra') fue un guerrero inca, uno de los tres generales del ejército de Huayna Cápac junto con Challcuchima y Quizquiz, que mantuvo la lucha contra los españoles en la ciudad Inca de Quito por 1 año y 5 meses después de la ejecución de Atahualpa el 29 de agosto de 1533 y la muerte de Túpac Hualpa dos meses después. Según unas versiones era jefe de los panzaleos que ocupaban las provincias de Cotopaxi y Tungurahua del actual Ecuador, según otras lo era de los Quitu-Cara, habitantes de la sierra norte en Pichincha.

Rumiñahui había servido en el ejército de Huayna Cápac, distinguiéndose tanto por su valor como por su sagacidad y discreción. Hallábase en Cajamarca cuando llegaron los españoles y presenció la embajada que, en nombre de su hermano el gobernador, llevó a Atahualpa Hernando Pizarro; y al otro día, tan luego como llegó a sus oídos la nueva de la prisión de su rey Atahualpa, emprendió una marcha apresurada hacia Quito acompañado de Tito Atauchi, hermano de Atahualpa. y con gran diligencia juntó tropas estimulando a sus paisanos a levantarse contra los españoles.

Apenas los españoles mataron a Atahualpa, el general Rumiñahui resolvió oponerse a ellos hasta morir. Inmediatamente se trasladó al Suyo del Norte y se preparó para la guerra de resistencia, acompañado de los mejores generales que habían luchado contra Huáscar, entre ellos Quisquis, Chalcuchímac, Razo-Razo, Imbaquimbo, etc. Tito Atauchi regresó a Cajamarca, donde tomó venganza por la muerte de Atahualpa.

Sebastián de Benalcázar, que era gobernador de San Miguel de Piura, fue invitado por los cañaris para que conquistase el territorio inca del norte de Piura, ya que no soportaban más el dominio de Rumiñahui. Además, Benalcázar tuvo conocimiento que desde Guatemala venía Pedro de Alvarado con 500 soldados a conquistar la zona. Frente a estas circunstancias Benalcázar resolvió emprender la conquista de las provincias del norte de Piura sin pedir autorización a Pizarro, que se encontraba en Cusco consolidando la conquista del resto del Imperio.

Sebastián de Benalcázar partió de San Miguel de Piura en febrero de 1534, acompañado de 200 españoles y con todas las provisiones necesarias. Los españoles llegaron a Tomebamba y fueron muy bien recibidos por los cañaris, quienes le prestaron toda clase de apoyo, especialmente alimentos y 11.000 hombres para que combatieran a Rumiñahui.

Los ejércitos de Sebastián de Benalcázar y Rumiñahui iniciaron la lucha, que se prolongó casi todo el día, en el Nudo de Tiocajas (Guamote) el 3 de mayo de 1534; el ejército de Rumiñahui se componía de 12.000 combatientes que perdieron el temor al arcabuz, al cañón y al caballo. Hubo momentos en que el bando español se sentía vencido, pero la batalla quedo indecisa y hubo varias escaramuzas después en el camino a Quito.

Para la desgracia de Rumiñahui se produjo la erupción del Tungurahua en julio de 1534, lo que determinó la desbandada incontenible de sus guerreros, ya que éstos creían que los dioses daban el aviso de la derrota irremediable. Rumiñahui se convierte de triunfador en derrotado; se retiró hacia Quito y adoptó la política de tierra arrasada, es decir, quemó los pueblos que se encontraban al paso. En Quito acabó con todo lo que podía excitar la codicia y lujuria de los españoles, recogió todo el oro, plata y piedras preciosas y lo llevó a esconder lejos; mató a las Vírgenes del Sol, para que los españoles no profanaran el Aclla Huasi violándolas, y a todos los hijos de Atahualpa los escondió, quitando la vida a los príncipes adultos, junto a Cozoponga, tío del Inca y tutor de sus hijos. A Quilliscacha, otro hermano de Atahualpa llamado por los españoles Inca Illescas, también le hizo matar porque le supo simpatizante de los españoles. Por último prendió fuego a Quito, con el objeto de que los invasores no tuvieran nada que les pudiera servir a su llegada.

Sebastián de Benalcázar, después de dar cuentas de su actuación en la conquista a Diego de Almagro, quien vino delegado de Pizarro a fundar las ciudades de Santiago y San Francisco de Quito en las llanuras de Riobamba, se dirigió a la capital en persecución de Rumiñahui, llegó a ésta y encontró sólo cenizas. Sobre las ruinas hizo efectiva la fundación de San Francisco de Quito el 6 de diciembre de 1534.

De inmediato Sebastián de Benalcázar persiguió a los jefes huidos y Rumiñahui fue capturado en las montañas de Sigchos y sometido de manera cobarde a toda clase de torturas con el objeto de que declarase el lugar donde había escondido los tesoros de Atahualpa, pero jamás lo hizo; algunas veces indicó lugares falsos, por lo que volvían a torturarle, hasta que le victimaron el mes de enero de 1535.

San Francisco de Quito, o simplemente Quito, es la ciudad capital de la República de Ecuador y también de la provincia de Pichincha. Además, es la cabecera del área metropolitana que la forma, conocida como Distrito Metropolitano de Quito.

Está ubicada sobre la hoya de Guayllabamba en las laderas orientales del estratovolcán activo Pichincha, en la parte occidental de los Andes. Se encuentra aproximadamente en las coordenadas 0°15′0″S 78°35′24″O / -0.25, -78.59 y su altitud promedio es de 2850 msnm. Convirtiéndola en la segunda capital administrativa más alta del mundo (después de La Paz) y la capital oficial más elevada del planeta. Su población era de 1,397,698 habitantes en el área urbana y de 1,842,201 en todo el Distrito (de acuerdo al censo del año 2001). Según estima el municipio, para el año 2010, la urbe tendrá 1,619,791 habitantes (2,151,993 en todo el Distrito Metropolitano). La ciudad está dividida en 32 parroquias, las cuales se subdividen en barrios.

La fecha de su primera fundación es incierta; los registros más antiguos se hallan en la hacienda del Inga, sin embargo, se utiliza la conquista española de la ciudad, el 6 de diciembre de 1534, como su nacimiento;.

Fue la primera ciudad declarada, junto a Cracovia en Polonia, como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, el 18 de septiembre de 1978. En 2008, Quito fue nombrada sede de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).

Popayán es una ciudad colombiana, capital del departamento del Cauca. Se encuentra localizada en el Valle de Pubenza, entre la Cordillera Occidental y Central al suroccidente del país, en las coordenadas 2°26′39″N 76°37′17″O / 2.44417, -76.62139. Tiene 258.653 habitantes, de acuerdo al Censo del DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas) elaborado en el año 2005. Su extensión territorial es de 512 km², su altitud media es de 1760 m sobre el nivel del mar, su precipitación media anual de 1.941 mm, su temperatura promedio de 14/19 °C y dista aproximadamente 600 km de Bogotá.

En el 2005, la Unesco designó a la ciudad de Popayán como la primera ciudad de la gastronomía por su variedad y significado para el patrimonio intangible de los colombianos. La cocina caucana fue seleccionada por mantener sus métodos tradicionales de preparación a través de la tradición oral.

Por extensión en el Imperio inca se refería a los pueblos que efectuaban compromisos de servidumbre: era el nombre que recibían los esclavos de los Incas. Tenían a su cargo el cuidado del ganado de los nobles, la pesca, y estaban dedicados a otros trabajos, como la alfarería y la construcción, además del servicio doméstico de la clase alta.

Los españoles, durante la Conquista del Perú, comenzaron a usar la denominación para referirse a los pueblos indígenas que tenían de servidumbre, ya fuera en sus encomiendas o en integrados a las formaciones militares como indios auxiliares. La palabra fue también usada durante la conquista de otros áreas de Sudamérica.

También se conoce como Pueblo Yanacona a un grupo indígena que habita en el departamento del Cauca, en Colombia. Actualmente estos viven principalmente en la zona del Macizo Colombiano. El idioma hablado por este pueblo es el castellano, auque su lengua original es el Quechua.

Contemporáneamente en algunos paísajes andinos también se le da la connotación de traidor o servil a los intereses extranjeros, en referencia a la supuesta deslealtad de los yanaconas con su raza.

Como capital departamental, alberga las sedes de la Gobernación del Valle del Cauca, la Asamblea Departamental, el Tribunal Departamental, la Fiscalía General, Instituciones y Organismos del Estado, también es la sede de empresas oficiales como la municipal EMCALI.

Santiago de Cali fue fundada en 1536 y aunque es una de las ciudades más antiguas de América, solamente hasta la década de 1930 se aceleró su desarrollo hasta convertirse en uno de los principales centros económicos e industriales del país y el principal centro urbano, cultural, económico, industrial y agrario del suroccidente colombiano.

El 25 de julio de 1536 Belalcázar funda Santiago de Cali, inicialmente establecida al norte de la posición actual, cerca de Vijes y Riofrío. Bajo órdenes de Belalcázar el capitán Miguel Muñoz reubicó la ciudad al lugar actual, donde el capellán Fray Santos de Añasco celebró una misa en el lugar hoy ocupado por la Iglesia de la Merced.

Durante la Colonia, Santiago de Cali fue parte de la Gobernación de Popayán, la cual a su vez era parte de la Real Audiencia de Quito y sujeta juridicamente a las disposiciones de la Presidencia de Quito. Aunque Cali fue inicialmente la capital de la Gobernación, en 1540 Belalcázar asigna esta función a Popayán debido al clima templado de esa ciudad.

Hasta el siglo XVIII mucho del presente territorio de Cali estaba ocupado por haciendas. La ciudad era únicamente una pequeña villa en las proximidades del río Cali. Las haciendas eran propiedad de la clase española, quienes tenían numerosos esclavos y dedicaban sus tierras a la ganadería y la siembra de la caña de azúcar. Muchas de estas haciendas darían origen a los actuales barrios, como Cañaveralejo, Chipichape, Pasoancho, Arroyohondo, Cañasgordas, Limonar y Meléndez.

En la época de la Colonia, Cali ocupaba una posición estratégica para el comercio. Su ubicación nuevamente la haría sitio clave en el paso entre las regiones mineras de Antioquia, Chocó y Popayán. En esta época se construyó el primer camino de herradura entre Buenaventura y Cali.

El río Cauca es uno de los más importantes ríos de Colombia. Nace cerca de la laguna del Buey en el Macizo Colombiano (departamento del Cauca) y desemboca en el río Magdalena cerca de la población de Pinillos en el departamento de Bolívar. En su recorrido entre las cordilleras central y occidental el río Cauca pasa por más de 180 municipios en los departamentos de Cauca, Valle del Cauca, Quindío, Risaralda, Caldas, Antioquia, Córdoba, Sucre y Bolívar. La cuenca hidrográfica de aproximadamente 63.300 km² es el lugar de diversas actividades productivas como la industria azucarera, cultivo de café, generación de electricidad, explotación minera y agrícola.

Es difícil precisar el origen del nombre. Los primeros españoles en la región lo llamaban Rio grande, Cauca o Marta. El nombre de Marta viene a que los fundadores veían al Cauca y Magdalena como ríos hermanos y los nombraron en honor a las santas hermanas del Evangelio: santa Marta y María Magdalena.

Según Jaime Arroyo, los indígenas Gorrones lo llamaban “Lili”. Fray Pedro Simón en sus Notas Historiales da claridad sobre el actual nombre, al afirmar que su origen se debe a un cacique de la región llamado Cauca, aunque no es claro de que región es este cacique, pues Cieza de León dice el cacique habitaba la región de Mompós.

El Dorado es un lugar mítico que se suponía que tenía grandes reservas de oro y que fue buscado por los conquistadores españoles e ingleses con gran empeño, atraídos por la idea de un lugar con calles pavimentadas de oro, en donde el preciado metal era algo tan común que se despreciaba. Muchos de ellos murieron en el intento por descubrir la ciudad, ya que las largas expediciones transcurrían por la selva y a la dureza del terreno había que unir la falta de provisiones. Se suponía que estaba ubicado en alguna parte de la selva Amazónica, entre Ecuador, Perú, Colombia, Venezuela, Guyana, Bolivia o Brasil.

El mito empezó en el año 1530 en los Andes de lo que hoy es Colombia, donde el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada encontró por primera vez a los Muiscas, una sociedad ubicada en lo que actualmente se conoce como el Altiplano Cundiboyacense. La historia de los rituales muiscas fue llevada a Quito por los hombres de Sebastián de Belalcázar; mezclada con otros rumores, se formó allí la leyenda de El Dorado, «El Hombre Dorado», «El Indio Dorado», «El Rey Dorado». Imaginado como un lugar, El Dorado llegó a ser un reino, un imperio, la ciudad de este lugar legendario.

En busca de este reino legendario fue primero enviado Don Angel guerra por la corona de la Reina Isabel la Católica, sin suerte después de una profunda búsqueda por el Amabaya, sus pasos fueron seguidos entonces por Don Francisco de Orellana y Don Gonzalo Pizarro quienes partieron de Quito en 1541 hacia el Amazonas en una de las más fatídicas y famosas expediciones para encontrar El Dorado.

Hay otra leyenda acerca del Dorado que cuenta que en la época de Tahuantinsuyo, cuando los incas se enteraron que Atahualpa había sido asesinado por los conquistadores, a pesar de que continuaban llegando a Cajamarca cientos de indìgenas cargados con oro y plata para pagar su rescate, Rumiñahui, uno de sus principales generales, decidió esconder todo el oro de la ciudad acompañado de al menos mil incas. La leyenda no dice exactamente dónde se escondió el oro, pero muchas personas piensan que el oro se escondió en el fondo del lago Titicaca,o en los llanganatis ecuatorianos. Desde el siglo XVIII se adelantaron expediciones para buscar el tesoro de los incas en la abrupta e inhóspita zona de la cordillera de los Andes conocida como Llanganates (una parte de la cual forma parte de una reserva natural), todas con resultados oficialmente inútiles y trágicos por la pérdida de vidas.

La expedición más famosa en busca de El Dorado fue aquélla de Francisco de Orellana en 1541, aunque hubo otros intentos antes de ésta. Al principio, los exploradores buscaron El Dorado en los Andes, cerca de Colombia. Sebastián de Belalcázar, un conquistador español que había viajado con Cristóbal Colón y Francisco Pizarro, buscaron El Dorado en el sur-occidente de Colombia en 1535. Nicolás de Federmann, explorador y cronista alemán que participó en la conquista española de Venezuela y Colombia, también dirigió una expedición para buscar El Dorado en 1535. El conquistador español Gonzalo Jiménez de Quesada partió en busca de El Dorado en 1536. Después de haber derrotado a los Muiscas y haber establecido a Bogotá como la capital del Nuevo Reino de Granada, Quesada se dio cuenta de que Federmann y Belalcázar también habían reclamado la misma tierra; en un pacífico encuentro llevado a cabo en Bosa, les convenció de regresar a España en 1539 y resolver el asunto.

Mientras los tres entablaban batallas legales por Nueva Granada, otros hombres continuaron la búsqueda. En 1541 Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana salen en pos de El Dorado y terminan en un desastroso viaje por el Amazonas. Después de dividirse en dos grupos, Pizarro y sus hombres regresaron a Quito, mientras que Orellana continuó el viaje, descubriendo y dando nombre al río Amazonas.

En 1541 el explorador español, nacido en Alemania, Felipe de Utre, emprendió una infructuosa búsqueda de El Dorado a lo largo del Amazonas en el territorio de Omagua. Encontró un territorio densamente poblado, pero ningún reino dorado.

Walter Raleigh fue el primer explorador inglés en emprender la búsqueda. Raleigh partió para la Guayana, a la que denominó en 1595 como Guiana. Navegó a lo largo del río Orinoco (hoy Venezuela) hacia el interior de la Guayana, encontró algunos objetos de oro, pero nada de las dimensiones de la leyenda, después de lo cual publicó un libro sobre su viaje titulado El descubrimiento de la Guiana, donde promovía la exploración del Reino Dorado.

), primer marqués de Ovieco (a título póstumo), almirante español conocido como Patapalo, o más tarde como Mediohombre, por las muchas heridas sufridas a lo largo de su vida militar, fue uno de los mejores estrategas de la historia de la Armada Española.

Pertenecía a una familia con ilustres marinos entre sus antepasados, en un pueblo dedicado, prácticamente en exclusiva, a la mar. Se educó en un colegio de Francia y salió de él en 1701, para embarcar en la escuadra francesa. Luis XIV había ordenado que hubiese el mayor intercambio posible de oficiales entre los ejércitos y las escuadras de España y Francia.

Con apenas 12 años (1701), se enrola como guardiamarina al servicio del conde de Toulouse, Luis Alejandro de Borbón, hijo de Luis XIV. Se integró en la armada francesa, en ese momento aliada de España en la Guerra de Sucesión, que acaba de empezar, al morir Carlos II sin descendencia.

La guerra enfrenta a Felipe de Anjou, apoyado por Francia y nombrado heredero por el rey español, con el Archiduque Carlos de Austria, apoyado por Inglaterra, ya que esta última temía el poderío que alcanzarían los Borbones en el continente. La escuadra francesa había salido de Tolón y en Málaga se habían unido algunas galeras españolas mandadas por el conde de Fuencalada. Frente a Vélez-Málaga se produjo el 24 de agosto de 1704 la batalla naval más importante del conflicto. En dicho combate se enfrentaron 96 naves de guerra franco-españolas (51 navíos de línea, 6 fragatas, 8 brulotes y 12 galeras, sumando un total de 3.577 cañones y 24.277 hombres) y la flota anglo-holandesa, mandada por el almirante Rooke y compuesta por 53 navíos de línea, 6 fragatas, pataches y brulotes con un total de 3.614 cañones y 22.543 hombres, dando como resultado al final de la contienda 1.500 y 2.700 bajas, respectivamente.

Blas de Lezo participó en aquella batalla batiéndose de manera ejemplar, hasta que una bala de cañón le destrozó la pierna izquierda, teniéndosela que amputar, sin anestesia, por debajo de la rodilla. Cuentan las crónicas que el muchacho no profirió un lamento durante la operación. Debido al valor demostrado tanto en aquel trance como en el propio combate, es ascendido en 1704 a Alférez de Bajel de Alto Bordo por Luis XIV. Se le ofrece ser asistente de cámara de la Corte de Felipe V. Siguió su servicio a bordo de diferentes buques, tomando parte en las operaciones que tuvieron lugar para socorrer las plazas de Peñíscola y Palermo; en el ataque al navío inglés Resolution de 70 cañones, que terminó con la quema de éste, así como en el apresamiento de dos navíos enemigos que fueron conducidos a Pasajes y Bayona. Evidentemente necesitó una larga recuperación y rechazó estar en la Corte, pues ambicionaba conocer las artes marineras y convertirse en un gran comandante. En 1705 vuelve a bordo y aprovisiona la asediada Peñíscola.

Continúa patrullando el Mediterráneo, apresando numerosos barcos ingleses y realizando valientes maniobras con un arrojo inusitado. Tanto es así que se le premia permitiendo que lleve sus presas a Pasajes, su pueblo natal. Pero enseguida es requerido por sus superiores y en 1706 se le ordena abastecer a los sitiados de Barcelona al mando de una pequeña flotilla. Sirviéndose de su aguda inteligencia, realiza brillantemente su cometido, escapa una y otra vez del cerco que establecen los ingleses para evitar el aprovisionamiento. Para ello deja flotando y ardiendo paja húmeda con el fin de crear un densa nube de humo que ocultase los navíos españoles, pero además carga «sus cañones con unos casquetes de armazón delgada con material incendiario dentro, que, al ser disparados, prenden fuego a los buques británicos». Los británicos se ven impotentes ante tal despliegue de ingenio. Posteriormente se le destaca a la fortaleza de Santa Catalina de Tolón, donde toma contacto con la defensa desde tierra firme en combate contra las tropas del príncipe Eugenio de Saboya. En esta acción y tras el impacto de un cañonazo en la fortificación, una esquirla se le aloja en el ojo izquierdo, que explota en el acto, perdiendo así para siempre la vista del mismo.

Tras una breve convalecencia es destinado al puerto de Rochefort, donde lo ascienden a Teniente de Guardacostas en 1707. Allí realizará otra gran gesta rindiendo en 1710 una decena de barcos enemigos, el menor de 20 piezas. Por estas fechas tiene lugar el referido combate con el Stanhope (70) mandado por John Combs, que lo triplicaba en fuerzas. Se mantuvo un cañoneo mutuo hasta que las maniobras de Lezo dejaron al barco enemigo a distancia de abordaje, momento en el que ordenó lanzaran los garfios para llevarlo a cabo: «Cuando los ingleses vieron aquello, entraron en pánico»

El abordaje de los españoles era una temible maniobra ofensiva, que los ingleses temían particularmente: los navíos españoles cañoneaban de cerca, tras lo cual lanzaban garfios y abordaban el navío contrario, buscando el cuerpo a cuerpo, hasta la rendición del enemigo. De este modo, con tripulaciones muy inferiores en número, los navíos españoles lograban apresar otros con mucha mayor dotación y porte. Blas de Lezo se cubrió de gloria en tan fenomenal enfrentamiento, en el que incluso es herido, siendo ascendido a Capitán de Fragata.

En 1712 pasa a servir bajo las órdenes de Andrés de Pes. Este afamado almirante quedó maravillado ante la valía de Lezo y emitió varios escritos que le valieron su ascenso a Capitán de Navío un año más tarde. Posteriormente participó en el asedio de Barcelona al mando del Campanella (70), en el que el 11 de septiembre de 1714, al acercarse con demasiado ímpetu a sus defensas, recibe un balazo de mosquete en el antebrazo derecho, quedando la extremidad sin apenas movilidad hasta el fin de sus días. De esta manera con sólo 25 años tenemos al joven Blas de Lezo tuerto, manco y cojo. En esa época, y al mando de una fragata, apresó once navíos británicos, entre ellos el emblemático Stanhope, navío de gran poder ofensivo.

Terminada la Guerra de Sucesión, se le confió el buque insignia Lanfranco. Un año después parte hacia La Habana escoltando a una flota de galeones en el Lanfranco (60), barco que será retirado del servicio debido a su calamitoso estado, a su regreso a Cádiz.

Allí se queda hasta 1720, cuando se le asigna un nuevo navío bautizado también como Lanfranco (62), conocido asimismo como León Franco y Nuestra Señora del Pilar, y es integrado dentro de una escuadra hispano-francesa al mando de Bartolomé de Urdizu con el cometido de limpiar de corsarios y piratas los llamados Mares del Sur, o lo que es lo mismo, las costas del Perú. La escuadra estaba compuesta por parte española de cuatro buques de guerra y una fragata, y por parte francesa por dos navíos de línea. Sus primeras operaciones fueron contra los dos barcos, el Success (70) y el Speed Well (70) del corsario inglés John Clipperton, que logró evitarlos y tras hacer algunas capturas huyó a Asia, donde fue capturado y ejecutado.

En 1730 regresó a España y fue ascendido a jefe de la escuadra naval del Mediterráneo. Habiendo surgido diferencias con la república de Génova, España estaba resentida por la conducta observada por aquel Estado, y no de acuerdo con sus procedimientos, el general Lezo, por orden superior, se personó en aquel puerto con seis navíos y exigió, como satisfacción, el pago de los dos millones de pesos pertenecientes a España que se hallaban retenidos en el Banco de San Jorge, además de un homenaje a la bandera real de España. Mostrando el reloj a los comisionados de la ciudad, que buscaban el modo de eludir la cuestión del pago, fijó un plazo, transcurrido el cual la escuadra rompería el fuego contra la ciudad. Los dos millones de pesos recibidos fueron enviados, por orden del rey, medio millón para el infante don Carlos y el resto fue remitido a Alicante para sufragar los gastos de la expedición que se alistaba para la conquista de Orán.

En reconocimiento de sus servicios al Rey, éste le concede en 1731 como estandarte para su capitana la bandera morada con el escudo de armas de Felipe V, las órdenes del Espíritu Santo y el Toisón de Oro alrededor y cuatro anclas en sus extremos.

En 1732, a bordo del Santiago mandó una expedición a Orán con 54 buques y 30.000 hombres, y rindió la ciudad, si bien cuando se marchó, Bay Hassan logró reunir tropas y sitiarla. Lezo retornó en su socorro con seis navíos y 5.000 hombres, logrando ahuyentar al pirata argelino tras reñida lucha. No contento con esto, persiguió su nave capitana de 60 cañones, que se refugió en la bahía de Mostagán, baluarte defendido por dos castillos fortificados y 4.000 hombres. Ello no arredró a Lezo, que entró tras la nave argelina despreciando el fuego de los fuertes, incendiándola y causando además grave ruina a los castillos. Patrulló después durante meses por aquellos mares, impidiendo que los argelinos recibieran refuerzos de Estambul, hasta que una epidemia lo forzó a regresar a la ciudad de Cádiz.

El rey lo ascendió en 1734 a teniente general de la Armada. Regresó a América con los navíos Fuerte y Conquistador en 1737 como comandante general de Cartagena de Indias, plaza que tuvo que defender de un sitio (1741) al que la había sometido el ataque del almirante inglés Edward Vernon. La excusa de los ingleses para iniciar un conflicto con España fue el apresamiento de un barco corsario comandado por Robert Jenkins cerca de la costa de Florida. El capitán de navío Julio León Fandiño apresó el barco corsario y cortó la oreja de su capitán al tiempo que le decía (según el testimonio del inglés): «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve.» A la sazón, el tráfico de ultramar español se veía constantemente entorpecido e interrumpido por los piratas ingleses. En su comparecencia ante la Cámara de los Lores, Jenkins denunció el caso con la oreja en la mano, de ahí que los ingleses conozcan el conflicto como «Guerra de la oreja de Jenkins».

El rey lo ascendió en 1734 a teniente general de la Armada. Regresó a América con los navíos Fuerte y Conquistador en 1737 como comandante general de Cartagena de Indias, plaza que tuvo que defender de un sitio (1741) al que la había sometido el ataque del almirante inglés Edward Vernon. La excusa de los ingleses para iniciar un conflicto con España fue el apresamiento de un barco corsario comandado por Robert Jenkins cerca de la costa de Florida. El capitán de navío Julio León Fandiño apresó el barco corsario y cortó la oreja de su capitán al tiempo que le decía (según el testimonio del inglés): «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve.» A la sazón, el tráfico de ultramar español se veía constantemente entorpecido e interrumpido por los piratas ingleses. En su comparecencia ante la Cámara de los Lores, Jenkins denunció el caso con la oreja en la mano, de ahí que los ingleses conozcan el conflicto como «Guerra de la oreja de Jenkins».

«Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía.»

La flota inglesa, la agrupación de buques de guerra más grande que hasta entonces había surcado los mares (2.000 cañones dispuestos en 186 barcos, entre navíos de guerra, fragatas, brulotes y buques de transporte, y 23.600 combatientes entre marinos, soldados y esclavos negros macheteros de Jamaica, más 4.000 reclutas de Virginia bajo las órdenes de Lawrence Washington, medio hermano del futuro libertador George Washington), superaba en más de 60 navíos a la Gran Armada de Felipe II. Esta flota ha sido la segunda más grande de todos los siglos, después de la armada que atacó las costas de Normandía en la Segunda Guerra Mundial. Para hacerse idea del mérito estratégico de la victoria, baste decir que las defensas de Cartagena no pasaban de 3.000 hombres entre tropa regular, milicianos, 600 indios flecheros traídos del interior, más la marinería y tropa de desembarco de los seis únicos navíos de guerra de los que disponía la ciudad: Galicia, que era la nave Capitana, San Felipe, San Carlos, África, Dragón y Conquistador. Blas de Lezo, sin embargo, contaba con la experiencia de 22 batallas. El sitio de Cartagena de Indias fue una gran victoria con una enorme desproporción entre los dos bandos.

Estatua de Blas de Lezo en CartagenaTan colosal derrota de los ingleses aseguró el dominio español de los mares durante más de medio siglo hasta que lo perdió en Trafalgar, cosa que la historia inglesa no reconoce. Humillados por la derrota, los ingleses ocultaron monedas y medallas grabadas con anterioridad para celebrar la victoria que nunca llegó. Tan convencidos estaban de la derrota de Cartagena que pusieron monedas en circulación que decían en su anverso: «Los héroes británicos tomaron Cartagena el 1 de abril de 1741» y «El orgullo español humillado por Vernon».

Fue justo lo contrario: con sólo seis navíos, 2.830 hombres y mucha imaginación, Blas de Lezo derrotó a Vernon, que traía 180 navíos y casi 25.000 hombres, fue tal la derrota que el Rey de Inglaterra, Jorge II prohibió hablar de ella o que se escribieran crónicas alusivas al hecho, como si nunca hubiese ocurrido. Mientras en su retiro, el almirante Vernon se alejaba de la bahía con su armada destrozada le gritaba al viento una frase: «God damn you, Lezo!» (¡Que Dios te maldiga Lezo!). En respuesta escrita a Vernon, Blas de Lezo pronunció la inmortal frase:

«Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir.»

La estancia de los Lezo en El Puerto de Santa María tuvo varias fechas. El almirante ya había estado en 1719-20 y en 1730 en Cádiz. De allí partió, ya viviendo en El Puerto de Santa María, el 3 de febrero de 1737 hacia Cartagena dirigiendo la que sería la última carrera de Indias y donde encontraría, como ya se ha reflejado, su fatal destino.

Tras las investigaciones realizadas en los padrones de la época de la Iglesia Mayor Prioral portuense, se ha constatado que Blas de Lezo, su mujer, Josefa Pacheco Bustos -una criolla peruana con la que se había casado el 5 de mayo de 1725 en Lima- sus hijos y un criado afroamericano llamado Antonio Lezo, vivieron desde 1736 en una casa de la calle Larga, para ser más exactos en Larga, 70, hoy reconvertida en apartamentos de alquiler. Tras su muerte, su viuda -conocida en la localidad como 'La Gobernaora'- y sus hijos permanecieron en ella hasta la muerte de ésta el 31 de marzo de 1743.

La Excelentísima Señora Doña Josefa Pacheco fue enterrada en el Convento de Santo Domingo, sito en la calle del mismo nombre. A partir de esta fecha, los descendientes de Blas de Lezo desaparecen de los padrones portuenses.

Su memoria es honrada por la Armada Española, donde su nombre se recuerda con el mayor honor que puede rendirse a un marino español, siendo costumbre que exista siempre un navío de la Armada bautizado con su nombre. El último es una fragata de la clase Álvaro de Bazán, la Blas de Lezo (F103). Otro barco con este nombre, el crucero Blas de Lezo se perdió en 1932 al tocar un bajío frente a las costas de Finisterre.

Existe una placa en su honor en el Panteón de Marinos Ilustres en San Fernando (Cádiz) donde reposan héroes de la Real Armada Española. También existe una maqueta de la Batalla de Cartagena de Indias en la Academia de Ingenieros de Hoyo de Manzanares (Madrid).

Sin embargo, aunque las proezas de Blas de Lezo estén a la altura de los más grandes héroes de la historia, es un personaje prácticamente olvidado. Actualmente, la empresa española DL-Multimedia está preparando un documental sobre su vida para los canales Historia y Odisea. Aunque cuenta con calles en Valencia, Málaga, Fuengirola, Alicante, Las Palmas de Gran Canaria, Huelva, San Sebastián, Pasajes —su localidad natal—, y finalmente, tras una recogida de firmas, el 28 de abril de 2010 se aprobó dedicarle una avenida en la capital de España, Madrid.

Blas de Lezo es un reconocido héroe en la ciudad de Cartagena de Indias, la cual le rinde grandes honores y reconocimientos: conmemorando su valentía existen barrios en dicha ciudad, lo mismo que avenidas y plazas. Su estatua frente al baluarte de San Felipe de Barajas es otra muestra del respeto y admiración a este gran personaje.

Desde el pasado día 5 de noviembre de 2009, en la ciudad de Cartagena de Indias, se ha cumplido el deseo del valiente Blas de Lezo, ya que éste pedía en su testamento que un grupo de españoles pusiera una placa para no olvidar aquella victoria. En ella hoy se puede leer: «Aquí España derrotó a Inglaterra y sus colonias». «Con sólo 3.000 hombres y su ingenio, Lezo derrotó una armada de unos 25.000 hombres, más 4.000 hombres traídos de Virginia por el medio hermano de George Washington».

Asimismo, el 21 de noviembre de 2009 se descubrió para su memoria una placa en la calle Larga nº 70 de la localidad del Puerto de Santa María, lugar donde residió D. Blas de Lezo antes de librar la Batalla de Cartagena. En dicho acto se estrenó por primera vez la marcha militar Almirante Blas de Lezo original de Joaquín Drake García, compuesta para la Armada e interpretada por la Banda de Música del Tercio Sur (Infantería de Marina), presidiendo el acto el Almirante de la Flota, el Alcalde y la presidencia del Club de Mar de la Localidad. En dicha lápida se puede leer: En 1736 vivió junto a su familia, el Teniente General de la Armada D. Blas de Lezo y Olavarrieta, insigne e invencible marino, héroe de la Batalla de Cartagena de indias en la que la flota inglesa sufrió una humillante derrota en el año 1741. La Ciudad del Puerto de Santa María en homenaje a su memoria. 21 de noviembre de 2009.

El 5 de junio del año 1500, a Bastidas se le concedió licencia para descubrir islas o tierras no visitadas por Colón u otros navegantes, así como tierras no pertenecientes a Portugal, desde las costas del Cabo de la Vela en Coquibacoa.

Descubrió las costas de Colombia y las bahías de Santa Marta, Cartagena y Cispatá, llegó a las costas panameñas (en la actual comarca de Kuna Yala) después de haber recorrido el litoral venezolano y descubierto el río Magdalena y el golfo de Urabá, continuó con su tarea exploradora y descubrió el istmo de Panamá, recorrió los puertos de Retrete y Nombre de Dios, entonces mandó hacer un puerto que bautizó en su honor como El Escribano. Sin embargo, al tener las naves en muy mal estado, debe regresar a la isla La Española (actual Santo Domingo), en donde estaba la principal base de operaciones de los viajeros españoles.

Al llegar a las costas de La Española, una de sus naves naufragó, pero logró salvar parte de su carga (que se trataba en mayor parte de oro). En esta isla fue acusado de negociación ilegal con los indígenas. Después de ser procesado en 1502 por Francisco de Bobadilla (que también procesó a Colón) fue declarado inocente de los cargos y una vez pagados los derechos a la Corona, los Reyes Católicos le otorgaron el cobro de una renta anual sobre la producción de la provincia de Urabá y Zenú.

(actual capital del departamento colombiano de Magdalena) entre el cabo de la Vela y el río Magdalena, una de las primeras ciudades continentales de América que aún existe. Juan Villafuerte, su propio lugarteniente, dirigió una conspiración contra Bastidas que casi le cuesta la vida. Herido en el atentado, intentó volver a La Española. El 28 de julio de 1527, al anclar en Santiago de Cuba, falleció. Sus restos reposaron en Santo Domingo hasta que a mediados del siglo XX fueron trasladados a Santa Marta por petición del gobierno local y reposan actualmente en la catedral de la ciudad.

Cartagena de Indias o Cartagena es una ciudad colombiana, capital del departamento de Bolívar. Fue fundada en el año 1533 por Pedro de Heredia. Es el principal destino turístico de Colombia y la quinta ciudad del país en población después de Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla. Desde 1991 Cartagena es un Distrito Turístico y Cultural. La ciudad está localizada a orillas del mar Caribe y es el segundo centro urbano en importancia de la Región Caribe colombiana, después de Barranquilla.

A partir de su fundación en el siglo XVI y durante toda la época colonial española, Cartagena de Indias fue uno de los puertos más importantes de América. De esta época procede la mayor parte de su patrimonio artístico y cultural. El 11 de noviembre de 1811, Cartagena se declaró independiente de España.

El Distrito Turístico, Cultural e Histórico de Santa Marta, o Santa Marta es una ciudad colombiana, capital del departamento de Magdalena, en la Región del Caribe. Fundada el 29 de julio de 1525 por el conquistador español Rodrigo de Bastidas, es la ciudad más antigua existente de Colombia y la segunda más antigua de Suramérica.

En 1524 Rodrigo de Bastidas capituló la gobernación de Santa Marta que correspondía a los territorios desde el Cabo de la Vela hasta la desembocadura del Río Magdalena, la responsabilidad sobre estas gobernaciones recaía únicamente sobre el capitulante y en ningún momento sobre la corona. Por lo tanto, era responsabilidad del conquistador la fundación de pueblos, la atracción de colonos, la traída de semillas, ganado de todo tipo y esclavos. Bastidas, llegó a la gobernación en 1525 y fundó a Santa Marta como capital y puerto. Sus intenciones con esta tierra eran diferentes a las de los demás conquistadores, éste quería pasar sus últimos días de vida en este territorio. Debido a esta determinación, las ideas de Bastidas sobre la esclavitud y los métodos utilizados para la extracción de recursos eran contrarios a la de la mayoría de sus otros competidores, por lo que fue atacado y a causa de los golpes recibidos, murió. En su reemplazo fue designado como gobernador Rodrigo Álvarez Palomino.

Desde Santa Marta partieron varias expediciones conquistadoras, siendo la más importante la de Gonzalo Jiménez de Quesada, que culminó en 1538 con el descubrimiento de la Sabana de Bogotá y la fundación de Santafé.

La colonización de estas tierras comenzó con la llegada a Santa Marta del gobernador Lope de Orozco en 1596, tras lo cual se realizaron algunas mejoras, se organizó la agricultura, la cría de ganados y se entablaron relaciones con los indígenas. Fueron traídos por los españoles para mejorar la agricultura. Santa Marta, al igual que Cartagena de Indias, fue blanco de incursiones de piratas o filibusteros que durante los siglos XVI y XVII la saquearon varias veces.

Cuando fue creado el Virreinato de Nueva Granada, en 1724, la región conservó el carácter de provincia. En 1724 fue suspendido el Virreinato para ser restablecido en 1746, conservándose el sistema de gobierno hasta la época de la independencia.

Ñuflo (o Nufrio) de Chaves, llamado también Ñuflo (o Ñunflo), fue un explorador y conquistador español del Paraguay y la zona suroriental de la actual Bolivia, recordado como fundador de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Fue el continuador de la política colonizadora de Domingo Martínez de Irala.

Su actividad permitió extender la colonización por esas regiones, y su temprana muerte supuso la interrupción de la avaricia conquistadora de todo el territorio que hoy conforma esa extensa comarca.

El conquistador Ñuflo de Chaves (hijo de Álvaro de Escobar y María de Sotomayor), nació en 1518 en la villa extremeña de Santa Cruz de La Sierra (Cáceres), entonces perteneciente al alfoz de Trujillo. De familia acomodada, tanto él como su hermano fray Diego de Chaves (que llegó a ser confesor de Felipe II), recibieron excelente educación. Dado que Ñuflo había optado por la milicia, buscaba acomodo para embarcarse en alguna expedición. En 1542 llegaba a los territorios de los que hoy es Paraguay, formando parte de las fuerzas del adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca.

Al llegar al territorio, exploraron el curso del río Paraguay y descubrían las cataratas del Iguazú. En 1546 le enviaba Domingo Martínez de Irala, al puerto de San Fernando, en la cabecera del río Paraguay, con el objeto de encontrar el camino de la Sierra de la Plata. Al año siguiente mandaba una expedición en canoas por el río Pilcomayo hasta los Andes, siendo la primera vez que se exploraba este río.

En septiembre de 1548, por encargo de Irala, Chaves emprendía el largo camino hasta Lima con cuatro españoles, entre ellos el Capitán Marcos Victoria, y cien indios amigos. Su objeto era entrevistarse con el gobernador Pedro de La Gasca para informarle de los pormenores del Paraguay, pedirle ayuda y solicitar la gobernación para Martínez de Irala. Pero La Gasca ya tenía noticias del mal comportamiento de Irala, e hizo caso omiso de la petición de Chaves. Este se volvió a Asunción sin resultados positivos.

La actividad conquistadora era el entretenimiento de aquellos hombres y la exploración de nuevas tierras el objetivo que los movía a emprender nuevas empresas. En 1553, Chaves salía con Irala por el cauce del río Paraguay y llegaban hasta la zona del Chaco donde estaban asentados los indios “chiquitos” y los “icatines”. Pero Irala suspendió la expedición al enterarse de que sus partidarios le habían concedido el mando que tanto ansiaba.

Irala murió en 1556. Antes de su muerte encargó a Ñuflo de Chaves que fundara una ciudad en la comarca de los indios “jaraques”. Pero éste debió desistir del intento, porque los portugueses de Brasil, después de cruentos enfrentamientos durante 1556 y 57, le disputaban el territorio.

No obstante, por encargo del gobernador interino Hernando de Mendoza, salió Chaves con 158 soldados para fundar una ciudad en la comarca de los indios “chiquitos” y se llevó a cabo la fundación de Nueva Asunción en la orilla del Guaipí.

Como los españoles que estaban en Perú ya habían explorado parte de aquella comarca, hasta allí llegaba Andrés Manso para reclamar la pertenencia del territorio. Pero Chaves no se amilanó ante tal pretensión y marchaba a Lima para reclamar sus derechos ante el virrey, Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete.

En 1560, el Virrey del Perú nombró a su hijo, García Hurtado de Mendoza, gobernador de la provincia de Moxos. Éste nombró su lugarteniente a Ñuflo de Chaves. Como García estaba residenciado en Chile, de hecho el gobernador era Chaves, quien a su buen entender gobernaba y disponía. Con este acto, creó también esta nueva provincia o gobernación. Andrés Manso no se conformó con el dictamen, resistió las órdenes virreinales y preso fue enviado a La Plata.

El 26 de febrero de 1561, con las solemnidades de rigor, al fin Chaves fundaba la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, para satisfacer su ilusión y perennizar en aquellos alejados territorios el nombre de su solar nativo.

la gobernación de Tucumán y Juríes y Diaguitas y la provincia de los Moxos y Chunchos y las tierras y pueblos que tienen poblados Andrés Manso y Nufrio de Chaves, con lo demás que se poblare en aquellas partos en la tierra que hay donde la dicha ciudad de La Plata hasta la ciudad del Cuzco, la cual queda sujeta a la dicha Audiencia de los Charcas.

Pero Chaves, enamorado de aquella comarca donde tanto había peleado por materializar su ciudad, marchó a Asunción y consiguió convencer a los pobladores de aquella ciudad para que emigraran a Santa Cruz. El gobernador, el obispo y una gran mayoría de los pobladores de Asunción emigraron a Santa Cruz; pero ya en el camino fueron atacados por los

Maltrechos llegaron aquellos ilusos que había convencido el hábil Chaves. Pero la decepción que les causó el desolado ambiente y la belicosidad de las tribus hizo que todos se volvieran a Asunción. Chaves se prestó a darles escolta, y en el viaje de regreso moría el fundador a manos de los indios del Chaco en septiembre de 1568.

Chaves se había casado con doña Elvira Manrique y tenía dos hijos y dos hijas, cuyos nombres eran: Francisco de Chaves, Álvaro de Escobar, Catalina y Elvira Manrique de Lara; todos dejaron larga descendencia por aquella comarca del Alto Perú.

La Audiencia y Cancillería Real de La Plata de los Charcas, conocida simplemente como Audiencia de Charcas, era el más alto tribunal de la Corona española en la zona conocida como Charcas, llamada tardíamente Alto Perú (hoy Bolivia). Hasta 1776 fue parte del Virreinato del Perú, luego fue parte del Virreinato del Río de la Plata. El virrey del Perú la anexó a su virreinato en 1810. Tuvo su sede en la ciudad de La Plata, llamada también Chuquisaca Sucre desde 1839). La Audiencia de Charcas en sus inicios tuvo bajo su jurisdicción a los actuales países del cono sur.

La Real Audiencia de Charcas fue creada por el rey Felipe II de España el 4 de septiembre de 1559 como parte del Virreinato del Perú, y regulada por reales cédulas de 29 de agosto de 1563, del 1 de octubre de 1566 y 2 de mayo de 1573 (recogidas posteriormente en Recopilación de Leyes de Indias de 1680).

Los límites del territorio sobre el cual ejercía jurisdicción fueron variando con el tiempo, según la distribución que hizo la Corona española. Al principio estuvo restringida a los territorios subordinados a la Provincia de Charcas, por lo que el virrey Conde de Nievas señaló el territorio originario de la provincia y de la Audiencia el 20 de mayo de 1561: la dicha ciudad de La Plata con más de cien leguas de tierra alrededor por cada parte.

El 29 de agosto de 1563, Felipe II la amplió con la incorporación de la Gobernación del Tucumán, Juríes y Diaguitas, la Gobernación de Santa Cruz de la Sierra (esta última formada por las ex gobernaciones de Andrés Manso y Ñuflo de Chaves), la provincia de Moxos y Chunchos y las tierras que llegaban hasta la ciudad del Cuzco con sus términos (corregimientos dependientes). De esta forma su territorio jurisdiccional abarcó por el norte hasta las provincias de Sayabamba y Carabaya; al oeste por el desierto de Atacama hasta el Pacífico; al este hasta Moxos y Chunchos; y por el sur, el Chaco y Tucumán, Juríes y Diaguitas.

El 30 de noviembre de 1568, la ciudad del Cuzco y sus dependencias fue reintegrada a la jurisdicción de la Audiencia de Lima, estableciéndose que Charcas conservara el territorio desde el Collao hacia la Ciudad de La Plata.

Declaramos y mandamos que la dicha ciudad del Cuzco con su término y jurisdicción haya de estar y esté sujeta y debajo de la jurisdicción de la audiencia real de la dicha ciudad de los Reyes, como lo estaba antes.

declarando como declaramos que del dicho Collao hacia la ciudad de La Plata comience desde el pueblo de Ayoviri que es el de la encomienda de Juan Pancorvo, por el camino de Urcosuyo y desde el pueblo de Asilo, que es de la encomienda de Jerónimo de Castilla por el camino de Omasuyos y por el camino de Arequipa desde Atuncana que es de la encomienda de Carlos Inca, hacia la parte de los Charcas.

En la Ciudad de la Plata de la Nueva Toledo, Provincia de los Charcas, en el Perú, resida otra nuestra Audiencia y Chancilleria Real: con vn Presidente: cinco Oidores, que también sean Alcaldes del Crimen: vn Fiscal: vn Alguazil mayor: vn Teniente de Gran Chanciller, y los demás Ministros y Oficiales necessarios, la qual tenga por distrito la Provincia de los Charcas, y todo el Collao, desde el Pueblo de Ayabiri, por el camino de Hurcosuyo, desde el Pueblo de Assillo por el camino de Humasuyo, desde Atuncana, por el camino de Arequipa, ázia la parte de los Charcas, inclusivé con las Provincias de Sangabana, Carabaya, Iuries y Dieguitas, Moyos y Chunchos, y Santa Cruz de la Sierra, partiendo terminos: por el Septentrion con la Real Audiencia de Lima, y Provincias no descubiertas: por el Mediodia con la Real Audiencia de Chile: y por el Levante y Poniente con los dos Mares del Norte y del Sur, y línea de la demarcacion entre las Coronas de los Reynos de Castilla y de Portugal, por la parte de la Provincia de Santa Cruz del Brasil. Todos los quales dichos terminos sean y se entiendan, conforme á la ley 13 que trata de la fundacion y ereccion de la Real Audiencia de la Trinidad, Puerto de Buenos Ayres, porque nuestra voluntad es, que la dicha ley se guarde, cumpla y execute precisa y puntualmente.

Mandamos, que sin embargo de que la Ciudad y Puerto de Arica sea y esté en el distrito de la Real Audiencia de los Reyes, el Corregidor, que es, ó fuere de ella, cumpla los mandamientos de la Real Audiencia de los Charcas, y reciva y encamine, como se le ordenare, las personas que enviare desterradas. Y ordenamos á nuestra Audiencia de los Charcas, que no cumpliendo el Corregidor lo sobredicho, haga justicia.

El 6 de diciembre de 1661 sufrió la separación de sus territorios del sur (Río de la Plata, Paraguay y Tucumán) al crearse la Real Audiencia de Buenos Aires, pero de nuevo, el 31 de diciembre de 1671 al ser suprimida esta última, se reincorporaron tales territorios para ser más efectiva la persecución del contrabando, a pesar de los inconvenientes que sufrían aquellos que precisaban la intervención de la Audiencia por las enormes distancias que debían recorrer.

La creación del Virreinato del Río de la Plata hizo que el territorio jurisdiccional de la Audiencia de Charcas pasase a esta nueva zona administrativa en 1776. El 14 de abril de 1783 se creó nuevamente la Real Audiencia de Buenos Aires reemplazando la jurisdicción de Charcas por el sur (Río de la Plata, Paraguay y Tucumán).

Al tiempo de la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, la jurisdicción de la Audiencia de Charcas abarcaba 26 corregimientos, cada uno de los cuales dependía de las ciudades del Cuzco, La Plata y La Paz, que conformaban la Provincia de Charcas. Comprendía también aquellos de las gobernaciones del Río de la Plata, Paraguay, Tucumán y Santa Cruz de la Sierra.

Dependían del arzobispado de La Plata los corregimientos de: La Plata-Potosí, Oruro, Parma, Carangas, Chayanta, Cochabamba, Porco, Tarija, Tomina, Yamparaes, Lipes, Atacama, Apolobamba, Pilaya y Paspaya y Pomabamba.

El 3 de mayo de 1787, a través de una Real Cédula, se estableció la Real Audiencia del Cuzco con jurisdicción sobre territorios que antes correspondían a las Audiencias de Lima y de Charcas. Posteriormente se incluyó en su territorial jurisdiccional a los partidos de Carabaya, Lampa y Azángaro pertenecientes a la intendencia de Puno, que en 1784 había sido creada dentro del Virreinato del Río de la Plata. El 1 de febrero de 1796 la intendencia de Puno pasó a depender del Virreinato del Perú y los partidos de Paucarcolla y Chucuito, que hasta entonces correspondían a Charcas, pasaron a la Audiencia de Cuzco.

La Gobernación de Chiquitos, fue un área administrativa integrante del Imperio español dentro del Virreinato del Río de la Plata, en parte del actual Departamento de Santa Cruz, República de Bolivia.

Los jesuitas comenzaron a misionar en 1690 entre los chiquitos y zamucos, así como también entre los chiriguanos del río Parapeti. Fueron fundadas las reducciones de San José de Chiquitos, Concepción, San Ignacio de Zamucos, San Miguel, San Ramón, San Javier y Santiago de Otuquis en las cuales hacia 1737 vivían doce mil indígenas.

, ambas surgidas bajo la autoridad de la Iglesia Católica en la Edad Media, al contrario de otras hermandades —como los cátaros— que fueron consideradas herejes. De ser hijo de un rico comerciante de la ciudad en su juventud, pasó a vivir bajo la más estricta pobreza y observancia de los Evangelios. En Egipto, intentó infructuosamente la conversión de musulmanes al cristianismo.

Al emigrar de este mundo, el bienaventurado Francisco dejó impresas en su cuerpo las señales de la pasión de Cristo. Se veían en aquellos dichosos miembros unos clavos de su misma carne, fabricados maravillosamente por el poder divino y tan connaturales a ella, que, si se les presionaba por una parte, al momento sobresalían por la otra, como si fueran nervios duros y de una sola pieza. Apareció también muy visible en su cuerpo la llaga del costado, semejante a la del costado herido del Salvador. El aspecto de los clavos era negro, parecido al hierro; mas la herida del costado era rojiza y formaba, por la contracción de la carne, una especie de círculo, presentándose a la vista como una rosa bellísima. El resto de su cuerpo, que antes, tanto por la enfermedad como por su modo natural de ser, era de color moreno, brillaba ahora con una blancura extraordinaria. Los miembros de su cuerpo se mostraban al tacto tan blandos y flexibles, que parecían haber vuelto a ser tiernos como los de la infancia. Tan pronto como se tuvo noticia del tránsito del bienaventurado Padre y se divulgó la fama del milagro de la estigmatización, el pueblo en masa acudió en seguida al lugar para ver con sus propios ojos aquel portento, que disipara toda duda de sus mentes y colmara de gozo sus corazones afectados por el dolor. Muchos ciudadanos de Asís fueron admitidos para contemplar y besar las sagradas llagas. Uno de ellos llamado Jerónimo, caballero culto y prudente además de famoso y célebre, como dudase de estas sagradas llagas, siendo incrédulo como Tomás, movió con mucho fervor y audacia los clavos y con sus propias manos tocó las manos, los pies y el costado del Santo en presencia de los hermanos y de otros ciudadanos; y resultó que, a medida que iba palpando aquellas señales auténticas de las llagas de Cristo, amputaba de su corazón y del corazón de todos la más leve herida de duda. Por lo cual desde entonces se convirtió, entre otros, en un testigo cualificado de esta verdad conocida con tanta certeza, y la confirmó bajo juramento poniendo las manos sobre los libros sagrados.

Al día siguiente, el cortejo fúnebre se encaminó hacia San Damiano y después a San Giorgio, donde fue sepultado. Fue canonizado el 16 de julio de 1228. Sus restos se encuentran en la Basílica de San Francisco en Asís.

), religiosa y santa italiana. Seguidora fiel de San Francisco de Asís con el que fundó la segunda orden franciscana o de hermanas clarisas, Clara se preciaba de llamarse “humilde planta del bienaventurado Padre Francisco”. Después de abandonar su antigua vida de noble, se estableció finalmente en el monasterio de San Damiano hasta su muerte.

Al revés de Francisco, Clara vivió una larga vida para la época, mas se sentía entristecida por el recuerdo de la muerte del seráfico padre en 1226. Clara vivió sesenta años de los cuales cuarenta y uno los pasó en el monasterio.

Clara nació en Asís en 1194, probablemente el 11 de julio. Hija mayor del matrimonio de Favorino de Scifi y Ortolana, la cual era descendiente de una ilustre familia de Sterpeto, los Eiumi. Ambas familias pertenecían a la más augusta aristocracia de Asís, Favorino tenía el título de Conde de Sasso – Rosso. Clara tenía además cuatro hermanos, un varón, Boson y tres mujeres, Renenda, Inés y Beatriz.

Ortolana era una mujer de mucha virtud y piedad cristiana, y era devota de hacer largas peregrinaciones a Bari, Santiago de Compostela y Tierra Santa. Dice la tradición que antes de nacer Clara, el Señor le reveló en oración que la alumbraría de una brillante luz que habría de iluminar al mundo entero, y fue por eso que la niña recibió en el bautismo el nombre de Clara, el cual encierra dos significados, resplandeciente y célebre.

La niña Clara creció en el palacio fortificado de la familia, cerca de la Puerta Vieja. Se dice que desde su más corta edad sobresalió en virtud, se mortificaba duramente usando a raíz de su delicado cuerpo ásperos cilicios de cerdas y rezaba todos los días tantas oraciones que tenía que valerse de piedrecillas para contarlas.

Con la edad se convirtió en la más gallarda y hermosa joven de Asís, y consecuentemente tuvo muchos pretendientes. Cuando cumplió los dieciséis años sus padres la prometieron en matrimonio a un joven de la nobleza a lo que ella se resistió respondiendo que se había consagrado a Dios y había resulto no conocer jamás a hombre alguno.

Por esa fecha había vuelto de Roma, con autoridad pontificia para predicar, el joven Francisco, cuya conversión tan hondamente había conmovido a la ciudad entera. Clara le oyó predicar en la iglesia de San Rufino y comprendió que el modo de vida observada por el Santo era el que a ella le señalaba el Señor.

Entre los seguidores de Francisco había dos, Rufino y Silvestre, que eran parientes cercanos de Clara, y estos le facilitaron el camino a sus deseos. Así un día acompañada de una de sus parientes, a quien la tradición atribuye el nombre de Bona Guelfuci, fue a ver a Francisco. Este había oído hablar de ella, por medio de Rufino y Silvestre, y desde que la vio tomó una decisión: «quitar del mundo malvado tan precioso botín para enriquecer con él a su divino Maestro». Desde entonces Francisco fue el guía espiritual de Clara.

La noche después de Domingo de Ramos de 1211, Clara, huyó de su casa y se encaminó a la Porciúncula, allí la aguardaban los Frailes Menores con antorchas encendidas. Habiendo entrado en la capilla se arrodillo ante la imagen de la Virgen y ratificó su renuncia al mundo «por amor hacia el santísimo y amadísimo Niño envuelto en pañales y recostado sobre el pesebre». Cambió sus relumbrantes vestiduras por un sayal tosco, semejante al de los frailes; trocó el cinturón adornado con joyas por un nudoso cordón, y cuando Francisco cortó su rubio cabello se cubrió con un velo negro que junto con sandalias de madera constituirían el atuendo de su orden primigenia.

Cuando sus familiares descubrieron su huida y paradero fueron a buscarla al convento. Tras la negativa rotunda de Clara a regresar a su casa, Francisco creyó prudente trasladarla al convento de San Ángel de Panzo, también benedictino.

Seis o diez días después de la huida de Clara, otra de sus hermanas, Inés, huyó también al convento de San Ángel a compartir con su hermana el mismo régimen de vida. Más tarde fue a reunírseles su otra hermana Beatriz, y en pos de todas ellas Ortonala, después de la muerte de Favorino.

No vistiendo el hábito benedictino ni siguiendo la Regla de San Benito, Clara e Inés pronto tuvieron que mudarse del convento de San Ángel. Así Francisco habló con los camaldulenses del monte Subasio, que antes habían donado a la nueva Orden la Porciúncula, los cuales le ofrecieron cederles la iglesia de San Damián y el convento anexo, los que serían desde ese momento la casa de Clara durante 41 años hasta su muerte.

En aquel convento de San Damián, germinó y se desenvolvió la vida de oración, de trabajo, de pobreza y de alegría, virtudes del carisma franciscano. Por esa fecha el estilo de vida de Clara y sus hermanas llamó fuertemente la atención y el movimiento creció rápidamente. La condición requerida para admitir una postulante en San Damián era la misma que pedía Francisco en la Porciúncula: repartir entre los pobres todos los bienes.

El convento no podía recibir donación alguna, pero debía permanecer inquebrantable para siempre. Los medios de vida de las monjas eran el trabajo y la limosna. Mientras unas hermanas trabajaban dentro del claustro otras iban a mendingar de puerta en puerta, Clara, cuando las hermanas volvían de mendingar las abrazaba y le besaba los pies. Más tarde cuando la orden se redujo a rigurosa clausura, los monasterios para mendingar ocuparon limosneros.

San Francisco escribió poco después la regla de vida para las hermanas y, por medio del Santo, obtuvieron del Papa Inocencio III la confirmación de esta regla en 1215, pues ese año, por orden expresa de Francisco, aceptó Clara el título de abadesa de San Damián. Hasta entonces Francisco había sido jefe y director de las dos órdenes, pero después que el Papa les aprobó la regla, las monjas debían tener una superiora que las gobernase.

Clara, a pesar de ser Superiora, tenía la costumbre de servir la mesa y brindar agua a las religiosas para que lavasen sus manos, y cuidaba solícitamente de ellas. Cuentan que se levantaba todas las noches a verificar si alguna religiosa estaba destapada. Francisco muchas veces le envió enfermos a San Damián, y Clara los sanaba con sus cuidados.

Así como en el trabajo era ejemplo para las religiosas, lo era también en la vida de oración. Después de las completas, último oficio del día, permanecía largo rato, sola, en la iglesia ante el Crucifijo que habló a San Francisco en otro tiempo. Allí se daba a la quieta meditación de los dolores de Cristo y rezaba el “Oficio de la Cruz”, que había compuesto Francisco. Estas prácticas no le impedían levantarse por la mañana muy temprano, para levantar a las hermanas, encender las lámparas y tocar la campana para la misa primera.

Según la Leyenda una vez fue el papa a San Damiano, Santa Clara hizo preparar las mesas y poner el pan en ellas, para que el santo padre lo bendijera. El papa pidió a la santa que fuera ella quien los bendijera a lo que Clara se opuso rotundamente. El papa la instó por santa obediencia a que hiciera la señal de la cruz sobre los panes y los bendijera en el nombre de Dios. Santa Clara, como verdadera hija de obediencia, bendijo muy devotamente aquellos panes con la señal de la cruz, y al instante apareció en todos los panes la señal de la cruz, bellísimamente trazada.

Su cama, en los inicios, eran haces de sarmiento con un tronco de madera por almohada; después la cambió en un pedazo de cuero y un áspero cojín; por orden de Francisco se redujo a dormir después en un jergón de paja.

En los ayunos de Adviento, Cuaresma y de San Martín, Clara no se alimentaba sino tres días en la semana, y solo con pan y agua. Para reemplazar la mortificación corporal observó por largo tiempo la práctica de usar a raíz del cuerpo una camisa de cuero de cerdo con la parte velluda hacia dentro.

Estando una vez Clara gravemente enferma en la solemnidad de la natividad de Cristo, fue transportada milagrosamente a la iglesia de San Francisco y asistir a todo el oficio de los maitines y de la misa de medianoche, y además pudo recibir la sagrada comunión; después fue llevada de nuevo a su cama.

Federico II mantenía una guerra contra el Papa y lanzó a los Estados Pontificios arqueros mahometanos, sobre los que no tenían ningún poder las excomuniones del Papa. En 1230, desde la cima de la fortaleza de Nocera, a corta distancia de Asís, los sarracenos cayeron sobre el valle de Espoleto y fueron a embestir el convento de San Damián. La entrada de los musulmanes en el monasterio significaba para las monjas no solo la muerte, sino probablemente la violación. Todas asustadas se acogieron en torno a Clara, quien se encontraba postrada en la cama debido a una gravísima enfermedad. Ella se hizo trasladar a la puerta del Convento, mandó a que le trajeran el cáliz de plata en el que se reservaba el Santísimo Sacramento y cayó de rodillas delante de Él, pidiendo el amparo del cielo para sí y sus hijas, cuenta la leyenda que del cáliz salió una voz como de un niño que le dijo “Yo os guardaré siempre”, tras lo cual se alzó de la oración. En ese mismo instante los sarracenos levantaron el sitio del monasterio y se fueron a otra parte.

Cuatro años más tarde, en junio de 1234, un milagro parecido impidió que las tropas de Federico capitaneadas, por Vital de Aversa, se apoderasen, no ya solo de San Damián, sino de toda la ciudad de Asís. Este acontecimiento es celebrado siempre por los asisienses como fiesta nacional.

El clímax de su fortaleza se demostró pletóricamente en la lucha que sostuvo por años con el Papa Gregorio IX a trueque de sostener la integridad del voto de pobreza. El pontífice quería convencerla que aceptara algunos bienes para el convento, como lo hacían las demás órdenes religiosas. A tal punto llegó la disputa que el Papa llegó a decirle que si ella se creía ligada por su voto, él tenía el poder y la obligación de desatárselo, a lo que ella replicó: “Santísimo padre, desatadme de mis pecados, mas no de la obligación de seguir a Nuestro Señor Jesucristo”. Solo dos días antes de morir vino a obtener Clara, de Inocencio IV y a perpetuidad, el derecho de ser y permanecer siempre pobre.

El verano del 1253 vino a Asís el Papa Inocencio IV para ver a Clara, la cual se encontraba postrada en su lecho. Ella le pidió la bendición apostólica y la absolución de sus pecados, el Sumo Pontífice contestó: «Quiera el cielo hija mía, que tenga yo tanta necesidad como tú de la indulgencia de Dios». Cuando Inocencio se retiró dijo Clara a sus hermanas: «Hijas mías, ahora más que nunca debemos darle gracias a Dios, porque, sobre recibirle a Él mismo en la sagrada hostia, he sido hallada digna de recibir la visita de su Vicario en la tierra».

Desde aquel día las monjas no se separaron de su lecho, incluso Inés, su hermana, viajó desde Florencia para estar a su lado. En dos semanas la santa no pudo tomar alimento, pero las fuerzas no le faltaban.

Cuenta la leyenda que estando en el más hondo dolor, dirige su mirada hacia la puerta de la habitación, y he aquí que ve entrar una procesión de vírgenes vestidas de blanco, llevando todas en sus cabezas coronas de oro. Marcha entre ellas una que deslumbra más que las otras, de cuya corona, que en su remate presenta una especie de incensario con orificios, irradia tanto esplendor que convierte la noche en día luminoso dentro de la casa, era la Bienaventurada Virgen María. Se adelanta hasta el lecho donde yace la esposa de su Hijo e, inclinándose amorosísimamente sobre ella, le da un dulcísimo abrazo. Las vírgenes llevan un palio de maravillosa belleza y, extendiéndolo entre todas a porfía, dejan el cuerpo de Clara cubierto y el tálamo adornado.

La noticia de la muerte de la virgen conmovió de inmediato, con impresionante resonancia, a toda la ciudad. Acudieron en tropel los hombres y las mujeres al lugar. Todos la proclamaban santa y no pocos, en medio de las frases laudatorias, rompían a llorar. Acudió el podestá con un cortejo de caballeros y una tropa de hombres armados, y aquella tarde y toda la noche hicieron guardia vigilante, no sea que perdiesen algo de aquel precioso tesoro que está al alcance de todos. Al día siguiente se puso en movimiento toda la Curia: el Vicario de Cristo, con los cardenales, llegaron al lugar, y toda la población se encaminó hacia San Damián. Era justo el momento en que iban a comenzar los oficios divinos y los frailes iniciaban el de difuntos; cuando, de pronto, el papa dice que debe rezarse el oficio de las vírgenes, y no el de difuntos, como si quisiera canonizarla antes aún de que su cuerpo fuera entregado a la sepultura. Observándole el obispo Ostiense que en esta materia se ha de proceder con prudente demora, y se celebró por fin la misa de difuntos.

A continuación, sentándose el Sumo Pontífice, y con él la comitiva de cardenales y prelados, el obispo Ostiense, tomando como tema el de vanidad de vanidades, elogió en notable sermón a esta gloriosa despreciadora de la vanidad.

A continuación, los cardenales presbíteros, con devota deferencia, rodearon el santo cadáver y, en torno al cuerpo de la virgen, terminan los oficios de ritual. Al final, considerando que ni es seguro ni conveniente que tan inestimable tesoro quede a trasmano de los ciudadanos, en medio de himnos y cánticos, entre sones de trompeta y júbilo extraordinario, la levantan y la conducen con todo honor a San Jorge.

Este es el mismo lugar donde el cuerpo del santo padre Francisco había sido enterrado primeramente, como si quien le había trazado mientras vivía el camino de la vida, le hubiese preparado como por presagio el lugar de descanso para cuando muriera.

Muy pronto comenzó a acudir al túmulo de la virgen gran concurrencia de pueblo que alababa a Dios y clamaba: «Verdaderamente santa, verdaderamente gloriosa, reina con los ángeles la que tanto honor recibe de los hombres en la tierra. Intercede por nosotros ante Cristo, tú, primiceria de las Damas Pobres, que a tantos guiaste a la penitencia, a tantos a la vida».

A mediados del siglo XIV, aparece en Siena (Italia) una cofradía de Disciplinantes de Santo Domingo, que practican “la memoria de Nuestro Señor Jesucristo” inspirándose en el recuerdo de la Pasión y conmemorando el Jueves y Viernes Santo, a pesar de que sus propias fiestas son la Invención y Exaltación de la Cruz. En pleno Cisma de Occidente, 1378-1417, aparecen los Penitentes Blancos, que vestidos como su nombre indica y con el torso desnudo, se flagelan hasta derramar sangre. La primera manifestación tuvo lugar en Génova (Italia), propagándose y extendiéndose por los reinos de Aragón, Castilla, Navarra, Francia, con las predicaciones de San Vicente Ferrer.

La guerra endémica de los Cien años entre Inglaterra y Francia, la crisis económica y la peste negra en este siglo, desencadenan en Europa dos movimientos contrapuestos: flagelantes y pacifistas, que por su enfrentamiento y rápido modo de extenderse asustó a la Iglesia, decidiendo ésta potenciar las cofradías poniéndolas bajo la disciplina del Obispo Ordinario y asignándolas a una Parroquia o Templo propio, pero siempre, bajo la Jerarquía Eclesiástica, haciendo con ello, un importante servicio a la comunidad cristiana, ya que, a través de ellas, el Clero secular y regular enseña a los laicos a santificar las fiestas, instruyéndolos en el significado del sacrificio de la Santa Misa, haciendo de la liturgia una actividad popular, con ayunos y abstinencias en tiempo de cuaresma, es decir, penitencia.

Las instituciones civiles y principalmente el Concejo, celebran elecciones de Ayuntamiento y Cabildos abiertos en la Iglesia, apoyando económicamente y compartiendo con las cofradías las manifestaciones externas: oficios, procesiones, autos sacramentales, etc. Los dominicos y franciscanos, ofrecen también a los laicos otra vía, la Orden Tercera, que aparece en casi todas las Cofradías Penitenciales. Surgen dos grandes predicadores de masas de fama universal, San Bernardino de Siena (franciscano) y San Vicente Ferrer (dominico), que centran sus sermones en los aspectos más dramáticos de la Pasión de Cristo, la venida del Anticristo y el Juicio Final, influyendo decisivamente en sus oyentes, lo que se ve posteriormente reflejado en la fundación de cofradías.

En su periplo por tierras de Castilla invitado por el rey Juan II, fr. Vicente Ferrer recala en Jumilla los días 18, 19 y 20 de abril de 1411 (sábado, domingo y lunes, respectivamente), proveniente de la villa de Cieza en la que predica los días 16 y 17. Venían con él muchas personas devotas de diferente condición, humildemente vestidas, precedidas de un hombre que llevaba un gran crucifijo de madera, siendo de notar la gran austeridad de costumbres que observan, yendo los hombres separados de las mujeres.

¡Qué magnifico espectáculo debieron contemplar los ansiosos jumillanos desde su privilegiada atalaya de la fortaleza y castillo!, cuando en la lejanía de la Cañada del Judío vieran lentamente avanzar al Maestro Vicente cabalgando en su pequeño borrico, precedido de una muchedumbre de personas de su Compañía, cruzando la fértil huerta por el polvoriento camino de Granada, hasta llegar a las estribaciones del cerro amurallado, y ascender procesionalmente el serpenteante y encrespado camino de acceso a la fortaleza y villa, penetrando por la puerta abierta en la muralla, en la que estaban esperando, clero, regidores y la mayor parte de habitantes para darle la bienvenida, entre alegres vítores y aclamaciones de sus moradores ante el esperado y magno evento que les aguardaba, debido a la gran fama que le precedía y acompañarle a la Iglesia de Santiago (llamada Santiago de Arriba, posteriormente),¡Qué espléndido recibimiento debió otorgarse a fray Vicente y su Compañía!.

El mismo día de su entrada en la Alcazaba, donde se encuentra castillo, villa e iglesia, y por ser esta muy pequeña para albergar a la esperada muchedumbre, se ha preparado para el evento, un estrado alto o púlpito junto a la pared sur del castillo, cercano a la Torre del Maestre, dando vista a la explanada existente delante de la iglesia, para poder predicar al aire libre, y junto a dicho púlpito, un tablado con el altar adornado con paños, para que fácilmente el santo misionero fuese visto y oído de la multitud. La villa, estaba formada por calles cortas y estrechas, con pocas edificaciones, y escasos vecinos (en 1457, 144 vecinos), aproximadamente entre 400-500 habitantes en 1411. Los oyentes del Maestro Vicente, se multiplicarían por dos o por tres.

Como acostumbraba en sus desplazamientos el Maestro Vicente, primeramente entraba en la iglesia para orar e inmediatamente subir al estrado donde estaba construido el altar para el evento, quitándose la capa y revistiéndose de las ropas sacerdotales, cantando la misa solemnemente en voz alta con los religiosos y cantores que le acompañaban. Una vez terminada, retomaba la capa de su Orden, y en ocasiones era necesario que le ayudaran los circundantes a bajar del púlpito por su senectud (62 años) y debilidad de su cuerpo. Predicó aquel día y los siguientes la palabra de Dios y la fe católica, con la fogosidad de un joven de treinta años, entendiéndole todos los presentes y muchos de ellos escribiendo sus sermones. Su predicación producía tal efecto en sus oyentes, que conmovía los corazones más duros decidiendo hacer penitencia, perseverando en el buen camino.

Una vez finalizados sus sermones, formaban Procesión los de su Compañía, junto con el pueblo, en dos regimientos alrededor de la Iglesia de Santiago (de arriba), de esta forma: “... precedía una imagen de Cristo Crucificado que llevaba uno de la escuela, revestido de ropa larga, cantando coplas en lemosín que el mismo fray Vicente había compuesto. Seguía la imagen del Crucifijo en bien ordenada procesión con grandes luminarias, disciplinándose con cuerdas o látigos con manojos de rosetas de plata o cobre los discípulos del santo, interpolados con los vecinos del lugar que querían, tomando también la disciplina de sangre. Iban todos descalzos llevando vestiduras blancas de lana honestas para el caso, que tapaban todo el cuerpo, menos las espaldas y cubiertos los rostros. Éstos por lo regular eran crecidos en número, derramando sangre que les corría desde la espalda hasta el suelo. Espectáculo verdaderamente tierno y que a los demás excitaba a lagrimas y dolor de los pecados. Estos devotos penitentes acompañaban los duros golpes, con cánticos de letanías y otras devociones.

Seguíale a este trozo de procesión inmediatamente un Guión de lienzo, que expresaba las insignias de la Pasión de Cristo, que guiaba el otro trozo de procesión compuesto de piadosas mujeres, vecinas del lugar y su comarca, que atraídas del olor de las virtudes que difundía el espíritu de san Vicente, acudían a disciplinarse incorporándose con las discípulas del Santo, vistiéndolas de túnicas de lienzo blanco y cubriéndolas el rostro, clamando entre los azotes: Señor Dios, misericordia.

Remataba la procesión con otro Guión, cuyo lienzo contenía de buen pincel una devota imagen de la Virgen de la Piedad con su hijo Jesús en brazos, como difunto y recién desclavado de la Cruz. Tras este guión iba fray Vicente y detrás de él infinito pueblo, todos con cirios encendidos y cantando las Letanías. Tenía esta procesión sus gobernadores que la guiaban y cuidaban para que fuese muy ordenada y bien compuesta. Veniase a concluir esta procesión de noche, restituyéndose a la Iglesia de donde había salido”.

Tres fueron los sermones en lemosín (dialecto de la Galia Francia, introducido en Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca por el rey Jaime I el Conquistador, con el que siempre predicaba fray Vicente Italia, Francia, Castilla, Aragón, Navarra, y todos lo entendían don de lenguas, y Cervantes califica de: gracioso, dulce y agradable), que pronuncia en Jumilla como acostumbra. El segundo de ellos, según Pascual Madoz, 1850: “...escrito de su puño y letra, se conserva en el archivo de la misma…” (Iglesia-Ermita de Santa María del Rosario, hoy desaparecido), lo pronuncia en la dominica in albis (domingo después de Pascua de Resurrección), y es conocido a través de la traducción del latín efectuada por el Canónigo Don Juan Lozano Santa en su Historia de Jumilla de 1800, y en él, fr. Vicente nos dice el porqué: “…Me rogaron los Regidores, que predicara del buen gobierno digno de una Villa y su Común, mediante lo qual puedan conseguir prosperidades temporales y espirituales. Esta materia no es solo buena para esta Villa, sino para otras…”. El primero y tercero, nos han sido desconocidos hasta el año 2002, en que se publica el Sermonario.

Pasados los años, en la Dominica in Albis, llamada también de Quasimodo, los jumillanos celebraban la festividad de San Vicente Ferrer, subiendo en procesión a la Ermita de Ntra. Sra. de Gracia (antigua Patrona de Jumilla) junto al Castillo, donde se oficiaba con acompañamiento del Coro y Música propia de la Parroquial del Señor Santiago, una Misa con Sermón, y gran concurso de personas del Clero, Ayuntamiento y pueblo. Al pasar la comitiva por el peñasco donde estaba levantada la Ermita de San Cristóbal, en cuyo interior, había una imagen de San Vicente en actitud de orar en un colateral del retablo, se hacía una parada y por el señor Cura, se daba a los cuatro puntos cardinales la bendición de términos, para prevenir las desgracias atmosféricas.

En la Capilla del Sagrario de la Parroquia Mayor de Santiago había una imagen de bulto de San Vicente Ferrer, colocada en un pequeño pedestal próximo al Retablo presidido por el Sagrado Corazón de Jesús y Santa Margarita, en un hueco junto al altar de la Virgen de Gracia, lugar que hoy ocupa el Santísimo Cristo de la Expiración, seguramente la misma existente en la citada Ermita de San Cristóbal, trasladada al arruinarse ésta; y en el lado opuesto, también junto a dicho altar, la imagen de san Vicente Mártir, según el plano de planta de la Iglesia levantado en 1925. Todas estas imágenes fueron destruidas en la pasada guerra civil de 1936.

Es significativa la pintura del cuadro donado por D. Esteban Tomás Tomás en el año 1953, que se conserva en dicha iglesia, cuya figura central es la de Ntra. Señora de Gracia (antigua Patrona), bajo un dosel del que cuelga un ampuloso cortinaje que le sirve de fondo, adornado a ambos lados con dos grandes y vistosos candelabros, cordones con sus borlas, y en sus esquinas superiores, guirnaldas de flores y figuras angélicas, como asimismo a sus pies. A ambos lados de Ntra. Sra., arrodillados contemplándola: en el derecho la imagen de San Vicente Mártir arrodillado, revestido con las ropas sacerdotales, las manos juntas en el pecho y sobre él una filacteria: San Vicente Mártir; y en el izquierdo, a la misma altura, San Vicente Ferrer arrodillado con el brazo izquierdo extendido señalando a la Sra., y sobre él una sinuosa filacteria con la inscripción: Timete Deum et date illi honorem (Temed a Dios y darle honores), Patrones ambos de Valencia. En la parte inferior, una magnifica panorámica del Alcazaba (recinto amurallado), con el Castillo, Villa e Iglesia, que nos traslada al año 1411, en que se produjo la visita, estancia y predicación de fr. Vicente.

La Cofradía de Ntra. Sra. del Rosario organiza en la villa de Jumilla, la tarde de Jueves Santo, la procesión penitencial sucesora de aquellas que organizaba la Compañía que acompañaba a San Vicente Ferrer en sus desplazamientos. Su fundación se hace poco tiempo después de la visita de fr. Vicente y la edificación de la Iglesia de Santa María del Rosario, siendo una de las más antiguas, junto a la de Santiago.

Durante el siglo XVII en Jumilla, las procesiones penitenciales en Semana Santa, estaban organizadas por la Cofradía del Rosario y la nueva Hermandad de la Vera Cruz, saliendo en la tarde de Jueves Santo acompañando los cofrades penitentes a un Crucificado y una Dolorosa. Y el Viernes en la tarde un Yacente, declarado en el Testamento de Magdalena Tomás, viuda de Pedro de Cutillas en 1626, ante Jaime Carrión, escribano: “…quiero se compre otra sarga, si faltare, de tres o cuatro varas y se de y ponga sobre el sepulcro que está hecho en la Ermita de Santa María, cubriendo la figura de Cristo…” , acompañado por una Dolorosa que se transformaba en Soledad, imagen vinculada a los Pérez de los Cobos, con Capilla propia en la iglesia de Santiago (primera del lado del Evangelio). Son procesiones austeras que buscan el sufrimiento y se unen a Cristo mediante el dolor del flagelo.

En los años 1594/1636, la cofradía del Rosario hace durante el año, hasta 5 Memorias, Oficios y Misas solemnes, en los meses de febrero, marzo, agosto, septiembre y octubre. Entre 1720/1740, celebra en el mes de octubre, Vísperas, Procesión y Aniversario, y en 1724/25/26/27/38 y 39 celebra Vísperas en su Iglesia-Ermita de Santa María del Rosario. Continúa sus celebraciones en Santiago, y entre 1786/1811 (último año que se anotan) incluyen el Sermón en la Misa. Los cofrades asisten a Misa de Alba y llevan a cabo una despierta por las casas. La casa del Barón del Solar de Espinosa, satisface en los años 1849 y 1850 a la cofradía de la Aurora, 6 reales; 25 reales a la Mayordomía del Santísimo; 2 reales a la de San Antonio Abad; 2 reales a la Mayordomía de San José, y 2 reales a la de San Roque.

Ábreme, Santa María, tu viejo templo sin luz, porque yo quiero aromarlo con nubes de incienso azul. Quiero que sobre tus losas sosiegue mi corazón. Vieja iglesia que despiertas mi ternura y devoción. Pon luces en los altares donde tiniebla y quietud añoran lirios de escarcha y el gravitar de la Cruz. Me dáis hoy la palabra para que en ella pueda condensar el sentimiento de un pueblo, la pasión de una ciudad, la tradición de generaciones de jumillanos que, al llegar los días de la Semana Santa, se disponen a rememorar juntos la Muerte y la Resurrección de Cristo. Jumillanos como el poeta Lorenzo Guardiola, que hace medio siglo me precedía en el alto honor de pregonar esta singular Semana Santa y a quien tomo prestadas las palabras, los bellos versos, con que he querido dar comienzo a este pregón de 2011. Quien hoy os habla fue nacido nazareno.

Desde muy niño me enseñaron a vivir y a percibir con cada uno de los sentidos los rasgos de identidad de una de las más extraordinarias manifestaciones de religiosidad popular, la Semana Santa. Compartimos un sentimiento común, una experiencia forjada a lo largo de los años bajo un capuz, entre cirios y pasos.

Es la mía una admiración sin límites por los hombres y mujeres que mantienen viva una de las más sentidas tradiciones, una ancestral manifestación de fe, herencia de nuestros mayores y legado de incalculable valor para nuestros hijos. Hoy, mis palabras deben ir precedidas de una expresión de enorme gratitud, del agradecimiento a la Junta Central de Hermandades por concederme el honor de exaltar una Semana Santa de tan honda historia como inmejorable presente.

De compartir hoy, con todos vosotros un momento de singular nazarenía, aquel en que la Semana Santa de Jumilla se hace presente, a modo de pregón, para anunciarnos que, un año más, sus procesiones están a punto de salir a la calle. Dos mil once es, además, un año especial.

Una efeméride de primer nivel para los jumillanos, pues se cumplen seiscientos años desde que aquí se prendiera el germen de la Pasión hecha arte, de la catequesis visual y andante de las procesiones jumillanas.

Unos habitantes que apenas podía conseguir sustento, pues no había manos suficientes para cultivar la tierra y proveer así a quienes residían en la ciudad y se dedicaban a otros oficios. Con todo, aquella gente, asustada aún por la enfermedad reciente, pero con el tesón y la laboriosidad que siempre les caracterizó, no habían dejado atrás su fe, y recibieron esperanzados el mensaje de un orador de sabiduría y elocuencia reconocidas; un hombre de fe que ya en vida era considerado un ejemplo por cuantos tuvieron la fortuna de escuchar sus palabras. En 1398 Vicente Ferrer estaba enfermo en la localidad francesa de Aviñón, ciudad que casi todo aquel siglo había sido la sede del papado.

Así lo hizo, y las principales ciudades de Italia, Francia o España acogieron a aquel fraile dominico, que predicaba la palabra de Dios al tiempo que instaba a solucionar el Cisma de Occidente, en que aquellos años se hallaba sumida la Iglesia Católica. San Vicente vino a Jumilla precedido de una extraordinaria fama, que incluía la realización de milagros, como el que había tenido lugar poco antes, el 26 de agosto de 1410, cuando en la localidad valenciana de Liria volvió a manar el agua de una fuente seca tras decir misa en aquel lugar.

Y es que hasta 860 milagros aparecieron en el proceso de canonización que tuvo lugar pocos años después de su muerte, pues fue considerado Santo por la Iglesia Católica el 29 de junio de 1455, siendo papa Calixto III. San Vicente llegó a Jumilla entre la expectación de los vecinos; seguido por un buen número de penitentes que se flagelaban y por una multitud que le acompañó cuando entró a la localidad montado, como el Maestro en Jerusalén, sobre los lomos de un asno. Predicó en Jumilla, en su alcazaba, en la explanada junto a la Torre del Maestre, pues se había quedado pequeña la iglesia para escuchar el mensaje de Dios en las palabras de su siervo.

Y con los jumillanos celebró aquella Semana Santa, predicando aquí la gloria de la Resurrección en tres recordados sermones que, afortunadamente, se conservan tal y como fueron proclamados por San Vicente. Y aquí prendió su llama.

Gentes también que hace ya muchos años que marcharon a la Jerusalén celestial y que, sin embargo, son recordadas en su obra, en sus cofradías, en el patrimonio que a éstas legaron o que para estas realizaron. Porque resulta imposible conocer la Semana Santa de Jumilla sin su dimensión histórica, sin acercarse a las cofradías y procesiones que ya en los siglos XV, XVI y XVII recorrían las calles de esta bonita localidad.

Y a tenor de ese camino andado, podemos constatar cómo ninguna otra ciudad, Villa o pueblo de nuestra Región tuvo en aquellos siglos el número de cofradías y procesiones que completaban –ya por entonces-una de las más completas Semanas Santas murcianas.

La de Jumilla. Y así, cuando incluso la Desamortización que España vivió a comienzos del XIX hizo tambalearse los cimientos de muchas cofradías, Jumilla fue capaz de resurgir en aquellos años, multiplicando nuevamente su presencia, haciendo más vivo si cabe el mensaje de Cristo a los hombres a través de su Pasión. Un mensaje que en este abril jumillano vuelve a alzarse entre los penitentes y los tronos de vuestras cofradías.

En una Pasión plasmada en arte y sentimiento, en tradición y recogimiento, en devoción de unas gentes que procesionan a Dios y le veneran. “Como un piadoso sudario llanto de lluvia de abril vierte; está llorando la muerte de Jesús en el Calvario. La tierra es un incensario de flores en primavera y cada rosa hechicera. Y cada lluvia vertida, es una llaga encencida o una lágrima de cera.” (Jaime Campmany) Porque llegado es el momento de volver a batir tambores, de pregonar a los Cuatro Vientos que Cristo vuelve a sufrir tortura por nosotros.

Así lo vive recorriendo las estaciones de un Vía Crucis que el Viernes de Dolores preside la imagen del Santísimo Cristo del Perdón, acompañado por quienes con Él quieren hacer penitencia y recordar su Pasión.

El Perdón de Dios anda por las calles de Jumilla. Yo quisiera saber por qué el sol llora tu pena por qué la fuente se calla su saeta y el viento se ha quedado en un susurro. Quisiera comprender por qué me buscas por qué te empeñas en seguir buscando una mirada indiferente que no llora, cuando tus ojos van llorando. ¿Acaso, Cristo mío -y esto me duele- has querido hacer tuyo mi fracaso? Ayúdame a buscarte, mi Cristo del Perdón, A salirte al encuentro, paso a paso, A decirte con voz entrecortada, Señor, perdona mis pecados. Resuena hasta en el último de los rincones el júbilo de los jumillanos que se disponen a vivir con el Nazareno y aprender de Él.

Y así, el Domingo de Ramos, en esa mañana que no concebimos sin un Sol Radiante y la ilusión de grandes y pequeños, todos los nazarenos de Jumilla acompañan a Jesús en su entrada en Jerusalén, en la procesión de las Palmas, cuyos orígenes datan del siglo XIX. Pero el Domingo de Ramos no sería el mismo si Jumilla entera no se echara a la calle al anochecer y buscara el camino del convento de los frailes de San Francisco, del que sale, a hombros de la devoción infinita de los suyos, el Cristo Amarrado a la Columna, sublime y sobrecogedora visión del sacrificio del Redentor plasmada en la genialidad del arte de Salzillo. !Qué silencio, Señor, habrá en las calles, en que apenas habita algún suspiro! Y veremos caminar la luna, andando de puntillas, con sigilo. Y al aire soslayar las plantas, huyendo de la flor y su quejido, porque el pétalo, jugando con el aire, sus rasos rompe en el espino. !Qué vacíos y mudos los caminos, donde el polvo y la tierra se han dormido! Yo he visto llorar a unas estrellas con llanto de plata y oro fino. Y he visto algunos hombres que trataban de salirte al encuentro en tu camino. Yo he querido, Señor, seguir tus pasos. He querido acercarme y me he alejado. He querido buscarte y me he perdido. He querido llorar y me he reído. He querido rezar y me he callado. He querido, Señor, y no he querido. Qué silencio, Señor, habrá en la noche. Si mis labios, Cristo Santísimo de la Columna, están cerrados, !que rece el corazón con un suspiro! El maestro Piñana, con su arte y sentimiento, que es mucho y muy grande, a través de esta hermosísima saeta en la que canta rezando y reza cantando nos ha encogido el corazón y ha conseguido que la emoción nos invada.

Y te postras ante tanto dolor, ante tanta humildad, ante tanta grandeza: Contén tu respiración; detén la marcha de los minutos y de los segundos; mira a tu Cristo y dile quedamente: ¡Cristo de la Columna, que el inmenso reloj del tiempo no desgrane una gota de arena más; que los astros del cielo cesen en el sublime concierto de las esferas; calle el pájaro en sus trinos, guardase la flor su perfume, ocúltese para siempre la luz del astro rey...

El recogimiento espera en la medianoche del Martes Santo la procesión penitencial del Santísimo Cristo de la Vida, ante cuyo paso la luz cede su lugar a la oración y al andar cadencioso de enlutados penitentes. Noche de plata bajo la luna llena que rasga tinieblas y corre tras las sombras.

Es la luna de Nisam que acentúa la silueta del castillo e ilumina las calles de Jumilla convertidas en místico escenario para encontrarnos a la vuelta de una esquina con la figura agonizante de Cristo o el infinito dolor de María, la Madre. Noche donde una pléyade de estrellas caerá desde el cielo, como lágrimas de perlas; donde los ángeles se mecerán entre las sederías del recuerdo para mitigar el sufrimiento de quien, siendo Dios, sufrió los mayores y más dolorosos escarnios. Cada iglesia, cada parroquia, se dispone a celebrar la Liturgia de Semana Santa.

El Triduo Pascual va a comenzar y los cristianos nos preparamos para vivir en comunidad el Triunfo de Cristo sobre la Muerte. Es un momento solemne, pero en modo alguno de tristeza. Nos sobrecoge recordar el Sacrificio de Jesús, pero sabemos que al final hay Luz, hay Esperanza.

Así lo cantamos en los Oficios: Victoria, tú reinarás ¡Oh Cruz! Tú nos salvarás Y Jumilla nos ofrece un singular momento en el que recordamos el Prendimiento de Cristo, cuando en la tarde de Miércoles Santo, entre el bullicio del paso de los Armaos, la Plaza de Arriba es escenario de este antiguo drama sacramental, del Prendimiento según Jumilla. Jesús ha sido prendido, y en esa noche de Miércoles Santo tendrá lugar la procesión en que desde cada uno de los tronos comienza la secuencia narrativa en la que las cofradías plasman con sus imágenes los últimos momentos de Jesús entre los suyos. Cristo ya no es libre.

Es prisionero de quienes no supieron comprender su mensaje, su legado que no fue otro que el de que nos amáramos como Él mismo lo hizo. Cada templo alberga en su interior un Monumento, abiertos los sagrarios en espera de la cercana Vigilia Pascual. Cofradías y hermandades, con sus estandartes al frente, rememoran la antigua costumbre de visitar los Monumentos.

Las mujeres se visten “de manola” mientras los cortejos recorren las calles a los sones de “Mantillas de Jueves Santo”, casi un himno de Jumilla que compusiera hace ya muchos años el recordado y excepcional músico de esta bendita tierra, Julián Santos. Anochece el Jueves Santo.

El día en que Jumilla se encuentra con su historia en la más antigua de sus procesiones, la de la Amargura. Las Cofradías disponen sus pasos, los indicados para seguir el recorrido narrativo de la Pasión. Ya no hay descanso.

Una con otra las distintas procesiones van narrando la Pasión desde el arte de unos escultores que dejaron en Jumilla la impronta de un don, el de conmover en la madera, la misma madera en la que Cristo fue crucificado. Amanece el Viernes Santo y en su mañana Jumilla rememora el camino del Calvario, acompañando a los penitentes de cada una de las cofradías que quieren compartir con Cristo su dolor. La Madre avanza por el camino (piedras de sangre, polvo de llanto), y temblorosa baja el sendero por Jesucristo santificado... Y entre las huellas busca la huella de aquellos pasos que abrieron surcos de luz divina mientras el Mártir, agonizando se desplomaba bajo el madero y con la angustia del fin cercano, llora la Madre cuando desciende desde el Calvario... (Marcos Rafael Blanco Belmonte, poeta cordobés) El tiempo se ha detenido.

Es la Soledad, es el vacío inmenso y el dolor sobrehumano de la Madre Santa que ha perdido al Hijo en la Cruz. El viento, en su murmullo de ti habla, de tu anhelante respirar entrecortado. El Cielo, la luna y las estrellas, con sus lagrimas de luz ponen el llanto. Un año más, se afana el pensamiento buscando ideas cuando existen flores, escogiendo palabras, cuando hay viento. Ese viento primaveral y sosegado, que hace del incienso plegaria y rezo. ¡Qué consuelo, Virgen Santa, cuanta hermosura! La del prado, la flor, la brisa pura; El agua cristalina, el temblor del rocío y su frescura ¡Qué consuelo, Señora mía, Dios no ha fracasado! Que la rosa lo dice, y la amapola, y el viento lo comenta en su recado, y la lagrima llorada con ternura, y la oración que se asoma a flor de labios, y la mirada que te busca en derechura. Otra vez la emoción.

la Oración. Otra vez el maestro Piñana: arte, sentimiento y devoción. Este año, en el que Jumilla conmemora seis siglos desde que la Semana Santa saliera a las calles desde el interior de los templos, la tarde de Viernes Santo será escenario de un singular cortejo: la “Procesión Antigua”.

De una Semana Santa que conformó la sin par realidad que hoy ofrecéis a propios y visitantes. La Semana Santa es hoy referencia ineludible para entender Jumilla, para compartir la pasión y la devoción de sus habitantes. El extraordinario trabajo de la Junta Central de Hermandades y de cada una de las cofradías que la componen no se puede condensar en apenas unos días, en los que transcurren entre Viernes de Dolores y Domingo de Resurrección. El haber vivido desde niño los entresijos de la nazarenía me enseñó a percibir el trabajo y la preocupación que se extiende a todos los días del año, pues apenas se cierra la puerta de una iglesia y resuena el último eco de una procesión, ya se está trabajando en una nueva Semana Santa. Hay que restaurar esto o aquello, mejorar el patrimonio con la adquisición de nuevos bordados o elementos de orfebrería, renovar un trono, un vestuario… Y hay que lograr, mediante la aportación desinteresada y el esfuerzo de los cofrades, hacer frente a los costes de la procesión, tarea que por lo general no es fácil. Pero, además, la vida de las cofradías se extiende por todo el año en el culto a los Titulares, en la importantísima y no siempre conocida labor social que desarrolláis, en las múltiples facetas que lleváis a cabo y que ahora culminan en unas procesiones en las que habéis puesto, junto a ese esfuerzo y sacrificio, toda la ilusión que albergan vuestros corazones. Y en este año especial para vosotros, en el que celebráis seiscientos años de historia, la tarde del Sábado Santo será escenario del Magno Entierro, de la plasmación en treinta y cinco pasos de lo que es la Pasión y Muerte de Cristo según Jumilla. Veintitrés escultores, setenta imágenes, el empeño de miles de jumillanos hecho procesión.

El trabajo de quienes hoy ostentáis la responsabilidad de vestir el atuendo de cada cofradía, y también el de todos los jumillanos que a lo largo de estos seis siglos lo hicieron alguna vez. El Magno Entierro nos brindará a todos, además, la oportunidad única de revivir, al paso de cada trono, el inmenso amor de Dios por los hombres, el verdadero sentido de aquello que conmemoramos cada Semana Santa y que culminará, en la mañana del Domingo de Resurrección. Pregonar la Semana Santa es, como dije al principio de estas palabras, un honor que me permite hoy compartir un sentimiento tan hondo que es muy dificil condensar en verbo. Pregonar, decía en 1996 Carlos Valcárcel, mi padre, “es abrir las puertas a una nueva primavera que viene tras un año de ausencia dolorosa y dolorida”.

Porque en este lugar de España, en nuestra querida Región de Murcia, nada hay que identifique más la primavera que la presencia en las calles de los nazarenos, de los cofrades, de quienes compartimos una herencia ancestral que, en muchas ocasiones, se pierde en la oscuridad de la Historia: la de celebrar en procesión la Semana Santa. Jumilla, culta y orgullosa de su Historia, conserva el vestigio original.

Y demuestra en ello una sabiduría y una fortaleza que a buen seguro llevarán en el tiempo este mismo mensaje a futuras generaciones de jumillanos, que seguirán vuestro ejemplo, como vosotros lo hacéis con el de vuestros predecesores. Sois depositarios de una tradición secular, de extraordinaria riqueza en el arte, pero sobre todo en el sentimiento.

Éste es el principal legado que desde cada cofradía podéis hoy ofrecer, y el mayor orgullo del que podéis presumir. Éste es el trabajo que cada día del año lleváis a la práctica los hombres y las mujeres que integráis la Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo de la Vida, la Cofradía de la Samaritana, la Cofradía del Primer Dolor, la Cofradía del Santo Costado de Cristo, la Cofradía de la Oración del Huerto, la Cofradía del Beso de Judas, la Real Cofradía de Jesús Prendido y la Santísima Virgen de la Piedad, la Cofradía del Rollo, la Cofradía de Jesús ante Herodes, la Cofradía de San Juan Apóstol, la Cofradía de Santa María Magdalena, la Hermandad del Santísimo Cristo de la Columna, la Cofradía del Santísimo Cristo de la Sentencia, la Cofradía del Santísimo Cristo de la Caída, la Real Cofradía de Jesús Nazareno, la Hermandad del Santísimo Cristo de la Salud, la Cofradía de la Vera Cruz y Santo Sepulcro, la Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad, la Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Redención y la Cofradía de la Guarda del Cuerpo de Cristo. El pregonero se dispone a guardar silencio ya para que hablen vuestros corazones.

Sean mías también, permitídmelo, aquellas palabras que siento como propias: “Me duele tu dolor y tu amargura, me pesa tu tristeza y tu agonía, me duele no llorar con el que llora y me duele no reir con el que ría. Ya es silencio la brisa y el aire llanto. Tu aliento es la cera que va alumbrando tu paso por las calles; el cielo es manto de estrellas temblorosas que están llorando. Son lágrimas que el hombre, Señor, está negando.” Muchas gracias.

y formó parte de los que salieron de la península atraídos por las noticias acerca de las riquezas que atesoraba el llamado Nuevo Mundo, las aventuras de Francisco Pizarro y Diego de Almagro, que habían conquistado el Imperio Inca en un inmenso continente en que aún quedaba mucho por descubrir y ganar.

Debió nacer Alonso de Mendoza entre 1480 a 1490, pasando a Indias en los primeros años del siglo XVI, estableciéndose en Cuba siendo gobernador Diego Velázquez de Cuéllar. Aparece un Alonso de Mendoza en un documento de Guanuco (Cuba) en 1520, pero según las enciclopedias Alonso luchó en Alemania e Italia antes de pasar a Cuba. Estuvo en México con Hernán Cortés y se estableció en San Esteban del Puerto, de donde fue desterrado por levantisco y alborotador.

Llegado de las islas caribeñas, se dirigió sin vacilaciones al Perú, donde su natural inteligencia, su don de gentes y su simpatía personal le acercaron a Francisco Pizarro, entonces en guerra con Diego de Almagro. Así, combatió en la Batalla de las Salinas contra el propio Almagro y en la Batalla de Chupas, en la que pereció Diego de Almagro el Mozo. Éstos y otros hechos de armas, en los que mostró su valor y valía, le llevaron hasta Chuquisaca, donde sería gobernador.

Después de varias vicisitudes, dejó Gonzalo Pizarro para marcharse junto al primer Virrey del Perú; acomodándose en uno y otro lado, se incorporó a las filas de Francisco de Carvajal, quien le asignó el grado de Capitán y le confió misiones diferentes en una larga campaña contra el realista Diego Centeno. Sin embargo, al declinar la estrella de Hernando y Gonzalo Pizarro pasó al bando realista, a las órdenes de Pedro de la Gasca.

Logrados sus propósitos, el enviado del Rey, De la Gasca, notificó al Capitán el 7 de abril de 1548 que había sido designado para fundar una nueva ciudad, proporcionándole, además, una nómina de quienes concurrirían con él a la solemne ceremonia. La misión que se le confiaba era importante en sumo grado, pues culminaba sus ambiciones. En ese tiempo, también, era poseedor de productivas minas de oro en la región de Tipuani.

Pedro de la Gasca, cuya misión en el Perú había concluido con la solución de los conflictos creados entre los propios conquistadores y de éstos contra el gobierno monárquico en alianza con los dueños de las tierras, no tenía el propósito de permanecer mucho tiempo más en territorio americano, ni como presidente de la Real Audiencia de Lima ni como Virrey, alto cargo que se había negado a aceptar al encargarse, exclusivamente, de la dura tarea de pacificar el enorme y problemático territorio colonial. Así, De la Gasca buscó al hombre para la difícil empresa de fundar una ciudad y gobernarla por lo menos los primeros años y no dudó cuando llegó a la conclusión de que el señalado y apto para la misión era el capitán Alonso de Mendoza. Con él decidió las condiciones y el sitio donde se edificaría la población proyectada, que debía recordar el cumplimiento de la importante misión que se le había confiado y el feliz logro alcanzado.

, un poblado indígena ubicado en la inmensidad del altiplano andino, árido y frío, Mendoza preparó los requisitos al efecto y presidió los actos fundacionales el día 20 de octubre de 1548. En el acta de fundación Alonso de Mendoza actuó como justicia mayor y se nombraron los regidores de la nueva población,

Por entonces, muchos de los funcionarios del Virreinato del Perú, encomenderos y soldados, sacerdotes y comerciantes, habían pasado ya por el altiplano Kolla; habían podido observar y admirar la belleza impresionante que ofrecía esa profunda depresión, ese pozo gigantesco como abierto a pico, accidentado e irregular, en cuyo fondo podía admirarse el paso de una corriente de agua, rápida y cantarina –el Río Choqueyapu– que se precipitaba caudaloso y raudo por acentuada pendiente, en cuya cuenca, verde y florida, todo era paz; todo invitaba al placer de ese contacto íntimo con la naturaleza y la meditación; teniendo al frente, por donde nace el Sol, esa majestuosa montaña que era como el fondo adecuado de una pintura eglógica: el Illimani. Visión que impresiona a la par que cautiva por el imponente conjunto cercado de cerros y precipicios, de vegetación y maleza, en cuya planicie central, sin embargo, se levantaba un grupo de pequeñas y ordenadas casas.

Eso era Chuquiago marka, la ciudad de la “Lanza Capitana”, cuya importancia y valor radicaba no tanto en la belleza de su paisaje ni en el cálido abrigo que ofrecía, sino protegiendo al viajero de los fríos vientos del altiplano en el obligado camino de Lima a Potosí, la mina de plata más rica del mundo. Era el trayecto único en la ruta que se dirigía a los yacimientos de oro de Tipuani, y a la zona subtropical de Los Yungas, productora de casi todos los frutos que puede ofrecer la naturaleza, de excepcional e incomparable calidad, así como de producción suficiente para abastecer a todo el virreinato. Es indudable que el sitio había sido bien elegido; no solamente porque ofrecía todas las facilidades y ventajas como etapa de una ruta principal, sino también porque era “pascana” agradable y acogedora, para solaz del viajero agobiado por las largas distancias y los malos caminos.

Fueron tres sacerdotes (Francisco Morales, Francisco Laroca y Francisco Alcócer) quienes influyeron en Mendoza para que optara por Chuquiago Marka como enclave para la ciudad que perpetuaría su labor reconciliadora, ofreciéndole además el plano bajo cuyas normas se levantaría la ciudad.

Fue entonces que partió encabezando una respetable caravana, con dirección al altiplano andino; pero muchas razones impidieron la llegada de la comitiva oficial hasta la hoyada Kolla, por lo que todos resolvieron dar curso a la fundación provisional de la nueva ciudad en el mencionado pueblo de Laja.

El primigenio templo garrovillano se construyó bajo los preceptos del románico tardío, como vemos en otras iglesias de la zona, y su culto se consagró al Apóstol Santiago el Mayor. Durante el siglo XIV el crecimiento de la población de la Algarrobilla, después La Garrovilla, hizo que se planteara la necesidad de construir uno nuevo o ampliar el que ya se tenía, pero la escasez de documentación impide saber qué se hizo. Lo cierto es que la iglesia actual sería iniciada a comienzos del s. XVI, como las de Arroyo de San Serván y Valverde de Mérida, pero a diferencia de esas poblaciones citadas, aquí no se ha conservado ni rastro de anteriores templos parroquiales. Fue entonces cuando se la dotó de una portada plateresca y de esta época se conserva un espléndido sagrario de mármol de estilo gótico flamígero.

El gótico flamígero (flamboyant) fue la última etapa del arte gótico (gótico final o tardío), que se desarrolló en Europa desde la última parte del siglo XIV y los principios del XV. El flamígero supone una fase de exaltación barroca dentro de un estilo ya de por si barroco. Se caracteriza por no contar con un centro difusor, por lo que impera la diversidad. Coincide con el desarrollo de la escuela flamenca.

Es una época de relativa crisis, por lo que desaparecen las grandes empresas constructivas del periodo anterior. En la Península Ibérica por el contrario se vivirá un momento de reconstrucción. Por otra parte la arquitectura religiosa cede terreno ante la civil y militar. Lonjas, ayuntamientos, castillos y palacios serán los protagonistas.

Nuestra Señora de La Paz es una ciudad del noroeste de Bolivia, capital del departamento de La Paz y capital accidental de toda la nación, aunque el título oficial de capital le corresponde a Sucre.

La ciudad de La Paz fue fundada el 20 de octubre de 1548 por el capitán Alonso de Mendoza en la localidad de Laja como punto de descanso para los viajeros que transitaban entre Potosí y Cuzco. Tres días después fue trasladada más al este, a un lugar de clima templado ubicado al borde del altiplano, donde se inician las quebradas y el valle, llamado Chuquiago Marka (en aymara, Chuqiyapu) que significa chacra de papas o de oro, debido por un lado, a su clima benigno y a las abundantes cosechas de papa y cereales que se obtenían, y por el otro, al oro que el río arrastraba de las laderas altas. El nombre designado por los conquistadores españoles fue Nuestra Señora de La Paz, constituyéndose la tercera ciudad después de Chuquisaca (1538) y Potosí (1545). Su nombre conmemora la restauración de la paz después de la guerra civil que siguió a la insurrección de Gonzalo Pizarro contra Blasco Núñez Vela, primer virrey del Perú.

A la cabeza de Pedro Domingo Murillo y otros mártires locales, La Paz se levanta en armas el 16 de julio de 1809 contra el imperio Español e instaura el primer gobierno libre de Hispanoamérica, formando una Junta Tuitiva el 22 de julio de 1809. El departamento de La Paz fue creado por Decreto Supremo del 23 de enero de 1826.

Tras la guerra federal de 1898 - 1899, La Paz asumió la sede de gobierno (poderes Ejecutivo y Legislativo), convirtiéndose así en sede política de facto en la administración nacional. La contienda enfrentó a Liberales del norte, contra Conservadores del sur. Esta sitaución quedó establecida el 25 de octubre de 1899, fecha en la que el general José de Manuel Pando asumió la presidencia de la República a raíz del triunfo de la Revolución Federal.

La historia inicial de la ciudad es una mezcla intrincada de hechos fantásticos con verídicos, por lo que es difícil distinguir la historia de la leyenda. Se dice que las vetas de plata fueron descubiertas de forma casual, una noche del año 1545, por un pastor quechua llamado Diego Huallpa, que se perdió mientras regresaba con su rebaño de llamas. Decidió acampar al pie del Cerro Rico y encendió una gran fogata para abrigarse del frío. Cuando despertó por la mañana, se encontró con que, entre las brasas humeantes de la fogata, brillaban hilillos de plata, fundidos y derretidos por el calor del fuego. El cerro, aparentemente, era tan rico en vetas de plata que la misma se encontraba a flor de tierra. El 1 de abril de 1545, un grupo de españoles encabezados por el capitán Juan de Villarroel tomaron posesión del Cerro Rico, tras confirmar el hallazgo del pastor, e inmediatamente establecieron un poblado.

Según otra versión, los Incas ya conocían la existencia de plata en el cerro, pero cuando el emperador inca intentó comenzar a explotación del cerro, éste lo expulsó mediante una estruendosa explosión (de donde deriva el nombre del lugar, ¡P'utuqsi!), prohibiéndole el extraer la plata, que estaba reservada para los que vinieran después. Los historiadores ven en esta variante una deliberada influencia de los españoles en la leyenda, para legitimar sus labores en el cerro.

Lo cierto es que para 1570, tan sólo veinticinco años después de su nacimiento, su población ya era de 50.000 habitantes. Inicialmente se constituyó como un asiento minero dependiente de la ciudad de La Plata (hoy Sucre) pero, tras una larga lucha por conseguir su autonomía, adquirió el rango de ciudad el 21 de noviembre de 1561 mediante una capitulación expedida por el entonces Virrey del Perú Diego López de Zúñiga y Velasco, conde de Nieva.

La inmensa riqueza del Cerro Rico y la intensa explotación a la que lo sometieron los españoles hicieron que la ciudad creciera de manera asombrosa. En 1625 tenía ya una población de 160.000 habitantes, por encima de Sevilla y mayor aún que París o Londres. Su riqueza fue tan grande que en su monumental obra Don Quijote de la Mancha Miguel de Cervantes acuñó el dicho español vale un Potosí, que significa que algo vale una fortuna.

Viuda de las minas, Potosí 2004 (foto: Manuel Rivera-Ortiz)Los españoles que vivían en la ciudad disfrutaban de un lujo increíble. A comienzos del siglo XVII Potosí ya contaba con treinta y seis iglesias espléndidamente ornamentadas, otras tantas casas de juego y catorce escuelas de baile. Habían salones de bailes, teatros y tablados para las fiestas que lucían riquísimos tapices, cortinajes, blasones y obras de orfebrería. De los balcones de las casas colgaban damascos coloridos y lamas de oro y plata.

En el pueblo de Garrovillas (Cáceres) tiene dedicada, desde mediados del siglo XX, una calle con el nombre de Capitán Mendoza, mientras que en su pueblo de origen, La Garrovilla (Badajoz), es la plaza principal de la villa la que ostenta su nombre.

) fue un explorador y conquistador español del territorio colombiano entre 1536 y 1572. Comandó la expedición de la conquista de la Nueva Granada (actual Colombia) y fundó entre otras la ciudad de Santafé de Bogotá, la actual capital de Colombia, en 1539. La última expedición la realizo entre 1569 y 1572 en busca de El Dorado, la cual culminó en forma desastrosa.

No existe consenso sobre el sitio y año exacto de su nacimiento, si bien alguno de los cronistas lo sitúa en Córdoba o Granada en 1509, sitio al cual había llegado su padre para ejercer la abogacía.

Fue el mayor de seis hermanos, y, pasada la adolescencia estudia en la Universidad de Salamanca la licenciatura de derecho, y regresa a Granada, ya abogado, alrededor de 1533, según algunos documentos que lo acreditan como Gonzalo Jiménez «el mozo» para diferenciarlo de su padre. Se sabe también que ejerció como abogado en la

A mediados de 1535, Gonzalo Jimenéz de Quesada se embarco hacia el Nuevo Reino de Granada, con la expedición de Pedro Fernández de Lugo y su hijo Alonso Luis de Lugo, quienes habían contratado con la Corona española la gobernación de Santa Marta. Viajó con el cargo de teniente de gobernador para administrar justicia, nombrado en noviembre 10 de 1535. Tres meses después de su llegada al puerto en 1536, organizó una excursión hacia el interior del territorio siguiendo el curso del

, con la intención de alcanzar el Perú. En las instrucciones de la expedición que debía emprender Jiménez de Quesada quedó estipulado que el contingente, en su ruta hacia el Virreinato del Perú, debía procurar la paz con los indígenas que hallase en el transcurso y la obligación de pedirles oro para financiar la conquista. Si los aborígenes se negaban a pactar la paz y a colaborar con los españoles, el capitán general podría emprender contra ellos una guerra a sangre y fuego, que permitía apropiarse de los bienes de los enemigos y subyugarlos.Esta expedición estaba comandada por Quesada, junto con Hernán Pérez de Quesada (su hermano) Juan de San Martín, Juan del Junco (como segundo al mando), Martín Galeano (Capitán de infantería) y Lázaro Fonte.

La expedición salió el 5 de abril de 1536. Con un grupo de 670 hombres por tierra y otro grupo, por agua remontando el Magdalena; Jiménez de Quesada se encargó del que iba por tierra, rodeó entonces la Sierra Nevada de Santa Marta y llegó a Valledupar, pasó luego a Chiriguaná, Tamalameque y Sompallón. Después de un período de no percibir mayores recolecciones de oro, el ejército, ya bastante mermado, continuó su ruta por el Magdalena a San Pablo, Barranca y Cuatro Brazos o La Tora

De la flota de soporte compuesta por 6 naves que salió de Santa Marta con 800 hombres, solo dos de ellas llegaron a Tamalameque, motivo por el cual regresaron a Santa Marta con muchos de los hombres de Quesada.

A medida que se adentraba en el nuevo territorio, Quesada se enteró que existía un activo comercio de sal entre los indígenas habitantes de las inhóspitas sabanas y los habitantes de la cordillera, donde, según los aborígenes, existía una «laguna de sal», lo cual llamó la atención de los expedicionarios, que decidieron desviarse de la ruta al Perú para buscarla. Desde el Tora Quesada y sus hombres ascendieron por el río Opón hasta la cordillera Oriental colombiana, a donde arribaron por Chipatá a la actual provincia de Vélez, en Santander. Pasaron luego por las Lagunas de Fúquene y Suesca, hallaron las poblaciones muiscas de Nemocón y Zipaquirá. En este momento sólo 166 personas habían sobrevivido al viaje. Desde allí entraron a la tierras del Zipa uno de los reyes muiscas, en la actual Sabana de Bogotá, fundando la ciudad de Santa Fe de Bogotá, el 6 de agosto de 1538. También atacaron al

Quesada fundó Bogotá con 12 casas hechas en paja y con una iglesia, en donde Fray Domingo de las Casas el día 6 de agosto de 1538 celebró la primera misa de Santa Fe de Bogotá, fecha tomada como la de la fundación. Quesada y sus hombres permanecieron en la región hasta la llegada en 1539 de las expediciones de Sebastián de Belalcázar que venía desde Ecuador y de Nicolás de Federmán que venía desde Venezuela. Los tres jefes expedicionarios acordaron enviar sus pretensiones territoriales al arbitraje de la corona. Jiménez de Quesada llamó a las tierras conquistadas

, en honor a la ciudad de Granada, en España. Desde Cartagena ellos navegaron hasta España, donde Quesada presentó su requerimiento de ser gobernador, sin obtener éxito mientras la gobernación de Popayán fue otorgada a Belalcázar. Quesada regresaría en 1549 con el título honorífico de Gobernador de El Dorado.

Los resultados de la expedición en términos económicos fueron exitosos, contrastando con las pérdidas humanas, pues sólo contaba con 178 hombres al final de la expedición; en sólo la provincia de Tunja se recogieron 182,536 pesos de oro puro, 29,806 pesos de oro de menor calidad y 836 esmeraldas. Se procedió entonces a repartir el tesoro obtenido, el 6 de junio de 1538, entre los 178 sobrevivientes que formaban el ejército comandado por Jiménez de Quesada. Luego de hacer los pagos de deudas: salario al cirujano, costo de medicinas, plomo, hilo para ballestas, arcabuces, hachas, azadones, clavos, etc., las donaciones a las iglesias de Santa Marta, el pago de misas por los difuntos y la obligatoria erogación del quinto real, se dividió un total de 148,000 pesos de oro puro, 16,964 pesos de oro de menor calidad y 1455 esmeraldas.

Con la idea de llegar a las legendarias y míticas tierras de El Dorado, en 1568, a la edad de 60 años, Jiménez de Quesada recibió una comisión para conquistar Los Llanos al oriente de los Andes Colombianos. Partió de Santa Fe de Bogotá en abril de 1569 con 400 españoles, 1500 nativos, 1100 caballos y 8 sacerdotes. Primero descendió a Mesetas en el alto río Guejar. Allí la mayor parte del ganado fue destruido por la quema de la pradera. La expedición se movilizó a San Juan de los Llanos, donde el guía Pedro Soleto definió que el curso a seguir sería el suroriente y dicha dirección se mantuvo durante dos años. Aproximadamente después de un año algunos hombres regresaron con Juan Maldonado, y finalmente la expedición volvió a San Juan después de seis meses con pocos sobrevivientes. Eventualmente llegaría a (San Fernando de) Atabapo en la confluencia entre el Guaviare y el Orinoco (en diciembre de 1571), pero no pudo avanzar ya que para esto se requería la construcción de barcos. Por lo tanto debió regresar derrotado a Santa Fe en diciembre de 1572 con tan sólo 64 españoles, 4 nativos, 18 caballos y dos sacerdotes. La expedición fue uno de los más caros desastres registrados y luego de un breve período de servicio en el comando de la frontera Quesada se retiró a Huesca con lo que pudo salvar de su fortuna.

La Real Chancillería de Granada (también denominada Real Audiencia y Chancillería de Granada) fue un órgano judicial establecido por Isabel I de Castilla en 1505 al trasladar a la ciudad de Granada la Real Audiencia y Chancillería de Ciudad Real, que había instaurado en aquella ciudad en 1494. Esta nueva Real Audiencia heredó las competencias de la anterior, que se extendían sobre el territorio situado al sur del río Tajo, en contrapartida con la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid, que las tenía sobre el territorio norte.

Desapareció en 1834 con motivo de la implantación definitiva del Liberalismo, sus funciones fueron heredadas por la Audiencia Territorial de Granada y sus fondos documentales se conservan en el Archivo de la Real Chancillería de Granada.

El rey Enrique II de Castilla fundó el tribunal de la Real Audiencia en las Cortes de Toro de 1371, siendo la primera de ellas la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid, que inicialmente tuvo competencias sobre toda la Corona de Castilla. Con la ampliación de territorios tras el matrimonio de los Reyes Católicos y la posterior conquista de Granada, la reina Isabel I de Castilla dividió en dos la jurisdicción del tribunal. Para ello creó la Real Audiencia y Chancillería de Ciudad Real en 1494, otorgándola competencias judiciales en los territorios comprendidos al sur del río Tajo, mientras que a la de Valladolid le correspondió el norte del mismo río.

En 1500 se planteó el traslado de la Chancillería de Ciudad Real a la ciudad de Granada, hecho que se hizo efectivo cinco años más tarde, siendo reina Juana I de Castilla. Esta nueva audiencia heredó las competencias jurídicas de la anterior, y dispuso de menos que la de Valladolid, pues careció de la Sala de Vizcaya. Tras una serie de reformas judiciales y una posterior reorganización de las audiencias reales, perdió parte de su jurisdicción al ser creada en 1525 la Real Audiencia de los Grados en Sevilla y un año más tarde la Real Audiencia de Canarias, con sede en Gran Canaria.

En 1531 el rey Carlos I de España mandó construir el palacio de la Chancillería, siendo el primer edificio de este tipo que se construyó en España para albergar un tribunal de justicia. El proyecto fue ejecutado por el arquitecto Francisco del Castillo el Mozo, siendo obra de los canteros Martín Díaz de Navarrete y Pedro Marín, mientras que la obra escultórica fue realizada por Alonso Hernández; el patio ha sido atribuido a la traza de Diego de Siloé. Fue finalizado en 1587, reinando Felipe II de España, y está considerado como la obra

El manierismo se originó en Venecia, gracias a los mercaderes, y en Roma, gracias a los Papas Julio II y León X, pero finalmente se extendió hasta España, Europa central y Europa del norte. Se trataba de una reacción anticlásica que cuestionaba la validez del ideal de belleza defendido en el Alto Renacimiento.

El manierismo se preocupaba por solucionar problemas artísticos intrincados, como desnudos retratados en posturas complicadas. Las figuras en las obras manieristas tienen frecuentemente extremidades graciosas pero raramente alargadas, cabezas pequeñas y semblante estilizado, mientras sus posturas parecen difíciles o artificiales.

Su origen etimológico proviene de la definición que ciertos escritores del siglo XVI, como Giorgio Vasari, asignaban a aquellos artistas que pintaban a la manera de..., es decir, siguiendo la línea de Miguel Ángel, Leonardo o Rafael, pero manteniendo, en principio, una clara personalidad artística. El significado peyorativo del término comenzó a utilizarse más adelante, cuando esa maniera fue entendida como una fría técnica imitativa de los grandes maestros.

Los colores no remiten a la naturaleza, sino que son extraños, fríos, artificiales, violentamente enfrentados entre sí, en vez de apoyarse en gamas. El propio Miguel Ángel o el académico Rafael experimentaron en sus últimas obras el placer de la transgresión, desdibujando sus figuras o dejando inacabadas sus obras. Tiziano, Correggio o Giorgione someten algunas de sus pinturas a complicados simbolismos que aún no han sido descifrados, como intuimos en La Tempestad, de este último.

Como reacción al manierismo, surgió en Italia el caravaggismo. Después de ser reemplazado por el barroquismo, fue visto decadente y degenerativo. En el siglo XX fue apreciado nuevamente por su elegancia. Entre los artistas que practicaron este estilo están Parmigianino, Beccafumi, Benvenuto Cellini, Giambologna, Giulio Romano, Rosso Fiorentino, Bronzino, Tintoretto, Arcimboldo, Hans von Aachen, Bartholomeus Spranger, Hendrick Goltzius, Vasari, Veronés, El Greco y Federico Zuccaro.

El río grande de la Magdalena fue llamado así por el conquistador español, Rodrigo de Bastidas; él y sus hombres desembarcaron el 1 de abril de 1501 con sus naves en la desembocadura del río, Bocas de Ceniza. Como era costumbre en aquel tiempo, lo llamó en honor a un santo; en esa ocasión, María Magdalena.

El río Magdalena, gracias a su posición geográfica que corta las poderosas ramas andinas del norte de Sudamérica, fue desde tiempos precolombinos ruta de incursión hacia el interior de lo que hoy es Colombia y seguramente hacia el sur de la misma como Ecuador. Las culturas caribes, por ejemplo, penetraron muy probablemente por el río, así como otras culturas influyentes venidas del norte y Mesoamérica.

De la misma manera, los conquistadores españoles que llegaron a lo que hoy es Colombia a principios del s. XVI usaron el río para adentrarse al interior de un país agreste y de un relieve difícil. El descubrimiento por parte de los colonizadores se le atribuye a Rodrigo de Bastidas en el año 1501.

En tiempo de la Colonia española no fue menos importante al río. Este fue la única vía en que la capital colonial, Santa Fe de Bogotá, se comunicaba con el importante puerto de Cartagena de Indias y por ende con Europa.

Las luchas de independencia no descuidaron el río. Los ejércitos patriotas y reales navegaron el río en la búsqueda del dominio absoluto y político de la Colonia que rompía sus yugos. En la obra El General en su Laberinto del escritor colombiano Gabriel García Márquez se puede ver una excelente descripción de lo que significaba el río para el tiempo y sus gentes.

Está ubicada a 120 km al occidente de Bucaramanga, a orillas del Río Magdalena, en la región del Magdalena Medio, de la cual es la ciudad más importante y segunda en todo el departamento. Fue fundada en el año 1536.

En la época de la Conquista Española, en el año de 1536, el gobernador, Don Pedro Fernández de Lugo, tenía como intención realizar el anhelo de Rodrigo de Bastidas, descubrir el nacimiento del río Magdalena sin reparar en costos ni esfuerzos.

Gonzalo Jiménez de Quesada fue nombrado general y escogido por el gobernador para salir al frente de esta expedición, otorgándole amplios poderes y facultades para escoger sus propios compañeros. Al iniciar esta travesía encontraron difícil el andar por tierras pantanosas, los asaltos repentinos de los indígenas y los voraces ataques de fieras e insectos.

Rival de los zipas Nemequene y Tisquesusa, pactó la paz con este último y con mediación del sacerdote Sugamuxi después de varios años de guerra fraticida en la Confederación Muisca en 1537. Al enterarse de los conquistadores españoles, tuvo que salvar a tiempo sus tesoros y mantuvo una política represiva con su pueblo, lo que motivó su incapacidad de gobernar. El general Gonzalo Jiménez de Quesada llegó a su habitación, y como se desatara una algarabía al momento del abrazo que le dio el conquistador al Zaque, el capitán Antonio Díaz Cardoso lo alzó con sus brazos y lo sacó del recinto entre las agresiones que empezaron a surgir por cuenta del nerviosismo del lugar. La avanzada edad que tenía el Zaque al momento del hecho (2 de agosto de 1537), le causó un impacto que pudo haberlo conducido a la muerte. Abdicó en su sobrino Aquiminzaque.

El incendio del templo del Sol fue un momento culminante de la Conquista. Ocurrió en agosto de 1537, cuando Gonzalo Jiménez de Quesada acababa de llegar al altiplano, un año antes de la fundación de Bogotá. El indio Baganique, que ya había delatado las riquezas de Hunza, le contó a Quesada de los tesoros de este santuario, ubicado en tierras del cacique Suamox, y dedicado al culto del Sol.... Habiendo asegurado el poblado, Quesada dio la orden de esperar la luz del nuevo día para acceder al templo y extraer con calma los tesoros... Dos soldados españoles, Miguel Sánchez de Llerena y Juan Rodríguez Parra, desobedecieron a su jefe y, armados de teas, en medio de la noche, decidieron ingresar. Ellos dos serían los únicos testigos para la historia de lo que allí había... Todo se quemó cuando los soldados descargaron sus antorchas para poder abarcar en sus brazos las más pesadas preseas.. Según la leyenda recogida por los cronistas hispanos, las dimensiones del templo original eran tales que éste ardió durante seis años sin que lo apagaran las torrenciales lluvias Según cuentan los historiadores los indígenas supieron gracias al cacique que este ataque era inminente quisieron tirar todos los artículos más preciados como las pieles y los utensilios de oro al lago de tota, también en el templo ellos tenían un gran sol de oro el cual para no permitir que los españoles se lo robaran tiraron al lago de tota este gran tesoro acompañado de muchos otros como instrumentos e innumerables piezas de oro, en el museo de Sogamoso se encuentran varios tesoros descubiertos allí en varios años de investigación y además momias en buen estado , al frente del museo se encuentra un parque llamado parque conchuqua en el centro de este parque se encuentra una fuente sagrado con el mismo nombre según la leyenda todo aquel que se bañe en este lugar se le cumplirán sus deseos pero con el paso de los tiempos este lugar se ha dejado caer en la putrefacción además de cerrarse el paso al público.

Sugamuxi aceptó la religión impuesta por el invasor y fue bautizado con el nombre Alonso y fue ennoblecido con el título de Don, es decir, de origen noble. Bajo el dominio peninsular, la importancia de su cacicazgo entró en decadencia. En 1539, Don Alonso murió en la ciudad de Tunja, prácticamente en la miseria.

En su Relación dirigida a la Corona española, los capitanes de Juan de San Martín y Antonio de Lebrija, sostienen que los antiguos habitantes del altiplano cundiboyacense eran ...gente que quiere paz y no guerra, porque aunque son muchos, son de pocas armas y no ofensivas. guarnecían sus fronteras con gente de guerra, y aunque estaban los unos en la tierra de los otros, eran hostigados por naciones bárbaras, de lengua y costumbres distintas, como los panches, muzos, laches y colimas.

La inmisericordia de los españoles que sobrevino al descubrimiento de las riquezas sogamoseñas quedó plasmada en las denuncias de Domingo de Aguirre, uno de los 180 hombres que llegó en la jornada de Gonzalo Jiménez de Quesada al Valle de la Grita en marzo de 1537 en calidad de veedor y soldado de caballo, quien declaró en 1543 conocer el ataque que le hizo Baltasar Maldonado al Cacique de Sogamoso y aclaró desconocer si estos habían hecho la guerra a los cristianos. Afirmó que Maldonado los había atacado, cortando manos y narices a más de 100 indígenas y talándoles las sementeras para que murieran de hambre.

Poco después del bautismo del Cacique Sugamuxi, los curas misioneros iniciaron la construcción de una capilla, que con el tiempo daría paso a la primera iglesia católica, frente al cuadrado destinado a futura plaza de mercado.

En los albores del Virreinato de la Nueva Granada, creció de manera alarmante el número de españoles desocupados y tanto en Santafé de Bogotá como en Tunja, reinaba desasosiego chocante entre soldados del antiguo servicio, gentes pobres sin trabajo y vagabundos que merodeaban sin tregua poniendo una nota de grave desconcierto. Ninguno de ellos tenía qué comer, si no fuera por las raterías más que por las caridades.

Para solucionar en parte este problema, en la ciudad de Tunja, Don Bernardino de Mojica y Guevara propuso convertir al poblado del Valle de Iraca en una villa. El proyecto abortó pues los recursos se destinaron a la fundación de una población para halagar a don Andrés Díaz Venero de Leyva, dando origen, en 1572, a la Villa de Santa María de Leyva, lugar más cerca de la capital de este presidente de la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada.

Entre quienes se opusieron a la creación de la villa en Sogamoso se destacó Alcalde de Santiago de Tunja, Miguel Sánchez de Llerena, precisamente el mismo aventurero que, con Juan Rodríguez Parra, había prendido fuego al edificio religioso de la teocracia muisca.

Fue fundada el 28 de agosto de 1551 por Francisco Núñez Pedrozo y alcanzó una cierta importancia durante la colonia por la actividad minera. En la época de su fundación, las tribus vecinas de Mariquita eran los pantágoras, panches, marquetones, panchiguas, lumbies, chapaimas, calamoimas, hondas, gualíes, bocanemes, etc., entre todas ellas se contaban más de treinta mil hombres en estado de tomar las armas.

En esta población murió el Adelantado Gonzálo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá. Es cuna de Francisco Antonio Moreno y Escandón, autor de la reforma educativa más importante de la época en la Nueva Granada.

La Catedral Primada de Colombia, oficialmente Catedral Basílica Metropolitana de la Inmaculada Concepción, es una iglesia catedralicia de culto católico romano consagrada a la Inmaculada Concepción; es un edificio de estilo neoclásico localizado en la Plaza de Bolívar de Bogotá, capital del país. La catedral es sede de la Arquidiócesis de Bogotá, reconocida con el título honorífico de Primada de Colombia por el papa León XIII, a través del Decreto de la Congregación Consistorial del 7 de noviembre de 1902

Al arribo de los conquistadores españoles a la Sabana de Bogotá, el misionero Fray Domingo de las Casas celebró la primera Santa Misa el 6 de agosto de 1538, en una modesta capilla de bahareque y techos de paja, y ante un estandarte que reposa en la Catedral, en el lugar donde se pusieron las primeras piedras para la construcción de una iglesia. El lugar fue denominado por los españoles como Nuestra Señora de la Esperanza.

En 1553, por iniciativa de Fray Juan de los Barrios se tomó la decisión de construir un templo en paredes de tapia y ladrillo en el mismo lugar actual de la Catedral, de acuerdo a la disposición del Cabildo, para lo cual se convocó a una licitación pública que le asignó las obras a Baltasar Díaz y a Pedro Vásquez, asociados al albañil Juan Rey, con un presupuesto de 1.000 pesos. En 1560, después de gastar más de 6.000 pesos y a la víspera de su inauguración se derrumbó el techo de la construcción. A pesar de ello, el 11 de septiembre de 1562 el papa Pío VI le otorgó el título de Catedral.

Doce años después, Fray Juan de los Barrios, primer Arzobispo de la ciudad, trajo sobre sus hombros la primera piedra para una nueva Catedral, dando así ejemplo a todos sus compañeros y fieles, quienes siguiéndolo lograron almacenar una cantidad considerable de piedras para su construcción. La obra se inició el 12 de marzo de 1572, en el mismo lugar, con las mismas condiciones que la anterior, es decir con tres naves, pero con un detalle adicional en el que se le añadieron cuatro capillas formando una cruz.

La obra culminó en 1590, con la capilla mayor cubierta así como los arcos, pero quedando pendientes en su construcción, las cuatro capillas laterales y las tres naves, para 1678 se concluyó la torre. Esta nueva Iglesia, tercera construcción de la Catedral fue notable por la riqueza de su culto y por su capilla musical.

Nació en 1528. Su lugar de nacimiento es polémico; mientras unas fuentes señalan a la ciudad vizcaína de Orduña (España), otras apuntan al municipio burgalés de Junta de Villalba de Losa. Ambas localidades son vecinas y Losa era originalmente una zona vasca de Castilla, por lo que él se definía como castellano de Vizcaya. No se ha encontrado la fe de bautismo de Garay ni en Losa ni en Orduña. Murió en Punta Gorda, en la actual Provincia de Entre Ríos (Argentina) en 1583.

No hay apenas referencias a la infancia de Juan de Garay. Si en cuanto al lugar de nacimiento hay dudas, también las hay en cuanto al año. No se sabe a ciencia cierta si nació en diciembre de 1527 o en enero de 1529, y muchas veces aparece el año 1528, más aceptado por ser el promedio de ambas fechas.

Cuando contaba con 15 o 16 años de edad acompañó a su familia al Virreinato del Perú, ya que su tío Pedro Ortiz de Zárate y Mendieta había sido nombrado Oidor de la Audiencia de Lima con el virrey Blasco Nuñez Vela y salió para ese destino el 3 de noviembre de 1543 desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda. Por diferentes motivos, los Ortiz de Zárate retrasaron su llegada a Lima, donde entraron el 10 de septiembre de 1546.

Además de su tío, componían la audiencia de Lima: Diego de Cepeda, Lisón de Tejeda y Juan Álvarez. La rigidez en el gobierno de Núñez Vela generó enfrentamientos, que llegaron a la guerra civil con los partidarios de Gonzalo Pizarro. Juan de Garay fue fiel a su tío que estaba de parte del virrey y participó activamente contra Pizarro.

En 1553 formó parte de la expedición de Núñez de Prado a Tucumán (actual Argentina) siendo virrey Antonio Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete. Núñez fue apresado por Francisco de Aguirre en la población del Barco (actual provincia de Santiago del Estero) por problemas de jurisdicción de soberanía. En 1555 Núñez fue nombrado gobernador de Tucumán y en su expedición Juan de Garay le vuelve a acompañar y participa en la intervención aun después de morir Núñez.

de indios. Sobre el año 1564 se traslada a la Asunción y trae a la que sería su esposa, Isabel de Becerra y Mendoza (hija de Francisco de Becerra e Isabel de Contreras), con la que tiene los primeros hijos. Luego, fuera de ese matrimonio tendría un hijo varón llamado El Mozo y que figuró con él en la fundación de Buenos Aires.

En 1568 su pariente Juan Ortiz de Zárate fue nombrado capitán gobernador del Río de la Plata (tercer adelantado) y este nombra lugarteniente a Felipe de Cáceres quien, a su vez, nombra capitán a Juan de Garay pidiéndole que traiga a gentes a la provincia de Paraguay.

Por encargo del gobernador de esta plaza, y para facilitar las comunicaciones entre Asunción y la metrópoli, Garay emprendió una expedición por el Paraná que culminó con la fundación, el 15 de noviembre de 1573, de la ciudad de Santa Fe, en la confluencia de los ríos Paraná y Salado (o Saladillo).

En 1573 Martín Suárez de Toledo, Teniente gobernador de Asunción, le encargó una expedición por el río Paraná que tenía como finalidad fundar una ciudad que facilitara la salida al mar de Paraguay y la comunicación con la metrópoli.

Juan de Garay organizó una expedición integrada por 80 mancebos de la tierra, en un bergantín, embarcaciones menores y caballos, con 75 nativos guaraníes y 9 españoles. Se componía de dos grupos, uno por tierra, a cargo de Francisco de Sierra, recorrería la margen izquierda del río, evitando los bosques del Chaco, llevando las carretas, el ganado, los caballos y otros elementos necesarios para la fundación, y otro por el Paraná, que mandaba el propio Juan de Garay. Salió de Asunción el 14 de abril de 1579 (con la escolta que llevaba preso a España a Felipe de Cáceres) aunque un grupo, el que iba por tierra, lo hizo meses antes.

Garay decidió desembarcar muy pronto y eligió la orilla sudoeste del río (donde hoy se encuentran las ruinas de Santa Fe la Vieja, a 5 km de Cayastá) construyendo un pequeño asentamiento allí. Desde ese lugar partió una pequeña expedición de exploración para encontrar un lugar más apropiado. Durante estas exploraciones de búsqueda coincidió con Jerónimo Luis de Cabrera que también estaba explorando el Paraná e intentando fundar una ciudad para apoyar la recién fundada Córdoba. Como resultado de este encuentro Juan de Garay decide dar la categoría de ciudad al pequeño asentamiento, al cual regresa el 30 de septiembre.

El 15 de noviembre de 1573, Juan de Garay funda oficialmente la ciudad de Santa Fe . Según recogió el escribano Pedro E. Espinosa, Juan de Garay, en píe, junto al palo rollo, símbolo de la Justicia y el poder Real, realizó la fundación con las siguientes palabras:

Yo Juan de Garay, Capitán de Justicia mayor en esta conquista y población del Paraná y Río de la Plata... Digo que... fundo y asiento y nombro esta ciudad de Santa Fe, en esta provincia de Calchines y Mocoretás, parecerme que en ella hay cosas que convienen para la perpetuación de dicha ciudad: agua, leñas y pastos, pesquerías y casas y tierras y estancias para los vecinos y moradores de ella y repartirles como su majestad lo mande...

Entre las opciones de ubicación de la ciudad estuvo, incluso, la de hacerla en Banda Oriental en San Gabriel. Esa ubicación duró 80 años, lo que se conoce como Santa Fe Vieja, ya que luego se trasladó unos kilómetros por motivos de seguridad, a causa de los ataques de los indígenas. El traslado dura 12 años, comienza el 5 de octubre de 1650 y termina el 23 de mayo de 1672. Los nombres de la ciudad fueron cambiando hasta llegar al actual nombre de Santa Fe De La Vera Cruz.

El 30 de mayo de 1574 participó junto a su tío-materno Juan Ortiz de Zárate y Mendieta en la fundación de la Ciudad de Zaratina del San Salvador (también llamada Zárate del San Salvador), en el mismo lugar del abandonado y efímero Puerto de San Salvador a 20 km. adonde el río homónimo desemboca en el río Uruguay, cerca de la presente ciudad uruguaya de Dolores pero del lado septentrional. El asentamiento de Zaratina, imaginado como capital de la futura provincia de Nueva Vizcaya, fue abandonado el 20 de julio de 1577 cuando sus pobladores zarparon hacia Asunción.

El 7 de junio de 1574 es nombrado, de Justicia Mayor, teniente de gobernador y capitán general de todas las provincias del Río de la Plata. Y es reconocido por las autoridades locales en Asunción en un viaje que realizó junto con Ortiz de Zárate en febrero de 1575.

El nombramiento de teniente de gobernador y capitán general de todas las provincias del Río de la Plata se debió a la ayuda prestada por Juan de Garay a Juan Ortiz de Zárate a su regreso de España. Cuando la expedición que traía a Ortiz de Zárate remontaba el Paraná, fue atacada por los indios charrúas a la altura de la isla de San Gabriel o Sacramento y pidieron ayuda Garay por mediación de un amigo suyo, un indio llamado Yumandú.

El 26 de enero de 1576, al morir Ortiz de Zárate, designa sucesora a su hija Juana de Zárate. Esta señora tenía muchos pretendientes al tener una considerable fortuna y posición, pues era nieta de un Inca. Al final se casó con Juan Torres de Vera y Aragón con la ayuda de Garay y en contra de la voluntad del virrey de Perú, que manda encarcelar a Torres y a Garay, pero Garay ya había regresado a Asunción.

Los dos años siguientes los empleó Garay para llevar a cabo numerosas expediciones de colonización y realizó mucho trabajo de organización en la ciudad de Santa Fe (ordenanzas sobre la cría de ganado, hacer cumplir los mandamientos de regulación de los indios, etc.). En 1579 funda las ciudades de Villa Rica del Espíritu Santo y Santiago de Jerez.

Juan Torres de Vera y Aragón, que ocupa el cargo del difunto Ortiz de Zárate, le encarga fundar una ciudad en el estuario del Río de la Plata. El lugar elegido es en el que ya se había ubicado antes la ciudad fundada por Pedro de Mendoza en 1536 y destruida por los indios poco después:

En enero de 1580 comienzan los preparativos de la segunda fundación de Buenos Aires. Se pretendía poblar la nueva ciudad con gente de Asunción, para lo cual se promulga un bando ofreciendo tierras y otras mercedes. Se apuntan 200 familias guaraníes y 76 de colonos. Se lleva todo lo necesario por el río en una carabela (la Cristóbal Colón) y dos bergantines entre otras naves menores, expedición que salió el 9 de marzo de 1580. Además de los colonos iban 39 soldados. Una parte del convoy va por tierra y parte un mes antes.

El domingo 29 de mayo de 1580, Juan de Garay llegó a la boca del Riachuelo. Desembarcó justo en el lugar donde años antes lo había hecho Pedro de Mendoza e instaló un campamento; la columna que viajaba por tierra llegaría un mes después. Para el miércoles 11 de junio ya se había levantado un pequeño asentamiento, algo más hacia al norte de la fundación anterior, que daría base a la nueva ciudad de Buenos Aires. Ese día se celebraron las ceremonias fundacionales. Es importante recalcar una parte del acta fundacional:

..., yo Juan García Garay, teniente de Governador y Capitan General y Justicia mayor y alguacil mayor en todas estas provincias, por el muy Ilustre el Licenciado Juan de Torres de Vera y Aragon, del Consejo de su magestad, y su oidor en la Real Audiencia de la ciudad de la Plata en los Reynos del Pirú, Adelantado..., y en lugar del dicho señor Adelantado Juan de Torres de Vera y Aragon... estando en este Puerto de Santa María de los Buenos Ayres, hago y fundo una ciudad... La iglesia de la cual pongo su advocación de la Santísima Trinidad... y la dicha ciudad mando que se intitule Ciudad de la Trinidad.

Se plantó el árbol de justicia o símbolo de la ciudad, y tal como se acostumbraba y era obligatorio en tales casos, blandió la espada en las cuatro direcciones y dio un tajo a la tierra para señalar la posesión, y repartieron tierras entre los 65 pobladores que lo acompañaban, algunos presentes en la primera fundación. Fueron nombrados alcaldes Rodrigo Ortiz de Zárate y Gonzalo Martel de Guzmán, y se formó el cabildo con seis regidores a la vez que se asignó el escudo de armas de la nueva ciudad, cuadrado blanco con águila negra coronada, con las alas totalmente desplegadas, sosteniendo la cruz roja de Calatrava en su pata derecha. También se asignaron indios. Todo ello quedó registrado en el acta del acontecimiento redactada por el escribano Pedro de Xerez.

En octubre de 1580 vuelve a Santa Fe y regresa en febrero del año siguiente. Ese año va por tierra hasta Cabo Corrientes en busca de la mítica ciudad de los Césares (donde hoy se asienta la ciudad de Mar del Plata), regresando en enero de 1582, de donde vuelve a Santa Fe y a Asunción, en donde se empieza a ver que la nueva ciudad puede desplazar su capitalidad.

El acta fundacional de la nueva ciudad llama a esta ciudad de La Trinidad, como queda consignado más arriba, en recuerdo de la llegada al puerto que tuvo lugar el domingo de la Santísima Trinidad. No ha habido disposición alguna en todo este tiempo que cambiara este nombre por el de Buenos Aires, hasta que en 1996 el Gobierno local le dio su actual nombre: Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El puerto de esta ciudad recibió el nombre de Santa María de Buenos Aires.

En marzo de 1583, Garay acompañó a Sotomayor San Juan en el trayecto de Buenos Aires a Santa Fe. El convoy de botes estaba compuesto por 40 hombres, un franciscano y algunas mujeres. El 20 de marzo de 1583 se desorientan y entran en una laguna desconocida. Algunos creen que se trata de Punta Gorda (en la provincia de Santa Fe), otros creen que fue en el lado entrerriano.

En la panoplia que representa el blasón, el escudo propiamente dicho representa el escudo de los hombres de armas. Las armas son generalmente presentadas sobre un escudo pero otros soportes son posibles: una vestimenta como el tabardo del heraldo, un elemento de arquitectura como un anuncio mural, un objeto doméstico... En este caso, la forma del contorno es aquella del soporte.

El escudo se materializa por la forma geométrica y sus divisiones potenciales, o mesa de espera, en la que están representadas las armas. El escudo puede tomar diferentes formas, de acuerdo al origen de su representación.

Querandí, es la denominación que los guaraníes daban a la etnia también conocida como pampas (pampas antiguos, anteriores al siglo XIX) ya que en su dieta diaria consumían grasa de animal, significando 'hombres o gente con grasa'. Desde un punto de vista etnológico, los querandíes son el grupo más occidental de los pueblos het.

Los querandíes ocuparon un área que va desde el sur de Santa Fe, por el norte, hasta el pie de las Sierras Grandes, hacia el oeste y toda el área norte de la provincia de Buenos Aires hasta el Río Salado por el sur.

La población het fue diezmada a fines de siglo XVIII por epidemias como la de viruela en 1621, introducida por tropas que arribaron de España al mando de Antonio Mosquera, lo que facilitó la invasión mapuche de su territorio y su rápida mapuchización a nivel cultural, razón por la cual es hoy muy difícil encontrar rastros del idioma original de los het, o de dialectos del mismo.

El 15 de septiembre de 1643, se creó la Reducción Jesuítica de San Francisco Javier en la zona de Luján, que fue abandonada por los indígenas a los pocos meses, al declararse otra epidemia de viruela.

La expresión Abrir puertas a la tierra, que hizo suya Juan de Garay, fue la máxima de toda la administración española en esa parte de América. Con ella se quería indicar la necesidad de fundar ciudades para romper el aislamiento de Asunción hacia los dos lados, uno río abajo abriéndola al mar y conectándola con la metrópoli, y hacia el Alto Perú, centro político y económico de la época.

Mancebos de tierra, blancos nacidos en América o mestizos reconocidos como blancos, hijos de padre español y madre indígena. Usaban como arma un garrote y por ello también se les denominaba mancebos de garrote. Muchos de ellos se creían superiores al padre por ser nacidos en América y a la madre por haber adquirido características españolas.

con la misión de debelar la rebelión de Gonzalo Pizarro en el Perú, cumplió a cabalidad su cometido, pasando a la historia con el apelativo de Pacificador. Hizo luego un ordenamiento general del Virreinato. Culminó su brillante carrera como Obispo de Palencia y luego de Sigüenza.

Nació en Navarregadilla, localidad cercana al pueblo de El Barco de Ávila. Hijo de don Juan Jiménez de Ávila y García y de doña María Gasca, ambos de conocidas estirpes hidalgas. Inició estudios en la Universidad de Salamanca. Muerto su padre (hacia 1513), hízose cargo de su educación su tío, el licenciado Del Barco, quien lo presentó ante el Cardenal Cisneros para que estudiara en la Universidad de Alcalá de Henares. Allí recibió el grado de Maestro en Artes y Licenciado en Teología; entró como colegial en el Colegio Mayor de San Ildefonso de la misma universidad, y entusiasmado por la política imperial, participó en el bando real durante la Guerra de las Comunidades de Castilla.

Acabada la guerra, su tío lo envió de nuevo a Salamanca (1522), donde gracias a sus virtudes intelectivas y a su talento negociador logró situarse en un primerísimo plano. En la universidad salmantina cursó Derecho Civil y Canónico; se graduó de Bachiller en ambos Derechos y fue elegido para ocupar la rectoría en el curso de 1528-1529. Posteriormente tomó una beca en el prestigioso Colegio Mayor de San Bartolomé o Colegio Viejo (1531), centro de formación de los más importantes políticos de la España del Renacimiento, donde se graduó de Licenciado en Cánones. Vista su capacidad le encargaron del rectorado del Colegio en dos oportunidades.

Concluidos sus estudios, recibió las sagradas órdenes, abrazando la carrera eclesiástica. Fue nombrado canónigo en el cabildo catedralicio de Salamanca y juez vicario en la diócesis de ese lugar.

Las excelencias de su ánimo y capacidad no tardaron en llegar a oídos del personaje más influyente en el gobierno civil y religioso de aquella época: el cardenal Juan Tavera, Arzobispo de Toledo y Presidente del Consejo Real. Por influencia de este personaje, en 1537 pasó a desempeñarse como juez vicario en Alcalá de Henares y como juez residenciador del cabildo metropolitano de Toledo. En noviembre de 1540 obtuvo una plaza de oidor en el Consejo de la Suprema Inquisición. Esta incorporación al mundo cortesano le otorgó la experiencia de administrar negocios concernientes al inmenso ámbito de la “monarquía universal” de Carlos V.

Su primera responsabilidad propiamente política le fue asignada en 1541, al recibir el encargo de hacer una visita general a los oficiales de la Corona en el reino de Valencia, para lo cual tuvo que contar con un breve especial del Papa, autorizándole a intervenir en problemas que normalmente eran ajenos a la gente de hábito clerical. Pasó en la comarca valenciana tres años intensos (1542-1545), durante los cuales se ocupó del adoctrinamiento y sujeción de las comunidades moriscas, ordenó disposiciones para la defensa del reino (fortificación de la costa y de las islas Baleares para enfrentar los ataques berberiscos y, principalmente, los del pirata Barbarroja), efectuó una toma de cuentas a los oficiales de hacienda, aplicó la residencia a los ministros de justicia y adquirió, en general, un notable conocimiento de las funciones gubernativas.

Fue por entonces cuando llegaron a la corte las noticias del levantamiento de Gonzalo Pizarro (hermano de Francisco Pizarro), que se había sublevado junto a otros encomenderos contra las Leyes Nuevas y el gobierno del virrey Blasco Núñez Vela. Ante la disyuntiva de mandar a esta colonia a un letrado con habilidad negociadora o a un caballero con experiencia militar, se resolvió encargar la pacificación a un hombre de letras y el escogido por Carlos V fue el licenciado Pedro de la Gasca, quien “era muy pequeño de cuerpo, con extraña hechura, que de la cintura abajo tenía tanto cuerpo como cualquiera hombre alto y de la cintura al hombro no tenía una tercia. Andando a caballo parecía aún más pequeño de lo que era porque todo era piernas; de rostro era muy feo”, según lo describe el Inca Garcilaso de la Vega.

El 16 de febrero de 1546 recibió el nombramiento de Presidente de la Real Audiencia de Lima, junto con extensas facultades gubernativas, y tres meses más tarde se embarcó rumbo al Perú, zarpando de Sanlúcar de Barrameda (26 de mayo). Llegó a Nombre de Dios (costa atlántica del istmo de Panamá), el 27 de julio del mismo año, con su breviario y sus papeles, lo que no hizo recelar a nadie. Ya en Panamá, asumió formalmente la Presidencia de la Audiencia (13 de agosto). Su talento diplomático se patentizó al conseguir el cambio de bandera del general Pedro de Hinojosa y los demás jefes de la armada pizarrista, otorgándoles en recompensa el perdón de los delitos cometidos, así como la promesa de concederles luego ricas encomiendas de indios.

En abril de 1547 salió de Tierra Firme con una flota de dieciocho navíos y, luego de una complicada travesía, desembarcó en el puerto de Manta (actual Ecuador). Prosiguió su ruta a lo largo de la costa hasta la desembocadura del río Santa, donde empezó a internarse en la cordillera andina. Ya asentado el campamento realista en Jauja primero y después en Andahuaylas, no cesó de formular inútiles ofrecimientos de paz al líder de los rebeldes. Gracias a los refuerzos militares enviados de Guatemala, Popayán y Chile, el ejército leal al Rey alcanzó a integrar en su momento culminante 700 arcabuceros, 500 piqueros y 400 jinetes, todos bajo el mando del capitán general Pedro de Hinojosa. Escasa resistencia podrían intentar los seguidores de Pizarro ante el poderío arrollador de estos hombres. Por ello el aguardado encuentro bélico en la pampa de Jaquijahuana, cerca del Cuzco, representó virtualmente una desbandada de la hueste pizarrista (9 de abril de 1548). Gonzalo Pizarro y los principales dirigentes de su grupo fueron capturados allí mismo y juzgados en proceso sumario: se decretó la pena de muerte contra 48 de los sediciosos y muchos otros recibieron como castigo azotes, destierro, trabajo en las galeras y confiscación de bienes.

Se procedió luego al denominado Reparto de Guaynarima (16 de agosto de 1548), donde La Gasca distribuyó más de un millón de pesos en encomiendas entre sus soldados, dejando a muchos descontentos, por no recibir nada o creer que se les daba muy poco. Procedió luego a hacer un reordenamiento de la administración del Virreinato.

El 27 de enero de 1550, considerando cumplida su labor, emprendió el retorno a España, llevando para el Rey un extraordinario cargamento de casi dos millones de escudos en metales preciosos. Dejó el gobierno en manos de la Audiencia de Lima presidida por Andrés de Cianca. En el istmo de Panamá sofocó la rebelión que los hermanos Hernando y Pedro Contreras habían promovido en la provincia de Castilla del Oro o Tierra Firme, de cuyo gobierno se habían apoderado violentamente con el plan de desposeer a España del Perú, rehacer el imperio incaico y ceñir su corona. La Gasca continuó el viaje a España, arribando a Sevilla en septiembre del mismo año de 1550.

Como correspondía a un individuo de profesión clerical, Pedro de la Gasca fue premiado por sus meritorios servicios con la dignidad de Obispo. Primero recibió por auspicio de Carlos V la dignidad episcopal de Palencia, que llevaba anejo el Condado de Pernia (1551). Luego fue promovido al rango de Obispo y Señor de Sigüenza, en tiempos de Felipe II (1562).

Falleció el 13 de noviembre de 1567, a los 74 años de edad, siendo sepultado en la Iglesia de Santa María Magdalena de Valladolid en un sepulcro en alabastro obra del escultor romanista Esteban Jordán.

Luego del Reparto de Guaynarima (en la que distribuyó las encomiendas o repartimientos de indios entre los capitanes y soldados de su ejército triunfador), La Gasca se dedicó a realizar un reordenamiento general en la administración del Virreinato del Perú. Concibió la necesidad de formar una aristocracia de encomenderos, alrededor de la cual debería girar la vida de los colonos ibéricos en el Perú. Según su esquema ideal, empero, el desenvolvimiento de los súbditos indianos no debía exceder los parámetros de control político y económico de la Corona, cuya preponderancia era necesario afirmar sobre las ambiciones de los particulares.

La reorganización del manejo de la Hacienda pública, que fue su mayor preocupación, pues las guerras y turbulencias habían disminuido la recaudación de fondos para la Corona. Mandó distribuir nuevas marcas para la acuñación de metales en las casas de fundición de Charcas, Cuzco, Arequipa, Lima, Trujillo y Quito. Su interés primordial fue la recaudación de la mayor cantidad de metales preciosos para el fisco, y en esto se vio favorecido por el auge de los yacimientos argentíferos de Potosí, descubiertos recientemente. En julio de 1549 llegó a Lima procedente de Charcas un fabuloso cargamento de 3,771 barras de plata. Solo se había perdido una barra que por descuido dejó caer un marinero en el mar. Dicha cantidad se incrementó con otras aportaciones provenientes de Arequipa, Cuzco y otros lugares, de modo que La Gasca, de vuelta a España, pudo llevar un cargamento valuado en más de un millón de pesos.

La tasación general de encomiendas, hecha con el objeto de cortar la ilimitada extracción de riquezas que gozaban los encomenderos, poseedores de numerosos grupos de indios. Para realizar la inspección de los repartimientos en todo el país se designó a un conjunto de 72 vecinos, que comenzaron su tarea a principios de 1549, y se confió la responsabilidad de fijar la tasa tributaria a una comisión de tres frailes de dominicos, presididos por el Arzobispo de Lima Jerónimo de Loayza. Debido a la agreste topografía del país, no se pudo avanzar mucho en dicha labor durante el breve período de gobierno de La Gasca.

El asentamiento de la administración judicial. Se implantó el sistema de los corregimientos como primera instancia judicial, con unos oficiales encargados de desempeñar la jurisdicción en los distritos pertenecientes a cada una de las ciudades españolas. Asimismo, el 29 de abril de 1549 se instaló la nueva Audiencia de Lima, máximo cuerpo administrativo-judicial del Virreinato, con los oidores Andrés de Cianca, Melchor Bravo de Saravia, Pedro Maldonado y Hernando de Santillán, nombrándose Fiscal al licenciado Juan Fernández. Como Presidente, Gasca asistió a sus sesiones, aunque solo para velar los intereses del Rey.

Dio disposiciones a favor de la sufrida población indígena. Moderó los tributos, suprimió la esclavitud, prohibió los trabajos demasiados pesados, y obligó que toda labor fuera pagada con justo salario. Aunque no logró efectuar muchos de sus planes a favor de la población indígena, sugirió por escrito al nuevo virrey que venía en su reemplazo los proyectos que debería llevar a cabo. Señaló la necesidad de imponer tasas sobre los tributos que los indios comunes brindaban a sus curacas o caciques, de reducir o congregar en pueblos a la población nativa, que por entonces vivía muy dispersa en todo el territorio, y señaló también la necesidad que los yanaconas o sirvientes indios tuviesen un régimen laboral más estable

Dio permiso para que partieran expediciones de conquista o “entradas” a zonas todavía inexploradas en la región selvática del norte peruano colindante con Quito, como la dirigida por Diego de Palomino a la región de Chuquimayo (río Mayo-Chinchipe), que fundó Jaén de Bracamoros (1549); la de Hernando de Benavente a Macas; la de Alonso de Mercadillo al valle de Yaquiraca donde fundó Zamora de los Alcaides.

Habría que remarcar, como ejemplo de civismo, que a Pedro de la Gasca nunca lo tentó el poder ni la riqueza del Perú, pues de uno y otra no conservó más presea que su breviario. Enviado al Perú sin ninguna fuerza armada, solo con amplios poderes para perdonar y castigar a los rebeldes, retornó a España tras cumplir brillantemente su misión de retornar el riquísimo Virreinato del Perú a la Corona española, y llevando un impresionante cargamento de metales preciosos. De otro lado los indios quedaron muy agradecidos por las disposiciones que había dado a favor de ellos, y sintieron mucho su partida.

La Audiencia y Cancillería Real de Lima o de la Ciudad de los Reyes fue el más alto tribunal de la Corona española en la zona de Lima del Virreinato del Perú. Fue creada el 20 de noviembre de 1542 junto con el Virreinato del Perú, por el emperador Carlos I y establecida en 1543.

El 4 de septiembre de 1559 fue creada la Real Audiencia de Charcas con parte del territorio de la Audiencia de Lima, por lo que el virrey Conde de Nievas señaló el territorio originario de la primera el 20 de mayo de 1561: la dicha ciudad de La Plata con más de cien leguas de tierra alrededor por cada parte. El rey Felipe II amplió la jurisdicción de Charcas a expensas de la de Lima el 29 de agosto de 1563 con la incorporación de la Gobernación del Tucumán, Juríes y Diaguitas, la Gobernación de Santa Cruz de la Sierra (esta última formada por las ex gobernaciones de Andrés Manso y Ñuflo de Chaves), la provincia de Moxos y Chunchos y las tierras que llegaban hasta la ciudad del Cuzco con sus términos (corregimientos dependientes). En 1566 se le segregaron los territorios de la Gobernación del Río de la Plata y del Paraguay, agregándolos a Charcas.

El rey Felipe II, en la ciudad de Guadalajara el 29 de agosto de 1563, dictó una Real Cédula por el cual creó la Real Audiencia de Quito con territorios desgajados de la Lima. Fue inaugurada el 18 de septiembre de 1564.

El 30 de noviembre de 1568 la ciudad del Cuzco y sus dependencias fue reintegrada a la jurisdicción de la Audiencia de Lima, estableciéndose que Charcas conservara el territorio desde el Collao hacia la Ciudad de La Plata.

Declaramos y mandamos que la dicha ciudad del Cuzco con su término y jurisdicción haya de estar y esté sujeta y debajo de la jurisdicción de la audiencia real de la dicha ciudad de los Reyes, como lo estaba antes.

declarando como declaramos que del dicho Collao hacia la ciudad de La Plata comience desde el pueblo de Ayoviri que es el de la encomienda de Juan Pancorvo, por el camino de Urcosuyo y desde el pueblo de Asilo, que es de la encomienda de Jerónimo de Castilla por el camino de Omasuyos y por el camino de Arequipa desde Atuncana que es de la encomienda de Carlos Inca, hacia la parte de los Charcas.

En la Ciudad de los Reyes Lima, Cabeça de las Provincias del Perú, resida otra nuestra Audiencia y Chancilleria Real, con vn Virrey, Governador y Capitan General y Lugar-Teniente nuestro, que sea Presidente: ocho Oidores: quatro Alcaldes del Crimen, y dos Fiscales: vno de los Civil, y otro de lo Criminal: vn Alguazil mayor, vn Teniente de Gran Chanciller: y los demás Ministros y Oficiales necessarios: y tenga por distrito la Costa, que hay desde la dicha Ciudad, hasta el Reyno de Chile exclusivé, y hasta el Puerto de Payta inclusivé: y por la tierra adentro á San Miguel de Piura, Caxamarca, Chachapoyas, Moyobamba, y los Motilones, inclusivé, y hasta el Collao, exclusivé, por los terminos, que se señalan á la Real Audiencia de la Plata, y la Ciudad del Cuzco con los suyos, inclusive, partiendo terminos por el Septentrion con la Real Audiencia de Quito: por el Mediodia con la de la Plata: por el Poniente por la Mar del Sur: y por el Levante con Provincias no descubiertas, segun les están señalados, y con la declaracion, que se contiene en la ley 14 de este titulo.

Mandamos, que sin embargo de que la Ciudad y Puerto de Arica sea y esté en el distrito de la Real Audiencia de los Reyes, el Corregidor, que es, ó fuere de ella, cumpla los mandamientos de la Real Audiencia de los Charcas, y reciva y encamine, como se le ordenare, las personas que enviare desterradas. Y ordenamos á nuestra Audiencia de los Charcas, que no cumpliendo el Corregidor lo sobredicho, haga justicia.

La Ley XXXXVJ del mismo libro y título que las anteriores, recoge la Real Cédula del emperador Carlos I del 19 de marzo de 1550, mandando: Que la Audiencia de Lima en vacante de Virrey govierne los distritos de las de los Charcas, Quito y Tierrafirme.

separar, al ménos por ahora, i con dependencia de la aprobacion de S. M., la jurisdiccion temporal de aquella isla i sus adyacencias de la capitania jeneral de Chile i real audiencia de Santiago; Como virrei i capitan jeneral de los reinos del Perú i Chile, mando en nombre de S. M. que la espresada provincia, sus castillos, islas, plazas i fortalezas, por ahora i miéntras duraren las operaciones que se van a emprender para su fortificacion, mejor servicio del rei i beneficio de dichos naturales, queden sujetas a esta capitania jeneral i en lo politico a esta real audiencia, adonde podren interponer los recursos que permiten las leyes.

Al tiempo de la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, la jurisdicción de la Audiencia de Lima abarcaba 48 corregimientos, cada uno de los cuales dependía de las ciudades de Lima, Trujillo, Arequipa, Huamanga y Cuzco.

Dependían del Cuzco los corregimientos de: Cuzco, Quispicanchis, Canas y Canchis o Tinta, Abancay, Chumbivilcas, Calca y Lares, Andahuaylas, Cotobamba, Aymaraes, Chilques y Masques o Paruro, Paucartambo y Urubamba. (Los de Lampa, Azángaro y Carabaya estaban en la jurisdicción de la Audiencia de Charcas).

En 1821, debido a que el general José de San Martín se apoderó de Lima, la Intendencia de Arequipa fue agregada a la jurisdicción de la Real Audiencia del Cuzco, permaneciendo hasta el final del virreinato en 1825.

Recopilación de Leyes de los Reynos de las Indias fue una compilación de la legislación promulgada por los monarcas españoles para regular sus posesiones en América y las Filipinas (Indias). Fue realizada por Antonio de León Pinelo y Juan de Solórzano Pereira y sancionada por Carlos II de España (1665-1700) mediante una pragmática, firmada en Madrid, de 18 de mayo de 1680.

La Iglesia de Santa María Magdalena es una iglesia parroquial católica de Valladolid. Se encuentra en la calle Colón, frente a la Casa Museo de Colón y junto a la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid y el Monasterio de las Huelgas Reales.

Los orígenes de la la iglesia datan de mediados del siglo XII, cuando, sobre una de las puertas de la muralla de Valladolid, que se encontraba en el ámbito de la actual iglesia, se erigió una pequeña capilla. Hacia 1538 fue edificada, asociada al edificio medieval, una capilla sepulcral mandada construir por el Doctor Corral. Esta capilla posee planta cuadrangular y se cubre con bóveda de terceletes y combados.

El abulense Pedro de la Gasca, reconstruyó a partir de 1566 toda la iglesia parroquial, con la idea de que sirviera de enterramiento suyo y que pregonara su grandeza. De la Gasca demostró fidelidad a la Corona ya desde la Guerra de las Comunidades de Castilla en 1521. Carlos V le nombró Virrey del Perú en 1546 y, a su vuelta, Obispo de Palencia y de Sigüenza, donde murió en 1567.

Lo primero realizado fue la capilla mayor, interviniendo en la construcción Rodrigo Gil de Hontañón y otros artistas de primer orden. Debajo se dispuso una gran cripta para alojar los restos mortales del patrono y sus familiares.

A partir de 1570 se realizó el cuerpo de la iglesia. El diseño inicial, obra de Gil de Hontañón, era un templo en forma de cruz latina, con una única nave de grandes proporciones, con tres tramos y coro alto a los pies, con grandes contrafuertes al exterior para contrarrestar a las bóvedas. Sin embargo, el crucero del lado de la Epístola no pudo ser realizado al estar en su solar la capilla del Doctor Corral. Se ofreció a los descendientes de este demoler la capilla y reedificarla en un lugar adecuado y abierta a la nave de la nueva iglesia. Los descendientes del Doctor Corral se negaron y por ello la iglesia actual muestra la notable asimetría de no tener el brazo del crucero del lado de la Epístola. Por el exterior se puede ver incluso cómo están dispuestos los arranques de las bóvedas que hubieran cubierto ese brazo del crucero no realizado. Todo el edificio está realizado en ladrillo, tapial y piedra, esta última reservada para los lugares más nobles y más comprometidos constructivamente.

La majestuosa fachada de los pies presenta un gran rectángulo de piedra y está presidida por el descomunal escudo de estilo renacentista del patrón, que deja evidencia de su identidad, de su patronazgo, y así asegura su paso a la posteridad. La rumorología local dice de él que es el escudo esculpido en piedra más grande del mundo. En la parte inferior, la fachada lleva dos puertas gemelas de medio punto y al lado del Evangelio se levanta una torre de planta cuadrada con un cuerpo superior de campanas, torre que fue reconstruida en los años cuarenta del siglo XX, respetando totalmente su fisonomía original, ya que se hundió en 1938 debido al mal estado de sus fábricas.

A pesar de las avanzadas fechas en las que fue realizado, el templo se cubre con con bóvedas de crucería estrellada, con terceletes y combados. En las claves muestra las armas del patrono, que se repiten en numerosos lugares del interior y exterior del edificio. A lo largo de las paredes del templo, a la altura del arranque de las bóvedas, corre un friso con una leyenda relativa al Patronato del templo. El cantero Francisco del Río fue el encargado de la construcción.

En el interior destaca el sepulcro de Pedro de la Gasca, en alabastro y jaspe, obra del escultor romanista Esteban Jordán. El obispo aparece con todos sus atributos episcopales: capa pluvial, mitra y báculo. En un principio este sepulcro se encontraba en la capilla mayor, aunque fue trasladado a mediados del siglo XX a su localización actual, en el centro de la nave de la iglesia, para desentorpecer el culto.

El retablo mayor posee traza manierista y las esculturas se deben también a Jordán que trabajó en ellas de 1571 a 1575, encargándose de la arquitectura, escultura y policromía. El retablo muestra banco, tres cuerpos y ático, con tres calles. En el banco se encuentran pasajes de la vida de Santa María Magdalena. Una imagen de la santa dispuesta en el primer cuerpo y representada en el momento de su traslación, preside el retablo. En los cuerpos segundo y tercer y en el ático, se encuentran pasajes de la vida de Cristo en relieve. El retablo se corona con un Calvario, flanqueado por sendos escudos de De la Gasca.

La capilla del Doctor Corral, a la que anteriormente se hizo mención, está presidida por un magnífico retablo plateresco tallado a mediados del siglo XVI por Francisco Giralte, que muestra pasajes de la vida de Cristo. Se trata de uno de los retablos señeros de su época. En la misma capilla también existe una notable reja de hierro coetánea del retablo.

En otra de las capillas se encuentra el Cristo de las Batallas, obra de Francisco de Rincón y que es muy similar al Cristo de los Carboneros de la Iglesia de las Angustias. Ambas obras participan en las procesiones de la Semana Santa de Valladolid. En el crucero, en un retablo barroco con temas de la Pasión de Cristo figura el Cristo del Perdón, obra de la segunda mitad del siglo XVII. En la sacristía hay un crucifijo de escuela de Jordán y en el coro alto, un órgano barroco del siglo XVIII, que ha perdido sus tubos.

El 24 de noviembre de 1713 nació en Petra (Mallorca), del matrimonio formado por Antoni Serra y Margarita Ferrer, un niño a quien se le impuso en el bautismo el nombre de Miquel Josep. Vino al mundo en el humilde hogar de una familia sencilla, de modestos labradores, honrados, devotos y de ejemplares costumbres. Tal como iba creciendo y dando los primeros pasos por las calles de su pueblo, sus padres lo iban encaminando por los senderos de la fe católica y el santo amor de Dios. Ellos eran analfabetos, pero trataron de dar a su hijo una mejor formación, llevándole a la escuela del convento franciscano de San Bernardino. Aquí en su pueblo el muchacho aprendió las primeras letras e hizo grandes progresos en su formación, por lo que pronto lo encaminaron hacia Palma para cursar estudios superiores.

A la edad de 15 años empieza a asistir a las clases de filosofía en el convento de San Francisco de Palma y, sintiéndose llamado por la vocación religiosa, al año siguiente viste el hábito franciscano en el convento de Jesús, extramuros de la ciudad. El 15 de septiembre de 1731 emite los votos religiosos, cambiando el nombre de Miguel José por el de Junípero.

Cursa con gran brillantez los estudios eclesiásticos, e inmediatamente lo encontramos dictando clases de filosofía en el convento de San Francisco, en la Cátedra ganada por oposición, con el consenso unánime de todos sus examinadores. Su tarea docente en San Francisco duró de 1740 a 1743, año este último en que pasó a ocupar la cátedra de Teología Escotista en la entonces famosa Universidad Luliana de Palma de Mallorca.

En 1749, junto con veinte misioneros franciscanos parte hacia el Virreinato de la Nueva España, nombre colonial de México. El grupo llega al Puerto de Veracruz el 7 de diciembre. Mientras sus acompañantes siguen su camino hacia la ciudad de México a lomos de mula, fray Junípero y un acompañante deciden hacer el camino a pie. A raíz de ese viaje contrae una dolencia en una pierna que le acompañará el resto de sus días.

(Hoy Jalpan de Serra) en la Sierra Gorda de Querétaro, donde permanecería 9 años dedicado a convertir a los indígenas pames de la zona, al tiempo que les enseñaba los rudimentos de la agricultura, de la ganadería de tiro y de labor, así como a hilar y tejer.

El siguiente destino de fray Junípero debería haber sido el inhóspito territorio apache. Sin embargo, la muerte del virrey detuvo la salida del grupo misionero hacia aquellas tierras, por lo que el fraile tuvo que esperar en la ciudad de México por espacio de varios años antes de recibir su siguiente destino misional.

En 1767, Carlos III decretó la expulsión de todos los jesuitas que radicaban en la Nueva España. Dicha orden afectó a los misioneros Jesuitas que atendían la población indígena y europea de las Californias, que fueron sustituidos por 16 misioneros de la orden de los franciscanos encabezados por fray Junípero. La comitiva salió de la ciudad de México el 14 de julio de 1767, embarcó por el puerto de San Blas rumbo a la península de Baja California. Tras una corta travesía arribaron a Loreto, sede de la Misión de Nuestra Señora de Loreto, que es considerada la madre de las misiones de la Alta y Baja California.

Una vez que arribó la comitiva a la península, determinaron seguir explorando la Alta California para llevar la luz del Evangelio a la población indígena que, al contrario de la población de México, no conocían la agricultura, salvo en algunas zonas del desierto; su alimentación se limitaba a la recolección de frutas y raíces silvestres, bellotas, la cacería de venados, alces y conejos, y la pesca. No acostumbraban usar la vestimenta y para protegerse del frío cubrían sus cuerpos con pieles de venado, plumas, capas de piel de nutria y barro.

En 1768, sale la expedición rumbo a aquellas tierras. Por mar zarpa el buque San Carlos, en tanto que por tierra sale una comitiva con ganado vacuno, porcino y equino. Se había iniciado la gesta de fray Junípero y sus acompañantes. La primera fundación española en la Alta California fue la

A partir de la fundación de San Diego, en el curso de 15 años se fundan otras 9 misiones impulsadas por el misionero Serra. Junípero Serra y sus colaboradores siguieron la línea de acción establecida durante su estancia en la Sierra Gorda de Querétaro. Cuando llegaban a un lugar conveniente, levantaban una capilla, unas cabañas para residencia de los frailes y un pequeño fuerte protector contra posibles ataques. Acogían a los indígenas que se aproximaban movidos por la curiosidad y, una vez ganada su confianza, les invitaban a establecerse en las proximidades de la misión.

Allí, al mismo tiempo que catequizaban a los indígenas, los misioneros les enseñaban nociones de agricultura, ganadería y albañilería, les proporcionaban semillas y animales y les asesoraban en el trabajo de la tierra. Algunos de ellos aprendieron también las técnicas de la carpintería, la herrería o la albañilería. Las mujeres recibían adiestramiento en las labores de cocina, costura y confección de tejidos. El cambio de vida afectó asimismo a la cultura y religión indígenas dando lugar a un sincretismo que perdura hasta nuestros días.

(Monterrey (California)), el 28 de agosto de 1784, quedaban establecidas nueve misiones que con el tiempo crecerían para convertirse en importantes ciudades como son; Los Ángeles, San Francisco, San Diego, Sacramento, etc.

Los primeros pobladores de estas tierras eran de origen olmeca, a partir del siglo XIII los pames entraron en contacto con los pobladores locales aprendiendo a cultivar las tierras. En 1537, se inicia de forma generalizada la conquista de la Sierra Gorda por parte de los españoles y una de las estrategias fue el envío de misioneros Dominicos, Agustinos y Franciscanos que promovían la evangelización y edificaban Misiones de adobe y paja. En 1743, José de Escandón inicio la pacificación militar de la región derrotando a los chichimecas en la batalla del cerro de la media luna. y poco después los misioneros iniciaron una labor social introduciendo la cultura y la espiritualidad a los pueblos. En 1744 se funda el pueblo de Jalpan y da inicio la construcción de las Misiones de Jalpan, Landa, Tilaco, Tancoyol y Concá gracias a la participación de la Orden Franciscana del Colegio de San Fernando. también hubo la ubicación de 54 familias provenientes de Querétaro que se establecieron en la región. En 1750, llega Fray Junípero Serra a la Misión de Jalpan y junto con Fray Francisco Palou inicia la noble hazaña de integrar espiritualmente y socialmente a la cultura cristiana los indígenas de la sierra. El templo de Jalpan construido entre 1750 - 1758.

La Misión de San Diego de Alcalá, en San Diego, California, fue la primera misión franciscana establecida en la región española de la Alta California en Nueva España. Fue fundada en 1769 por el fraile Junípero Serra en la zona entonces habitada por amerindios kumeyaay. La misión y los territorios del lado recibieron el nombre del español San Didacus más conocido por su nombre castellanizado de San Diego. Es considerada un

En 1542, el explorador Juan Rodríguez Cabrillo llegó a la actual bahía de San Diego, California, y la bautizó como San Miguel. Para 1607 Sebastián Vizcaíno la renombró en honor a San Diego de Alcalá. En 1768, debido a la presencia de cazadores rusos de focas en la zona, la corona española decidió emprender la colonización en esa región, aunque tenía la apariencia de ser una misión religiosa. Por ello encomendaron la empresa a los frailes franciscanos encabezados por Junípero Serra, quien era acompañado por el militar Gaspar de Portolá. Cinco expediciones fueron organizadas.

Serra arribó el 29 de junio de 1769, y el día 16 de julio fundó la misión San Diego, pero el establecimiento no prosperó por las duras condiciones del lugar y el asedio de los nativos, quienes atacaron el sitio en el mes de agosto, debido, probablemente, a que una enfermedad les estaba mermando y temían una propagación. En diciembre de 1774, la misión fue trasladada unos 9 km al este cerca del río San Diego, por petición del fraile Luis Jaime, siendo nombrada Nuestra Señora del Pilar. A pesar de que el religioso logró fraternizar con los nativos, estos terminaron destruyendo el asentamiento el 4 de noviembre de 1775. Algunos residentes resultaron masacrados, entre ellos Jaime, por lo que es considerado el primer mártir católico en California.

Junípero Serra regresó al sitio para reconstruir la misión, que fue levantada como una fortificación militar, siendo consagrada el 16 de octubre de 1776. A pesar de los numerosos contratiempos por la aridez del territorio, para 1797 el establecimiento comenzó a rendir buenas cosechas y una notable crianza de animales, pues llegó a contar 20.000 ovejas, 10.000 cabezas de ganado, y 1.250 caballos. Además, la expansión de la doctrina cristiana entre los lugareños fue notable. También se inició un proyecto de irrigación, el primero en la costa oeste de los Estados Unidos. La misión resultó destruída por un terremoto en 1803, siendo reconstruida y terminada en 1813. Otro hecho reseñable fue el presunto envenenamiento en 1812 de Fray Pedro Panto a manos de su cocinero el indio Nazario.

Después de la Independencia de México, y debido a un decreto de secularización en 1834, el inmueble fue transferido a Santiago Arguello en 1846. Sin embargo, el año siguiente y tras caer el territorio bajo el dominio estadounidense, la misión sería ocupada por militares, y posteriormente quedó abandonada. El gobierno estadounidense retornó el templo a la Iglesia Católica en 1862. Para 1894, las hermanas de San José Carondolet ocuparon las instalaciones y establecieron una escuela. Para 1831, San Diego de Alcalá fue reconstruida de manera similar al templo de principios del siglo XIX. El santuario fue elevado a parroquia en 1941, y en 1976 el Papa Pablo VI la consagró como Basílica Menor.

Un hito histórico nacional, en los Estados Unidos, («National Historic Landmark», NHL) es un edificio, sitio, estructura, objeto o distrito, que es oficialmente reconocido por el gobierno federal por su importancia histórica. Todos los hitos históricos nacionales son listados en el Registro Nacional de Lugares Históricos («National Register of Historic Places»).

Sus restos descansan en la Basílica de la Misión de San Carlos Borromeo, misión que él mismo fundó. Es el único español que tiene una estatua en National Statuary Hall (The Old Hall of the House) situado en el Capitolio donde reside el poder legislativo de los Estados Unidos, y lugar donde están representados los personajes más ilustres de esa nación. No está por demás agregar que cada estado de la Unión Americana únicamente tiene derecho a proponer dos nombres de personajes ilustres a quienes se les inmortalizará con un monumento. La estatua de Fray Junípero está en el pasillo principal, fue propuesto por el estado de California.

Sin embargo, México, el país donde desarrolló la mayor parte de su misión de ayuda a los pueblos indígenas, cuenta con pocos testimonios visibles u homenajes a su memoria pues éste apenas aparece en los libros de texto, y en el Museo Regional de Querétaro, en Santiago de Querétaro, Querétaro, así como en estatuas, destacándose la estatua que le fue erigida junto con otras más en homenaje a los Fundadores de la Ciudad de Querétaro, en la conocida Plaza de los Fundadores a las afueras de Templo de la Santa Cruz en Querétaro, resaltando más que nada su labor en las diversas misiones de la Sierra Gorda y la estatua colocada por el Club Serra en un jardín a un lado de la nueva Basílica de Guadalupe.

Fue además un promotor de la colonización de la Alta California, territorio de Nueva España (luego México), que más tarde el gobierno mexicano independiente perdió ante Estados Unidos por el Tratado de Guadalupe Hidalgo.

El papa Juan Pablo II lo beatificó el 25 de septiembre de 1988. Su canonización halla oposición por sectores nativos de Norteamérica, quienes aducen que, como agente del coloniaje, contribuyó con la perturbación de la cultura india y explotó a los indígenas en un sistema de misiones donde se practicaba el castigo corporal.

fue un explorador, gobernante y conquistador español. Fue el primer europeo en divisar el Océano Pacífico desde su costa oriental y el primer europeo en fundar una ciudad permanente en tierras continentales americanas.

, cerca de Villafranca, en la actual León. Se cree que su padre fue el hidalgo Nuño Arias de Balboa, pero sobre quién fue su madre hay más dudas (podría haber sido una mujer de La Antigua, de cuyo valle parecía proceder directamente también don Nuño Arias de Balboa, o tal vez una dama de Extremadura de la que se desconocen más datos). Tampoco se conoce con certeza nada de su infancia. Durante su adolescencia sirvió como paje y escudero de Pedro de Portocarrero, señor de Moguer. En 1500, motivado por su señor con las noticias de los viajes de Cristóbal Colón hacia el Nuevo Mundo, decidió emprender su primer viaje a América dentro de la expedición de Rodrigo de Bastidas. En 1501 recorrió las costas del Mar Caribe desde el este de Panamá, pasando por el golfo de Urabá, hasta el cabo de la Vela, correspondientes a la actual Colombia. Con las ganancias que produjo dicha campaña, se retiró a La Española en 1502, donde compró una propiedad, y allí residió varios años ocupándose de la agricultura. Pero no tuvo suerte en ella, y comenzó a endeudarse; finalmente, se vio obligado a abandonarla.

En 1508, el rey Fernando el Católico sometió a concurso la conquista de Tierra Firme. Se crearon dos nuevas gobernaciones en las tierras comprendidas entre los cabos de la Vela (actual Colombia) y de Gracias a Dios (actualmente en la frontera entre Honduras y Nicaragua). Se tomó el golfo de Urabá como límite de ambas gobernaciones: Nueva Andalucía al este, gobernada por Alonso de Ojeda, y Veragua al oeste, gobernada por Diego de Nicuesa.

En 1509, queriendo librarse de sus acreedores en Santo Domingo, Núñez de Balboa se embarcó como polizón (dentro de un barril y junto con su perro Leoncico) en la expedición comandada por el bachiller y Alcalde Mayor de Nueva Andalucía Martín Fernández de Enciso que salió a socorrer al gobernador Alonso de Ojeda, quien era su superior. Ojeda junto con setenta hombres, había fundado el poblado de San Sebastián de Urabá en Nueva Andalucía. Sin embargo, cerca del establecimiento existían muchos indígenas belicosos que usaban armas venenosas, y Ojeda había quedado herido de una pierna. Poco después, Ojeda se retiró en un barco a La Española, dejando el establecimiento a cargo de Francisco Pizarro, que en ese momento no era más que un valiente soldado en espera de que llegara la expedición de Enciso. Ojeda le pidió a Pizarro que se mantuviera con unos pocos hombres por cincuenta días en el poblado, o que de contrario usara todos los medios para regresar a La Española.

Antes de llegar la expedición a San Sebastián de Urabá, Fernández de Enciso descubrió a Núñez de Balboa a bordo del barco y lo amenazó con dejarlo en la primera isla desierta que se encontrara. Pero el bachiller quedó convencido de la utilidad que tenían los conocimientos de Núñez de Balboa en aquella región, que había explorado ocho años atrás, sumado a los pedidos de la tripulación de que no cometiera ese acto, por lo que no le quedó más remedio que perdonar su vida y mantenerlo a bordo. De hecho, ambos se pusieron de acuerdo para eliminar a Nicuesa de la gobernación de Veragua.

Pasados los cincuenta días, Pizarro comenzó a movilizarse para regresar a La Española, cuando justamente llegó la embarcación de Fernández de Enciso. Núñez de Balboa había adquirido popularidad entre sus compañeros gracias a su carisma y a su conocimiento del territorio. En cambio, con Fernández de Enciso era más apreciable el disgusto entre los hombres, ya que el bachiller, usando sus facultades como Alcalde Mayor ordenó el regreso a San Sebastián, cuando la mayor sorpresa era que el poblado estaba totalmente destruido, sumado a que los indígenas los esperaban y comenzaron a atacar sin descanso.

Debido a lo peligroso del territorio, Núñez de Balboa sugirió que el poblado de San Sebastián fuera trasladado hacia la región del Darién, al oeste del golfo de Urabá, donde la tierra era más fértil y habitaban indígenas menos belicosos. Fernández de Enciso tomó con seriedad dicha sugerencia. Más tarde, el regimiento se trasladó a Darién, donde los esperaba el cacique Cémaco, junto con 500 combatientes prestos a la batalla. Los españoles, temerosos de la gran cantidad de combatientes, ofrecieron sus votos ante la Virgen de la Antigua, venerada en Sevilla, de que si resultaran victoriosos en la batalla darían su nombre a una población de la región. La batalla fue muy reñida para ambos bandos, pero por un golpe de suerte los españoles salieron victoriosos.

Cémaco, quien fue señor de la comarca, junto con sus combatientes, abandonó el pueblo hacia la selva del interior. Entonces los españoles decidieron saquear las casas y reunieron un gran botín consistente en alhajas de oro. A cambio, Núñez de Balboa hizo promesa del voto y fundó en septiembre de 1510 el primer establecimiento permanente en tierras continentales americanas,

El triunfo de los españoles sobre los indígenas y la posterior fundación de Santa María la Antigua del Darién, situada ahora en un lugar relativamente calmo, dieron a Vasco Núñez de Balboa autoridad y consideración entre sus compañeros, hartos del Alcalde Mayor Fernández de Enciso, a quien calificaban de déspota y avaro por las restricciones que tomó contra el oro, que era objeto de codicia de los colonos.

Núñez de Balboa aprovechó la situación haciéndose vocero de los colonos disgustados, y usando la ley destituyó a Fernández de Enciso del cargo de gobernante de la ciudad, con una prueba contundente: siendo sustituto Ojeda estaba controlando un área que se encontraba en Veragua, al oeste del Golfo de Urabá (límite de las dos gobernaciones). Su mandato era ilegítimo porque el gobernante era Nicuesa y no Ojeda: Fernández de Enciso debía ser depuesto y arrestado. Luego de la destitución, se estableció un Cabildo abierto y se eligió un gobierno municipal (el primero en el continente americano) y se designaron dos alcaldes: Martín Samudio y Vasco Núñez de Balboa.

Poco después llegó a Santa María una flotilla encabezada por Rodrigo Enrique de Colmenares, que tenía como objetivo encontrar a Nicuesa, quien también estaba en aprietos en algún lado del norte de Panamá. Cuando supo de los hechos persuadió a los colonos de la ciudad de que debían someterse a la autoridad de Nicuesa, ya que se hallaban en su gobernación; Enrique de Colmenares invitó a dos representantes que el Cabildo nombraría para que viajaran con su flotilla y ofrecer a Nicuesa el control de la ciudad. Los dos representantes fueron Diego de Albites y Diego del Corral.

Enrique de Colmenares, encontró a Nicuesa bastante malherido y con pocos hombres cerca de Nombre de Dios, debido a una escaramuza que tuvo con indígenas de esa región; luego del rescate, el gobernador escuchó de las hazañas de Núñez de Balboa, del botín del cacique Cémaco y de la prosperidad que había en Santa María; Nicuesa respondió que habría castigos y despojos cuando asumiera el cargo en la ciudad, ya que consideró el acto de Núñez de Balboa como una intromisión de su autoridad en Veragua.

Los representantes de Santa María fueron persuadidos por Lope de Olano, que estaba encarcelado junto con varios presos descontentos, de que iban a cometer un error grave si entregaban el control a Nicuesa, que era calificado de avaro y cruel, y que era capaz de destruir la prosperidad de la ciudad. Con estas pruebas, de Albites y del Corral huyeron al Darién antes que Nicuesa llegara e informaron tanto a Núñez de Balboa como al resto de las autoridades municipales de las intenciones del gobernador.

Cuando Nicuesa llegó al puerto de la ciudad, apareció una muchedumbre y se desencadenó un tumulto, que impidió al gobernador desembarcar en la ciudad. Nicuesa insistió en ser recibido no ya en calidad de gobernador, sino como de un simple soldado, pero aún así los colonos se negaron a que desembarcara en la ciudad. En cambio, fue obligado a montarse sobre un barco en malas condiciones y pocas provisiones y fue dejado a la mar el 1 de marzo de 1511 y junto al ex-gobernador se le unieron 17 personas; el barco desapareció sin dejar rastro de Nicuesa y sus acompañantes, y así Núñez de Balboa obtuvo el cargo de gobernador de Veragua.

Núñez de Balboa obtuvo el cargo de gobernador después de la expulsión y posterior desaparición de Diego de Nicuesa, y con ello el mando absoluto de Santa María y Veragua. Una de sus primeras acciones era juzgar al bachiller Fernández de Enciso por el delito de usurpación de autoridad; fue condenado a la cárcel y sus bienes fueron confiscados, aunque posteriormente fue dejado en libertad a cambio de que volviera a La Española y después a España. En el mismo barco, iban acompañándolo dos representantes de Núñez de Balboa, que explicarían todos los sucesos de la colonia y tenían órdenes de petición de más hombres y suministros para proseguir con la conquista de Veragua.

Mientras, Núñez de Balboa comenzó a mostrar su faceta de conquistador embarcándose al oeste y recorriendo el istmo de Panamá, sometiendo a varias tribus indígenas y fortaleció su amistad con otras, intentando remontar ríos, montañas y pantanos malsanos en busca de oro, esclavos y ampliar sus dominios. También pudo aplacar revueltas de varios españoles que desafiaban su autoridad; su poder de fuerza, diplomacia y poder de concilio logró cierto respeto y temor entre los indígenas; irónicamente en una carta enviada al rey de España expresó que: «He ido adelante por guía y aun abriendo los caminos por mi mano».

Logró la siembra del maíz y recibió provisiones de La Española y de España, e hizo que sus soldados se habituaran a la vida de exploradores de tierras coloniales. Núñez de Balboa logró recoger mucho oro, sobre todo de los adornos de las mujeres indígenas y el resto obtenido por formas violentas. En 1513, escribió una extensa carta al rey de España en la que le solicitaba más hombres aclimatados en La Española, armas, provisiones, carpinteros para construir buques y los materiales necesarios para levantar un astillero. En 1515, en otra carta hablaba de su política humanitaria para con los indígenas y aconsejaba al mismo tiempo, que las tribus caníbales o temidas fueran castigadas con severidad extrema.

Durante finales de 1512 e inicios de 1513, llegó a una comarca donde dominaba el cacique Careta, lo dominó fácilmente y luego se hizo su amigo, recibiendo el bautismo y pactó alianza con Núñez de Balboa, asegurando la subsistencia de la colonia, ya que el cacique prometió ayudar a los españoles con alimentos. Núñez de Balboa prosiguió su conquista llegando a las tierras del vecino y rival de Careta, el cacique Ponca, y éste huyo de su comarca hacia las montañas, dejando sólo a los españoles y los indígenas aliados de Careta que saquearon y destruyeron las casas de la comarca. Poco después, fue hacia los dominios del cacique Comagre, territorio fértil pero muy salvaje, aunque cuando llegaron fueron recibidos pacíficamente a tal punto que fueron invitados a un agasajo; de igual manera Comagre fue bautizado.

Es en esta comarca donde Núñez de Balboa escucha por primera vez de la existencia de otro mar, todo esto por una disputa que hicieron los españoles con el poco oro que recibirían cada uno. Panquiaco, hijo mayor de Comagre, enojado por la avaricia de los españoles, tumbó la balanza que medía el oro y replicó: «Si tan ansiosos estáis de oro que abandonáis vuestra tierra para venir a inquietar la ajena, yo os mostraré una provincia donde podéis a manos llenas satisfacer ese deseo». Panquiaco relató de un reino al sur donde la gente era tan rica que utilizaban vajillas y utensilios en oro para comer y beber, y que necesitaban al menos mil hombres para vencer las tribus que habitaban tierra adentro y los que estaban en las costas del otro mar.

La noticia inesperada de un nuevo mar rico en oro fue tomada muy en cuenta por Núñez de Balboa. Decidió regresar a Santa María a comienzos de 1513 para disponer de más hombres provenientes de La Española, y fue ahí cuando se enteró que Fernández de Enciso había persuadido a las autoridades coloniales de lo ocurrido en Santa María; así, Núñez de Balboa envió a Enrique de Colmenares directamente a España para buscar ayuda, en vista que no hubo respuesta de parte de las autoridades de La Española.

Mientras en Santa María se organizaban expediciones en busca del famoso mar. Algunos recorrieron el río Atrato hasta diez leguas hacia el interior, sin ningún éxito. La respuesta de más hombres y suministros en España fue negada, porque el caso de Fernández de Enciso ya era conocido por la Corte española. Así, a Núñez de Balboa no le quedaba más remedio que emplear los pocos recursos que tenía en la ciudad para realizar el descubrimiento.

Usando varios informes dados por caciques indígenas amigos, Núñez de Balboa emprendió el viaje desde Santa María a través del istmo de Panamá el 1 de septiembre de 1513, junto con 190 españoles, algunos guías indígenas y una jauría de perros. Usando un pequeño bergantín y diez canoas indígenas recorrieron por mar y llegaron a las tierras del cacique Careta y el día 6 se internaron junto con un contingente de mil indígenas de Careta hacia las tierras de Ponca, que se había reorganizado; pero fue vencido, sometido e hizo alianza con Núñez de Balboa. Luego de varios días y uniéndose varios hombres de Ponca se remontaron a la espesa selva el día 20 y pasando con algunas dificultades llegaron el día 24 a las tierras del cacique Torecha, que dominaba el poblado de Cuarecuá. En este poblado se desencadenó una férrea y persistente batalla; Torecha fue vencido y muerto en combate. Así, los hombres de Torecha decidieron aliarse con Núñez de Balboa, aunque gran parte de la expedición estaba exhausta y malherida por el combate y muchos de éstos decidieron hacer descanso en Cuarecuá.

Los pocos que siguieron a Núñez de Balboa se internaron a las cordilleras del río Chucunaque el día 25. Según informes de los indígenas, en la cima de esta cordillera se podía ver el mar, así que Núñez de Balboa se adelantó al resto de los expedicionarios, y antes del mediodía logró llegar a la cima y contemplar, lejos en el horizonte, las aguas del mar desconocido. La emoción fue tal que los demás se apresuraron a demostrar su alegría y felicidad por el descubrimiento logrado por Núñez de Balboa. El capellán de la expedición, el clérigo Andrés de Vera, logró entonar el Te Deum Laudamus, mientras que el resto de los hombres erigieron pirámides de piedras e intentaron con las espadas, grabar cruces e iniciales sobre la corteza de los árboles del lugar, dando fe que en ese sitio se había realizado el descubrimiento. Todo eso ocurrió el 25 de septiembre de 1513.

Pasado el momento épico del descubrimiento, la expedición bajó de las cordilleras rumbo al mar llegando a las tierras del cacique Chiapes, hubo un breve combate pero fue vencido e invitado a participar de la expedición. De la comarca de Chiapes salieron tres grupos en busca de caminos que llegaran al mar; el grupo que lideraba Alonso Martín llegó a sus orillas dos días después, embarcándose en una canoa y dando fe que había navegado por primera vez dicho mar. De regreso avisó a Núñez de Balboa y éste marchó con 26 hombres que llegaron a la playa; Núñez de Balboa levantó sus manos, en una estaba su espada y en otra un estandarte el cual estaba pintada la Virgen María, entró al mar hasta las rodillas y tomó posesión del mar en nombre de los soberanos de Castilla.

Después de haber recorrido más de 110 kilómetros, bautizó al golfo donde estaban como San Miguel, porque fue descubierto el día de San Miguel Arcángel, 29 de septiembre y al nuevo mar como Mar del Sur, nombre dado entonces al Océano Pacífico, por el recorrido que tomó la exploración al llegar a dicho mar. Este hecho es considerado por la historia como el capítulo más importante de la conquista, después del descubrimiento de América.

Posteriormente, Balboa se quiso proponer la búsqueda de las comarcas ricas en oro. Así decidió recorrer las tierras de los caciques Coquera y Tumaco, Núñez de Balboa los venció fácilmente y tomando sus riquezas en oro y perlas, se enteró después que las perlas se producían en abundancia en unas islas donde regía Terarequí, un poderoso cacique que dominaba esa región. Así Núñez de Balboa decidió embarcarse en canoa hacia esas islas, a pesar que era el mes de octubre de 1513 y las condiciones climáticas no eran las mejores. Apenas logró divisar las islas, y llamó Isla Rica (hoy Isla del Rey) a la mayor de éstas; y a toda la región la llamó

En noviembre, Núñez de Balboa decide regresar a Santa María la Antigua del Darién pero usando una ruta diferente, para seguir conquistando territorios y obtener mayores riquezas con su botín. Atravesó las comarcas de Teoca, Pacra, Bugue Bugue, Bononaima y Chiorizo, venciéndolos algunos con fuerza y otros con diplomacia. Cuando llegó a los territorios del cacique Tubanamá, Núñez de Balboa tuvo que enfrentarlo con mucha violencia y lo logra vencer; en diciembre llega a las tierras del cacique Pocorosa en el golfo de San Blas, ya en el Caribe y luego se dirige a las tierras de Comagre, donde ya el cacique había muerto por la edad y su hijo Panquiaco era el nuevo cacique.

De ahí decidió atravesar las tierras de Ponca y Careta, para finalmente llegar a Santa María el 19 de enero de 1514, con un gran botín de artículos de algodón, más de 100 mil castellanos de oro, sin contar con la cantidad de perlas; pero esto no se comparaba con el descubrimiento de un nuevo mar para los españoles. Núñez de Balboa asigna a Pedro de Arbolancha para que viaje a España con la noticia del descubrimiento y envió una quinta parte de las riquezas obtenidas al rey, tal como lo establecían las leyes.

Las acusaciones del bachiller Fernández de Enciso, a quien Núñez de Balboa había despojado del poder, y la destitución y posterior desaparición de Nicuesa hicieron que el rey nombrara gobernador de la nueva provincia de Castilla de Oro a Pedro Arias de Ávila, mejor conocido como Pedrarias Dávila, quién después se destacó por su actitud sanguinaria y que sustituiría la gobernación de Veragua. Cuando de Arbolancha llegó, hizo que se calmaran un poco los ánimos y las peticiones de hombres que Balboa había hecho al monarca español las cumplió éste a través del nuevo gobernador, quien partió con una expedición de 1500 hombres y 17 naves, siendo la más numerosa y completa que había salido de España con destino a América.

En esta gran expedición lo acompañaron el licenciado Gaspar de Espinosa con el cargo de Alcalde Mayor, el mismo bachiller Fernández de Enciso ahora como Alguacil Mayor, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo que iba en calidad de oficial real; varios capitanes, entre ellos Juan de Ayora como lugarteniente de Pedrarias; varios clérigos entre los que resaltaba el fraile franciscano Juan de Quevedo asignado como obispo de Santa María; y finalmente venían mujeres entre las cuales estaba Isabel de Bobadilla, esposa de Pedrarias. Más de quinientos hombres murieron de hambre o víctimas del clima poco después de desembarcar en Darién. Fernández de Oviedo expresó que caballeros cubiertos de sedas y brocados, que se habían distinguido valerosamente en las guerras de Italia, morían de inanición consumidos por la naturaleza de la selva tropical.

Balboa recibió a Pedrarias junto con sus emisarios, en el mes de julio de 1514 y aceptó bastante resignado la sustitución del cargo de gobernador y Alcalde Mayor, esto causó algo de rabia entre los colonos y algunos ya pensaban en usar las armas para enfrentarlos, sin embargo Núñez de Balboa mostró su respeto con los nuevos emisarios coloniales.

Cuando Pedrarias tomó el cargo, Gaspar de Espinosa apresó a Núñez de Balboa y se le enjuició «en ausencia», dando como resultado el pago de una indemnización a Fernández de Enciso y a otros acusadores de parte de Núñez de Balboa y fue declarado inocente de la muerte de Nicuesa, por lo que fue liberado posteriormente.

Debido a la situación de sobrepoblación en Santa María, Pedrarias llamó a varios expedicionarios para buscar nuevos sitios para establecerse; Núñez de Balboa le pidió a Pedrarias para que pudiera realizar una expedición al Dabaibe, en la cuenca del Atrato; donde se rumoreaba que existía un templo con grandes riquezas; sin embargo, esta expedición fue un fracaso y Núñez de Balboa quedó herido por los constantes ataques de los indígenas de la región.

A pesar de esto, no detuvo las ambiciones de Núñez de Balboa de seguir recorriendo nuevamente el Mar del Sur, así que logró conseguir secretamente un contingente de hombres provenientes de Cuba y la embarcación que los traía se estableció en las afueras de Santa María, el encargado de la embarcación avisó a Balboa y dio a éste la cantidad de 70 castellanos. Pedrarias no tardó en darse cuenta de la presencia de la embarcación y furioso apresó a Núñez de Balboa, le quitó a los hombres que necesitaba y estaba dispuesto a encerrar al conquistador en una jaula de madera; sin embargo, el arzobispo de Quevedo apeló para que no cometiera tal castigo.

Por suerte, en esos días, la Corona española había reconocido el gran servicio de Núñez de Balboa, y el rey lo investía con el cargo de Adelantado del Mar del Sur y Gobernador de Panamá y Coiba; sumado a eso el rey recomendó a Pedrarias que guardara todas las consideraciones y que lo consultara de cualquier asunto relacionado a la conquista y el gobierno de Castilla de Oro. Esto motivó que Pedrarias absolviera a Núñez de Balboa por el asunto de la llegada clandestina de hombres para su campaña.

A partir de ese momento la rivalidad entre Núñez de Balboa y Pedrarias cesó de repente, en parte también por la acción tomada por el arzobispo de Quevedo junto con Isabel de Bobadilla para dar en matrimonio a una de las hijas de Pedrarias, María de Peñalosa, que se encontraba en España; así se dispuso el matrimonio y el arzobispo partió rumbo a España. Las relaciones amistosas con Pedrarias duraron apenas dos años y Núñez de Balboa comenzó a tratarlo con afecto paternal.

Núñez de Balboa quiso continuar la exploración del Mar del Sur, pero su suegro retardó en todo lo posible su partida. Como la oposición a este proyecto ya no era sostenible dentro de la aparente cordialidad que reinaba entre ambos, Pedrarias consintió que Núñez de Balboa llevara a cabo dicha expedición, dando licencia al conquistador para que explorara por un año y medio.

Así entre 1517 y 1518, Núñez de Balboa se trasladó a Acla con 300 hombres y logró preparar los materiales para hacer los barcos, haciendo uso de indígenas y esclavos africanos. Logró trasladarse hasta el río Balsas donde construyó cuatro navíos. Navegó 74 kilómetros por el Pacífico, recorriendo el archipiélago de las Perlas y luego las costas de Darién hasta Puerto Piñas, lugar donde existían muchas de estas frutas. Durante estas exploraciones escuchó acerca de un gran imperio que quedaban en las tierras al sur y de las grandes riquezas que ésta tenía, para poder viajar hasta esas tierras de riquezas ilimitadas regresó a Acla para continuar la construcción de embarcaciones más sólidas que lo pudieran examinar.

No obstante, al regreso Pedrarias le escribió cartas en términos cariñosos para que se presentara ante él con mucha urgencia, y Balboa accedió rápidamente. En mitad de camino se encontró con un grupo de hombres al mando de Francisco Pizarro, quien lo detuvo por orden del gobernador y fue acusado de traidor por intento de usurpación del poder contra Pedrarias y de tratar de crear un gobierno aparte en el Mar del Sur. Núñez de Balboa indignado, negó esta acusación y solicitó que se le enviara a La Española o a España para su juicio; pero Pedrarias, en conjunto con el alcalde de Espinosa, ordenaron que se ejecutara el juicio lo más pronto posible y que se abrió a mediados enero de 1519. Núñez de Balboa fue sentenciado por de Espinosa con la pena de muerte el 15 de enero e iba a ser decapitado junto con cuatro de sus amigos, Fernando de Argüello, Luis Botello, Hernán Muñoz y Andrés Valderrábano acusados de cómplices, en el poblado de Acla, como demostración que la conspiración tenía raíces en la colonia.

Núñez de Balboa fue conducido al patíbulo con sus amigos y la voz del pregonero que iba a cometer la ejecución dijo: «Ésta es la justicia que el Rey y su teniente Pedro Arias de Ávila mandan hacer contra este hombre por traidor y usurpador de los territorios de la Corona». Núñez de Balboa no pudo contener su indignación y respondió: «Mentira, mentira; nunca halló cabida en mí semejante crimen; he servido al Rey como leal, sin pensar sino en acrecentar sus dominios». Pedrarias observó la ejecución, oculto detrás de un tablado: un verdugo con un hacha consumó el castigo. Las cabezas de los decapitados permanecieron varios días expuestas en el pueblo, ante la curiosidad y temor de los habitantes. Se desconoce el destino de los restos de Núñez de Balboa, debido en parte a que los textos y crónicas no mencionan lo que ocurrió después de su ejecución.

Y fue así como Francisco Pizarro, al entregar a Nuñez de Balboa a su muerte, consiguió el apoyo de Pedrarias para la organización de la expedición que lo llevaría a la conquista del Perú, y Gaspar de Espinosa fue quien recorrió parte del Mar del Sur en los barcos que el mismo Núñez de Balboa mandó a construir. Luego en 1520, Fernando de Magallanes rebautizaría el mar como Océano Pacífico, por sus aparentemente calmas aguas.

Balboa es la cabecera municipal del valle. Se entra al pueblo al lado de la iglesia de Santa Marina, del siglo XVI, con mezcla de románico y renacentista en su estructura. En el interior conserva excelentes retablos barrocos.

Este ancestral pueblo se encuentra cercano al macizo montañes de Cervantes, un valle que por su belleza se llamó Vallis bona (valle bueno) y cuyo nombre se fue corrompiendo con el tiempo, pasando a encontrarse designado como Vall-bona, Vall-boa, hasta llegar a su actual Balboa. Fue en este valle donde surgió pronto un poblado que se acogió a su nombre y donde también se construyó el castillo, cuyo nombre hace mención al mismo lugar.

Es una construcción que data del siglo XIII, que perteneció al noble linaje de los Rodríguez de Valcárcel. En el siglo XV pasó a las manos del conde Lemos, de la gran familia de los Osorio, muy relacionada con la corte. Es sabido que durante años fue propiedad de los Reyes Católicos y luego de los marqueses de Villafranca. Se sabe, que el castillo, ya en manos de Pedro Alvarez Osorio fue reconstruido tras la revuelta de los irmandiños, por lo que los muros que hoy se contemplan de esta hermosísima edificación son de entonces. Sólo conserva la torre del homenaje y no en todas sus caras.

No es raro que toda esta zona sea una de las más pobladas con los ricos castillos, alrededor de los cuales se formaba la vida de pueblos enteros. Una antigua etapa de reconquista que se hizo con los señoríos que comenzaban con poco, nada o mucho en su afán de perduración de lo castellano para no dejar la entrada a su territorio a la conocida conquista árabe.

El archipiélago de las Perlas (también islas de las Perlas) son un grupo de alrededor de 39 islas y 100 islotes (muchas de ellas son pequeñas y deshabitadas) ubicadas en el corazón del golfo de Panamá, a unos 48 km de las costas del istmo de Panamá y con una superficie total de 1.165 km², Administrativamente todo el archipiélago pertenece al distrito de Balboa, dentro de la provincia de Panamá.

El nombre proviene de la abundancia de perlas que existía en la zona, durante el período de dominio español. En esta zona se halló la famosa Perla Peregrina que poseyó Felipe II y que actualmente pertenecía a la actriz Elizabeth Taylor.

La Gobernación de Veragua (1502-1537), que se extendía por la costa caribeña de las actuales Repúblicas de Nicaragua y Costa Rica, y la de Panamá hasta el río Belén, es decir, el litoral recorrido por Cristóbal Colón en su cuarto viaje, en 1502. De este territorio fueron Gobernadores Diego de Nicuesa y Felipe Gutiérrez y Toledo.

El Ducado de Veragua, erigido en 1537 en territorios hoy pertenecientes a Panamá, cuyo primer titular fue Luis Colón y Toledo, quien en 1556 devolvió a la Corona de Castilla el señorío territorial, aunque conservó el título de Duque.

La Veragua real (1537-1540), es decir, los territorios sobrantes de la antigua Veragua colombina después de la creación del Ducado de Veragua (1537). Con estos territorios se erigió en 1540 la Provincia de Nuevo Cartago y Costa Rica.

La Provincia de Veragua, erigida en 1560 en los territorios del antiguo Ducado del mismo nombre, y cuyo primer Gobernador fue Francisco Vázquez. Este territorio, ligeramente ampliado hacia el oeste y el sur, pasó después a depender de la Intendencia de Panamá y a partir de 1821, de la República de Colombia. Con el nombre de Veraguas, constituye hoy una provincia de la República de Panamá.

Actualmente, el nombre de Vasco Núñez de Balboa se le da a parques y avenidas de Panamá, e incluyen un monumento dedicado a su hazaña de la posesión del Mar del Sur; mirando hacia el Océano Pacífico, en su honor se ha bautizado la moneda oficial del país con la denominación balboa, apareciendo su rostro en el anverso de algunas monedas. Su nombre designa asimismo a uno de los principales puertos en el canal de Panamá y al distrito que abarca el Archipiélago de las Perlas, lugar que llegó a descubrir.

La máxima Orden otorgada por el gobierno panameño a personajes destacados y sobresalientes en el orden nacional e internacional fue establecida mediante la Ley 27 del 28 de enero de 1933, y dio en llamarse la Orden Vasco Núñez de Balboa con diversas denominaciones de grado.

Antonio Martínez de Cala y Jarava (Lebrija, Sevilla, 1441 - Alcalá de Henares, Madrid, 5 de julio de 1522), más conocido como Antonio de Nebrija, fue un humanista español que gozó de fama como colegial en el Real Colegio de España de Bolonia. Ocupa un lugar destacado en la historia de la lengua española por haber sido pionero en la redacción de una gramática en 1492 y un diccionario en 1495, con relativa anticipación dentro del ámbito de las lenguas vulgares. Fue además historiador, pedagogo, gramático, astrónomo y poeta.

, llamada hoy Lebrija, en la provincia de Sevilla, a 72 km de la capital, río Guadalquivir abajo, cerca de su margen izquierda y casi limitando con la provincia de Cádiz. Su padre fue Juan Martínez de Cala y su madre, Catalina de Xarana y Ojo. Fue el segundo de sus cinco hijos: 3 hermanos y 2 hermanas.

El joven Nebrija estudió humanidades en Salamanca. Cuando tenía 19 años, se trasladó a Italia. Él mismo lo dice en la publicación de su Vocabulario en 1495: assi que en edad de diez y nueve años io fue a Italia, donde realizó su ingreso en el Colegio de San Clemente de Bolonia el 2 de marzo de 1463, gracias a una beca del obispado de Córdoba para estudiar Teología. Allí continuó sus estudios durante diez años más en la Universidad de Bolonia.

De vuelta a España, trabajó en Sevilla para el arzobispo Fonseca. Impartió clases entre 1470 y 1473 en la capilla de la Granada, situada en el patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla, según su propio testimonio, recogido por Martín Nieto: En la tornada fui convidado por letras del muy Reverendo Padre Alonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla. En 1473 consiguió un cargo como docente en la Universidad de Salamanca y en ese año se casó con Isabel Solís de Maldonado, según él mismo afirma en sus Aenigma juris civilis: Quiso la fatalidad que la incontinencia me precipitase en el matrimonio. Enseñó gramática y retórica en la Universidad de Salamanca.

En 1488 pasó al servicio del Maestre de la Orden de Alcántara, Juan de Zúñiga o Estúñiga, como él escribe: Porque después de casado y avido hijos avía perdido la renta de la iglesia... vuestra muy magnífica señoría lo remedió todo con las muchas y honoríficas mercedes dándome ocio y sosiego de mi vida. Y porque toda la cuenta de estos siete años desde comencé a ser vuestro.... Béjar, Gata, Alcántara, Brozas, Villanueva de la Serena, Zalamea de la Serena, Campanario son poblaciones donde se atestigua la presencia de Antonio de Nebrija durante esta etapa de su vida. En los últimos años de su vida, el Maestre de la orden de Alcántara fue Arzobispo de Sevilla. Durante esos tres años Antonio de Nebrija estuvo en Sevilla al servicio del arzobispo, que al mismo tiempo seguía ejerciendo de Maestre de la Orden de Alcántara. En la ilustración se observa a Nebrija impartiendo una clase en presencia del Maestre. Algunos tratadistas aseguran que el que luce la Cruz de Santiago es su hijo Marcelo.

Nebrija escribió sobre varias materias: cosmografía, botánica y teología. Es famoso por sus esfuerzos para reformar la enseñanza del latín. En 1481 publicó una gramática, Introductiones latinae.

Animado por el buen éxito de su libro anterior, y bajo la protección del cardenal sevillano Juan de Zúñiga, que le libró de sus obligaciones docentes, entre 1487 y 1502 escribió lo mejor de su obra gramatical.

En 1492 publicó su célebre Gramática castellana, obra por la que ha pasado a la historia. Ésta era la primera gramática de una lengua vulgar que se escribió en Europa. Nebrija dedicó este libro famoso a la reina Isabel I de Castilla (la Católica).

En 1502 intervino como latinista en los trabajos de lo que sería la Biblia Políglota Complutense que auspiciaba el cardenal Cisneros. Sin embargo, se enfrentó con los teólogos del equipo por cuestiones textuales, lo que hizo que abandonara el proyecto por ser sus comentarios contrarios a la Vulgata.

En 1505 regresa a la Universidad de Salamanca, donde vuelve a tener enfrentamientos con sus colegas. Estos enfrentamientos harán que sea suspendido durante un corto periodo. En 1509, no obstante, obtiene la cátedra de retórica, pero nuevas desavenencias, que impiden que trate la gramática como él cree que se merece, le hacen desistir y trasladarse a Sevilla.

En 1513, Cisneros le llama de nuevo para ocupar la cátedra de retórica de la recién fundada Universidad Complutense de Alcalá de Henares, con el privilegio de recibir sueldo sin obligación de dar las clases. Nebrija falleció en Alcalá de Henares en 1522.

Aunque Nebrija se basó en la obra de gramáticos latinos como Prisciano, Dimedes y Donato, sus propias ideas le llevaron a discrepar de ellos en algunos puntos. Además, Nebrija consideraba que la gramática era la base de toda ciencia. Para Nebrija, la gramática se dividía en: ortografía, prosodia, etimología y sintaxis.

Esta división ha perdurado hasta la Edad Moderna. E igualmente otra distinción nebrijana perdura hasta recientemente: aquella que considera que las partes de la oración son ocho: nombre, pronombre, verbo, participio, preposición, adverbio, interjección y conjunción, y en sus notas añade gerundio y supino.

Nebrija considera al latín como lengua superior a las otras, y por ello, cuanto más se acerca una lengua al latín, más perfecta es. Esto hace que su gramática castellana sea una gramática a la manera latina. Sin embargo, la originalidad de Nebrija es patente, trayendo auténticas innovaciones en su género, mucho antes que el resto de lenguas vulgares. Intuyó además el origen de la lengua castellana a partir de un latín corrompido traído por los godos e influido por otras lenguas.

Su obra tuvo gran influencia en el mundo universitario, español y europeo, siendo una de las cumbres del humanismo en España. Recoge el legado clásico para revitalizar el estudio de las lenguas vivas.

Además de sus logros filológicos, Nebrija fue crucial para llevar la imprenta a Salamanca, pues el segundo libro que se publicó en esta ciudad fueron sus Introductiones, y puede que dirigiera también la imprenta, situación que se intentó cubrir, porque los negocios mercantiles habrían sido incompatibles con su puesto académico. No obstante, tanto su hijo como su nieto se hicieron impresores, y la mayoría de los incunables publicados en Salamanca fueron de Nebrija o de autores de su círculo. Esa primera imprenta de Salamanca estaba situada en la, desde entonces llamada, calle de Libreros. Asimismo fue el primer autor en reclamar derechos de autor en España y el mundo occidental, mucho antes que el Estatuto de Anne de 1709 del Reino Unido o las disputas de 1662, en las que interfirió la Unión de las Coronas.

Cuenta una leyenda que el origen de Lebrija es mitológico: el dios Baco la fundó cerca de la ribera del Océano Atlántico. En su casco histórico se han encontrado restos arqueológicos de un poblado calcolítico. Sin embargo, la fundación de la ciudad según distintos autores se atribuye a los fenicios (la llamaron Lepriptza) y a los tartessos (Nebrissa). De estos últimos se han encontrado en la localidad seis timiaterios de oro llamados Candeleros o Candelabros de Lebrija, fechados en el siglo VII a. C. y actualmente conservados en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Se supone que en sus orígenes Nebrissa fue un puerto del Lacus Ligustinus, bajo cuyas aguas permanecían muchas de las tierras de marismas hoy existentes en el Bajo Guadalquivir.

Su importancia en época de fenicios y romanos (éstos en el siglo I a.C. la llaman Veneria en alusión a la abundante caza mayor que proporcionaba esta región) se demuestra por el hecho de que acuñó moneda propia, llegando a la categoría de municipio de derecho latino bajo dominación romana.

Tras el oscuro paso de los visigodos, al producirse la invasión de la Península por los árabes en el 711 d. C., Lebrija pasó a su poder después de la Batalla del Guadalete y recibió el nombre de “Lebri-sah”.

A finales de octubre de 1255 el infante Enrique de Castilla el Senador, hijo de Fernando III de Castilla, apoyado secretamente por Jaime I de Aragón, se levantó en armas contra su hermano Alfonso X de Castilla, atacando desde sus ciudades de Arcos y Lebrija las tierras del rey, al tiempo que otros nobles, descontentos con Alfonso X, atacaban el reino desde las tierras de Vizcaya. Alfonso X envió a combatir combatir contra el infante a Nuño González de Lara el Bueno, quien le derrotó en una batalla campal, librada en las cercanías de Lebrija, y en la que las tropas alfonsinas vencieron gracias a la llegada de los refuerzos comandados por Rodrigo Alfonso de León, hijo ilegítimo de Alfonso IX de León. Después de su derrota, el infante Enrique se refugió en Lebrija, pero no pareciéndole un lugar seguro, buscó refugio en el reino de Aragón.

En 1264 el rey Alfonso X de Castilla la incorporó a la corona de Castilla, y en 1924 se le concede el título de ciudad. El núcleo urbano de Lebrija se asienta sobre las laderas que rodean el cerro del Castillo, con forma alargada en el sentido este-oeste. Está delimitado en tres de sus caras (sur, oeste y norte) por fuertes escarpados que imposibilitan la urbanización. El cerro constituye desde sus orígenes una vieja acrópolis fortificada. En la primera fase del dominio romano se reutiliza la fortaleza existente, pero en la época imperial el núcleo comienza a crecer extramuros en la única dirección posible (el este), coincidente con el camino de Sevilla.

Durante la dominación musulmana se reutiliza la ciudad intramuros, se reconstruye la muralla romana en todo su perímetro y se deforma la trama clásica, que adquiere la típica imagen árabe. El crecimiento extramuros se produce a partir del siglo XV con la construcción junto a la Puerta de Sevilla del Barrio Nuevo. Pero la expansión moderna comienza en el siglo XVIII urbanizando la calle perpendicular a la puerta principal, desde la Plaza del Arco hacia el este (calle Corredera) y su paralela por el sur (actual calle Andrés Sánchez de Alba). Durante el siglo XIX la actual Plaza de España se constituye en centro de la ciudad moderna. Surgen de forma radial calles frente a las tres puertas de la ciudad histórica, al tiempo que se renueva la ciudad intramuros. A finales del XIX, se construye el ferrocarril al oeste del núcleo y en dirección norte-sur, constituyendo un límite al crecimiento urbano hacia la marisma.

En la primera mitad del siglo XX se produce la colmatación de las manzanas originadas en los dos siglos anteriores por las calles radiales y sus correspondientes transversales. El crecimiento del área urbanizada es mínimo, sobre todo en comparación con el que se produce desde los años 50. A partir de entonces, el desarrollo se orienta sobre todo hacia el norte, siguiendo el camino que une la ciudad vieja con la estación, y hacia el noreste, en los bordes de la salida a Sevilla. La tipología edificatoria es abierta, a base de bloques y promoción por polígonos (caso de la barriada Blas Infante). El único eje urbano de gran dimensión es la Avenida de Andalucia, situada sobre el camino de la estación, y que da continuidad al eje norte-sur de la ciudad histórica.

La Gramática castellana es un libro escrito por Antonio de Nebrija y publicado en 1492. Constituyó la primera obra que se dedicaba al estudio de la lengua castellana y sus reglas. Anteriormente, habían sido publicados tratados sobre el uso de la lengua latina, como el de Lorenzo Valla, Tratado sobre gramática latina de 1471. No obstante, la Grammatica es el primer libro que se centra en el estudio de las reglas de una lengua europea occidental que no sea el latín. Fue ampliamente criticada por contemporáneos meseteños debido a su carácter andaluz, entre estos críticos destacó Juan de Valdés.

A partir de esta publicación, la gramática será considerada la disciplina que estudia las reglas de una lengua, hasta el advenimiento de la Lingüística como disciplina científica en el siglo XIX.

Existe la serie sin dentar, subo el sello del personaje en este estado. Es de significar que el sello de 75 c. azul es muy caro, es el que da valor a la serie y ya por último el sello de 5,50 p. verde es aéreo y tiene el mismo valor que el de nuestro personaje.

En su casa parisina el Ayuntamiento de la capital le rinde homenaje el 5 de diciembre de 2006 con una recepción y el descubrimiento de una placa conmemorativa en la que se recuerda cómo su música representa a París y a Francia en todo el mundo. En su discurso, Pierre Christian Taittinger expresa que José Padilla es el maravilloso lazo de unión entre España y Francia.

La Casa Museo José Padilla se inaugura al público en 1992 con motivo de la Capitalidad Europea de la Cultura de Madrid por la Familia Real, el Alcalde de Madrid y la UNESCO que descubren una placa conmorativa.

José Padilla compone en diferentes países para América, Inglaterra, Italia, España, Francia, estrenando en la Ópera de Marsella, en París donde vive, en el Champs Elysées, Théâtre de l’Avenue, Gaité Lyrique...

José Padilla es el autor de obras tan célebres como Valencia, La Violetera, El Relicario, Princesita, Ça c’est Paris llamada «La Marsellesa de los parisinos», Estudiantina portuguesa, cantada en la Revolución de los Claveles de Portugal, Fontane representación de la Italia más auténtica y gozosa, y tangos, El Taíta del Arrabal, Vieja Herida, Tango al Corazón.

Su música se encuentra en más de 300 películas y en series de países absolutamente distintos, expresión de su celebridad internacional y penetración en las sociedades y culturas más diversas: Estados Unidos, Japón, Rusia, Inglaterra, Italia, Alemania, Marruecos, Suecia, Brasil, México, Argentina, Holanda, Francia... con los más grandes directores: Ridley Scott, Martin Brest, Ermanno Olmi, Theo Angelopoulos, Woody Allen, Ernst Lubitsch, Federico Fellini, Arturo Ripstein, Cédric Klapisch, Tinto Brass, Eric Barbier... Y actores como Al Pacino, Jack Nicholson, Barbra Streisand, Gene Hackman, Rutger Hauer, Nicholas Cage.

Marcha a Argentina donde también logra el éxito estrenando en Buenos Aires continuamente en todos los teatros, Opera, Avenida, Comedia, Nacional, Coliseo, San Martín... gran número de obras como Teatro Nacional, texto de Miguel Álvarez, La Corte del Amor, La Europea, libreto de Antonio M. Viergol (Antonio Martínez Viérgol), El Taita del Arrabal, de Manuel Romero y Luis Bayón Herrera. Compone tangos, vidalitas y graba con Carlos Gardel.

El estreno en París de su obra Symphonie Portugaise es acogida por la crítica con las siguientes palabras en la publicación especializada Opera: «Es la obra de un músico perfecto». Llega un momento en que todos los espectáculos de París llevan su música.

José Padilla es interpretado por los mejores artistas de todos los géneros: Tito Schipa, Mario Lanza, Titta Ruffo, Alfredo Kraus, Maurice Chevalier, Joséphine Baker, Mistinguett, Jean Gabin, Luis Mariano, Raquel Meller, Carmen Flores, La Goya, Pastora Imperio, Los Virtuosos de Moscú con Vladimir Spivakov, Tango Project o la Orquesta del Metropolitan Opera House.

A la presentación del disco Padilla Mediterráneo en el Teatro Real de Madrid asisten todos los Embajadores del Mediterráneo oriental, Egipto, Turquía, Túnez, Chipre... Este disco muestra como el Mediterráneo es elemento fundamental en la vida y la obra de José Padilla.

Dedica parte muy importante de su creación a la cultura, las ciudades y la magia que surgen en su entorno. Obras sinfónicas como Laurel de Atenas, Chipre, las uvas de la noche, Aldebarán, este corazón herido, Le jasmin, Les souks, El Amor eres Tú ... Obras teatrales como La Canción del Desierto, canciones como Fontane, compuesta en una tarde de melancolía en Estambul, que se ha convertido en parte del acervo cultural de Italia. Viaja por todas sus principales ciudades, y llega a residir de forma estable en alguna de ellas.

Se cuenta que en el momento de nacer, una banda de música pasó bajo el balcón de su casa, situada en la almeriense plaza de San Pedro. Al parecer, la partera auguró que el niño sería músico, y acertó de pleno.

Con catorce años compone su primera obra y se traslada a Madrid convalidando en el Conservatorio sus estudios con sobresaliente. En 1906 estrena su primera zarzuela: El centurión. Conoce a Tomás Bretón, es amigo de su hijo, y otros autores, y comienza su carrera como pianista dando conciertos, por ejemplo en el Palacio de Vistahermosa, actual Museo Thyssen.

José Padilla llena los carteles, teatro Apolo, teatro La Latina, teatro Martín, teatro Provisiones, teatro Barbieri... Se hace muy popular su pasodoble dedicado al torero almeriense Julio Gómez Cañete «Relampaguito».

A su regreso de Argentina compone dos de sus obras más famosas, que popularizó Raquel Meller: El Relicario y La Violetera. La segunda fue incluida en una versión instrumental por Charles Chaplin en su película Luces de la ciudad, su primera película sonora. La autoría de José Padilla fue omitida en los créditos de la película por lo que puso y ganó el correspondiente pleito en París.

En Madrid se han dedicado Jardines al compositor y una calle a La Violetera y un monumento igualmente dedicado a la música de José Padilla. Hay calles en Valencia y diferentes ciudades dedicadas al compositor.

El lunes 25 de Octubre de 2010 se cumplieron cincuenta años de la muerte súbita en Madrid del gran músico José Padilla, que gozó de inmensa fama y reconocimiento en su época, con una música alada y alegre, fiel a la “belle époque” y al “art Deco” y que fue elogiada por personalidades como Maurice Ravel o Pablo Picasso. Luis Antonio de Villena forma parte de la Comisión de Honor creada por los herederos del Maestro Padilla para la celebración internacional de este cincuentenario y para que se siga conservando su casa-museo en Madrid, como se conserva la de París. En ese comité de honor figuran, además de LAdeV, nombres como el pintor Luis Feito , el ex-ministro de cultura de Francia, Jack Lang, el actual Ministro de Cultura francés Frederic Miterrand o el arquitecto José Seguí, ente otras personalidades.

Fundada en el siglo XVII por San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac, es conocida en la Iglesia con el nombre de Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, Siervas de los pobres.

Fundadas por San Vicente y Santa Luisa en 1633, hoy están extendidas por todo el mundo, en número aproximado de 24.500, en 90 países, atendiendo toda clase de pobrezas, porque no hay miseria humana que puedan considerar ajena, ya que saben por la fe que Cristo les espera en los que sufren.

A España llegaron las primeras Hijas de la Caridad en 1790, eran seis jóvenes españolas que después de un tiempo de formación en París son enviadas a servir a los enfermos del hospital de la Santa Cruz, de Barcelona. En 1856 llegan a Madrid diez Hijas de la Caridad francesas para trabajar en el colegio de Santa Isabel. A partir de este momento existen en España dos Provincias: Provincia Española, cuya Casa Provincial estaba ubicada en la Avda. General Sanjurjo y Provincia Franco-Española, con la Casa Provincial en la Avda. de Martínez Campos.

En la plaza de San Martín y haciendo esquina con la calle de San Nicolás, antigua entrada de los peregrinos, se levanta el denominado Palacio de los Reyes de Navarra, conocido también como «Palacio de los Duques de Granada de Ega», único edificio románico de carácter civil existente en la Comunidad Foral.

De esta antigua construcción de finales del siglo XII conocemos su forma rectangular, pero desgraciadamente hemos perdido la organización de los espacios internos. Su elemento más significativo es la fachada principal, situada frente a la escalinata de San Pedro de la Rúa.

Articulada en dos pisos, el inferior está formado por una galería de cuatro arcos de medio punto apeados en recios pilares prismáticos. El superior presenta cuatro grandes ventanales, divididos cada uno en su espacio interno por otros cuatro arquillos ligeramente apuntados que se apoyan en finas columnas encapiteladas. Sobre ellos, una cornisa con canecillos esculpidos. En un momento posterior, se recreció el edificio mediante un tercer cuerpo, calado con saeteras, y dos torreones en los ángulos.

Para lograr un mayor realce decorativo, se colocaron en los extremos dos columnas superpuestas, que enmarcan la fachada. Sus capiteles, dos vegetales y dos historiados, representan temas que no son ajenos a la iconografía usual en los templos: en uno, vemos el combate de caballeros —Capitel de Roldán y Ferragut— y en el otro, una terrorífica visión infernal: dos avaros, de cuyos cuellos cuelgan las bolsas del dinero, caminan hacia su castigo cogidos por un cepo; a su lado, los condenados se queman en una caldera que vigilan cuatro feroces diablos.

La columna inferior que enmarca por el lado izquierdo la fachada del palacio queda rematada por un capitel en el que se representa la lucha de dos caballeros. La escena del torneo, tan popular en el arte románico, queda aquí individualizada por sendas inscripciones talladas al lado de cada uno de los personajes, que nos informan de su identidad: los legendarios Roldán, paladín de Carlomagno, y Ferragut, gigante moro. El capitel recoge el momento en que el héroe cristiano vence al musulmán al atacarle en su único punto débil: el ombligo.

El tema narra un hecho fabuloso acaecido en las proximidades de Nájera (La Rioja), durante la retirada de Carlomagno de su incursión por el Ebro, y que fue recogido en la Crónica del Pseudo-Turpin, obra francesa fechada hacia 1160.

Tirante el Blanco (Tirant lo Blanch en su título original en valenciano) es una novela caballeresca (expresión de Martí de Riquer) del escritor valenciano Joanot Martorell y que se suponía concluida por Martí Joan de Galba —idea que aún hoy no se descarta—, publicada en Valencia en 1490, en pleno Siglo de Oro valenciano.

Es uno de los libros más importantes de la literatura universal y obra cumbre de la literatura en catalán, siendo la primera novela caballeresca impresa en el ámbito peninsular (anterior al Amadís de Gaula).

En el siglo XV se escribía Tirant lo Blanch, con una hache final propia de la lengua medieval, pero las normas ortográficas oficiales prescinden de esta hache y se suele escribir Tirant lo Blanc (manteniendo sin embargo la forma medieval del artículo determinado). El título tiene traducción desde antiguo al castellano como Tirante el Blanco. Cervantes debió de conocer la obra a través de una traducción castellana anónima (Valladolid, 1511) y sin nombre de autor. El libro debía de ser por entonces muy raro, y de autor desconocido, por lo que probablemente Cervantes ni siquiera sabía que estaba originalmente escrito en valenciano.

), fue una escritora y humanista española, preceptora de la reina Isabel la Católica y sus hijos. Fue una de las mujeres más cultas de su época. Hay autores que fechan su nacimiento en 1464 ó 1474.

Beatriz Galindo nació en una familia de hidalgos de origen zamorano, anteriormente acaudalada, venida a menos. De entre sus hermanas, fue elegida para ser monja, para lo que sus padres decidieron que tomase clases de Gramática en una de las instituciones dependientes de la Universidad de Salamanca. Mostró grandes dotes para el latín, no sólo en la traducción y lectura de los textos clásicos, sino que también era capaz, a los quince años, de hablar con gran corrección en latín. Su fama se extendió primero por Salamanca y después por todo el reino y empezó a ser conocida como «La Latina». Le atraía especialmente Aristóteles. En 1486, cuando se estaba preparando para ingresar en el convento como monja, fue llamada por la reina Isabel la Católica a la Corte. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo describió a Beatriz Galindo como:

...muy grande gramática y honesta y virtuosa doncella hijadalgo; y la Reina Católica, informada d'esto y deseando aprender la lengua latina, envío por ella y enseñó a la Reina latín, y fue ella tal persona que ninguna mujer le fue tan acepta de cuantas Su Alteza tuvo para sí.

, boda para la que los Reyes Católicos le dieron una dote de 500.000 maravedíes, tuvo dos hijos, Fernán y Nuflo. Enviudó en 1501, retirándose de la corte y asentándose su residencia en Madrid, el que hoy es el Palacio de Viana.

y del convento de la Concepción Jerónima en Madrid (al que legó su biblioteca) y se le atribuyen poesías latinas y unos Comentarios a Aristóteles. Escribía poesía en latín y había estudiado teología y medicina.

El barrio de La Latina de Madrid toma su nombre del apodo de Beatriz Galindo, pues fue el barrio madrileño donde vivió. También existen estatuas suyas en Salamanca, su ciudad natal, y en Madrid. En Madrid, en la calle Goya 10, está el Instituto de Enseñanza Secundaria Beatriz Galindo. En Motril, provincia de Granada, también existe un instituto de enseñanza secundaria cuyo nombre es Beatriz Galindo, «La Latina». En Marbella, Málaga, también hay un Colegio de Enseñanza Infantil, Primaria y Secundaria con el nombre de Colegio La Latina. Y en Bollullos de la Mitación, provincia de Sevilla, se encuentra un colegio de educación primaria llamado colegio público Beatriz Galindo. En Salamanca también hay un colegio de educación infantil y primaria que toma el nombre de Beatriz Galindo. Además, un Airbus 340-313x de la flota Iberia, matrícula EC-GUQ, fue bautizado con el nombre de esta humanista.

Sus padres fueron el regidor Juan Ramírez de Oreña y su madre Catalina de Ramírez de Cobreces. Ambos eran cántabros, naturales de San Vicente de la Barquera, y se establecieron en Madrid. En la corte de Enrique IV fue escribano en Segovia y alcaide de Toledo. Los Reyes Católicos le confirmaron en su puesto. Fue designado Capitán General de Artillería en la campaña de Zamora, de donde le vino su apodo. Fue recompensado por la Corona numerosas veces por sus exitosas campañas. Participó decisivamente en la campaña de Málaga, por lo que Fernando el Católico lo nombró secretario real y lo armó caballero. Le fue otorgado el cortijo de Bornes, en Jaen y distintas propiedades en Granada. Tras la conquista y toma de Granada, regresó a Madrid, donde acumuló múltiples propiedades. Todos los terrenos comprendidos entre el Paseo del Prado y el paseo de las Delicias, así como las dos riberas del arroyo de Atocha eran suyos. Se casó, en segundas nupcias, en diciembre de 1491 con Beatriz Galindo, escritora, humanista y preceptora de la reina Isabel la Católica, con la que tuvo dos hijos, Fernán y Nuflo; tuvieron su residencia en el actual Palacio de Viana en Madrid. Murió en 1501, al combatir una insurrección de los mudéjares de la Sierra de Ronda.

El Hospital de la Concepción de Nuestra Señora, más conocido como Hospital de la Latina, fue un hospital que se fundó en Madrid, España, en 1499 y ya desde su construcción se le llamó popularmente La Latina, por el apodo de su fundadora, Beatriz Galindo.

El pequeño hospital, en la calle de Toledo, tenía dos zonas destinadas a enfermos: la primera para seglares y la segunda para religiosos. Durante la Guerra de la Independencia se destinó a hospital militar y sobrevivió hasta 1906 en que fue derribado debido al ensanche de la calle. La portada, con arco apuntado, tres esculturas en la parte superior coronadas con doseletes góticos y los escudos de sus fundadores, fue desmontada y se trasladó a la Escuela de Arquitectura de Madrid.

), de nombre completo María Pacheco y Mendoza. Noble española. Fue esposa del general comunero Juan de Padilla; tras la muerte de su marido asumió desde Toledo el mando de la sublevación de las Comunidades de Castilla hasta que capituló ante el emperador Carlos en febrero de 1522.

Hija de Íñigo López de Mendoza y Quiñones (I Marqués de Mondéjar y II conde de Tendilla, conocido como el Gran Tendilla) y de Francisca Pacheco (hija de Juan Pacheco, I marqués de Villena). Nace en Granada donde su padre fue nombrado por los Reyes Católicos alcalde perpetuo de la Alhambra, en el palacio del sultán Yusuf II.

Tuvo ocho hermanos, entre ellos Luis Hurtado de Mendoza y II Marqués de Mondejar; Francisco de Mendoza, obispo; Antonio de Mendoza, Virrey en las Indias, y Diego Hurtado de Mendoza, embajador y gran poeta.

María adoptó el apellido materno para diferenciarse de otras dos hermanas, que se apellidaban Mendoza, con las que compartía el nombre. Se desconoce la fecha de su nacimiento, aunque hay documentación donde se declara que en la fecha de su boda en Granada, con Juan de Padilla, el 18 de agosto de 1511, tenía quince años.

Educada junto con otros de sus hermanos en el ambiente renacentista de la pequeña corte del Gran Tendilla, María era una mujer culta, con conocimientos de latín, griego, matemáticas, letras e historia. De niña presenció en 1500 los acontecimientos de la primera sublevación morisca desde su casa en el Albaicín.

Con 14 años de edad (10 de noviembre de 1510), se acuerdan sus esponsales con Juan de Padilla, caballero toledano de rango inferior al de los Mondéjar (lo que parece no fue de su agrado). En los escritos de la época, ella aparece como Doña María Pacheco, mientras que su marido recibe el trato de Juan de Padilla. En dicho acuerdo se le obliga a renunciar a sus derechos de herencia paterna a cambio de una dote de cuatro millones y medio de maravedíes.

En 1511 se produce el matrimonio y en el año de 1516 nace su único hijo, Pedro, que murió niño. Ese año falleció también el rey Fernando el Católico y es nombrado rey de Castilla y Aragón el futuro emperador Carlos I.

Al suceder Juan de Padilla a su padre en el cargo de Capitán de gentes de armas, el matrimonio se trasladó a Toledo en 1518. María Pacheco apoyó y quizá instigó a su pacífico marido para que, en abril de 1520, tomase parte activa en el levantamiento de las Comunidades en Toledo. A continuación, Juan de Padilla acude con las milicias toledanas en auxilio de Segovia para, junto a las milicias mandadas por Juan Bravo, regidor de Segovia, combatir las fuerzas realistas de Rodrigo Ronquillo. El 29 de julio de 1520 se constituye en Ávila la Santa Junta, nombrándose a Juan de Padilla capitán general de las tropas comuneras.

Sin embargo, las rivalidades entre los comuneros provocan su sustitución por Pedro Girón y Velasco, ante lo cual, Padilla regresa a Toledo. Cuando Girón deserta en diciembre al bando realista, Padilla vuelve a Valladolid con un nuevo ejército toledano (31 de diciembre de 1520). Sus tropas toman Ampudia y Torrelobatón. Sin embargo, de nuevo surgen disensiones dentro del ejército comunero. Todo ello provoca el debilitamiento de los sublevados, que son derrotados en una desigual batalla el 23 de abril de 1521 en Villalar.

En ausencia de Padilla, María gobierna Toledo hasta la llegada el 29 de marzo del obispo de Zamora Antonio de Acuña, cuando se ve obligada a compartir el poder con él. Al recibir las malas noticias sobre Villalar, María cae enferma y se viste de luto. Sin embargo, en vez de abandonar, María Pacheco va a liderar la última resistencia de las Comunidades en Toledo. Dirige, desde su casa primero y desde el Alcázar después, la resistencia a las tropas realistas, estacionando defensores en las puertas de la ciudad y mandando traer la artillería desde Yepes, implantando contribuciones y nombrando capitanes de las tropas comuneras toledanas. Tras rendirse Madrid el 7 de mayo, solo resistía Toledo. Ante ello, el resto de los dirigentes comuneros de la ciudad se inclinan por capitular, pero ella logra evitar la rendición. Incluso el obispo Acuña huye el 25 de mayo intentando llegar a Francia. Parte de la rivalidad con Acuña se debía a su intención de lograr la mitra toledana, primada de España, que María deseara para su hermano Francisco de Mendoza.

María Pacheco llegaría a prolongar la resistencia nueve meses después de la batalla de Villalar aunque este hecho se deba, más que a la feroz resistencia, a que el ejército real tuvo que acudir a Navarra para combatir una invasión francesa. Para mantener el orden en Toledo, María llegó a apuntar los cañones del Alcázar contra los toledanos. El 6 de octubre requisa, entrando de rodillas en el Sagrario de la Catedral, la plata que allí se contiene para poder pagar a las tropas.

Mientras tanto las tropas realistas, con diversos combates de abril a agosto, cercan finalmente Toledo. El 1 de septiembre de 1521 comenzó el bombardeo. El 25 de octubre de 1521 se firmó una tregua favorable para los sitiados, el llamado armisticio de la Sisla, de modo que los comuneros evacuaron el Alcázar, aunque conservando las armas y el control de la ciudad. Esta situación inestable culminó el 3 de febrero de 1522 con un nuevo alzamiento de la ciudad, en el que María Pacheco y sus fieles toman el alcázar y liberan a los comuneros presos. No obstante, la sublevación es sofocada por las tropas realistas al día siguiente. Gracias a la connivencia de algunos de sus familiares, que militaban en el bando realista, María Pacheco logra huir disfrazada de la ciudad con su hijo de corta edad y se exilia en Portugal.

Exceptuada en el perdón general del 1 de octubre de 1522 y condenada a muerte en rebeldía en 1524, María subsiste en Portugal con dificultades. Aunque Juan III de Portugal no responde a las peticiones de expulsión que le llegan desde la corte castellana, María no tiene más remedio que subsistir de la caridad, del arzobispo de Braga primero, y del obispo de Oporto, Pedro de Acosta, después.

A pesar de los intentos de sus hermanos, Luis Hurtado de Mendoza, marqués de Mondéjar, y Diego Hurtado de Mendoza (embajador de Carlos I), María Pacheco no logró el perdón real, viviendo en Oporto (Portugal) hasta su muerte en marzo de 1531. Fue enterrada en la catedral de Oporto, ante la negativa de Carlos I a que sus restos se trasladasen a Villalar, para que descansaran junto a los de Juan de Padilla, su esposo.

La Batalla de Villalar fue el episodio decisivo de la Guerra de las Comunidades en la que se enfrentaron las fuerzas imperiales de Carlos I y las de la Junta Comunera capitaneadas por Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, ocurrida el 23 de abril de 1521 en la localidad de Villalar (hoy Villalar de los Comuneros, provincia de Valladolid, España).

El ejército comunero se encontraba acuartelado en la localidad vallisoletana de Torrelobatón, tras haberla tomado en el mes de febrero de 1521. Juan de Padilla mantenía a sus hombres dentro del castillo a la espera de poder partir hacia Valladolid o Toro. Mientras tanto, el ejército de Carlos V se instalaba en Peñaflor de Hornija, esperando movimientos del ejército comunero.

El ejército comunero salió el 23 de abril de 1521 de madrugada hacia Toro, ciudad levantada en comunidad. Era un día de lluvia, el menos propicio para hacer un desplazamiento militar. Los soldados del ejército comunero habían presionado horas antes a Padilla para que realizara algún movimiento en la zona. Éste decidió partir hacia Toro en busca de refuerzos y aprovisionamiento. El ejército fue recorriendo el camino hacia Toro, cuando, a la altura de Vega de Valdetronco, la batalla ya era inevitable. La lluvia seguía cayendo con fuerza, y Padilla se vio obligado a buscar un lugar propicio donde presentar la batalla.

La primera localidad elegida fue Vega de Valdetronco, pero el ejército no atendía a las órdenes que él daba. La siguiente localidad en el camino hacia Toro, pasada Vega de Valdetronco, era Villalar, y aquel fue el lugar donde se desarrollaría la batalla.

El ejército comunero, en clara inferioridad respecto a las tropas de Carlos V, intentó que la batalla se produjera dentro del pueblo. Para ello, instalaron los cañones y demás piezas de artillería en las calles del mismo.

La contienda fue toda una masacre, y al anochecer en el pueblo tan sólo se oía el gritar de los comuneros heridos que yacían en los campos mientras eran rematados. Los principales capitanes comuneros, Padilla, Bravo y Maldonado, fueron apresados con vida, recluidos y puestos en espera de ser juzgados.

Los soldados del ejército comunero que lograron huir, lo hicieron en su mayoría a Toro y una parte del maltrecho ejército pasó a Portugal por la frontera de Fermoselle. El resto se reunió con Acuña en Toledo, reforzando la resistencia de la ciudad del Tajo varios meses más. La batalla se saldó finalmente con la muerte de 500 a 1.000 soldados comuneros y la captura de otros 6.000 prisioneros.

Nació en Granada en 1496. Su padre acordó casarla con Juan de Padilla, sobrino del comendador mayor de la Orden de Calatrava, quien años después lideraría la revuelta comunera contra Carlos I. Tras ser ajusticiado, María enarboló en Toledo la causa de su esposo poniendo en jaque al rey.

El 23 de abril de 1521, los comuneros castellanos eran derrotados en Villalar por las tropas imperiales de Carlos I. Sin embargo, aún quedó en la ciudad de Toledo un último bastión defendido por una mujer determinada a resistir hasta el fin. De ella se dijo que fue leona de Castilla,brava hembra y centella de fuego.

María Pacheco nació en 1496 en el palacio de la Alhambra (Granada), lugar donde residían sus padres, don Íñigo López de Mendoza —conde de Tendilla y primer marqués de Mondéjar— y doña Francisca Pacheco, hija del primer marqués de Villena. La circunstancia de tomar el apellido materno se debió, en buena parte, a que quiso diferenciarse de su hermana mayor, llamada igual que ella, y de otra natural de su padre a la que pusieron idéntico nombre.

En sus años infantiles recibió una exquisita educación propiciada por el ambiente culto que predominaba en su casa familiar y, en ese sentido, fue muy versada en las disciplinas de latín, griego, matemáticas, historia y literatura, con especial predilección por la poesía.

Su adolescencia fue esplendorosa, lo que hizo presumir una magnífica boda con algún pretendiente de alta alcurnia, tal y como había ocurrido con el resto de sus hermanos. Pero el padre pensó otra cosa y el 10 de noviembre de 1511 estableció un acuerdo matrimonial con el toledano Juan de Padilla, a la sazón sobrino del comendador mayor de la Orden de Calatrava, con quien los Mendoza deseaban estrechar lazos de amistad.

La temperamental María se rebeló contra esta decisión arbitraria, aunque el dictado de los tiempos imponía este tipo de costumbres y la joven tuvo que asumir un matrimonio en principio no deseado, ya que pensaba que el novio no alcanzaba categoría suficiente para emparentar con su familia por ser miembro de la nobleza menor.

No obstante, la boda se llevó a cabo en enero de 1515, y al año siguiente nació Pedro, único descendiente de una pareja que cada vez se profesaba más amor. En esa época, Padilla ocupó el puesto de capitán de las gentes de armas en Toledo que había ejercido su padre hasta su fallecimiento. Allí se fue con su familia. El traslado coincidió con los primeros capítulos de gobierno del monarca español Carlos I, cuya actuación desató una airada respuesta por parte de las ciudades castellanas. Éstas consideraban que los asesores extranjeros que traía consigo el rey y los excesivos tributos establecidos en Castilla menoscababan la autonomía y el realce económico adquiridos por estas ciudades hispanas en decenios anteriores.

Finalmente, las tumultuosas reuniones de los cabildos castellanos desembocaron en un conflicto fratricida conocido como guerras de las Comunidades. En la contienda Juan de Padilla asumió la capitanía del ejército revolucionario con iniciales victorias que incitaron al optimismo en las filas comuneras.

Sin embargo, la potencia de las tropas imperiales sumada a la decisión, contraria de Juana la Loca a secundar aquella iniciativa contra su hijo provocaron serios reveses a la causa de los comuneros hasta concluir en su total derrota en la batalla de Villalar, celebrada el 23 de abril de 1521.

Un día más tarde, Juan Bravo, Francisco Maldonado y el propio Juan de Padilla —cabecillas de la revuelta— eran ajusticiados y sus cabezas expuestas como escarmiento. En principio, se creyó que el conflicto había llegado a su fin, empero, la dolida y ahora viuda María Pacheco decidió clavar la bandera comunera en la ciudad de Toledo, donde recibió apoyo incondicional de casi toda la población y de algunos líderes rebeldes supervivientes.

La resistencia toledana se prolongó durante meses con la Pacheco parapetada en el Alcázar de la ciudad hasta que los ejércitos del rey lograron rendir la plaza, no sin antes rubricar algunos acuerdos ventajosos para los sitiados. Si bien, aquellos días de obstinación habían supuesto para el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico una pequeña humillación encarnada en la figura de aquella indómita fémina. Jamás sería perdonada por esta afrenta y fue irreversiblemente condenada a muerte, pena capital de la que se pudo librar escapando de Toledo, amparada por la noche y vestida de humilde campesina.

La conocida popularmente como Leona de Castilla logró llegar a Portugal para instalarse en las cercanías de Oporto, donde vivió de forma muy modesta los últimos años de su vida. Falleció en marzo de 1531, cuando contaba 35 años de edad. La causa de la muerte, según los galenos que la atendieron, fue un terrible dolor en el costado. Sus restos jamás se pudieron unir a los de su amado esposo, pues nadie quiso incomodar con esta petición y último deseo de la brava heroína al soberano que vio peligrar la estabilidad de su reino con la actuación de María Pacheco.

) fue una poetisa y novelista española que escribió tanto en lengua gallega como en lengua española. Considerada en la actualidad como un ente indispensable en el panorama literario del siglo XIX, representa junto con Eduardo Pondal y Curros Enríquez una de las figuras emblemáticas del Rexurdimento gallego, no sólo por su aportación literaria en general y por el hecho de que sus Cantares Gallegos sean entendidos como la primera gran obra de la literatura gallega contemporánea, sino por el proceso de sacralización al que fue sometida y que acabó por convertirla en encarnación y símbolo del pueblo gallego.Además, es considerada junto con Gustavo Adolfo Bécquer, como la precursora de la poesía española moderna.

Escribir en gallego en el siglo XIX, es decir, en la época en la que vivió Rosalía, no resultaba nada fácil por un gran número de razones, la gran parte de ellas ligadas al pensamiento y estructuración de la sociedad del momento. La lengua gallega había quedado reducida a un mero dialecto, tan despreciado como desprestigiado, mostrándose cada vez más distante aquella época en la que había sido el idioma vehicular de la creación de lírica galaicoportuguesa (en forma de galaicoportugués). Toda la tradición escrita había sido perdida, por lo que se hacía necesario comenzar desde cero rompiendo con el sentimiento de desprecio e indiferencia hacia la lengua gallega, pero pocos eran los que se planteaban la tarea, pues esta constituiría un motivo de desprestigio social. En un ambiente en el castellano era la lengua de la cultura al ser la lengua que la clase minoritaria dominante protegía, Rosalía de Castro rompió a cantar, concediéndole el prestigio merecido al gallego al usarlo como vehículo de su obra denominada Cantares Gallegos y afianzando el renacer cultural de la lengua.

Aunque fue una asidua cultivadora de la prosa, donde Rosalía sobresalió fue en el campo de la poesía, a través de la creación de las que pueden ser consideradas sus tres obras clave: Cantares Gallegos, Follas Novas y En las orillas del Sar. La primera de ellas representa un canto colectivo, artísticamente logrado, que sirvió de espejo dignificante a la comunidad gallega al emplearse la lengua de ésta, así como también fue útil para proseguir con la tendencia tímidamente iniciada por el pontevedrés Xoán Manuel Pintos con su obra titulada A Gaita Galega (1853). En la segunda, la escritora dio lugar a una poética de gran profundidad, que emplea el símbolo como método para expresar lo inefable y que revela la plurisignificación propia de la más elevada poesía; junto con las obras Aires da miña terra (Curros Enríquez), Saudades Gallegas (Valentín Lamas Carvajal) y Maxina ou a filla espúrea (Marcial Valladares Núñez) completa el conjunto de obras publicadas en la década de 1880 que hicieron de estos años una etapa clave en el desarrollo de la literatura gallega, si bien la obra de Rosalía siempre mantuvo una posición predominante con respecto al resto. Finalmente, en En las orillas del Sar se manifiesta un tono trágico que encaja con las duras circunstancias que rodearon los últimos años de la vida de Rosalía. Escrito en castellano, la obra ahonda en el lirismo subjetivo propio de Follas Novas al mismo tiempo que se consolidan las formas métricas que allí apuntaban. Inicialmente calificado de precursor y obviado por la crítica de su tiempo, hoy en día existen diferentes estudiosos que lo consideran como la principal creación poética de todo el siglo XIX.

En la actualidad, la figura de Rosalía de Castro y sus creaciones literarias continúan siendo objeto de una abundante bibliografía y recibiendo una constante atención crítica, tanto en el territorio español como en el extranjero. Es tal la aceptación y el interés que las obras de esta escritora despiertan en el mundo, que en las últimas décadas sus poemas han sido traducidos a idiomas como el francés, el alemán, el ruso y el japonés.

Nació en la madrugada del 24 de febrero de 1837 en una casa localizada en el margen derecho del Camiño Novo, la antigua vía de entrada a la ciudad de Santiago de Compostela para todos aquellos viajeros procedentes de Pontevedra.

, fue bautizada a las pocas horas de su nacimiento en la Capilla del Hospital Real por el presbítero José Vicente Varela y Montero, con los nombres de María Rosalía Rita y figurando como hija de padres desconocidos. Con frecuencia, los biógrafos de la escritora gallega han ocultado la condición eclesiástica de su padre, así como también trataron de obviar el hecho de que fue registrada como hija de padres desconocidos y que se libró de entrar en la Inclusa al hacerse cargo de ella su madrina María Francisca Martínez, fiel sirviente de la madre de la recién nacida.

«En veinte y cuatro de febrero de mil ochocientos treinta y seis, María Francisca Martínez, vecina de San Juan del Campo, fue madrina de una niña que bauticé solemnemente y puse los santos óleos, llamándole María Rosalía Rita, hija de padres incógnitos, cuya niña llevó la madrina, y va sin número por no haber pasado a la Inclusa; y para que así conste, lo firmo.»

Hasta cumplir los ocho años, Rosalía se encontró bajo la custodia de su tía paterna Teresa Martínez Viojo en la aldea de Castro de Ortoño, perteneciente al municipio coruñés de Ames. Es en esta época cuando la escritora toma conciencia de la dureza de la vida del labriego gallego, así como también será en esta parte de su vida cuando tenga conocimiento y vivencia del mundo rural propio de Galicia: la lengua, las costumbres, las creencias o las cantigas que tanto influyeron en su obra titulada Cantares Gallegos. Si bien no se conoce con exactitud la fecha en que la madre de Rosalía decide hacerse cargo de ella, se sabe que en torno al año 1850 la joven se traslada a la ciudad de Santiago de Compostela donde vivió junto a esta, aunque ya había convivido con anterioridad con ella en Padrón. Es en esta localidad gallega donde Rosalía recibió la instrucción que por aquel entonces era la más adecuada para una señorita (nociones básicas de dibujo y música), asistiendo de forma habitual a las actividades culturales promovidas por el Liceo de la Juventud junto con personalidades destacadas de la mocedad intelectual compostelana como Manuel Murguía (se duda si fue en este momento cuando conoce a Murguía o posteriormente, en su traslado a Madrid), Eduardo Pondal y Aurelio Aguirre. Todavía en la actualidad es motivo de discusión entre los diferentes críticos la relación que Rosalía mantuvo con Aurelio Aguirre, puesto que a pesar de que se desconoce si existió una relación sentimental entre ambos, la obra del mencionado sí que dejó huella en ciertos poemas de la escritora.

En abril de 1856, Rosalía se trasladó a Madrid junto con la familia de su parienta María Josefa Carmen García-Lugín y Castro, en cuya compañía habitó la planta baja de la casa número 13 de la calle Ballesta. No se conoce con exactitud cuál fue el motivo que llevó a mudarse a la escritora, aunque Catherine Davis creyó posible que este hecho fuese debido al escándalo desencadenado a raíz del Banquete de Conxo, en el que desenvolvieron un papel relevante varios miembros del Liceo, como fueron Aguirre o Pondal. Un año después de llegar a Madrid, Rosalía publicó un folleto de poesías escrito en lengua castellana que recibió el título de La flor, siendo este acogido con simpatía por parte de Manuel Murguía, quien hizo referencia a él en La Iberia.

Posiblemente fue en Madrid, y no en el Liceo, donde Rosalía conoció a Murguía, con quien contrajo matrimonio el 10 de octubre de 1858 en la iglesia parroquial de San Ildefonso. Fue un amigo común el que posibilitó que ambos entablasen una relación que finalmente acabó en boda. Respecto de la relación que existió entre la pareja la crítica rosaliana sugiere diversas hipótesis, que van desde idílicos cuadros conyugales hasta posturas más que matizadas, que tomando como referencia escritos atribuidos a la poetisa, dibujan la psicología de una mujer solitaria, carente de felicidad y escéptica ante el amor. Sin embargo, Murguía fue la primera de las personas que animó a Rosalía en su quehacer literario, siendo él el responsable de la publicación de Cantares Gallegos. Tampoco le escatimó ni apoyo social ni intelectual en una época en la que la condición femenina era considerada como minusválida. Al año siguiente de casarse, Rosalía dio a luz en Santiago de Compostela a su primera hija, llamada Alejandra. A esta siguieron Aura (1862), que vino al mundo en el mismo año que feneció la madre de Rosalía; los gemelos Gala y Ovidio (1871); Amara (1873); Adriano Honorato (1875), que falleció a los diecinueve meses al precipitarse desde una mesa, y Valentina (1877), que nació muerta. Todos los hijos de Rosalía de Castro nacieron en Galicia, ya fuese en Lestrove, A Coruña o Santiago de Compostela.

El domicilio del matrimonio cambió en múltiples ocasiones, a lo que se añadió una separación del mismo a causa de las actividades profesionales de Murguía y graves problemas económicos derivados tanto de la inestabilidad laboral del mismo como de la parca salud de Rosalía. Todos estos factores configuran un panorama vital que contribuye a explicar la hipersensibilidad y el pesimismo de la escritora. En 1859, el matrimonio estaba residiendo en La Coruña. Luego pasa a Madrid, de donde Rosalía regresa a Santiago (1861) para volver a la capital española. Con posterioridad, existen referencias que permiten afirmar la presencia de la poetisa en Lugo y Santiago, además de algunos viajes que realizó el matrimonio a Extremadura, Andalucía, Castilla La Mancha y Levante. En el mes de septiembre de 1868 se produjo el levantamiento revolucionario español, conocido como La Gloriosa, pasando Murguía de ser secretario de la Junta de Santiago a director del Archivo de Simancas, cargo que ejerció durante dos años. A partir de este momento, la vida de Rosalía se desenvolvió entre Madrid y Simancas, siendo en la ciudad vallisoletana en la que escribió gran parte de las composiciones recogidas en Follas Novas. Es conveniente aclarar que en estos mismos años, es cuando se produjo el encuentro entre Rosalía de Castro y Gustavo Adolfo Bécquer. Desde 1871, Rosalía no sale de Galicia. Vivió a partir de este año en las Torres de Lestrove (donde residían sus parientes los Hermida de Castro), en Dodro (La Coruña), en Santiago de Compostela y Padrón, donde prácticamente se instala en 1875.

Los últimos años de la vida de Rosalía transcurrieron en la comarca de Padrón, lugar en el que se había consumido su infancia, así como buena parte de su juventud. La Casa grande de Arretén, nombre popular con que el que se conocía al pazo en el que había nacido su progenitora, ya no era de la propiedad de la familia, factor que propició que la escritora tuviese que residir en las Torres de Lestrove entre 1879 y 1882 mientras su marido se encargaba de la dirección en Madrid de La Ilustración Gallega y Asturiana. Finalmente, se trasladó junto con su familia a la casa llamada de La Matanza, situada en la parroquia de Iria.

Rosalía nunca disfrutó de una buena salud, pareciendo predestinada desde su juventud a una muerte temprana. De hecho, en las pocas cartas que se conservan y que ésta envió a su marido, con frecuencia se alude a las continuas dolencias que la atenazaban. Poco tiempo antes de fallecer, la escritora decidió pasar una temporada a las orillas del mar y por ello se trasladó a Santiago de Carril. Cierto tiempo después regresó al lugar de La Matanza, donde el cáncer de útero que padecía se fue complicando progresivamente desde 1883, mermando cada vez más a la ya de por sí débil salud de la escritora. Tras tres días de agonía falleció al mediodía del miércoles 15 de julio de 1885, en su casa de La Matanza, a consecuencia de una degeneración cancerosa del útero. El cuerpo inánime recibió sepultura al día siguiente en el cementerio de Adina, localizado en Iria Flavia, que curiosamente había sido cantado en una composición de Rosalía de Castro. No obstante, su cadáver fue exhumando el 15 de mayo de 1891 para ser llevado solemnemente a Santiago de Compostela, donde fue nuevamente sepultado en el mausoleo creado específicamente para la escritora por el escultor Jesús Landeira, situado en la capilla de la Visitación del Convento de Santo Domingo de Bonaval, en el presente Panteón de Galegos Ilustres.

Resultan especialmente ilustrativas las fidedignas líneas escritas por González Besada sobre los últimos momentos de Rosalía: «...recibió con fervor los Santos Sacramentos, recitando en voz baja sus predilectas oraciones. Encargó a sus hijos quemasen los trabajos literarios que, ordenados y reunidos por ella misma, dejaba sin publicar. Dispuso se la enterrara en el cementerio de Adina, y pidiendo un ramo de pensamientos, la flor de su predilección, no bien se lo acercó a los labios sufrió un ahogo que fue comienzo de su agonía. Delirante, y nublada la vista, dijo a su hija Alejandra: abre esa ventana que quiero ver el mar, y cerrando sus ojos para siempre, expiró...». Sin embargo, desde Padrón es imposible ver el mar. Por ello resultan enigmáticas estas palabras puestas en boca de una persona para quién el mar fue una perenne tentación de suicidio.

Fue en 1863 cuando Manuel Murguía hizo entrega al impresor vigués Juan Compañel del manuscrito rosaliano de Cantares Gallegos, obra iniciadora del Rexurdimento pleno. Para comprender el origen de ésta, hay que tener presentes factores tales como la familiaridad de la poetisa con la música popular, la reivindicación romántica de las culturas tradicionales y de sus manifestaciones populares. Tal fue el éxito alcanzado por la obra que Rosalía de Castro fue invitada a participar en los Juegos Florales de Barcelona, aunque declinó el ofrecimiento. Además, escritores lusos de la generación de 1865, como son Antero de Quental o Teófilo Braga,manifestaron con prontitud su admiración por el libro, para en 1868 ser vertidos al catalán dos de los poemas de éste por parte de Víctor Balaguer.

El libro está enmarcado entre los poemas uno y treinta y seis, siendo prólogo y epílogo respectivamente. Además manifiesta una estructura circular al iniciarse con una composición en la que toma la voz una joven a quién convidan a cantar y al finalizar con la misma voz de la muchacha que se disculpa por su falta de habilidad para cantar las bellezas de Galicia.

De este modo, los poemas restantes quedan enmarcados por los que abren y cierran el discurso lírico y transformándose en una recreación de la artista popular que canta personalmente variopintos motivos, aunque en ciertos momentos le cede la voz a determinados tipos populares o incluso permite que en dos poemas hable la misma autora, concretamente en el número 25 y 33. En estos se hace evidente un yo lírico que puede entenderse como un método que Rosalía emplea con la intención de aparecer como un personaje popular más, dejándose patente su pertenencia a la comunidad rural.

Temática costumbrista: en un considerable número de composiciones predomina la descripción y la narración para presentar creencias, romerías, devociones o personajes característicos de la cultura popular gallega que Rosalía defendía frente a los estereotipos colonizadores.

Temática socio-patriótica: en este núcleo temático se engloban aquellas composiciones en las que la emigración, el abandono al que Galicia está condenada y la explotación de los gallegos en tierras extranjeras son los motivos a los que se recurre para criticar la situación de un pueblo gallego maltratado y reivindicar unos valores universales de justicia social.

En 1880, Rosalía de Castro editó en la capital española el que fue su segundo y último libro de versos en lengua gallega, titulado Follas novas. Muchos de los poemas que componen el libro fueron redactados durante la estancia de la familia en Simancas (1869 - 1870), aunque también existen algunas creaciones literarias que datan de la década de 1870 y que antes de aparecer en el libro ya habían sido publicados en la prensa. El poemario se halla dividido en cinco partes (Vaguedás, Do íntimo, Varia, Da terra e As viuvas dos vivos e as viuvas dos mortos) de extensión variable y que no responden a una planificación previa, sino a una ordenación posterior a la elaboración de los textos.

Calificada como la obra más rica y profunda de Rosalía, Follas novas fue y sigue siendo considerada por buena parte de la crítica como el libro de transición entre la poesía colectiva de Cantares gallegos y el radical intimismo de En las orillas del Sar, en el que se da cabida a poemas de corte popular hasta creaciones que tratan el paso del tiempo y la muerte. También se caracteriza por ser una obra que tiene como trasfondo una notable intención social, que se manifiesta en la denuncia que la autora hace de la marginación del sexo femenino, de los niños huérfanos y de los campesinos, especialmente de aquellos que se habían visto en la obligación de emigrar ante las pésimas expectativas económicas del páís.

El libro se abre con una dedicatoria de la autora a la Sociedade de beneficiencia dos naturales de Galicia en La Habana, de la que había sido nombrada socia honoraria. A continuación aparece el prólogo de Emilio Castelar, al que sigue un significativo preámbulo de la escritora (titulado Dúas palabras da autora), en el que se explica la característica cohesión existente entre lo personal y lo social, entre los sufrimientos íntimos y las desgracias colectivas, que constituye el eje central del poemario. En este preámbulo, Rosalía pone de manifiesto su intención de no volver a escribir en gallego (cosa que reitera en una carta escrita a Murguía en julio de 1881).

Alá van, pois, as Follas novas, que mellor se dirían vellas, porque o son, e últimas, porque pagada xa a deuda en que me parecía estar coa miña terra, difícil é que volva a escribir máis versos na lengua materna.

Los núcleos temáticos básicos de Follas novas son dos: por un lado se diferencia un tipo de poesía subjetiva, que se corresponde con los dos primeros apartados en que se estructura el libro (Vaguidades y Do íntimo), donde la autora desenvuelve un discurso existencial pesimista y angustiado. Por otro lado existe una poesía objetiva, correspondiente a los apartados cuarto y quinto (Da terra y As viúvas dos vivos e as viúvas dos mortos), en la que se insiste en el aspecto reivindicativo de lo popular y del hombre gallego, y donde se tratan temas que ya aparecieran en Cantares gallegos, como la emigración y la injusticia social.

En el apartado tercero (Varia) coexisten trazas de la poesía objetiva y la subjetiva enseñando el complejo carácter que ofrece la realidad en toda su extensión para servir de puente entre la subjetividad de Do íntimo y la objetividad de Da terra.

La obra poética, en la que el sentimiento constante y predominante es la saudade, nos ofrece una visión desolada del mundo y de la vida. También es reseñable la profundización en el yo que realiza la poetisa y que la lleva al descubrimiento de una saudade ontológica, un sentimiento misterioso e inefable de soledad sin relación con algo concreto, que esta vinculado a la radical orfandad del ser humano. Esta tara existencial que Rosalía analiza desde su propia vivencia, se percibe como el hallazgo final de un proceso en el que la desgracia va marcando su vida por medio del sufrimiento y del dolor, siendo éste último inevitable, como nos lo revela en el poema Unha vez tiven un cravo. Ante esta situación, la única solución es la huida o pérdida absoluta de la conciencia.

Toda la visión desolada de la vida se intensifica con la angustia existencial que se deriva de la omnipresencia de un fantasma que atenaza su vida y que se manifiesta de forma especial en el símbolo oscuro, vago y polisémico de la negra sombra.

Un año antes del fallecimiento de Rosalía, ésta publicó el que resultó ser su último libro de poemas, titulado En las orillas del Sar escrito íntegramente en lengua castellana. Aún no hay consenso entre la crítica literaria con respecto a la fecha en la que fueron creados los poemas recogidos en este libro. Sin embargo, las palabras de González Besada en su discurso de ingreso a la Real Academia Española marcaron a la crítica posterior, pues según el periódico El Progreso de Pontevedra, afirmaba que las creaciones ahora recogidas En las orillas del Sar han visto la luz pública en 1866. Por el momento han sido infructuosas todas las búsquedas del susodicho periódico, por lo que tampoco se puede afirmar que en él se encontrasen plasmadas las poesías rosalianas.

Lieders (en lengua castellana, año 1858): este artículo publicado en El Álbum del Miño (Vigo) constituye el primer escrito en prosa en lengua castellana publicado por Rosalía de Castro, posiblemente como consecuencia de los comentarios favorables de Manuel Murguía y Benito Vicetto con respecto a su introducción en el ámbito poético.

La hija del mar (en lengua castellana, año 1859): su permanencia en Muxía le inspiró la ambientación de esta obra en prosa, que además fue la primera de las novelas de Rosalía. En ella se desenvuelve el tema del temperamento femenino, tratándose de un relato de marcado carácter reivindicativo en el que dos mujeres intentan defender su honra en medio de un ambiente predominantemente femenino.

Flavio (en lengua castellana, año 1861): en esta obra aparece por primera vez el tema del amor desengañado, siendo recurrente en la poesía que cultivó a partir de este momento. Se trata de una novela de la etapa de la juventud de la autora, quién la define como un «ensayo de novela».

El caballero de las botas azules (en lengua castellana, año 1867): considerada por la crítica la más interesante de las novelas de Rosalía y calificada por ésta como un «cuento extraño», constituye una enigmática fantasía satírica en la que la escritora gallega expone un surtido de relatos de corte lírico-fantástico con trazos costumbristas que tiene el objetivo de satirizar tanto la hipocresía como la ignorancia de la sociedad madrileña. Confluyen en su composición elementos provenientes de dos campos, como son la libre imaginación (influencia de E. T. A. Hoffmann) y la sátira realista de costumbres.

Hay en Madrid un palacio extenso y magnífico, como los que en otro tiempo levantaba el diablo para encantar a las damas hermosas y andantes caballeros. Vense en él habitaciones que por su elegante coquetería pudieran llamarse nidos de amor, y salones grandes como plazas públicas cuya austera belleza hiela de espanto el corazón y hace crispar los cabellos. Todo allí es agradable y artístico, todo impresiona de una manera extraña produciendo en el ánimo efectos mágicos que no se olvidan jamás.

Conto gallego (en lengua gallega, año 1864): apareció por primera vez en una publicación periódica en el año 1864, y hasta el descubrimiento de esta edición sólo se tenía conocimiento de la publicación realizada por Manuel de Castro y López en su Almanaque gallego de Buenos Aires, en el año 1923. El cuento refiere un motivo tradicional de la literatura misógina en la que dos amigos hacen una apuesta con la intención de demostrar cual de ellos logra seducir a la viúda el mismo día del entierro de su marido. El trazo característico del cuento es la economía narrativa: la trama se centra en el diálogo existente entre los personajes, mientras que la voz narradora limita sus intervenciones hasta lo imprescindible.

El cadiceño (en lengua castellana, año 1866): cuento de carácter satírico, en el que ciertos personajes se expresan en castrapo, una variante popular del castellano caracterizada por el uso de vocabulario y de expresiones tomadas del idioma gallego que no existen en castellano.

Ruinas (en lengua castellana, año 1866): es un cuadro de costumbres centrado alrededor de tres tipos humanos, tres habitantes de una pequeña villa, ejemplares por sus valores espirituales, que se sobreponen a su decadencia social.

Costumbres gallegas (en lengua castellana, año 1881): en este artículo, Rosalía critica la costumbre que existía en el litoral gallego de ofrecer una mujer de la familia al marinero recién arribado. Cumple destacar que el escrito fue objeto de críticas muy duras, dentro del territorio gallego.

El idioma que tenían a su disposición los iniciadores del Renacimiento romántico, que eran unos completos desconocedores de los textos medievales, era una lengua dialectal empobrecida, muy erosionado por la lengua oficial y fragmentada en variedades comarcales.

No se puede afirmar que Rosalía de Castro escribiese en un dialecto determinado, aunque su elástico sistema de normas linguísticas tenga como base geográfica las hablas de las comarcas bañadas por el Sar y el Ulla, con una clara tendencia al seseo. Como consecuencia de la precaria situación en la que se encontraba la lengua gallega escrita de la época, Rosalía solía emplear vulgarismos (probe en lugar de pobre, espranza en lugar de esperanza y dreito en lugar de dereito son algunos ejemplos), hipergalleguismos (concencia o pacencia son dos ejemplos) y castellanismos (dicha, Dios, conexo...). También son habituales en sus obras las variaciones léxicas (frores, frois, froles o dor, dore, delor) y morfológicas, cuando se adoptando diferentes soluciones para la formación del plural de las palabras agudas.

A pesar de todo, a Rosalía le interesa más la vivacidad que la pureza de la lengua gallega que usa para expresarse, lo que deja patente en el prólogo de Cantares gallegos. Es allí donde se dice que a pesar de carecer de gramáticas y de reglas que propiciarán la aparición de errores ortográficos, la autora puso su mayor cuidado en reproducir el verdadero espíritu del pueblo gallego.

Con la publicación de Cantares Gallegos en el año 1863 se alcanzó el momento culmen del Rexurdimento de las letras gallegas, así como se marcó un punto de inflexión en la historia de la literatura gallega. Con un elevado ejercicio lingüístico y literario, la escritora prestigió al gallego como lengua literaria (si bien este idioma ya había sido utilizado para la creación literaria, como sucede con la lírica galaicoportuguesa) y reivindicó su uso. Además, por medio de los temas tratados en Cantares Gallegos, Rosalía otorga a su obra un carácter sociopolítico reflejando las duras y pésimas condiciones bajo las que se encontraba la sociedad rural gallega, al mismo tiempo que reivindicaba al gallego frente al castellano, y a Galicia frente a España. Se puede decir que Rosalía pretendió defender y redescubrir a la cultura e identidad gallega, las cuales habían sido obviadas por la ideología centralista estatal. La huella de Cantares Gallegos quedó reflejada tanto en la posterior producción literaria como en el mismo pueblo gallego, que al verse reflejado en la obra rosaliana tomó conciencia de su propia dignidad. El éxito del libro se debió a la extraordinaria conexión que existió entra la escritora y las gentes de su región, llegándose al extremo de que el pueblo llegó a asumir un gran número de poemas y estrofas como versos comunitarios.

Con Follas novas Rosalía creó un universo nuevo y extremadamente personal, en el que el puro lirismo intimista alcanza la más alta realización artística, más allá de las vivencias estéticas, en una continua y angustiada pregunta sobre el sentido de la existencia humana. La poesía que se recoge en esta obra revela la conflictividad de un mundo en el que no existen valores eternos y verdades absolutas, y donde el ser humano se encuentra totalmente solo. Es la cosmovisión pesimista y angustiada la que trasluce la crisis de valores de la sociedad capitalista frente a la seguridad de la sociedad patriarcal, que aparece en descomposición por la acción de aquella.

La valoración de la obra rosaliana y la mitificación de la escritora se produjeron tras el fallecimiento de la misma, puesto que a lo largo de su vida esta fue permanentemente menospreciada y marginada, quedando fuera de escritos tan relevantes como La literatura en 1881 de Leopoldo Alas y Armando Palacio Valdés. Fue necesario esperar hasta los modernistas y la generación del 98 para que reconocieran en Rosalía a una creadora afín a su espíritu.

Los mayores promotores de Rosalía de Castro fueron los escritores del 98, quienes la dieron a conocer a través de sus escritos en toda la geografía española y en la América hispanohablante, valiéndose de su gran reconocimiento social y de la reedición de muchas de las páginas que fueron escritas por ellos y que versaban sobre la escritora. Principalmente, fueron Azorín y Miguel de Unamuno los más acérrimos valedores de Rosalía, quienes le dedicaron entre 1911 y 1912 un total de seis artículos que versaban sobre la escritora gallega. El resto de literatos noventayochistas no se pronunciaron en favor de Rosalía de Castro, y si lo hicieron fue de una forma muy tenue, como hizo Antonio Machado con una lacónica y tardía observación sobre la poetisa. Destacó también Ramón María del Valle-Inclán, pero en este caso por las duras críticas y juicios negativos que le dedicó a la obra rosaliana, a pesar de ser amigo de su marido, Manuel Murguía, quien se había encargado de la redacción del prólogo de la obra titulada Femeninas, del mismo Valle Inclán.

El independiente Juan Ramón Jiménez también se hizo eco de la obra rosaliana, dedicándole todo tipo de elogios y considerándola como la predecesora de la revolución poética iniciada por Rubén Darío. Considerándola una poeta del litoral, al igual que hacía con Bécquer, Jiménez le otorga el calificativo de innovadora y precursora del modernismo español.

En la actualidad, son varias las instituciones, espacios públicos y bienes de consumo designados con el nombre de Rosalía de Castro, poniendo esto de manifiesto el arraigo social que tiene la figura de la poetisa. De este modo, es posible encontrar centros de educación tanto en la Comunidad Autónoma de Galicia como en el resto de regiones de España, en Rusia o en Uruguay llamados igual que la escritora, a lo que se debe añadir numerosos parques, plazas y calles, asociaciones culturales, premios otorgados a personas íntimamente vinculadas a la lengua gallega y española, bibliotecas, agrupaciones folclóricas, coros musicales e incluso un vino con Denominación de Origen Rías Baixas. Sin embargo, resulta curioso que un avión de la compañía Iberia, así como una aeronave perteneciente a Salvamento Marítimo, hayan sido bautizados igual que la escritora. Obviamente, también son varios los monumentos (placas conmemorativas y esculturas principalmente) dedicados a su figura en diversos países del mundo.

, puesto que este sería substituido en 1987 por monedas de igual valor. El billete se distinguía por presentar en el anverso el retrato de Rosalía de Castro, grabado por Pablo Sampedro Moledo, así como por mostrar en el reverso la Casa-Museo de Rosalía sita en Padrón y unos versos con la caligrafía de su autora, pertenecientes a la obra Follas Novas. De esta forma, Rosalía de Castro se convirtió junto con Isabel la Católica, en el único personaje femenino no alegórico retratado en el anverso de un billete propiamente español.

En el año 711, miles de musulmanes se instalaron en las cercanías del Peñón y lo renombraron Jebel-Tarik; es decir, Montaña de Tarik (Gibraltar). Junto al mar y en el punto más meridional del lugar edificaron una mezquita. Durante la ocupación española de 1309-1333, la mezquita fue utilizada como templo cristiano.

En 1333 Gibraltar fue ocupado de nuevo por los árabes, que mantuvieron su dominio hasta 1462, año en el que reconquistó Gibraltar Don Rodrigo Ponce de León y convirtió la mezquita en templo cristiano en honor de Nuestra Señora de Europa. Además, se edificó una gran capilla perpendicular a la pared este de la mezquita, dando lugar al Santuario de Nuestra Señora de Europa. Allí se instaló una estatua de madera policromada en color rojo, azul y dorado de la Virgen sedente y con el Niño en sus brazos, ambos coronados. La Virgen sostiene en su mano derecha un cetro con tres flores que simbolizan el Amor, la Verdad y la Justicia.

En septiembre de 1540 el corsario turco Hali Hamat saqueó el Santuario, pero fue interceptado por la flota española bajo el mando de Benardino Mendoza, que lo derrotó cerca de Cartagena. El rey Felipe II construyó altos muros alrededor de la ermita para su protección.

En 1704, Gibraltar fue tomado por la flota británica y el Santuario fue nuevamente saqueado. Las estatuas de la Virgen y el Niño fueron mutiladas y arrojadas al mar, pero sus restos fueron hallados por un pescador que hizo entrega de los mismos al sacerdote Juan Romero de Figueroa, que llevó los restos de la estatua a Algeciras para ponerlos a salvo.

La restauración del Santuario abandonado comenzó en 1962 y en septiembre de este mismo año se celebró otra vez misa en el lugar. El 7 de octubre de 1968 se trasladó la imagen de Nuestra Señora de Europa al Santuario.

En 1973 se realizaron obras de ampliación y remodelación. En 1979, el Papa Juan Pablo II concedió a Nuestra Señora de Europa el título de Patrona de Gibraltar, a la vez que se trasladó su festividad al 5 de mayo, coincidiendo así con el Día de Europa.

En la ciudad de Sevilla existió gran devoción a la Virgen de Europa, sobre todo cuando en 1685 se fundó una Hermandad en torno a un lienzo con su imagen, al que se enmarcó en un modesto retablo en las llamadas Pasaderas de San Martín. A comienzos del siglo XVIII se realizó una imagen de talla y se construyó nueva capilla-retablo. Fue una corporación importante durante el siglo XVIII dedicada al culto de la Virgen (celebraba su función el 8 de septiembre)y a sacar a diario un Rosario público. Tras una época de decadencia, la Hermandad se restauró brevemente en 1849, trasladándose con la imagen y retablo a la vecina iglesia de San Martín, donde se venera en la actualidad. En el lugar donde se hallaba el retablo se denomina hoy la Plaza de Europa. (Cfr. Carlos Romero Mensaque: La Muy Ilustre Hermandad de Nuestra Señora de Europa de Sevilla, 1983).

Bernardino de Mendoza, de la Casa de Mendoza, Capitán general de las galeras de España. Nació en 1501. Era hijo de Íñigo López de Mendoza y Quiñones, primer marqués de Mondéjar. Fue Comendador de Mérida, miembro del Consejo de Estado, contador mayor de Castilla, teniente de Cartagena y primer alcaide de La Goleta.

Ya de muy joven se interesó por la mar, por lo que navego desde muy temprana edad en las galeras de España, hasta alcanzar un buen grado de domino y conocimientos, a lo que unió su fortuna personal permitiéndole el construir dos galeras y lanzarse a la búsqueda de corsarios y piratas berberiscos por todo el Mediterráneo occidental.

En estas correrías obtuvo pequeños éxitos, que le permitieron el alcanzar el número de doce galeras propias, tanto de las mandadas construir por él, como de las apresadas y convertidas a la usanza cristiana, sobre todo en la parte tocante al armamento.

Ya al mando de sus naves intervino en la Jornada de Túnez en el año de 1535, a cuyo mando estaba el propio rey don Carlos I, en la que tuvo una muy destacada actividad, por ello el Rey le dejó al mando de mil soldados y como gobernador y alcaide del fuerte de la Goleta.

Pasado un tiempo fue relevado de su cargo, por lo que de nuevo se lanzó a la mar a perseguir a la incesante piratería berberisca, volviendo a cosechar triunfos que le hicieron acreedor de grandes mercedes.

Ya en el año de 1540, se encontraba de viaje, habiendo zarpado del puerto de Mallorca, con rumbo al de Cartagena, cuando a mitad de la navegación recibió la noticia del Gobernador del Reino de Granada, de que los turcos había saqueado a Gibraltar, pero como iba justo de Infantería, decidió hacer regresar a la fragata que le había avisado y que el Gobernador prepara soldados para su embarque y así acudir al encuentro en total plenitud de medios.

El ataque a Gibraltar, lo llevó a cabo una escuadra procedente de Argel, al mando de Dali-Hamet, siendo su segundo jefe Caramani, el cual actuaba más por odio que por razón, pues había estado prisionero de don Alonso de Bazán de donde pudo fugarse, por estar ausente don Alonso en visita oficial en Toledo.

Sorprendieron a la ciudad el día diez de septiembre del año de 1540, se dedicaron como era su costumbre al saqueo, violación y captura de cristianos, pero a su vez fueron sorprendidos por la actitud de la población, ya que cada calle o plaza se convirtió en un fortín, esta resistencia inesperada, les obligó a abordar de nuevo sus buques en la noche y madrugada del día once, consiguiendo hacerse a la mar al amanecer del día doce.

Para hacer lo antes posible rentable su hazaña, se dirigieron a Vélez de la Gomera, pues el rey Muley Bahazon, era feudatario de España y esta fortaleza estaba bajo su jurisdicción. Al verlos llegar decidió lo antes posible el pagar el rescate y liberar a los cristianos, pasando aviso a Gibraltar de que ya estaban libres. En este punto es cuando recibe la noticia del saqueo don Bernardino.

Arribó a Cartagena y todo ya preparado, se embarcó a la tropa y se incorporaron a su escuadra dos nuevas galeras y un bergantín, con todos ellos zarpó y puso rumbo a bojear la costa andaluza, para asegurarse de que en ella no estaban los enemigo, confirmado esto y sabedor del último punto de recalada de la escuadra turca, cambió el rumbo a la isla de Alborán, donde lanzó las anclas en la noche del día treinta de septiembre, así estaba en una situación de privilegio, para con el bergantín en descubierta poder dar con la escuadra turca.

Mientras los dos jefes de la escuadra enemiga estaban en disputa, ya que Dali-Hamet se daba por satisfecho, pero Caramani quería realizar otra tentativa sobre la costa de Andalucía. En estas discusiones perdieron dos días que permanecieron en la mar, con la gente algo cansada y sin hacer prácticamente nada. Al cabo de este tiempo y no estando de acuerdo, decidieron precisamente el arrumbar a la isla de Alborán, para así poder estorbar el tráfico y estar a buen resguardo.

El día uno de octubre, don Bernardino envió al bergantín a realizar una descubierta, llevándose la sorpresa de que no habiendo navegado más de media legua, distinguió en el horizonte a la escuadra turca, calculándose a una distancia de tres leguas, por lo que viro dieciséis cuartas y regresó a su punto de partida, comunicó lo que sucedía y don Bernardino, ordenó que dos galeras salieran al encuentro, pero que en cuanto las tuvieran cerca regresaran, así no demostraba en aguas abiertas la verdadera fuerza de la que disponía.

Mientras se fueron preparando para el combate el resto, que se desplegaron en media luna. De pronto sonó un cañonazo, forma de advertir a don Bernardino y a toda su escuadra, que los enemigos ya venían detrás y convencidos de su victoria.

Para esconder más su presencia, las velas habían sido arriadas, por lo que solo se podía distinguir los palos, y llegados a una sexta parte de una legua, se apercibieron los turcos de que ya no tenían escapatoria, por lo que se entabló combate.

Éste fue una demostración de mucho valor y muy encarnizado, teniendo una duración de una hora y media, en la que los españoles sufrieron pérdidas, pero los turcos solo pudieron salvar a cuatro de sus galeras, quedando en manos españolas diez de sus vasos, uno hundido y otro que se hundió al poco tiempo cuando era remolcado; del total de dieciséis que llevaban los turcos.

En la acción cayó muerto Caramani, y prisionero Dali-Hamet, ellos tuvieron muchos muertos, se cautivaron a cuatrocientos veintisiete enemigos y se liberaron a ochocientos treinta y siete cristianos. Por parte española, se perdieron ciento treinta hombres, y como el doble de heridos, siendo don Bernardino el que sufrió la perdida parcial del movimiento de los brazos al recibir dos impactos de fechas y como remate un arcabuzazo en la cabeza, de su estado muy grave, tardó mucho tiempo en volver a recuperarse.

En 1690 se había levantado una ermita en el lugar que actualmente ocupa la capilla. Estaba consagrada a San Bernardo, patrón de Gibraltar y de su Campo y se encontraba en el cortijo de los Gálvez, una de las familias más prósperas de Gibraltar. La erección de la ermita había contado con la autorización del obispo de Cádiz Martín de Barcia Zambrano.

En 1704, tras la toma de Gibraltar por los británicos, un grupo de gibraltareños huidos construyeron sus casas en torno a la capilla. En principio eran edificios provisionales, pues se confiaba en que la ciudad se recuperaría pronto, pero con el paso del tiempo pasó a ser el germen de la futura nueva localidad. En la ermita se colocó la imagen de Nuestra Señora de Europa, venerada en Gibraltar, que se reconstruyó luego de la profanación del Santuario de Nuestra Señora de Europa gibraltareño tras el expolio de las tropas anglo-holandesas. Así, la capilla pasó a llamarse de la Virgen de Europa. La imagen original se devolvió a Gibraltar en 1864, a petición de los católicos que allí vivían, colocándose en su lugar una réplica encargada por el obispo gibraltareño en sustitución de la estatua original.

En el año 1721 la iglesia se convierte en parroquia auxiliar de la de Los Barrios para dar servicio a los habitantes de la nueva población. Su función parroquial prosiguió hasta 1736, fecha en la que se finalizó la construcción de la vecina Iglesia de Nuestra Señora de la Palma, volviendo capilla a su función de ermita, aunque con gran valor simbólico, pues representaba un gran hito histórico para la ciudad.

El tristemente célebre Terremoto de Lisboa de 1755 dañó seriamente la estructura del edificio, teniéndose que demoler y reedificar éste, cosa que ocurrió en el año 1769, dotándola entonces del empaque y la fachada barroca con la que ahora aparece. Fue saqueada en 1931 y luego vendida por el obispado a un particular, durante la década de 1940 estuvo en completo abandono como almacén de un taller de mecánica, posteriormente en 1943 fue restaurada por el ayuntamiento. En 1989 procedió a una nueva restauración, necesaria desde que se destruyó el edificio de su izquierda.

El diseño es del arquitecto Torcuato Cayón. Estructuralmente la iglesia consta de una sola nave muy alargada con doble acceso, frontal y lateral, con sus muros laterales reforzados con pilastras de sección rectangular y cubierta con bóveda de cañón que presenta lunetos y óculos sobre los muros. De su interior destaca el presbiterio, que se cubre con una hermosa cúpula sobre pechinas, profusamente decorada con relieves y pinturas barrocas que representan a los doce Apóstoles. Posee un camarín detrás del altar donde se encuentra entronizada la imagen de su titular, Nuestra Señora de Europa.

La ornamentación interior de la nave es barroca, y en ella destaca su entablamento corrido a lo largo de los muros laterales, donde se crean hornacinas con arcos de medio punto que hoy sirven para alojar las imágenes del Cristo de la Columna, la Virgen de las Lágrimas y San Francisco.

La fachada es de piedra y posee dos cuerpos de altura y espadaña. En dicha fachada destaca el juego de pilastras del primer cuerpo, sabiamente planteado para sostener el vuelo y apoyo para las cuatro columnas jónicas de fuste estriado que aparecen en el cuerpo superior, así como la hornacina que aparece entre ambos cuerpos sobre las molduras que decoran superiormente la puerta de acceso, y que se protege superiormente por la propia cornisa intermedia que la envuelve a modo de frontón central. En la hornacina hay una imagen de San Bernardo, patrón de la ciudad, colocada en tiempos recientes.

El diseño es del arquitecto Torcuato Cayón. Estructuralmente la iglesia consta de una sola nave muy alargada con doble acceso, frontal y lateral, con sus muros laterales reforzados con pilastras de sección rectangular y cubierta con bóveda de cañón que presenta lunetos y óculos sobre los muros. De su interior destaca el presbiterio, que se cubre con una hermosa cúpula sobre pechinas, profusamente decorada con relieves y pinturas barrocas que representan a los doce Apóstoles. Posee un camarín detrás del altar donde se encuentra entronizada la imagen de su titular, Nuestra Señora de Europa.

La ornamentación interior de la nave es barroca, y en ella destaca su entablamento corrido a lo largo de los muros laterales, donde se crean hornacinas con arcos de medio punto que hoy sirven para alojar las imágenes del Cristo de la Columna, la Virgen de las Lágrimas y San Francisco.

La fachada es de piedra y posee dos cuerpos de altura y espadaña. En dicha fachada destaca el juego de pilastras del primer cuerpo, sabiamente planteado para sostener el vuelo y apoyo para las cuatro columnas jónicas de fuste estriado que aparecen en el cuerpo superior, así como la hornacina que aparece entre ambos cuerpos sobre las molduras que decoran superiormente la puerta de acceso, y que se protege superiormente por la propia cornisa intermedia que la envuelve a modo de frontón central. En la hornacina hay una imagen de San Bernardo, patrón de la ciudad, colocada en tiempos recientes.

El diseño es del arquitecto Torcuato Cayón. Estructuralmente la iglesia consta de una sola nave muy alargada con doble acceso, frontal y lateral, con sus muros laterales reforzados con pilastras de sección rectangular y cubierta con bóveda de cañón que presenta lunetos y óculos sobre los muros. De su interior destaca el presbiterio, que se cubre con una hermosa cúpula sobre pechinas, profusamente decorada con relieves y pinturas barrocas que representan a los doce Apóstoles. Posee un camarín detrás del altar donde se encuentra entronizada la imagen de su titular, Nuestra Señora de Europa.

La ornamentación interior de la nave es barroca, y en ella destaca su entablamento corrido a lo largo de los muros laterales, donde se crean hornacinas con arcos de medio punto que hoy sirven para alojar las imágenes del Cristo de la Columna, la Virgen de las Lágrimas y San Francisco.

La fachada es de piedra y posee dos cuerpos de altura y espadaña. En dicha fachada destaca el juego de pilastras del primer cuerpo, sabiamente planteado para sostener el vuelo y apoyo para las cuatro columnas jónicas de fuste estriado que aparecen en el cuerpo superior, así como la hornacina que aparece entre ambos cuerpos sobre las molduras que decoran superiormente la puerta de acceso, y que se protege superiormente por la propia cornisa intermedia que la envuelve a modo de frontón central. En la hornacina hay una imagen de San Bernardo, patrón de la ciudad, colocada en tiempos recientes.

Con el apoyo del obispo de Málaga, González del Toro, comenzó sus estudios en el seminario de Málaga, hasta que se da cuenta de que no tiene vocación para el sacerdocio. El sucesor de González del Toro en el obispado, Gaspar de Molina, que continúa protegiendo a José, le envía a estudiar leyes a Salamanca. Se doctora en la universidad de Alcalá.

Cuando sube al trono Carlos III, su ministro Jerónimo Grimaldi lo hace su secretario personal. En 1762 es abogado de Cámara del príncipe Carlos (futuro Carlos IV) y en 1764, es Alcalde de Casa y Corte. De 1776 hasta 1787 es Ministro de las Indias.

Su ascenso político prosigue y en 1765 es nombrado Visitador del Virreinato de Nueva España y miembro honorario del Consejo de Indias. Por segunda vez viudo, partió a las Indias y allí realizó las tareas que se le habían encomendado, principalmente reorganizar la industria y la hacienda del Virreinato, así como fomentar la creación de milicias provinciales. Reglamentó la feria de Jalapa, incorporó determinadas rentas a la administración real, implantó el monopolio de tabacos e hizo dos importantes propuestas: división del virreinato en 12 intendencias y creación de una Comandancia General en las provincias del norte.

En 1767 el rey Carlos III decretó la expulsión de los jesuitas de todos sus dominios. En Nueva España la expulsión provocó protestas y tumultos en San Luis de la Paz, San Luis Potosí, Guanajuato y Michoacán. Gálvez dirigió una expedición militar para restablecer la autoridad, y realizó numerosas prisiones y juicios sumarios. Decenas de personas fueron ahorcadas, y en algunos casos decapitadas y descuartizadas post mortem. Muchas otras fueron condenadas a azotes, destierro y confiscación de bienes.

Ayudó a fray Junípero Serra en su labor fundadora de misiones en la Alta California y asentó población en esos territorios para disuadir a los rusos de establecerse en ella a partir de Alaska. Fundó una Escuela Náutica en San Blas (Nayarit), así como un centro astronómico, cuya dirección encargó a Joaquín Velázquez y Cárdenas de León.

En 1776 es nombrado Secretario de Estado del Despacho Universal de Indias (Ministro de Indias. Inmediatamente acometió la reordenación territorial de la América hispana. En el virreinato de la Nueva España estableció una nueva Comandancia General, que comprendía las Californias, Nueva Vizcaya, Nuevo México y Sonora, añadiéndose posteriormente Coahuila y Texas. Ese mismo año creó el tercer virreinato, el Virreinato del Río de la Plata, con los territorios meridionales del excesivamente grande Virreinato del Perú (más o menos las actuales Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay) La idea de crear un virreinato en esta zona para fortalecer la frontera con el Brasil no era nueva pero no se había puesto en práctica por considerar que la circunscripción no saldría adelante sin el apoyo económico del virreinato peruano. Por ese motivo se decidió incorporar también la rica región minera del Alto Perú (actual Bolivia). Además creó la

Durante su visita a la Nueva España propuso la división en intendencias del virreinato, proyecto al que se opuso el Antonio María de Bucareli y Ursúa. La aplicación de la reforma intendencial fue progresiva, comenzada en 1765, José de Gálvez fue su principal promotor desde su ascenso en 1776 a la Secretaría de Indias. Nombró una comisión encargada de preparar la Ordenanza General de Intendentes que estuvo lista en 1782.

Nació en la villa malagueña de Macharaviaya el 2.I.1720, en una familia de ascendencia vasca. En 1733, ingresó en el Seminario de Málaga, becado por el obispo de esta ciudad Diego González del Toro y por su sucesor Gaspar de Molina. Continuó estudiando en Granada; pero al no sentirse con vocación sacerdotal, en 1741, marchó a Salamanca para estudiar la carrera de Derecho. Al parecer, más tarde se doctoró en Alcalá, con el propósito de perfeccionarse en jurisprudencia. Con clara vocación ejerció la abogacía en Madrid. En 1748, se casó con María Magdalena de Grimaldo que murió al año siguiente. En breve, tomó por esposa, en segundas nupcias, a Lucía Romet, nacida en Madrid, de padre y madre franceses, por lo que él tuvo mucha influencia en la colonia francesa residente en la capital de España. Dadas sus múltiples relaciones conoció al ministro Jerónimo Grimaldi, quien lo designó su secretario particular. En 1764, obtuvo el título de nombramiento real: alcalde de Casa y Corte. Tras ser elegido miembro honorario del Consejo de Indias, en 1765, antes de partir para Ultramar hizo testamento, una vez fallecida se segunda esposa y sin descendencia, nombrando a su hijo Miguel, como único heredero. Seguidamente, fue enviado al Virreinato de Nueva España, como visitador general con plenos poderes (1765-1771), donde realizó una importante labor administrativa y fiscal, para lo que revisó el sistema tributario, la acuñación de la moneda, el estanco del tabaco, el comercio, las minas, las pesquerías de perlas y los juegos de naipes. En su cometido, después de destituir al virrey, marqués de Cruillas (1766), colaboró estrechamente con el nuevo virrey, el marqués de Croix, en la expulsión de los jesuitas (1767), la repoblación de California (1768) y el sometimiento de Sonora (1769). Su relación con la Iglesia fue muy extraña, pues si por un lado participó activamente en la expulsión de los jesuitas, por otro protegió gustosamente las misiones franciscanas de la Alta California, ayudando al mismo tiempo a Fray Junípero Serra en la fundación de otras, en las zonas fronterizas, cuyo fin consistía en colonizar cuanto antes aquellas tierras dada la amenaza que suponía el avance ruso. Sobre el carácter castrense de José de Gálvez, es de resaltar, que en el momento oportuno cambió la toga por la indumentaria militar, creando el ejército regular en sustitución de las milicias populares. Con esta disposición, cuando marchó al mando de sus tropas, para controlar los levantamientos originados por la expulsión de los jesuitas, la represión fue tan dura y las ejecuciones tan numerosas que lo apodaron “El loco de California”. Tanto arrojo le produjo una rara enfermedad que, oficialmente, sería diagnosticada como una afección pulmonar, seguida de fiebres tercianas acompañadas de fuertes crisis nerviosas, con una posible sintomatología de locura, quizás encubierta por sus allegados, a fin de mantener su autoridad. La problemática se ha desvelado hace varios lustros merced al hallazgo de un manuscrito encontrado por Mario Hernández Sánchez-Barba, donde se aclara la cuestión. Este documento alude a que tal enfermedad fuera en parte fingida por él, para salvar su reputación, cuando fracasaba en las difíciles campañas que en estos delicados momentos dirigía. En suma, fuese ficticia o no su locura, lo que sí es verdad es que no apareció más a lo largo de su vida. En 1772, volvió a España cargado de méritos, los cuales aumentaron cuando el monarca le concedió el título de Caballero de la Real Orden de Carlos III. Tales éxitos le animaron a proteger con perseverancia varias empresas, como la organización de las Sociedades Económicas de Amigos del País y a proyectar con otros promotores un depósito en Sevilla con la documentación de Ultramar que, tras la promulgación de las Ordenanzas referentes al mismo, quedó regulado con la denominación de Archivo General de Indias. En 1775, contrajo matrimonio, en terceras nupcias, con María de la Concepción Valenzuela, dama perteneciente a la nobleza. Como fruto de su unión nació, en 1776, una niña: María Josefa de Gálvez Valenzuela. Ese mismo año fue nombrado Ministro de Indias. Desde este puesto realizó una importante reestructuración administrativa en el Nuevo Mundo, aboliendo los repartimientos y creando las intendencias; a la vez, organizó el virreinato del Río de la Plata y la Comandancia general de las Provincias internas.

Fue el inspirador de los decretos sobre libertad de comercio con América y a instancias del Conde de Cabarrús fundó la Compañía de Comercio de Filipinas. Sin embargo, siguió la vieja costumbre de asimilación a la metrópoli, en oposición a los proyectos autonomistas del conde de Aranda. En 1785, Carlos III le otorgó el título de marqués de la Sonora, como premio a su excepcional labor en América. En cuanto a sus raíces, son del mayor interés los proyectos de José de Gálvez, muchos de ellos realizados en colaboración con el otro jurista de la familia, su hermano Miguel. En esta disposición, gracias a su influencia, en la ciudad de Málaga se efectuaron las operaciones siguientes: la apertura del puerto al comercio americano, el establecimiento del Consulado de Mar y de la Junta de Comercio (1785), la creación del Montepío de Cosecheros, la ayuda para agilizar la construcción del acueducto de San Telmo, idea de su amigo el obispo de Málaga José Molina Lario, así como la fundación del Real Colegio Náutico de San Telmo (1787). José de Gálvez Gallardo nunca olvidó a su pueblo natal, Macharaviaya. En él construyó un banco agrícola para ayudar a los labradores, una fábrica de naipes para enviarlos, en exclusiva, a toda América, escuelas, fuentes y lavaderos. También redificó la iglesia, donde los Gálvez hicieron una cripta e instalaron en ella el panteón familiar. En conclusión, la activa vida de José de Gálvez, en el campo de lo político, económico y social se apagó en Aranjuez el 17.VI.1787. En el testamento dispuso ser enterrado en dicho panteón. Su viuda solicitó licencia para trasladar sus restos desde Aranjuez a la mencionada cripta donde fueron sepultados el 23.X.1791 en su túmulo.

Surgidas en los círculos culturales como organismos no estatales, tenían como fin promover el desarrollo de España, estudiando la situación económica de cada una de las provincias y buscando soluciones a los problemas que hubiera. Las sociedades se encargaban de impulsar la agricultura, el comercio y la industria, y de traducir y publicar las obras extranjeras que apoyaban las ideas de la fisiocracia y el liberalismo. Contaban con licencia real para constituirse y reunirse, y en su fundación intervinieron los sectores más dinámicos de la sociedad: importantes figuras de la nobleza y numerosos cargos públicos, de la Iglesia, del mundo de los negocios y los artesanos.

La primera en constituirse fue la Sociedad Bascongada de Amigos del País, fundada por el conde de Peñaflorida en 1765; diez años después se constituye, a iniciativa de Campomanes, la Real Sociedad Económica de Madrid. A principios del siglo siguiente ya se habían constituido 63 sociedades en las principales ciudades del país.

Campomanes y otras personas percibieron que España tardaba en desarrollar su potencia económica. Lamentaron la falta de industria y la baja productividad. Los pensadores liberales y los llamados afrancesados (administradores y pensadores influidos por el advenimiento de la dinastía de los Borbones, y luego término despectivo de los partidarios de la ocupación de Napoleón de España) buscaron difundir los avances y el pensamiento de la Ilustración.

Del mismo modo, se formaron otras Sociedades de igual tipo en los territorios coloniales de la América Hispana como Chile, Nueva Granada (Colombia), Guatemala, Cuba, Puerto Rico, Ecuador, México, Perú, Panamá y Venezuela . En estos lugares, la misión de fomentar la industria chocaba con los dictámenes del mercantilismo, que enfatizó la primacía de la industria de la metrópolis; las colonias habían de comprar los productos de España. Además, en la cultura más conservadora de la América española, la misión de propagar la Ilustración encontró un camino más difícil, y la censura oficial.

Sin embargo, ciertos miembros de las Sociedades se atrevieron a traer varios libros prohibidos desde Europa, aún de la misma España, donde por ejemplo la Enciclopedia de Diderot se podía comprar. Entre los miembros de las Sociedades estos libros se compartieron. Es cierto que varias de las Sociedades de América nunca fueron más que el proyecto de un aristócrata aficionado, o una imitación de una novedad metropolitana. Con todo, varias Sociedades se destacaron en sus actividades, publicando ensayos sobre nuevos desarrollos en el mundo agropecuario, abogando por el libre comercio (cuando comerciantes españoles conservaban su monopolio). La de Antigua, Guatemala se cerró varias veces por orden del Intendente, por actividades supuestamente políticas. La de La Habana existe hasta el día de hoy. De manera que se puede ver el trabajo de estas Sociedades como un antecedente importante al proyecto de emancipación que nace después del cautiverio del rey en 1810.

En España y el nuevo mundo, las Sociedades fueron las cunas de nuevas formas de sociabilidad donde sus miembros se reunían en público para debatir los temas del día. En estas reuniones participaban personas de distintas clases sociales. Las Sociedades solían organizarse formalmente, conservando registros de las actividades de cada reunión, eligiendo oficiales (presidente, secretario, etcétera) para las funciones oficiales del grupo.

La Capitanía General de Venezuela fue una entidad territorial ultramarina indiana, integrante del Imperio español, establecida por la Corona española durante su periodo de dominio americano, que abarcaba un territorio similar al de la actual Venezuela. Fue gobernada por distintos capitanes generales exceptuando un breve período cuando gobernó la Junta Suprema de Caracas tras la renuncia de Emparan hasta marzo de 1811.

Alonso de Ojeda capituló con el rey de España el 9 de junio de 1501 para explorar las costas de Venezuela. Se le nombró gobernador de la península de Coquibacoa o Coquivacoa (península de la Guajira) y se le otorgó el derecho de fundar una colonia en ese territorio, lo cual hizo en la península de La Guajira el 3 de mayo de 1502 con el nombre de Santa Cruz, que fue el primer poblado español en territorio venezolano. La colonia duró tres meses, hasta que Alonso de Ojeda fue apresado por sus socios Juan de Vergara y García de Campos, abandonándose la gobernación de Coquibacoa que abarcaba desde el cabo de la Vela hasta el cabo de Chichiriviche.

El 27 de marzo de 1527, el rey de España (Carlos I) firmó la capitulación con los banqueros alemanes Welser concediéndole el gobierno de Venezuela, al título de gobernador que se le otorgó a los Welser se le añade el de Capitán General, refiriéndose, sin dudas a su autoridad sobre el ejército.

Al nombrarse a Martín de Lardizábal como gobernador de Venezuela, en 1732, se le nombra además, comandante general de dicha provincia con jurisdicción militar en Maracaibo, Cumaná, Guayana, Trinidad y Margarita.

En 1739, al informar sobre la reconstitución del Virreinato de la Nueva Granada, el rey se refiere a Caracas, con el territorio de su Capitanía General. De esta forma, es evidente que en la jurisdicción militar el Gobernador de la provincia de Caracas tenía superioridad sobre las otras provincias. Todas las provincias del virreinato fueron agrupadas en 3 comandancias militares generales: Caracas, Portobelo y Cartagena.

He resuelto relevar y eximir al Gobierno y Capitanía General de la provincia de Venezuela de toda dependencia de ese virreinato no obstante lo dispuesto y mandado por mí en la cédula de 20 de agosto del año de 1739, por la cual fuí servido de agregar la expresada provincia á ese nuevo virreinato.

El 8 de septiembre de 1777 se expidió por orden del rey Carlos III la Real cédula de creación de la Capitanía General de Venezuela, agregándole las provincias circunvecinas a su jurisdicción en lo gubernativo y militar y ordenando a los gobernadores de dichas provincias que obedezcan al capitán general y cumplan sus órdenes. Las provincias de Cumaná, Maracaibo, Guayana, Trinidad y Margarita son separadas del virreinato de Nueva Granada en lo gubernativo y militar y unidas con la de Venezuela. Además, las de Maracaibo y Guayana pasan de la jurisdicción de la Audiencia de Bogotá a la de Santo Domingo, a la cual ya pertenecen las otras.

El Rey. - Por cuanto teniendo presente lo que me han representado el actual Virrey, Gobernador y Capitán General del nuevo Reyno de Granada, y los Gobernaclores de las Provincias de Guayana y Maracaibo acerca de los inconvenientes que produce el que las indicadas Provincias, tanto como las de Cumaná e islas de Margarita y Trinidad, sigan unidas como al presente lo están al Vireynato, y Capitanía General del indicado Nuevo Reyno de Granada, por la distancia en que se hallan de su capital Santa Fe, siguiéndose por consecuencia el retardo en las providencias con graves perjuicios de mi Real Servicio. Por tanto, para evitar estos y los mayores males que se ocasionarían en el caso de una invasión; he tenido a bien resolver la absoluta separación de las mencionadas Provincias de Cumaná, Guayana y Maracaibo, é islas de Trinidad y Margarita, del Vireynato y la Capitanía General del Nuevo Reyno de Granada, y agregarlas en lo gubernativo y militar a la Capitanía General de Venezuela, del mismo modo que lo están, por lo respectivo al manejo de mi Real Hacienda, a la nueva Intendencia erigida en dicha Provincia, y ciudad de Caracas, su capital. Así mismo he resuelto separar en lo jurídico de la Audiencia de Santa Fé, y agregar a la primitiva de Santo Domingo, las dos expresadas Provincias de Maracaibo y Guayana, como lo está la de Cumaná y las islas de Margarita y Trinidad, para que hallándose estos territorios bajo una misma Audiencia, un Capitán General y un Intendente inmediatos, sean mejor regidos, y gobernados con mayor utilidad de mi Real Servicio. Y en su consecuencia mando al Virrey, y Audiencia de Santa Fe, se hayan por inhibidos y se abstengan del conocimiento de los respectivos asuntos que les tocaba antes de la separación que va insinuada, y a los Gobernadores de las Provincias de Cumaná, Guayana y Maracaibo, e Islas de Margarita y Trinidad, que obedezcan, como a su Capitán General, al que hoy es y en adelante lo fuere de la Provincia de Venezuela, y cumplan las órdenes que en asuntos de mi Real Servicio les comunicare en todo lo gubernativo y militar; y que así mismo den cumplimiento los Gobernadores de las Provincias de Maracaibo, y Guayana a las Provisiones que en lo sucesivo despachare mi Real Audiencia de Santo Domingo, admitiendo para ante ella las apelaciones que se interpusieren según y en la forma que lo han hecho, ó debido hacer para ante la de Santa Fé, que así es mi voluntad. Dada en San Ildefonso a ocho de septiembre de mil setecientos setenta y siete.- Yo el Rey

Una Real Cédula del 15 de febrero de 1786 ordenó transferir la ciudad de Trujillo desde la gobernación de Caracas a la de Maracaibo. La misma cédula separó de Maracaibo a la ciudad de Barinas, erigiéndola como provincia separada.

En 1786 fue creada la Real Audiencia de Caracas con las provincias de Margarita, Venezuela, Nueva Andalucía, Trinidad, Guayana, La Grita-Mérida-Maracaibo y Barinas, siendo su primer presidente Juan Guillelmi.

Por real orden del 13 de agosto de 1790, se ordenó segregar de la provincia de Ríohacha el establecimiento de Sinamaica y agregarlo a la provincia de Maracaibo en la Capitanía General de Venezuela. El 1 de agosto de 1792 se llevó a cabo la transferencia.

Entre el 19 de abril de 1810 y el 30 de julio de 1812, los revolucionarios venezolanos mantienen juntas de gobierno en Caracas y en las provincias de Cumaná, Margarita, Barinas, Barcelona, Trujillo y Mérida, en tanto que Maracaibo, Coro y Guayana permanecen fieles a la Regencia que gobernaba en España. Las primeras declaran la independencia el 5 de julio de 1811. El 25 de julio de 1812 las fuerzas independentistas de Miranda capitularon.

Provincia de Venezuela: es la más antigua de las provincias, creada el 27 de marzo de 1528 y sus primeras capitales fueron Coro (se lo conoció como Provincia de Coro o de Venezuela indistintamente en la documentacion oficial) y El Tocuyo, durante la conquista del territorio. Los límites de esta provincia se extendían desde el Cabo de la Vela en la Guajira Colombia hasta Maracapana, en el oriente de Venezuela. El primer gobernador y capitán general fue el alemán Ambrosio Alfínger, representante de los Welser, quienes conservaron la provincia hasta 1556. Fue también llamada posteriormente como Provincia de Caracas, por el nombre de su principal ciudad y capital, fundada el 25 de julio de 1567, en el valle del mismo nombre, por el conquistador Diego de Losada, después de vencer la fuerte resistencia de los indígenas acaudillados por el Cacique Guaicaipuro. Desde su creación depende de la Real Audiencia de Santo Domingo. En 1717, cuando es creado el Virreinato de Nueva Granada, es incorporada a éste y a la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá. En 1723 fue suprimido el virreinato pero se mantiene dentro de la jurisdicción de la Audiencia de Bogotá hasta 1726 en que vuelve a Santo Domingo. En 1739 fue restablecido el virreinato de Nueva Granada incorporando a las provincias de Caracas, Maracaibo, Cumaná, Guayana, Río Orinoco, Trinidad y Margarita, pero se mantiene en la jurisdicción de la Audiencia de Santo Domingo. En 1742 la provincia de Venezuela pasa a depender directamente de España, dejando de ser una comandancia general y recuperando su gobernador el rango de capitán general.

Provincia de Trinidad: creada primero en 1532, por el conquistador Antonio Sedeño, fue establecida el 1 de septiembre de 1591 por Antonio de Berrío, quien consolidó la gobernación, el 12 de octubre de 1595, con el nombre de Trinidad-Guayana. Originalmente bajo la jurisdicción de Santo Domingo, posteriormente a su incorporación a la Capitanía General, fue atacada por una flota inglesa, que obtuvo la rendición de la plaza, del gobernador de la isla, el 17 de febrero de 1797 y fue reconocida su ocupación por Tratado de Amiens en el año 1802.

Provincia de Cumaná: reunió a las anteriores provincias o gobernaciones de Nueva Andalucía (creada en 1536) y Paria, en una única entidad creada el 27 de mayo de 1568 con Diego Fernández de Serpa como primer gobernador. En 1633 Juan de Orpín estableció la gobernación de Nueva Cataluña con partes de las gobernaciones de Venezuela y de Nueva Andalucía, entre el cabo Codera, el actual pueblo de Cariaco y el río Orinoco, fundando Barcelona el 12 de febrero de 1638. En 1654 Nueva Cataluña o gobernación de Barcelona, se integra a Nueva Andalucía. Hacia 1726 estaba integrada por los territorios de Cumaná, Guayana, Barcelona, Maturín y la isla de Trinidad. Hasta 1739 dependió de la Audiencia de Santo Domingo y hasta 1777 de la de Santa Fe de Bogotá.

Provincia de Margarita: la isla fue la primera gobernación en Venezuela, fue capitulada por Carlos V el 18 de mayo de 1525 a Marcelo Villalobos. Los descendientes de Villalobos gobernaron hasta 1593, fecha en que el rey pasa a nombrar a los gobernadores de Margarita.

Provincia de Guayana: también conocida como Provincia de Angostura, fue creada en 1530 pero no prosperó, refundada el 18 de noviembre de 1568, tampoco prosperó. Fue establecida finalmente el 19 de marzo de 1591 por Antonio de Berrío, formó hasta 1731 una única provincia con Trinidad denominada Trinidad de Guayana. Dependió de Santa Fe de Bogotá. En 1731 Guayana pasa a integrarse a la provincia de Nueva Andalucía. En 1762 adquiere el rango de comandancia de Guayana como una gobernación dependiente de Bogotá hasta 1786, fecha en que se agrega a la Real Audiencia de Caracas.

Provincia de Maracaibo: la provincia de La Grita fue establecida en 1570, el 30 de junio de 1577 el gobernador de la Provincia del Espíritu Santo de la Grita fundó Barinas bajo el nombre de Altamira de Cáceres. El 10 de diciembre de 1607, Mérida fue separada del corregimiento de Tunja y unida con la gobernación de La Grita formando el corregimiento de Mérida y La Grita, con jurisdicción sobre las ciudades de La Grita, San Cristóbal, Gibraltar, Pedraza y Barinas y bajo dependencia de la Audiencia de Bogotá. El 3 de noviembre de 1622 pasa a ser gobernación de Mérida con Juan Pacheco Maldonado como gobernador. El 31 de diciembre de 1676 Maracaibo (separada de la provincia de Venezuela) y Mérida-La Grita se unen en una gobernación llamada Provincia de Mérida del Espíritu Santo de Maracaibo (capital en Mérida) bajo dependencia de la Audiencia de Bogotá y luego es conocida como provincia de Maracaibo a partir de que en 1678 esa ciudad pasa a ser capital de la gobernación. En 1777 pasa a la jurisdicción de la Audiencia de Santo Domingo. El 15 de febrero de 1786, Barinas fue erigida como provincia (capital en Barinas) separada de Maracaibo y Trujillo fue transferida a Maracaibo desde la provincia de Venezuela.

Provincia de Barinas: es la última provincia creada antes de la declaración de Independencia de Venezuela. Creada en 1786, al segregarse de la Provincia de Maracaibo y tuvo como capital a la ciudad de Barinas. comprendía los territorios de los actuales estados Barinas y Apure.

La autoridad de la Capitanía General abarcaba los asuntos de índole política, militar y económica, de todas las anteriormente señaladas provincias; sin embargo, las mismas continuaron dependiendo judicialmente de la Real Audiencia de Santo Domingo, y sus gobernadores eran nombrados directamente por la Corona Española.

El 6 de agosto de 1511 el papa Julio II creó la Diócesis de Puerto Rico sufragánea de la Archidiócesis de Sevilla. En 1519 su jurisdicción fue ampliada para incluir a todas las Antillas menores y parte de la costa de Venezuela hasta la desembocadura del río Orinoco, conservando estos territorios hasta 1790, aunque las islas menores se fueron perdiendo a medida que fueron ocupadas por otros países. Su primer obispo, Alonso Manso llegó en 1512. trrt

La Real Compañía de Filipinas fue una empresa privilegiada del periodo ilustrado establecida el 10 de marzo de 1785 por una Real Cédula de Carlos III, dirigida por Francisco Cabarrús, asumiendo las funciones que hasta ese momento había venido desarrollando la Compañía Guipuzcoana. Su finalidad era promover el comercio directo entre Filipinas (colonia del Imperio español) y la metrópoli. Se fundó con un fondo inicial de 3000 acciones de 250 pesos cada una, participando en la operación las incipientes empresas financieras españolas. Más tarde incremento su capitalización con la emisión de bonos.

Tuvo el monopolio de la industria del comercio y sirvió para mantener una actividad estable entre Asia y España y reforzó el papel de Filipinas en el entorno asiático. No obstante, redujo los derechos de monopolio de las demás compañías del imperio, cuando comenzó a crecer y participar con otros monopolios españoles, lo que dio lugar a problemas sobre competencias con los que operaban con productos similares con América. Más graves fueron los conflictos con los propios filipinos, que usaban la ruta con Acapulco para sus actividades y con el Reino Unido, que mantenía el comercio asiático como primera potencia. Estos problemas derivaron en una progresiva decadencia del proyecto a partir de 1794, quedando prácticamente inoperativa a finales del siglo XVII. Durante la regencia de María Cristina en nombre de Isabel II de España, la compañía fue disuelta.

Nace en Vitoria, en el seno de una familia de músicos, siendo su madre María de Trinidad Bidaola, pianista, y su padre Lorenzo Guridi Area, violinista. Tras cursar sus primeros estudios en Los Escolapios y en los Padres Jesuitas de Zaragoza, se traslada a Madrid, donde Guridi recibe clases de Valentín Arin. Ya en Bilbao participa en las actividades de la sociedad llamada: El Cuartito. Recibe clases de violín de Lope Alaña y de armonía de José Sáinz Besabe.

El año 1901, el 28 de enero, ofrece su primer concierto público en la Sociedad Filarmónica de Bilbao. A los 18 años ingresa en la Schola Cantorum de París, estudiando órgano con Abel Decaux, composición con Auguste Sérieyx y contrapunto y fuga con Vincent d'Indy. Es en París donde conoce a Usandizaga, al que le unirá una profunda amistad.

Se traslada a Bruselas, donde estudia con Joseph Jongen, y a Colonia con Otto Neitzel, siguiendo las recomendaciones de Resurrección María de Azkue. En junio de 1912 es nombrado director de la Sociedad Coral de Bilbao. Ese mismo año muere Usandizaga.

En 1922 se casa con Julia Ispizua. El matrimonio tendrá seis hijos: María Jesús, Luis Fernando, María Isabel, Ignacio, Julia y Javier. En 1942 entra en el Conservatorio de Madrid, siendo, años más tarde, su director. El día 7 de abril de 1961 fallece repentinamente, a la edad de 74 años, en su domicilio en la calle Sagasta de Madrid.

Muy influido por Wagner y los músicos del romanticismo tardío, encuentra en las raíces del folclore vasco su inspiración y las primeras notas que más tarde darán cuerpo y alma a sus composiciones. Guridi abarca con solidez un enorme abanico de géneros: música de cámara (cuartetos para cuerda), composiciones vocales (corales), orquestales, piezas religiosas para órgano, óperas y zarzuelas. Entre sus obras destacan: El caserío (1926), Diez melodías vascas (1940), Así cantan los niños (1909), Amaya (1920), Mirentxu (1910), Una aventura de Don Quijote (1916), La meiga (1929), Seis canciones castellanas (1939), Sinfonía pirenaica (1945) y Homenaje a Walt Disney (1956).

1939 Seis canciones castellanas Música vocal

1951 Escuela española de órgano Música para órgano

Sus primeras nociones de solfeo y piano las recibió de su madre y posteriormente en 1896 se traslada a Madrid, donde estudia armonía en Madrid con Valentín Arín. En 1899, se traslada a Bilbao y recibe clases de violín de Violín con Lope Alaña y de Armonía con José Sainz Basabe.

Anecdóticamente, cabe mencionar que el afamado compositor catalán Amadeo Vives, asistiendo a una de sus representaciones, se quitó el sombrero y lo arrojó a los pies de Guridi como muestra de admiración y homenaje.

Nacida en una modesta casa del barrio conocido como Ferrol Vello, su padre, Ángel del Arenal, fue un eminente militar que sufrió muchas veces represión por su ideología liberal y por estar en contra del régimen monárquico absolutista del rey Fernando VII. Consecuencia de las estancias en prisión, cayó enfermo y murió en 1829, quedando Concepción huérfana de padre a los 8 años. En 1829 marcha con su madre y su hermana a Armaño (Cantabria), donde recibió una férrea formación religiosa. En 1834 se trasladan a Madrid, donde Concepción estudia en un colegio para señoritas. Siete años después entra, contra la voluntad de su madre, como oyente en la Facultad de Derecho de la Universidad Central (actual Universidad Complutense de Madrid), vistiendo ropas masculinas, puesto que en la época la educación universitaria estaba vedada a las mujeres. Vestida también de hombre, Concepción participa en tertulias políticas y literarias, luchando así contra lo establecido en la época para la condición femenina.

, alumno de Santiago Masarnau, primer presidente de las Conferencias de San Vicente de Paúl, que la invita a fundar en 1859 el grupo femenino de las Conferencias de San Vicente de Paúl para ayuda de los pobres. Para ellas, Concepción escribe en 1860, La beneficencia, la filantropía y la caridad, que dedica a la Condesa Espoz y Mina, y que presentará al concurso que convoca la Academia de Ciencias Morales y Políticas, bajo el nombre de su hijo Fernando, que tiene entonces 10 años. Después de una serie de conflictos sobre la forma incorrecta de introducir su escrito en el concurso, se le concede el premio y será la primera mujer premiada por la Academia.

En 1863 se convierte también en la primera mujer que recibe el título de Visitadora de Cárceles de Mujeres, cargo que ostentó hasta 1865. Posteriormente publicó libros de poesía y ensayo como Cartas a los delincuentes (1865), Oda a la esclavitud (1866) —que fue premiada por la Sociedad Abolicionista de Madrid—, El reo, el pueblo y el verdugo o La ejecución de la pena de muerte (1867). En 1868, es nombrada Inspectora de Casas de Corrección de Mujeres, y tres años después, en 1871, comienza a colaborar con la revista La Voz de la Caridad, de Madrid, en la que escribe durante catorce años sobre las miserias del mundo que la rodea.

En 1872 funda la Constructora Benéfica, una sociedad que se dedica a la construcción de casas baratas para obreros. Posteriormente también colabora organizando en España la Cruz Roja del Socorro, para los heridos de las guerras carlistas, poniéndose al frente de un hospital de campaña para los heridos de guerra en Miranda de Ebro. En 1877 publica Estudios Penitenciarios.

Con Concepción Arenal nace el feminismo en España. Como los krausistas otorga a la educación e instrucción de la mujer un papel fundamental, pues Concepción dirá que la mujer no tiene otra carrera que el matrimonio. Pues los hombres aprenden un oficio, las mujeres no. Los oficios que la mujer puede desempeñar serían:relojera, tenedora de libros de comercio, pintora de loza, maestra, farmacéutica, abogada, médica de niños y mujeres y sacerdote (no monja). Nunca se debe dedicar a la política ni a la vida militar. Instrucción que la mujer debe procurar, pues dirá de los hombres que tienen inclinaciones de sultán, reminiscencias de salvaje y pretensiones de sacerdote. Las críticas que dirige al clero serán: En general es muy ignorante, no querer a la mujer instruida, es mejor auxiliar, mantenerla en la ignorancia. Concepción Arenal, una pensadora del catolicismo social, como muestra en La Voz de la caridad, y como tal la reivindica el jesuita J. Alarcón en Razón y Fe, 1900-1902, al ser el ideal de un feminismo aceptable, por ser genuinamente español e íntegramente católico. Concepción Arenal, autora poco leída y citada de forma descontextualizada, fue para la mayoría de los católicos de su época una

. Con la creación de la Acción Católica de la Mujer, el feminismo católico y conservador propugnado por el Movimiento católico, realizará una constante labor de hostigamiento al feminismo católico y reformista arenaliano, que a principios del siglo XX representa la Asociación Nacional de Mujeres Españolas.

Murió el 4 de febrero de 1893 en Vigo, donde fue enterrada. Es su epitafio el lema que la acompañó durante toda su vida: A la virtud, a una vida, a la ciencia. Sin embargo, su frase más celebre fue probablemente Odia el delito y compadece al delincuente, que resume su visión de los delincuentes como el producto de una sociedad reprimida y represora.

La Iberia fue un periódico madrileño de carácter liberal que se publicó entre 1854 y 1898 , fundado por Pedro Calvo Asensio. Entre enero y septiembre de 1868 recibió el nombre de La Nueva Iberia.

El periódico La Iberia fue creado por Pedro Calvo Asensio en junio de 1854 en su deseo de crear un nuevo periódico político de carácter liberal y progresista en España. El título del diario correspondía a la aspiración de alcanzar la 'unidad ibérica', es decir, la unión de España y Portugal.

En 1863 es adquirido por Sagasta, junto con José Abascal, quien lo dirigirá hasta junio de 1866, alcanzando su máxima difusión y sirviéndole para criticar al gobierno y preparar la Revolución de 1868.

Jesús de Monasterio y Agüeros fue un violinista y compositor español, nacido en Potes (Cantabria) en 1836 y fallecido en Casar de Periedo (Cantabria), en 1903. Da nombre a uno de los dos conservatorios de Santander, Cantabria (llamándose el otro en honor a Ataúlfo Argenta).

Junto a Pablo Sarasate es el mayor representante de la escuela violinística española, en la que destaca como clasicista. Tras sus primeros estudios, se traslada a Bruselas donde estudia con Bériot. Desde allí comienza una carrera brillante como virtuoso por Europa antes de volver a instalarse en España para ejercer aquí labores de alta docencia y de organización e impulso de la vida musical. En Madrid fue: director del Conservatorio Nacional de Música, músico de la Real Capilla y académico fundador de la Sección de Música en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Como docente formaría a la mayor parte de los violinistas activos de relevancia en la España de principios del siglo XX.

Participa en el alhambrismo y su labor es fundamental en la introducción de las obras de Wagner en el panorama musical español y uno de los más importantes difusores de la música de cámara. Junto con el pianista Juan María Guelbenzu funda en 1863 la Sociedad de Cuartetos de Madrid. En 1866, junto a Barbieri y Gaztambide funda la Sociedad de Conciertos de Madrid, orquesta clave en el ambiente musical español, con la que se dedica a la promoción del sinfonismo alemán, especialmente las Sinfonías.

En sus últimos años se dedica casi en exclusiva a la enseñanza musical, poniendo las bases de la escuela violinística española. En el año 1887 se crea para él en el Conservatorio de Madrid la cátedra de Perfeccionamiento de Violín y de Música Instrumental de Cámara, a la que pasa después de abandonar la suya de Violín. A sus clases sólo tenían acceso los alumnos que hubiesen obtenido primeros o segundos premios en violín en los últimos concursos públicos de la Escuela de Música, los premiados en concursos de otros países, o los que demostraran mediante un examen de selección las condiciones necesarias para ingresar endicha clase. Entre los que pasan por sus manos destacan instrumentistas como Manuel Pérez, Manuel Pardo, Julio Casares, Juan Antonio Espino, Pedro Urrutia, Eduardo Fernández Murrió, Francisco Torres, Teodoro Ballo, Enrique Fernández Arbós, Andrés Goñi, Julia Rogel, Andrés Gaos o Julio Francés, entre los violinistas, o Juan Ruiz Casaux y Pablo Casals, entre los violonchelistas.

El término heterodoxia, de origen griego hace referencia a la cualidad del heterodoxo, el cual está disconforme con el dogma de una religión. Por heterodoxia también se entiende la doctrina u opinión que no está de acuerdo con la sustentada por la mayor parte de un grupo (que constituiría el dogma, 'statu quo' o posición ortodoxa) y, en especial, la que aparece ante la gran mayoría como disidente, herética, extraña o insólita, o incluso apartada de lo aceptable y reprobada.

En las sociedades intolerantes, con menor libertad de conciencia, donde existen opiniones obligatorias o dogmas, la heterodoxia es castigada y quienes la sustentan son marginados, expulsados de la sociedad o eliminados. Sus opiniones son ninguneadas o censuradas. En el ámbito religioso dogmático se denomina herejía, y en cierto sentido próximo a este la utiliza el famoso pensador y erudito católico español decimonónico Marcelino Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles, donde analiza la doctrina e ideología de los pensadores, herejes o heresiarcas que se han apartado de la tradición cultural española, que este autor identifica con la postulada por el Papa y la Iglesia católica.

Por otra parte, en sociología, la heterodoxia viene a constituirse en un factor enriquecedor, dinamizador y renovador de la sociedad y posee un valor constructivo diferente al de la simple anomia, que viene a ser la vertiente destructiva de la heterodoxia al impedir el consenso, la gobernabilidad y la cohesión social.





 

 

No hay comentarios para este post
 

 

Envianos tus comentarios!

beruby.com - Empieza el día ahorrando


1 2 3 4 5 6 7 8 9 10  

www.oscuramente.hostzi.com Todos los derechos reservados (personajes reales y esculturas de divinidades en los sellos de)